jueves, 22 de mayo de 2014

“El gran Hotel Budapest”, Wes Anderson y su incuestionable obra maestra.








































































































































Hace unas cuantas semanas se estrenó en nuestra capital El gran Hotel Budapest, la nueva película de Wes Anderson, ese cineasta heterodoxo, hereje, y siempre remando a contracorriente. El cineasta yankee ha logrado, a lo largo de una filmografía de títulos diversos entre sí, crear un universo propio concebido desde el totalitarismo de la ambigüedad, imposible de inscribirse dentro de un género con reglas propias, precisamente porque queda fuera de todo parámetro analítico, descolocando los criterios que se puedan tener hacia sus películas a priori, o luego de haberlas observado. Este factor tan inesperado hace que casi todas sus cintas sean veneradas o repudiadas a partes iguales por los críticos, cinéfilos y por el público normal. Su cine responde a un imaginario artístico concreto, de imágenes personalísimas que reflejan una inquietud narrativa inclinada a una necesidad de exorcizar ese mundo “outsider” que contiene su incalculable raciocinio, y de transgredir la alegoría del arte cinematográfico. El resultado es una obra contradictoria, nada sutil, de hallazgos emocionales que sobrevuelan a la melancolía, con un humor medio extraño que mira al pasado retrotrayendo lo raro a un estilo discordante, que se mueve entre lo filosófico y lo absurdo. Un constante desafío que rompe los criterios estereotipados, experimentando con el cine, el arte gráfico, el drama y la comedia, con todo aquello que pueda hacer frontera con sus películas frente a cualquier concepto estipulado. Esto lo define como un cineasta único. Pues bien, en este hotel de los embrollos, Anderson vuelve a explotar esa capacidad narrativa en otra descripción de valores estéticos, basado en la nostalgia y recorriendo los caminos de la meta-lingüística, el ritmo, el humor y un robustecimiento de una impronta que la hacen su mejor cinta de lejos. La terquedad de Anderson -estilo + placer- sigue amalgamando esa visión divisoria con el gusto de los que observamos el film. El gran Hotel Budapest progresa en la prevalencia de un mundo ficticio, del que se deduce una estética minimalista y abstracta que Anderson cuida con esforzada minuciosidad. El yankee logra lo de siempre : una película que se insufla de sofisticación académica a partir de la extravagancia y pasando por lo “naïf’ y hasta lo “vintage”. Pero, quizá lo que más pueda llamar la atención es su magnífica narrativa que se sustenta en una envidiable libertad que conglomera una historia de filiaciones con lo excéntrico. Como viene siendo su sello indeleble, compone una coyuntura donde la geometría encuentra la orquestación de tiempo y forma nuevamente en la frontalidad de un imaginario que relampaguea colorido y que despierta el doble juego o la doble trampa, mostrándose en todo instante extrañamente poético desde un prisma pictórico. El puente de contacto de esta historia definida como un retablo de casa de muñecas está inspirado en la obra de Stefan Zweig, escritor vienés que combinó en sus relatos una mezcla de sensibilidad, rebeldía, esteticismo y pesimismo histórico. En el preludio de la gestación de un conflicto global ubicado en un lujoso hotel de ecos germánicos, dentro de un país ficticio de la Europa del Este llamado Zubrowka -el nombre es notable- Anderson construye su excepcional largometraje. Insomne por la memoria de un escritor que interpreta correctamente Tom Wilkinson, se evoca el momento en el que siendo joven, un siempre oportuno Jude Law, conoce al propietario del hotel de lujo, el enigmático Sr. Mustafá -acertado F. Murray Abraham- quien es el hombre que cuenta cómo llegó a heredar el hotel, y sus inicios como mozo de portería -Tony Revolori-. Pero sobre todo, se trata de una prolongada elegía al conserje jefe, Gustave –formidable el actor británico Ralph Fiennes quien ya está mereciendo una nueva oportunidad de la Academia- un hedonista “bon vivant” que precisa de tanta prolijidad laboral como una supina imprudencia a la hora de hacerles el amor a aquellas huéspedes ancianas, y por supuesto ricachonas. Una de ellas, Madame D. -irreconocible la eficiente Tilda Swinton- muere dejándole de herencia un valioso cuadro que levanta las iras de la familia, encabezada por su vengativo hijo Dimitri –poco destacable actuación de Adrien Brody quien el Oscar de El pianista parece haber sido una chiripa- y su secuaz y despiadado sirviente Jopling -interpretado por un