miércoles, 27 de mayo de 2015

“Jeremiah Johnson”, la poética y bucólica obra maestra de Sydney Pollack.



































































































Quiero empezar este comentario con frases que denotan mi admiración por Robert Redford, Sydney Pollack y en especial por esta maravillosa película que guardo en un lugar especial de mi corazón y de mi hogar. En una vida posterior -si es verdad tanta mentira- antes de convertirme en un animal, ochenta kilos de excremento o un fornido árbol de hojas perennes, preferiría volver a ser un hombre bueno y leal, cuidar a mis padres ancianos hasta el último suspiro, pelear contra el Alzheimer y vencerlo, estudiar con los Jesuitas, y un largo etcétera de temas que pasaron por mi existencia, pero lo que más desearía es establecerme como un sedentario, dentro de un inmenso territorio árido y seco, juzgando a tanto cretino, sinvergüenza y cacos de poca monta, vagar por las zonas rocosas encima de un caballo percherón, explorar lugares inhóspitos, enfrentarme a ese frío paralizante, usar una escopeta, y tener una vida de absoluta plenitud, llena de aventuras, y ser el héroe de si mismo como lo fue el tal Jeremiah Johnson. Pues bien, Jeremiah fue un veterano ex-soldado norteamericano combatiente en la revolución mexicana no se sabe si con éxito. Dejó el uniforme militar a un lado, y se refugió en lo más profundo del Oeste. Se convirtió en hombre de pendientes y laderas, asumió la vida de un cazador. En invierno, con muchas dificultades para sobrevivir, hizo contacto con la tribu india "Crow",  y se hizo muy amigo del jefe Cuervo. Se vincula con una nativa, y luego conoce a otra mujer atacada por los guerreros Blackfoot, tribu rival de Cuervo. La mujer, deja a su hijo bajo el cuidado de Jeremiah, quien se compromete a cuidarlo. Pero Jeremiah tiene que regresar al ejército, debe guiar a las tropas en la tierra sagrada de los "Crow", y pelear contra ellos. Los indios buscan venganza por esta situación repentino. Cuando regresa a la montaña, Jeremiah tendrá una larga serie de enfrentamientos con Cuervo y su gente, quienes durante meses tratarán de matarlo. Los códigos se habían violado y la justicia se tenía que tomar por cuenta propia. Jeremiah Johnson, cinta del productor, director, escritor e intérprete Sydney Pollack, es un hecho especial incluso para el cine hollywoodense de su época, un antecesor del Western, ya que este hombre existió casi cuarenta años antes que llegaran los aldeanos, los irlandeses y los pistoleros. La obra maestra de Pollack es la historia de una montaña, y muy pocas veces se había tamizado eso en el cine. Cuando Pollack fue a buscar a Redford en su casa de Sundance, le dijo dos cosas: Vas a ser el protagonista de un film que te llevará al estrellato, vamos a filmarla aquí en Utah, luego iremos a las zonas rocosas, y te adelanto que será complicado. A Redford le pareció genial la proposición, entendía que si todo salía bien -y así sucedió- sería un icono del cine norteamericano. Jeremiah Johnson es una de esas cintas que nos hace hervir el alma, e invade nuestros más hondos sentimientos, probablemente más que formidables películas como The Quiet Man, Red River o The Searchers. En pleno barullo de los años setenta, donde se imponía la contracultura, la exaltación de acabar con la sociedad de consumo, la guerra de Vietnam, el movimiento Hippie etc., el film de Pollack representa un resumen de todo eso, es decir, un mundo que hoy día lo consideramos como irrepetible, y que años más tarde se convertiría en lo que es hoy en día, un lugar donde es imposible vivir en paz, porque los malos nos ganaron a los buenos, y ahora tenemos que negociar con estos miserables. Pollack se encuentra con esa década desdichada y despreciable -pero que fue la época de mis abuelos, mis padres, y la mía propia, donde la inmunda milicia nos robó la felicidad y el sentir familiar durante 12 largos años- en la que tardaron en aparecer nuevos cineastas que buscaron desarrollar un estilo si bien ficticio, pero plagado de realismo cinematográfico. Los Bogdanovich, Lucas, De Palma, Spielberg, Coppola y Scorsese lograron articular alguna que otra obra coherente, y que buscaban atrapar un mensaje concreto para lanzárselo a la humanidad. En cualquier caso, Pollack compone una obra personal -filmó siete veces con Redford- a través de un estilo muy norteamericano y con cierto toque del revolucionario cine europeo. Pero, antes de comentar sucintamente el film, diremos que el tal John Liver Johnston -adjunto una foto en el Collage- fue una figura mítica en la época llamada “la frontera”. Nació en 1824, y muy joven abandonó una insensata civilización, para irse a las “rocosas”, evitando el ruido de quejosas multitudes, yéndose del valle donde vivía para renunciar a una existencia que consideraba desquiciada. Se convierte en un “Mountain Men”, seres anacoretas que vivían de espalda a una realidad dañina, culturalmente sincréticos, que entre sus más preciados “trabajos” tenía que enfrentarse con los indios, pero que posteriormente llegó a convivir con ellos, o a casarse con alguna india, y que por su contacto constante con la naturaleza la conocía como nadie, aprendiendo a sobrevivir de ella, sin nada entre manos. Jeremiah sólo buscaba un rifle Hawken calibre 50 para ser feliz, y fue la misma naturaleza que se lo entregó -en forma de herencia vital- de otro hombre de la montaña que había sucumbido. Este libertario, medio salvaje y sin escrúpulos, estuvo durante años luchando contra los "Crow", uno