viernes, 29 de mayo de 2015

“I Origins”, Mike Cahill descompone la controversia entre ciencia y espíritu a través de los ojos.

















































































No es ningún secreto que la función primordial de la ciencia es reunir la mayor cantidad de datos fidedignos, observarlos, analizarlos, y desarrollarlos para comprender el universo en el que existimos y sobrevivimos. Lo que muchos miles de años atrás, se explicaba a través de la religión -la conciencia y el espíritu- y se visualizaba a través de la fantasía, hoy se consideran acciones cotidianas. Sin embargo, siguen existiendo definiciones con los que convivimos, que aún no somos capaces ni de entender y menos de explicar. La finalidad del arte es también lidiar con estos conceptos, aunque en este caso no tanto para dilucidar el sentido de su existencia, sino para aceptarlos y coexistir con ellos pese a nuestro desconocimiento. Precisamente, cuando abandonamos el terreno de lo concreto, y nos adentramos en la metafísica, es  donde la ciencia -que aún no cuenta con data suficiente- no es la que nos puedan brindar una respuesta razonada, que se vea abocada a la especulación. La ciencia es muy útil, y debería serlo aún más para la humanidad, pero no siempre se avanza con la celeridad que se espera. Uno de los órganos más sensibles que tenemos son los ojos, o en todo caso la visión. Nuestro “mirar” es imprescindible, y si la poseemos no deberíamos darnos el lujo de no cuidarla ni revisarla. Las enfermedades comunes de la vista se manifiestan con una cantidad de determinados síntomas, cualquiera de los cuales debería llevarnos a consultar a un profesional. Nuestros ojos, y nuestra salud visual, son importantes en nuestro desarrollo vital del día a día, y no sería responsable ignorar las enfermedades oculares que nos ocasionan dolor, problemas visuales, pérdida de la visión, lesiones visibles o cuestiones que se sienten como fuera de lo común. Asimismo, habría que recordar que es muy posible que los males oculares no presenten ningún síntoma, por lo cual es imprescindible exámenes regulares para mantener una visión correcta. Yo poseo retinopatía diabética, la controlo, pero a pesar del cuidado, cada año pierdo 5% de la visión. Soy proclive a desarrollar cataratas -una forma de opacidad en el cristalino- y glaucoma, un trastorno ocular que daña el nervio óptico y generalmente se caracteriza por un aumento de la presión ocular interna. No quiero dar un mensaje médico porque este espacio no es para eso, pero les cuento mi experiencia porque tiene que ver con el film I Origins del cineasta Mike Cahill, quien también hace un polémico largometraje de corte independiente vinculado a la ciencia ficción, de título Another Earth, y que dudo en recomendar, porque si bien es cierto el joven cineasta sabe tratar el género sin bombos ni platillos, y se despacha con elegancia, a la par de un mensaje infrecuente que tiene la virtud de no ocultar ningún atisbo de dramatismo, y que no rehuye la dureza de la trama, pero que la aborda y maneja sin necesidad de solazarse en las miserias que nos afectan a todos, y que, al igual que la protagonista -la bella Brit Marling, quien trabaja también en I Origins- quisiéramos borrar de nuestras mentes como si jamás hubieran existido. Pues bien, el plot del nuevo film de Cahill aborda la vida profesional de un joven científico yankee de nombre Ian -Michael Pitt es un actor que cambia de registros con asombrosa capacidad- que investiga acerca de los ojos y sus secretos. El objetivo de Ian y de su asistente Karen -correctamente interpretada por Brit Marling- es buscar esclarecer el proceso de evolución en materia visual. Ambos trabajan con ahínco y presteza, en aquel gen que explicaría lo improbable: la capacidad de ver. El largometraje se apoya en teorías científicas para armar una trama que se escuda en los misterios del universo. Cahill ahonda en el aspecto existencial, en lo religioso e incluso en la reencarnación. Nos habla de la evolución continua a la que se ve sometida el ser humano en particular, y todo organismo viviente en la tierra, en general. Todo ello argumentado a través del globo ocular, cómo los seres humanos contamos con un sentido de la vista más complicado, pero también cómo una lente intraocular se convierte, al igual que la huella dactilar, en un identificador de cada individuo, con características propias. De esta manera, para Cahill, el ojo se convierte en una metonimia del propio origen y la existencia del ser humano. A partir de esta base, el cineasta reflexiona acerca de lo que supondría encontrar a dos personas con biometrías oculares idénticas. Cahill aboga por el ingrediente discursivo, cerebral, quizás subrayado en demasía, siendo su principal reto conseguir hacernos asequibles a los que observamos la física teórica o la biología molecular para que podamos seguir el desarrollo de la trama y no perdernos. Se trata de una especie de óbice, ya que por una cuestión de normativa, el espectador común está habituado a historias dinámicas donde los conceptos se desarrollan junto con la acción. Sin embargo, traten de no dejarse engañar, la física teórica o la biología molecular no son el núcleo de I Origins. El componente científico es el McGuffin, es decir, esa excusa argumental muy bien pensada que el director necesita para que los personajes avancen en la trama, pero que en realidad carece de relevancia por sí misma. Evidentemente -y lo hemos detallado en dos entradas anteriores- cuanto más cuidado esté implementado un McGuffin, más ayuda a la verosimilitud de un contexto desviado, al mismo tiempo que sirve de enganche para llevarnos al territorio mental  que necesita el realizador. Sin