inquieto Willem Dafoe-. A través de una composición estructural que bien podría establecerse dentro del género de aventuras y comicidad habituales del cineasta, éste explota esa capacidad de relato, de pericia y delicadeza en la manifestación de los valores estéticos y la elegancia de un microcosmos plagado de vida, empalidecido quizás por las fuerzas que se avecinan por diversos flancos. Es la oscilante añoranza del pasado, de una Europa de aristocráticos hoteles, funiculares y ferrocarriles, en un tiempo quieto amenazado por las garras del conflicto bélico. Anderson logra traducir su aventura cómica y de marañas con una sensación de anhelo por el pasado, cercano a una especie de nuevo clasicismo, como si el cineasta evidenciara su deseo de aferrarse a un concepto que merezca ser preservado. De ahí esa apariencia de ofrenda por lo analógico, al servicio de la alegría y vocación del cine clásico o la literatura olvidada, por la decoración de época y la afligida mirada hacia la tecnología anticuada. Pasa de sustituir los efectos especiales de hoy en día por perceptibles “stop-motions” artesanales, como todo tipo de “mate paitings” y retro-proyecciones. No es algo nuevo en su cine, pero aquí, lejos de confinar sus valores visuales, logra incluso una espontaneidad más completa que en sus otras películas. Y si hay algo que potencia respecto a su anterior impronta es el constante movimiento, lo estrafalario a la hora de concebir y tejer una estructura vehemente y estimulada por el ritmo enloquecido a la que impulsa toda su narración. No es por nada, pero bien se podría homologar a ese “courtesan au chocolat” citado en la película, una especialidad de repostería de Mendl’s, pero de muy compleja elaboración cuya receta se compone de treinta pasos y cuarenta ingredientes. A ello contribuye un sentido metalingüístico de una película que gira en torno a un relato inmerso en otro mismo cuando da comienzo, y parece que todo ha acabado, con un triste halo de pesadumbre; como esa historia de amor adolescente que evoca la melancolía romántica de la bella Saoirse Ronan, y a la vez un drama inolvidable. Anderson se ampara por escapar a la realidad histórica, sin esquivar la visión de los trágicos hechos que se ciernen en el fuera de campo y que se patentiza con el sutil giro cromático hacia el blanco y negro de uno de sus finales, traicionando a la realidad y asumiendo la esencia fabuladora del relato. Es el reflejo de inevitabilidad política y la tristeza de una época. El gran Hotel Budapest se mueve por dioramas caleidoscópicos, en los que se reproducen instantes caricaturescos fronterizos de la violencia, de pundonorosos “slapsticks”, acompañados siempre de un humor negro en exacta dosis. Sin embargo, si por algo destaca este film es por el amor que profesa el director a todos y cada uno de los personajes que desfilan por esta fábula europeísta, por pequeña que sea su aparición, Mathieu Amalric, Jeff Goldblum, Harvey Keitel, Bill Murray, Edward Norton, Léa Seydoux, Jason Schwartzman, Owen Wilson, Giselda Volod etc. Y aunque se aprecie esa hermosa relación sobre la amistad, la lealtad y el heroísmo paternal por parte de un ex-patriado que encuentra en el entramado una oportunidad de huida y de búsqueda de su destino, existe un ejercicio de una visión más vasta y conceptual del mundo que se describe. La acción, que germina por las viejas habitaciones del hotel, compartimentos de tren, intercambio de teleféricos o persecuciones de trineos, encuentra un punto medio de comunión en la que la BSO del inacabable Desplat, un muy buen diseño de producción o la inmensidad de la fotografía, que proponen como clave de la estética, una vinculación con predecesores de refinamiento clásico como los maestros Lubitsch y Ophüls, pulsando la jerarquía de pintura, poesía y psicoanálisis con el estilo de un cineasta que alcanza aquí su punto mayor. Estamos todos imbuídos ante una comedia de aventuras envuelta en una melancólica delicadeza de fantasía alpina, irreverente y entretenida, que da como resultado una filiación agridulce hacia la cinta más personal de Anderson y que resucita al mejor Ralph Fiennes, elocuente, canalla y seductor, eso sí, siempre con el perfume L’air de panaché dentro de esta preciosa elaboración que ilumina los destellos de esa “civilización” que alguna vez existió, y que de repente sigue vibrando por algún lugat del planeta. Una extraordinaria película que no hay que perderse, y que debe de estar entre las cintas nominadas por la Academia el próximo año. Por lo menos, Anderson se ha ganado éste premio por habernos entregado su obra maestra.