viernes, 6 de junio de 2014

“El arpa birmana”, Kon Ichikawa va más allá de la guerra, y nos enseña el sentido de la humanidad.


























































Hay películas que emocionan por la naturaleza del relato. Hacía tiempo que no sentía una preocupación por interpretar el fondo de una historia narrada de manera sencilla que, a pesar de lo insólito de sus acontecimientos, y de una concepción épica, conmina a reflexionar sobre el sentido de nuestra existencia, sobre la idea de solidaridad, la comunicación y el apoyo mutuo a través de la música, y las mutaciones constantes de la sustancia que podemos darle a nuestro propio ser como individuos, dentro de un entorno hostil. Entre los films que abordan el espíritu del pacifismo ocupa un lugar relevante El arpa birmana o Biruma no tategoto del director japonés Kon Ichikawa, adaptada de la novela de Michio Takeyama, quien tuvo que sortear en parte, la censura de la época de postguerra en su país, años 46-47, y que contó con el formidable guión de Natto Wada, esposa de Ichikawa. El cineasta nos narra una historia original, vitalista, y con un cierto toque exótico por momentos muy puntuales, en un marco atroz de finales de la Segunda Guerra Mundial, la cual se extendió hasta Birmania, en un territorio atestado de tropas japonesas que peregrinan sin rumbo acosadas por las fuerzas aliadas. Un país donde fallecieron más de trescientos mil japoneses. Destacan dos protagonistas en su relato, de un lado la llamada “compañía de las canciones” cuyo comandante, un músico de profesión, les enseña a sus hombres a cantar para mantener en alto el ánimo de sus hombres. Con inteligencia, Ron Ichikawa pone como requisito la interpretación coral de canciones tradicionales, ya fuera en momentos de calma, o en situaciones de riesgo frente al enemigo. Esta compañía huye a través de las selvas birmanas para escapar hacia Siam desconociendo que se ha firmado el armisticio tras el alto al fuego. El otro protagonista es el cabo Mizushima quien destaca por su habilidad para tocar el arpa birmana, y sobre todo por su valentía. Lo demuestra en el arranque del film y durante la mayoría de la película. Mizushima se ofrecía como un perfecto kamikaze para asumir el riesgo de patrullar en soledad las posibles zonas de conflicto. En uno de estos peregrinajes lo asaltan tres ladrones de la zona que lo dejan en calzoncillos. El cabo tenía que avisar a la tropa si existía o no peligro para la compañía a la hora de avanzar, tocando un tema musical diferente en su arpa, según el camino estuviera despejado o no. Luego de algunos movimientos donde Ichikawa incluye algo de humor, la compañía es apresada y enviada a un campo de concentración. Ante la posibilidad de interceder por otra compañía japonesa presa aunque resistente en una montaña, el cabo Mizushima es enviado a propuesta de su superior, y con la autorización del mando inglés, a una misión como mediador, pero de la que nunca regresa. Ante su temprana desaparición sus compañeros anhelan su vuelta y se esfuerzan en localizarlo. Las esperanzas de la compañía crecen cuando ven a un monje birmano de un gran parecido. Ichikawa hace una sobresaliente tarea narrativa al hacerles creer a los soldados de la compañía que están inmersos en un conflicto bélico. La música es el símbolo de una unión que contrarresta el horror que se vive. Es el símbolo de la conciliación. Por ejemplo, en un poblado birmano, advierten que están siendo rodeados por soldados británicos. Al observar que un carro lleno de explosivos está fuera de su alcance, disimulan entonando un nuevo canto para recuperarlo, pero, para su sorpresa, los soldados británicos responden con el mismo canto, exponiéndose a su vista. Es la manera de decir que la guerra ha terminado, pero ante todo es el gesto de humanidad que da a entender Ichikawa, y que logramos comprender de inmediato. Otro punto exquisito que consigue poner en juego el cineasta es todo lo que concierne al cabo Mizushima, que sin dudar se convertirá en un personaje entrañable. Entremedias, existe una circunstancia que le dará mayor significación al relato. Uno de los soldados le pregunta a Mizushima -quien siente una particular afinidad con Birmania- si tiene la misma afinidad con Birmania que con Japón. El cabo no responde, pero se viste con ropa birmana.  