viernes, 25 de julio de 2014

“The Railway Man”, Jonathan Teplitzky y la inimaginable capacidad de perdón en un hombre excepcional.
































































































Se estrenó ayer en la ciudad de Lima el último  film de Jonathan Teplitzky, quien sin lograr todavía una grandiosa cinta, va progresando y afianzándose paso a paso en estas cuestiones de la cinematografía. Me agradó el film Gettin' Square donde se atreve con un thriller cómico que resulta llamativo cuando se acomoda en el relato. Teplitzky sabe contar sus historias y domina las atmósferas para que sus films queden absolutamente bien posicionados. Luego observé Burning Man, donde ajustando ciertos bulones de su estilo sostenido y grato, también gusta con un drama romántico con algo de humor, y las muy vinculantes interpretaciones de Matthew Goode y de la bella Bojana Novakovic. Si tienen la suerte de conseguir estas dos cintas, van a darse cuenta como el cineasta australiano logra superarse en la dirección, el montaje y sobre todo en su narrativa donde combina los géneros con gran flexibilidad. Usa siempre los flashbacks de manera correcta justo cuando a uno le parece que algo anda mal. Ahora, escoge un género más complicado, pero que igualmente sabe manejarlo con prudencia y sin excederse. Enfrentarse a una engorrosa realidad siempre es una tarea difícil, pero hacerlo frente al destino al que uno le ha tocado en suerte, muchas veces se convierte en un vía crucis insoportable. The Railway Man o Una imborrable pesadumbre se basa en partes de una historia real escrita por el propio Eric Lomax, personaje protagónico del film acerca de su cautiverio como Oficial del Ejército Británico durante la Segunda Guerra Mundial, donde fuera tomado como rehén por los japoneses en la operación de Singapur en 1942, y trasladado a un campo de concentración en la línea férrea entre Birmania y Tailandia. Allí, pese a las inhumanas condiciones para sobrevivir y trabajar, al margen de las torturas a las que fue sometido, consiguió mantenerse alerta principalmente por el amor que le tenía de pequeño a los trenes. Eric Lomax -el formidable actor británico Colin Firth hace una actuación muy acorde a su eficaz histrionismo dramático- nos da la inmediata impresión que ha quedado detenido en el pasado. No parece moverse un milímetro en el tiempo. Cuando en un viaje en tren, conoce por casualidad a Patricia -me sedujo mucho la sobriedad de la actuación de Nicole Kidman, a quien se le ve más bella aún por el arreglo que le practicaran en el rostro hace ya dos años-  se enamora a primera vista y su vida da un giro lo suficientemente radical y así concederse el mismo una nueva oportunidad. Lamentablemente, su feliz matrimonio no puede calmar su alma angustiada y esa fortaleza que siempre había demostrado Lomax vuelve a desplomarse en un mundo de pesadillas y recuerdos que parecen dominar su presente. Angustiada, Patricia busca ayuda para que su marido consiga superar los miedos que le hacen creer que aún es preso de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial. A través de un cruce de relatos, Teplitzky va modulando la historia y la oscila entre dos espacios temporales : el primero y principal, se corresponde con los años ochenta, en los que Lomax y Patricia intentan sobrevivir a una existencia marcada duramente por el pasado, y por la imposibilidad de aceptarlo y hacerle frente aunque lo intentan sobre todo Patricia. Si bien esta parte del film va en búsqueda de una presentación acorde de los personajes e introducirnos en la verdad de sus vidas -es destacable la afectación de Stellan Skarsgárd frente a una inexpresiva Nicole Kidman, el papel lo requiere de este modo-  su ritmo muy pausado, y en pos de una profundidad consciente convierten a esta parte de la crónica en ingenua y muy quieta, sosegada. Frente a estos nudos de acción que Teplitzky pone en el tapete, la narrativa que realmente consigue atrapar la atención nuestra es la relativa a los sucesos posteriores a la rendición de Singapur, y que vienen introducidos por las pesadillas y los argumentos de lo ocurrido. Teniendo como referente cinematográfico al film de David Lean, El puente sobre el rio Kwai, nos ponemos