lunes, 5 de mayo de 2014

“El nombre de la rosa”, Jean-Jacques Annaud y su rosa sin nombre.














































































Dice el autor de la novela El nombre de la Rosa, Umberto Eco, que la verdad antes de manifestarse a cara descubierta se muestra en fragmentos. La formidable cinta de Jean-Jacques Annaud es un entramado semiológico, un juego de pistas con un desarrollo progresivo que finalmente se resuelve al encontrar el principio del enigma. Lo que el cineasta francés crea sobre la pantalla no es más que un tejido de indicios que se van encajando uno al otro hasta llegar a obtener todo el armazón semiótico. Recordemos que un indicio, es un signo aparente y probable que exista alguna cosa. El índice es una huella, un vestigio que nos bosqueja un camino, el mismo que nos conduce entre una señal y la otra. Este mundo sígnico que suele abrirse en retrospectiva requiere de un intérprete capaz de leerlo todo. Fray William de Baskerville hace las veces de un personaje detectivesco, un observador curioso de mirada aguda y perspicaz, capaz de reconstruir el embrollo tan sólo con la información indirecta que propone de los indicios. A la manera de un impecable Sherlock Holmes moderno, el monje franciscano con su increíble penetración semiótica del mundo, devela las misteriosas muertes que tienen lugar en la abadía. Vistas así las cosas, es clara su referencia al héroe de Conan Doyle, al tratar de explicar las causas de los efectos a su fiel aprendiz Adso de Melck, con la conocida fórmula de indagación del detective inglés : “Elemental mi querido Watson”, que en Fray William se transmuta en “Elemental mi querido Adso”, nótese incluso que fonemáticamente los nombres son similares. Si atendemos a este primer indicio, sabremos entonces, que nos encontramos frente a una textura fílmica de carácter cuasi policíaco. Siendo así, dejemos que las “pistas” construyan su propio itinerario. William de Baskerville es convocado para colaborar con el desciframiento del misterio de los crímenes. Su primera señal aparece en la imagen del buitre sobre la tumba fresca. La carne recién yaciente atrae al ave de rapiña. El índice está claramente señalado en la historia, pero este nos empuja a descubrir el pretendido ocultamiento de los monjes. ¿¿ Por qué se  oculta una muerte y porqué se mata ?? La primera respuesta pone en evidencia el temor de la iglesia de ser perturbada. La segunda, es su sagrado empecinamiento en mantener las políticas doctas de la fe monopolizando así toda idea alterna o disímil que las vulnere y suela ponerlas en entredicho. El primer monje que vemos morir, es aquel que esboza una sonrisa mientras observa un libro. El que sigue es el monje obeso, padre Berengar que, asustado femenilmente por un ratón, provoca la hilaridad de toda la abadía. En forma perogrullesca podríamos concluir, que es “La risa” la causa de su muerte. Pero, cuidado, lo interesante es la certeza de entender que desde el momento en que cada uno de los monjes esbozan y causan sonrisas, es innegable que en forma indicial la oscura muerte se cierne sobre ellos, por lo tanto, es la señal que van a morir, “reír es morir” ; también es cierto que pensar que la risa es la causa que se encuentra en la base de la cadena de muerte sería un diagnóstico ingenuo, poco creíble. Sí, aceptémoslo, la censura sobre la risa es en elemento de sentido anticipatorio y constante de la que el cineasta Jean-Jacques Annaud no se desprende en la película. Como componente transgresor, la risa es condenada por lo sacro, lo cual se evidencia con algunas frases que emanan del guión : “Con la risa desaparece el miedo, ¿¿ Sin miedo al diablo, para qué Dios ?? , el tonto levanta la voz en su risa, los monjes no rien, el santo sufre, la risa deforma la cara”. Es imperativo entonces, acallar esa alegría que irrumpe en el silencio de la abadía, negarle la palabra, como al amor que apenas musita en un jadeo erótico, endemoniado, de ahí que todo converja hacia la austeridad de lo silente. No obstante, la causa real de las muertes no es ni la risa -ya que sólo es un abrebocas de la misma- y menos aún, el paso a paso de las profecías apocalípticas. La causa clínica de las muertes es por envenenamiento con arsénico, pero, ahondando todavía más, la pregunta sería : ¿¿ Cuál es el motivo o razón de base ?? El dedo índice va a la lengua y esta rompe su voz. Es un gesto de penetrar en lo censurado a través del silencio -el dedo entre los labios- los monjes se retiran del mundo terrenal. William de Baskerville encarna al hombre de ciencia, la imagen de quien restaura los hechos a través del método de la lógica racional deductiva. El resto de los monjes son la representación clásica de la fe ciega, del ocultamiento perverso de la razón, de ese otro tipo de “verdad” que siempre ha reñido con la ideología religiosa, vale decir, el conocimiento científico. No en vano los hábitos de los monjes benedictinos son negros mientras que el de Fray William es claro. La luz de la