jueves, 15 de mayo de 2014

“The Savages”, Jenkins bosqueja una sociedad individualista a través de los lazos sanguíneos.
























































































Antes de empezar con el comentario de esta buena cinta de Tamara Jenkins, quisiera escribir algunas palabras acerca de  ese formidable actor que fue Philip Seymour Hoffman, y que nos dejó hace pocas semanas. En este mundo que gira al revés y nos alimenta de una vida rancia debemos de ser agradecidos, aunque suene a estupidez. Querido Philip, con todo mi amor y cariño de cinéfilo, y de mi gran admiración por lo que hiciste para y por el cine, te dedico estas pocas líneas que jamás hubiera querido escribir. Ya no estás con nosotros, me duele más que varios lamentos, y estoy seguro que fuiste el mejor de tu generación, y de los 10 mejores de la historia; combinaste géneros y personajes con simpleza e intensidad, dejaste todo en cada plano y en cada diálogo, nos hiciste gimotear, sonreír y hasta querer acompañarte en cada una de tus maravillosas expresiones gestuales y somáticas, estar al lado tuyo para respirar tu aire poético, y admirar tu inigualable sonrisa de gordo bonachón. Mereces estar al lado de tu apreciado Marlon Brando, el más grande de todos los tiempos, a quien no superaste sólo porque no quisiste hacerlo y preferiste partir antes que nosotros; o de ese fenómeno del hablar con corrección y actuar como si no lo hiciera, Laurence Olivier. Ganaste muchos premios y halagos, nos regalaste escenas imposibles de no recordarlas. Reinventaste a Capote y la Academia se rindió ante tamaña interpretación. Siempre estarás en mi videoteca, y nunca dejaré de repasar tus gracejos que dejabas estampadas en cada film. Cada observación de toda la que hiciste contendrá mi reconocimiento. Jamás olvidaré cuando le diste una lección de interpretación femenina a Robert De Niro en Flawless, como también lo hizo Brando con el gran Bobby en The Score. No descanses en paz, sigue actuando donde estés y si cometiste un error, lo olvidaremos. Un abrazo a la distancia querido, y sólo decirte que te adueñaste de las mentes de todos aquellos que amamos el cine, conquistaste al mundo y nunca dejarás de estar en nuestro melancólico sentimiento . Pues bien, muchas veces la vida se convierte en un precario carrusel de feria que avanza sin cesar, dando siempre las mismas vueltas. Hasta que sucede lo lógico. Una pieza del viejo rodamiento ya no logra engranar, y el carrusel corre el riesgo de fallar y causar una tragedia. Para evitarlo, es necesario reparar varias partes, reajustar el sistema, volver a probarlo, que quede listo y seguir haciendo lo mismo de siempre. Así es la vida de los hermanos Savage. En un momento dado deben detenerse para mirar al pasado y comprender lo que les sucede en el presente. El padre de ambos padece de demencia senil y debe ser recluido en una casa geriátrica. Alguien tiene que ocuparse del viejo, aunque ninguno de los dos sea capaz de ocuparse de sí mismos. Los Savage no parecen conformar una familia. Son dos hermanos disfuncionales y distantes, marcados por la inseguridad, la neurosis y la insatisfacción. Con tales características la directora y guionista Tamara Jenkins construyó The Savages, 2007, un film sobre las cosas importantes de la vida que se descubren de vez en cuando, sin precisamente esperarlas. Habría que precisar algunas cosas. Está claro que el cine independiente desde hace varios años ha adulterado sus propósitos a la hora de comercializar una película alejada de la gran industria, bebiendo del prototipo espiritual de un movimiento que acude a la etiqueta para modernizar su mercantilismo. Juno, de Jason Reitman, fue un ejemplo de esa falsa independencia. No así lo es el largometraje de la Jenkins, que concibe su razón de ser en una historia pequeña y habitual que logra desmarcarse del formulismo vigente, y aboga por alejarse de esa boca del lobo que representa Hollywood, en su cercanía al fantasmal territorio de lo mediocre, a la cotidianidad de dos hermanos que deben reconstruir su averiado vínculo familiar para hacerse cargo de un padre que ya no es tal, sino un acarrear de algo nada liviano. Los personajes