frente a frente  a la deshumanización que conllevó la construcción de las vías del ferrocarril, trascendiendo la actuación de Jeremy Irvine quien hace una performance  calculada y precisa, mediante la sucesiva inclusión de flashbacks consiguiendo, no sólo retratar una realidad sobrecogedora donde los soldados británicos tuvieron que luchar en inferioridad de condiciones, y supieron contrarrestar al enemigo. Pero, donde acierta un pleno el cineasta australiano es en la construcción de la figura de Lomax, de manera que podamos comprender poco a poco las circunstancias fortuitas por las que llegó a convertirse en una pieza clave de la resistencia inglesa, y la magnitud del castigo que sufrió como consecuencia de sus atributos intelectuales. De ahí para adelante la película gana mucho en ritmo y profundidad en el último tramo en el que pasado y presente se ven obligados a confrontarse. Teplitzky haciendo nada más que lo correcto consigue reconciliar finalmente al espectador con una historia en la que héroes y villanos recorren una línea demasiado fina y en la que las circunstancias parecen jugar un papel algo grande como para permitirnos realizar un juicio moral de los protagonistas. Con una fotografía muy cuidada que busca marcar una diferencia visual clara entre los momentos temporales y espaciales, como la cálida Singapur frente a la oscura y fría Inglaterra, el estilo elegido por Teplitzky se caracteriza por la sobriedad y el clasicismo. Predomina el plano contra plano que aísla a los personajes en sus dudas interiores afianzada esta sensación por el uso de los zooms para acercar la composición de los planos, por encima de sendos conjuntos que los reconcilien con su entorno, donde el australiano presta una gran atención a unos encuadres que, más que imágenes en movimiento, parecen sugerir fotografías que remiten a un tiempo extraño y oscuro de la historia contemporánea. Una imborrable pesadumbre se constituye en una película que gana más de lo que adolece, ya que se desprende de su insensatez para centrarse en la historia, planteando temas como la incomunicación, el costo del progreso, la mentira bajo los vencedores y los vencidos o el significado del perdón. Este hecho donde se enfrentan con verdadero sentido aquellos excesos generalmente aceptados en una guerra, hace que el duelo actoral entre Colin Firth y Hiroyuki Sanada sea de polendas. Firth durante su labor en la guerra es brutalmente golpeado física y psicológicamente por el japonés. Luego de algunos años, la tortilla se le voltea a Sanada, y es Firth el que puede tranquilamente acabar con la vida del japonés, pero no lo hace. Imaginemos la capacidad de Lomax para no odiar, no sentir ningún atisbo de venganza sobre aquel sujeto que lo rebajó a la miseria moral más denigrante. Firth lo abraza, lo perdona, y le dice que todo fue causado por un hombre que seguramente no sabía lo que hacía. Sanada empieza a llorar y no tiene palabra que le salga de la boca para una semejante actitud de amor hacia un tipo que fue su enemigo. Este mensaje, si lo queremos trasladar a lo visual, es de las imágenes mejor logradas de la película. The Railway Man de Teplitzky conseguirá hacer disfrutar a los espectadores que la sepan aceptar por lo que es, y no por lo que parezca ser. Hay que hacer un esfuerzo neuronal e ir a la raíz del asunto y no quedarnos en lo superfluo. El australiano es un realizador que va en pos de competirle de igual a igual a cualquiera. No realiza una obra maestra, pero queda bien en claro el avance esencial, el aprendizaje volcado en esta cinta por Teplitzky. El único pequeño defecto es que no es guionista, pero quien sabe, de repente le juega a favor. Así como el lenguaje cinematográfico que utiliza el cineasta es académico, lo que debe quedar en claro es que lo único que pretende dentro de su objetivo final es narrar una historia y no hacernos cómplices emocionales de la propuesta. Olvidémonos de captar algún tipo de impacto sensibilizador o de suspense psicológico. Este cine es para tipos que quieren aprender que hay detrás de este joven realizador. Recomendable film, aunque a muchos de mis colegas les pareció aburrido. Luego se los expliqué y se dieron cuenta que lo de ellos es el fútbol y el pollo a la brasa.