Esto tendrá lugar por cuestiones del azar. Cuando el pelotón tenga que trasladarse a un campo de prisioneros y se le nombra a Mizushima como conciliador para que intente convencer a otro pelotón que se rinda –trepa trabajosamente una gran montaña- sus pares lo tratan mal, lo desprecian, le demuestran un orgullo torpe. Todos serán bombardeados, y perecerán, excepto Mizushima que será atendido por un monje budista, al que le robará su ropa para recorrer una larga distancia, y así su nuevo atavío se convertirá en parte de su piel, mientras se encontrará con los restos de sus compañeros soldados que no han sido enterrados, ya sea en terrenos pedregosos o apilados en la orilla llena de barro junto a un rio. Mizushima dispondrá cómo objetivo de vida enterrar a todos estos cadáveres. Este hombre sabe que su acción contrarresta el absurdo de la guerra, la soberbia de aquellos que la han propiciado por cuestiones que promulgan la destrucción, pero sus valores son tan apegados a lo humanista que se propone hacerlo, incluso se lo comunica a sus amigos de la compañía mediante una misiva antes que estos sean devueltos al Japón. Ichikawa alternará la odisea de su personaje con las secuencias del pelotón en el campo de concentración. La falta de Mizushima es como una herida en esa unión que se han esforzado en crear, sobre todo en el comandante, quien se resiste a creer que haya muerto, porque el que esté vivo se convierte en símbolo de retorno al hogar, a la vivencia pacífica, al olvido del horror. Quienes creyeron verlo con esos atavíos de monje budista no dejan de estar sumidos en el desconcierto. Una bella escena es aquella –surrealista por cierto- en la que se encuentran aparentemente con el cabo Mizushima, y aunque se haya refrendado la separación, distanciados por la alambrada del campo de concentración, pero unidos, de nuevo, por  el canto que entonan, acompañados del arpa birmana. El regreso al hogar de los soldados, en el barco, es una apuesta por un reinicio, se conjuga con la figura de Mizushima caminando por los senderos del amor. Permanece, porque el recuerdo de un horror es necesario para que no vuelva a repetirse, y debe restituirse cultivando la armonía, la entrega a los otros, desde el mismo corazón de las tinieblas. Película de una notable sencillez, de fácil entendimiento que solamente busca una postura original dentro de lo tenebroso de una guerra. La propia historia es toda una metáfora de la confrontación entre el sentido del altruismo en el ser humano y la superación de circunstancias tremendamente adversas, frente a la idea del hombre como ser preponderantemente eficaz y útil a su patria. El pacifismo que transmite se apoya tanto en un lamento sobre la inutilidad de los muertos en el enfrentamiento bélico, como en las sorprendentes estrategias de supervivencia, a veces extravagantes, mediante el uso de temas interpretados con el arpa birmana. También Ichikawa pone en claro la fanfarronería ligada a un patriotismo exacerbado de quienes se consideran valerosos en el seno de un grupo militar enfrentado a una inútil contienda, lleva a Mizushima a pensar en las contradicciones de nuestra conducta que potencialmente manifestamos en grupo o individualmente, mientras defiende, a quienes silenciosamente cooperan en provecho de la humanidad sin reclamar protagonismos especiales. La música no sólo interviene como hermoso medio de confraternidad, desahogo, o sosiego de los soldados de esta “compañía de las canciones”. También emerge una sutil influencia en el entorno de los protagonistas, indudablemente adverso, y que va dejando su huella : La canción que cantaron, aunque sonaba ruidosamente, aplicando bien el oído resultaba ser nostálgica, continuaba sin interrupción, y cuando creíamos que había llegado al final, de nuevo se reanimaba, arrastrándose largamente. Era una monótona lamentación en los trópicos. La cinta nos sumerge en la importancia del “ser”, frente a la concepción reiterada en un contexto militarista que propone la significación de la “eficacia” para un ser humano, y cómo esta última visión fue determinante en la idea patriótica de los japoneses para soportar esta guerra que finalizó con una tremenda derrota física y moral. Finalmente, el ejercicio del arte, mediante la música del arpa birmana y los cantos corales, son una muestra de la reafirmación de estos hombres como seres humanos y de su lucha por su existencia con un sentido de entrega que va más allá de la bondad o no de sus interpretaciones musicales, sumada la singular transformación de su identidad como individuos. No deja de asombrarme, al recordar las últimas escenas del film, la creatividad del guión al construir esta narración sobre un soldado con un arpa. Un film imperdible.