verdad contra la oscuridad de la mentira. Estos son sólo algunos indicios que revelan la batalla milenaria entre la fe y la razón. Al igual que los rostros grotescos de los monjes y la malformación del jorobado hereje dolcinita, de nombre Salvatore, los cuales se constituyen en presagios negativos y horrísonos  -recordemos el peor atentado contra la libertad de conciencia humana perpetrada por la pseudosanta inquisición-. El sujeto jorobado no es el medieval suertudo, encarna más bien las miradas inocentes de quienes fueron inculpados, y cuyas vidas fueron quemadas por las llamas de la “santa hoguera”, pero, además representa el espíritu contrahecho de los griegos, de allí que sea un hombre con el alma condenada. Por otro lado, Salvatore es un  hombre que es símbolo del caos, de la nefasta confusión que irrumpe sobre la abadía. Por qué entonces su rara costumbre de expresarse en varias lenguas. Una torre de Babel que augura el castigo a la arrogancia, que se ve reflejada en la actitud monopolista de retener el poder para sí. “La biblioteca”, es el lugar escondido, vedado, al cual se accede a través de la más terrible de las llaves : los ojos de la muerte. Como quien pretende advertir al visitante de aquello terrible que le espera tras las puertas. O acaso la falsa versión que el conocimiento provoca la muerte, la palabra mata, dice el dedo que agobia con veneno al cuerpo carnoso y prolongado que articula la palabra. La biblioteca es un laberinto infernal, ahí se esconde el minotauro teológico que reclama sacrificios. Y, como en cualquier laberinto, al igual que en el conocimiento, un hombre se puede extraviar. Pero, vemos a Adso de Melck atarse al nido de Ariadna -al igual que Teseo- para evitar ser devorado por esta monstruosa construcción. Detengámonos en esta intertextualidad lograda con derroche de ingenio : “El hilo”, nos alerta acerca del inminente exterminio de aquel minotauro teológico que es la iglesia, y que retiene todo el saber para sí. Los libros ocultos comienzan a revelarse igual que el palimpsesto al calor de la vela. La iglesia ha sido dueña y conductora del saber. Ella dictamina y norma autocráticamente qué se debe saber y qué debe de quedar oculto. Y es aquí justo en el medio de esta discusión donde se cuece el argumento principal : el dominio oscurantista de los dueños o padres de la iglesia, de su fe irracional y de su poderío; de esa terca estrategia de conducir el saber a su antojo, y de la figura antitética representada por Fray William de Baskerville, con sus anteojos, sus astrolabios y toda su erudición. Esta es la mismísima imagen de la luz, de la razón, de la lógica, de la inteligencia deductiva, del conocimiento que pretende dar al hombre a través de la ciencia de sus argumentos. En otras palabras, esta es la lucha del oscurantismo teológico y medieval contra el naciente y clarificador esplendor de la ciencia o de las ideas libres y modernas. En términos generales, deduzco que esto son los índices que la película del francés no logra desarrollar con evidencia. No obstante el guión se construye ingeniosamente sobre la base de otros indicios, de otras pistas mucho más evidentes. Pasaré a enumérarlos :  ( 1 ) La altura de donde cae Adelmo, el primer monje que muere, y el dispositivo de cierre de la ventana desde donde se lanza, son índices que se trata de un suicidio y no de un asesinato. ( 2 ) El pigmento negro en dedos y ápices de lenguas de los occisos, que da cuenta de la causa clínica de las muertes, se producen por envenenamiento con arsénico. ( 3 ) La huella en la nieve, que por su hondura aparenta que un cuerpo que al cargar al otro duplica su peso. ( 4 ) Las imágenes de los libros que advierten sobre temas prohibidos. ( 5 ) El ratón que gusta del pergamino, y que por lo mismo sirve de brújula al maestro y a su discípulo para hallar la biblioteca, es el mismo ratón que desata el pánico en Berengar, y que es motivo de irrisión para la comunidad monacal, sumado a otros indicios. El látigo con el cual Berengar se auto flagela, y que Guillermo y Adso encontraron en su celda, y sus uñas largas y acicaladas que dan cuenta de su homosexualidad. ( 6 ) La torre de la abadía que es lugar de custodia y ocultamiento de algo. De otro lado, la trama presenta otros símbolos convencionales como el gato negro, la vela negra, el gallo negro, elementos de rituales satánicos y que, le sirven a la iglesia de contrargumento en su querella teológica. Para terminar, se entiende que en el primer plano del film aparece el histórico debate entre la iglesia y la ciencia, sobre quién es el poseedor de la verdad, cual argumentación se sostiene con mayor solidez, si la razón es más grande y progresista que la fe, si el conocimiento es más real y meticuloso que Dios. En medio de esta caótica coyuntura, el hombre común, el amor que no tiene espacio, la carne que se repudia y por tanto se lacera y se olvida, la espina que impone silencio, la rosa sin nombre se pierde sin piedad frente al inadmisible absurdo. Extraordinario film.