del film de la Jenkins son extraños de sí mismos que asumen una carga familiar no como una redención individual, que habría sido lo fácil, sino por una obligación descreída y fría. La ruptura de la rutina supone para los hermanos la convivencia emocional que reposa siempre en la lejanía física y reflexiva. Por ello, en The Savages son tan importantes los diálogos como los silencios, el verbo como las miradas cautelosas de un hombre y una mujer sumidos en la amargura y el desasosiego, que han visto como su juventud se ha ido disipando con la frustración de sus sueños. Sin embargo, la Jenkins no cae en el sentimentalismo, ni tampoco en el tremendismo. Desmitifica el núcleo de insatisfacción con cierta ironía, convirtiendo el melodrama en una tragicomedia seductora, con cercanía y realismo, sin recurrir a coartadas de ningún tipo. Lo mejor de este film es sin duda la aportación de Laura Linney y Philip Seymour Hoffman, que elevan sus respectivos fracasos dentro de la trama con una miel  interpretativa extraordinaria. La cineasta Jenkins con envidiable mirada refleja el egoísmo y el dolor que ocasionan las relaciones filiales, la deuda con los sueños rotos y la responsabilidad familiar que finalmente encuentra una vía para el optimismo. Esta película posee la virtud de eludir el campo del heroísmo de aquellas historias extraordinarias para dedicarse a comprender y expresar a personajes en su día a día, a través de una escritura minuciosa que explora emociones y esperanzas. Por eso comienza con una escena donde un grupo de ancianos bailan en una extraña coreografía que tiene mucho de surrealista en una luminosa ciudad llamada Sun City, en pleno desierto de Arizona. Ancianos que bailan, practican golf y hacen vida social al compás de I’m in Heaven. Todos parecen estar en el cielo pero la realidad suele ser no tan complaciente. En la ciudad de Nueva York -con muy poco sol- Wendy Savage, una trabajadora de tiempo parcial, utiliza subrepticiamente los recursos de la oficina que la ha contratado para enviar su obra de teatro a distintas fundaciones culturales para obtener una beca. Vive sola con su gato y un ficus, y de vez en cuando se deja visitar sexualmente por un vecino que está casado. En Buffalo, en el mismo estado de Nueva York, Jon Savage es profesor universitario de drama y literatura e intenta escribir un ensayo sobre Bertoldt Brecht, de quien parece tomar prestado el método del distanciamiento para no concretar su compromiso con la novia polaca que abandona los EEUU pues su visa ha vencido. Solitarios y fracasados, los hermanos Savage viven la crisis de la edad adulta.  Jon y Wendy configuran una extraña relación pocas veces presentada en una película, dos hermanos, varón y dama, que no pueden vincularse en el presente pero comparten un pasado en el que la madre abandona a la familia, y el padre se hace cargo de la educación de los chicos de forma desalmada. Ninguno quiere vivir con los otros pero todos tienen que hacerlo. Esos lazos familiares afloran desde el olvido, y les ofrece una nueva oportunidad para reparar las piezas gastadas de sus respectivos carruseles. Esto le permite a la Jenkins hurgar en el alma de sus dos apesadumbradas criaturas para extraerles nuevas emociones y posibilidades de rehacer sus vidas. Pero, lo hace, desde una perspectiva que contrasta el drama de sus vidas con el humor negro que se desprende de sus diálogos. Tal vez por ello, este film no termina siendo una cinta compungida como Jon y Wendy sino esperanzadora como una idea de superar los miedos intimistas. Tanto Laura Linney como Philip Seymour Hoffman edifican desde las entrañas a estos dos hermanos condenados a redimirse. Cada mirada y cada lágrima, cada sonrisa y cada grito, son elementos expresivos que dibujan la evolución de personajes complejos y a ratos contradictorios. Sobre todo porque ambos están vinculados con el teatro, la creación y el manejo de conceptos artísticos mientras pretenden apartarse de la realidad sin esperanza alguna. De las mejores películas donde no hay feeling inmediato entre los protagonistas, pero poco a poco, con mucho sacrificio actoral se va logrando. No se la pierdan, y no olvidemos nunca a Philip Seymour Hoffman.