martes, 6 de mayo de 2014

“Les choristes”, Christophe Barratier nos intenta convencer que nunca nada está totalmente perdido.






































































Hoy, 06 de mayo de 2014, hemos llegado a comentar nada menos que 500 películas con la que seguirá a continuación. No sé si es mucho o es poco, pero las satisfacciones de este servidor cinematográfico han sido más que las envidias o las malas y venenosas lenguas. Yo nunca hablé mal de nadie ni contesté ofensas, y siempre estoy situado con un perfil bajísimo, así que me siento limpio de haber hecho un camino progresivo y triunfal. Gracias a todos los bloggistas, los lectores y a todos aquellos que han recibido de buena fe mis notas, y les haya servido las películas tratadas en este espacio. Pues bien, en algún lugar escribió Hemingway con resuelta firmeza que la derrota es una situación mucho más interesante que la victoria. No es nada desacertado el juicio si logramos comprender que la desgracia, dada la fragilidad del ser humano, está más cerca de aquello que concebimos como la vida. En ese punto adverso reconocemos al otro, medimos la solidaridad de manera más generosa, y hasta nos arriesgamos a ser un poco más sensibles, obviamente sin olvidar que la lucha nos exige estar despiertos. La felicidad, contrario a lo que se puede pensar, está más cerca del sentimiento de un criterio de abultada indiferencia, producto de la neutralidad, de la prosperidad y la eterna  despreocupación en que se vive. El gozo nos hace despóticos, inigualablemente egoístas, y por supuesto, discriminadores. Con todo y por todo, la maratón por hallar la felicidad y la victoria nunca desfallece, las razones están a la vista : Ríe y el mundo reirá contigo, llora, y lloraras solo. Si lo calculamos por los niveles de éxito, las sociedades actuales de consumo -para colocar su rostro en las revistas y programas de TV del momento- la mayoría de los hombres y mujeres clasificamos en el ítem del fracaso. Derrotados por un universo hambriento y codicioso, nuestros pequeños esfuerzos son la burla de quienes respiran únicamente la metalizada brisa del dinero contante y sonante. Bajo esta perspectiva, la de nuestro esfuerzo humillado y perdido, repensamos el comentario cinematográfico de Les choristes o Los coristas, no como la historia de una derrota, sino como el canto en Do mayor a la lucha y a la negación frente a cualquier desesperanza, es decir : Nunca nada está totalmente perdido. La música nos abre la puerta de la pequeña escuela, repletas de tiranías y de pobreza. Contraste violento si percibimos la magnificencia de las voces cantoras en contravía de la mezquindad  y el falso orgullo del director Rachín, de la mano del prefecto Matéu, quien encarna lo menos parecido a un héroe; rollizo, bajito, calvo y derrotado, como quizás deba ser un paladín. Los coristas comenzarán a correr el riesgo de vivir y trabajar por y la incertidumbre que determina la existencia humana. Lo más trágico resulta el encuentro entre este prefecto,  músico anónimo y agotado, con unos niños estigmatizados de antemano por el repudio y el hundimiento. Un encuentro insostenible de grandeza y extrema penuria, nada incongruente, donde colisionan los dos universos, un suceso  trágico por doloroso, elevado y casi imposible. Sin embargo, el arte y la altura del espíritu, se imponen sobre esa nefasta política, en sí misma animalesca, de acción y  reacción. En principio se espera muy poco de este acercamiento entre infantes sin ley ni futuro, pero con mucha férula y un hombre que sólo ha producido notas discordantes. Lo sorprendente de este “Genio del corazón”, tal como Blanchot  se refería a Pascal, es que convierte su arte en una tarea escolar, es decir, en un elemental y básico escenario, lo que lo hace más bello, quizás porque no cae en la ampulosidad de la fama, del reconocimiento, o de la pasada de mano, sino que se conserva sereno y profundo, aunque al unísono ansioso e incorruptible como en los primeros días de todo sueño, cuando el mundo se parecía a un niño. Así que contra todo pronóstico el profesor Matéu y sus coristas, antes que nada han aprendido a vivir grandiosamente su bajeza. Después se impondrá la voz de ese diosecillo llamado Monhange, quien representa esa promesa extraña de dones excepcionales, y quien a la par de Pepinot, ese gran pequeñín de obligadas ternuras, tropieza con esa incomparable figura paterna que es Matéu. De tal manera que el consabido y repetido fracaso del prefecto es tan sólo para sí mismo, y su itinerante música se extiende hacia los otros como una caricia sanadora y sin mayores pretensiones. Un “Deus abscónditos” -la presencia de Dios que se oculta- parece palpitar en los corazones de estos hombres tocados y abrillantados por la música. Al final todo se consume bajo el abrazo del fuego, arden las penas, pero también los castigos. Recordemos la figura vigorosa, pero al tiempo lastimera de Pascal Mondain, ese perverso gregario que a través del poder ígneo pretende dejar atrás una larga lista de vejaciones inmerecidas. Mondain propicia que todo esté listo para renacer, para retomar el esfuerzo esta vez justificado. El combate del prefecto no ha merecido esta vez vítores ni aplausos. Oscuro y anónimo, se retira de la escena siendo algo más que un prefecto desempleado o un músico sin coro. Los coristas, los niños, para beneplácito nuestro no logran entender la conciencia del fracaso. En ellos recién todo está por empezar, todo está por hacerse, no hay nada totalmente perdido. Eso es precisamente lo que los superpone y redime de cualquier teoría conductista capaz de condicionar nuestro actuar, de cualquier freno pedagógico que pretenda automatizarnos y castrar nuestra espontaneidad. En esta escuela marginal, el grupo resulta ser heterogéneo, desde bandidos hasta huérfanos lacrimosos, desde renombrados artistas a pequeños seres apáticos, nada se discrimina, se recibe todo lo que los demás no quieran tener, esto es, los “casos-problema”, como nuestro furibundo pirómano Mondain, quien incendia la escuela como si Nerón lo hubiera poseído completamente. Lo paradójico del asunto, es que de la maldad que ha envuelto en esta alma en pena, se abra paso, aunque sea por accidente una nueva esperanza para la escuela. El desastre todo lo destruye, todo lo conserva. Un grueso cúmulo de desgracias obliga a reevaluar las pasiones. El mundo es opaco, pero sobre el neblinoso ambiente, la música, esa maravillosa desgarradura, al igual que Cenicienta, se levanta, y entonces los quince minutos de gloria, que pertenecen a cada uno por derecho propio, aparecen en la voz de los niños cantores, incluso en un oficio tan insólito que desempeña el ladronzuelo Corbín, el atril. Las desgracias se elevan sobre las cabezas, y permite que se enciendan el brillo de las luces titánicas de quienes han perdido por principio. Sinónimo de esfuerzos inútiles, son todos estos niños si las voces que los alientan siempre perjuran en su contra. Tal vez la letra con sangre entre, pero la vida queda manchada por la crueldad. Al término de todo este inventario de infortunios, que de forma eficiente ha logrado consolidar Christophe Barratier en su ópera prima, la postrera tribulación, el héroe se marche tal como llegó, aunque esta vez una lluvia de palabras silenciosas lo acompaña. El mensaje es claro : Frente a la adversidad nuestra respuesta es la vida. Les aconsejo revisar este film ya que lo que he intentado hacer es simplemente una crítica ensayística. Ojala que lo haya logrado.