embargo, no debemos olvidar que por mucho que se base en estudios técnicos y/o científicos, certificados por sabios de prestigio internacional, una película sigue siendo una obra de ficción, y por lo tanto debe ser capaz de establecer sus propias leyes físicas siempre y cuando mantengan una coherencia interna. Cahill, convierte el ojo en el espejo del alma. Aquí el choque entre razón y espiritualidad es fundamental. El yankee convierte a sus personajes en voces de ambos bandos, imperando la ambientación y la atmósfera del laboratorio científico, de la disección y la experimentación para intentar deconstruir lo que une el cuerpo físico con lo incorpóreo. De nuevo el uso del empirismo para tratar temas tradicionalmente delegados en manos de la teología o la filosofía. I Origins nace de una tesis conceptualista, lo que determina que la narrativa de Cahill se subordina a un elemento abstracto, que se mantiene contra viento y marea, fiel a esa idea que la propia coherencia narrativa del guión propone. Podríamos sostener que Cahill está seguro que una determinada situación conduce obligatoriamente a la otra, y así hasta el desenlace con el fin de avalar su tesis fílmica. El cineasta actúa como demiurgo de su propio universo, convirtiendo la casualidad en predestinación. Sin embargo, esto puede parecer arbitrario, pero no es más que otro argumento que juega a favor del pregonar de Cahill que sostiene su ensayo como conexión existente entre todos los seres vivos. Ian Gray, el protagonista, se sumerge en una galaxia microscópica, al mismo tiempo que también recorre medio mundo buscando pruebas que corroboren la existencia de biometrías oculares idénticas. Sin embargo, más que el trayecto espacial que recorren, lo vital es el descubrimiento emocional que realiza, y que puede alterar sus creencias y su visión del existencialismo. Ian Gray comparte poses con otros personajes a través de la ambivalencia moral. Profesionalmente implicado en sus teorías, hasta el punto que éstas responden a su propia obsesión personal por los ojos de las personas, se escuda en su condición de científico para negar cualquier cosa que la razón no pueda explicar. Por otro lado, la seguridad que tiene en su trabajo le falta en sus relaciones sentimentales, presentándose como un personaje inseguro y errante. Finalmente será su sentimiento de culpabilidad por esa actitud emocional que lo lleva a plantearse otras perspectivas acerca de un existir que desconoce. En cuanto a los secundarios, la dicotomía entre ciencia y espiritualidad recae también en los personajes de las carilindas Brit Marling y Astrid Berges-Frisbey. La primera, intelectualmente, se acerca más al perfil de Ian, por lo que sirve de interlocutora para que ambos puedan teorizar en voz alta e intercambiar reflexiones con las que explican dinámicamente la impronta del mensaje que necesita difundir Cahill. Por otro lado, la segunda supone un desafío para el personaje de Pitt, ya que si éste representa la razón pura, ella simboliza lo emocional y lo espiritual que rebasa el intelecto. Los demás actores cumplen una función concreta y puntual, importante para el desarrollo de la historia, pero con escasa presencia como para influir en la trama. Cahill no cuenta con un presupuesto millonario -en este film se gastaron 30,000 dólares- y por lo tanto el cineasta independiente debe jugar con la ciencia ficción con los pies más en la tierra que en el espacio. Cahill distingue narrativamente las partes donde predomina la perspectiva empírica del protagonista -ejecutada con un estilo documental muy marcado- de aquellas donde impera lo sensitivo. El cineasta busca una planificación más intimista y poética, jugando con el encuadre y utilizando el ralentí como descripción emotiva. Estos dos elementos se combinan aportando a la cinta lo que podríamos definir como una estética de realismo poético. En cualquier caso, Cahill no busca tanto llamar la atención sobre la narración como subordinar la planificación y el montaje enteramente a las necesidades de los personajes y los actores. Sólo hay dos planos en toda la película donde el cineasta ha querido destacar el trabajo de cámara por encima de los personajes, y se trata de dos escenas con especial significado, íntimamente conectadas, donde el travelling circular sirve de énfasis de cara a quienes observamos. Se trata de dos planos que rompen por completo el tono de la narrativa, pero que lo hacen de manera premeditada, buscando que esa ruptura nos haga más consciente de la importancia de esos momentos. Temporalmente, la trama está ambientada en el presente con un ligero salto a un futuro cercano. De esta manera, la cinta no requiere de una ambientación especial y permite al director rodar en espacios urbanos reales. Únicamente en la secuencia de la visita a la Dra. Simmons podemos apreciar una cierta estilización futurista, mientras que el resto de los espacios -el laboratorio donde trabaja el protagonista, su casa o los exteriores- o el estilismo de los personajes apuestan más por un esteticismo contemporáneo, bastante coherente, además con el alma indie de la producción. La BSO juega también un papel protagonista en el film. Con inteligencia, el cineasta opta por un acercamiento musical atípico, destacando la partitura musical creada por Will Bates y Phil Mossman, y la incorporación de la canción “Dust It Off” del grupo The Do. I Origin es una buena película, nada despreciable y poco criticable, y ha supuesto la confirmación de un cine muy bien pensado por un Mike Cahill que mantiene esa apreciada narrativa que supuso un debut estimable con Another Earth, demostrando tener voz propia a la hora de abordar un tipo de ciencia ficción de corte existencialista. Muy recomendable.