a uno, escalpándole sus cabelleras, y comiéndose sus hígados para aplacar el hambre, y su sed de venganza, pues los indios habían matado a toda su familia. Vivió 77 años, fue Sheriff en Montana, rastreador para el ejército, y casualmente acabó muriendo en una residencia militar en enero de 1900, en la ciudad cinematográfica de Los Angeles. Para que el film tomara forma, Pollack construye un personaje de leyenda y al mismo tiempo nos brinda una serie de referencias -es una película más de los años 60 que de los 70, a pesar de ser filmada en 1971, y estrenada al año siguiente- con aspectos ecológicos prolijamente desarrollados, cataduras que Redford en su corta carrera como director tendría en cuenta, con una melodía también de la época, que bien habría podido escribir Bob Dylan, en un tono de romance mezclado con música country. Redford, que tiene una presencia estética acaparadora, acaba por dominar la composición de la película, junto con el personaje de la "montaña", y con el magnífico uso que Pollack logra del majestuoso paisaje de las zonas rocosas, planos generales espléndidos, donde todo es estupor y belleza, sobre todo en las tomas de los nevados, y las zonas nevadas. Otro logro indiscutible de Pollack es la composición invadida por largos silencios, que gobiernan a un ser solitario, parco en palabras, una persona con serias dificultades para comunicarse, y de quien no conoceremos nada sobre su pasado. Como el personaje de Ethan en The Searchers del maestro John Ford, a Jeremiah lo descubrimos porque llega con un pantalón militar, referenciandonos que ha estado en la guerra contra los mexicanos. Pollack divide el largometraje en dos mitades. En la primera parte se ciñe a una cinematografía con fuerza narrativa, y en donde a través de un ritmo endiablado suceden muchísimas peripecias, desde que Jeremiah se topa con una especie de espíritu fantasmal de la montaña “Bear Claw”, quien lo adopta para adiestrarlo en cómo comportarse ante la adversidad. Este arcángel es un sujeto mayor, lo ayuda y aconseja, con sentencias varias, pero entre muchas unas que resultan misoginias : lo más duro y doloroso que he encontrado en la vida ha sido el corazón de una mujer. Más tarde, cuando Jeremiah baja hacia el valle, se hace de un niño, tras el ataque por parte de los indios a una familia de colonos, y se encuentra con un sujeto de nombre Del Gue, un francés enterrado en el desierto hasta el cuello, castigo ejecutado por los indios por tener la cabeza rapada. El sujeto le presentará a una tribu india ya colonizada y franco parlante, donde Jeremiah acabará casado con la hija del jefe. Este personaje singular Del Gue, saldrá en escena sólo en momentos claves del film. Jeremiah, sin pretenderlo, forma una familia sin el don de la palabra, pues el niño la ha perdido traumatizado por el ataque a su familia. Son importantes las escenas donde Pollack demuestra su estupenda estética al filmar por los aires y hacia éstos, a un halcón que sobrevuela el lugar, y que parece observarlos con detenimiento. Por fin, Jeremiah parece haberse encontrado con una aparente felicidad. La segunda mitad es lo que más impresiona de la cinta. Pollack la vuelve mucho más sombría y taciturna, por ejemplo, en una escena del paso de un cementerio, mientras Jeremiah hace labores de rastreador, ya que el ejército lo había perdido por completo. Jeremiah intuye el mal, y se transforma en un ser neurótico y obsesivo. Sydney Pollack pasa de un estilo de impresionismo a una visión contraproducente de los sucesos, donde hasta la montaña se muestra funesta, y todo lo que hemos visto anteriormente, se convierte en la poética de alguien replegado en sí mismo, como si se tratara de un “Dead Man Walking”, que va recorriendo un camino de venganza donde pretende resolver sus asuntos personales. La vida de Jeremiah Johnson es la historia de una epopeya heroica de él mismo, o la de aquellas montañas rocosas, con un desorbitado e ingenioso espíritu de los EEUU de aquellas épocas, de la exaltación de la naturaleza, y el anuncio de un mundo nuevo. Jeremiah era un buscador de la libertad, aún al precio de tener que luchar con la rudeza de la montaña, y noblemente contra los indios con los que finalmente pactaría. Consideraba como intolerables muchos acontecimientos que en la civilización actual se toman como naturales. Nos hemos acostumbrado a estas de tal modo que creemos que son tan normales como el hecho de respirar o lagrimear. Los espacios salvajes son la médula del mundo. No nos vendría mal -como experiencia de vida- retirarnos una vez en nuestras vidas -sin interesarnos por nuestra edad- quizás horrorizados ante la perspectiva de convertirnos en esclavos condenados -como Sisifo en el Tártaro- a pagar toda una vida el precio de nuestra circunstancia o dimensionalidad por lo que hicimos o dejamos de hacer.  La historia de la civilización humana no ha sido más que la historia de la domesticación del alma, un esfuerzo titánico para que el hombre se someta a los dictados de otros hombres, y no a los que emanan del propio corazón. Muchas veces se le llama cordura al sometimiento, y cuando éste lo interiorizamos, pensamos que forma parte de nuestra manera de ser, y es ahí cuando estamos actuando como hombres sin valores. Y no solo sin moral sino locos, y muertos en vida. La libertad domesticada no es libertad. Y sin la libertad de ser o de estar, no hay vida. No sé ustedes, pero yo tengo dentro de mí una buena parte de ese insólito personaje que fue Jeremiah Johnson. Sufro mucho, pero aguanto el doble, y trato cada día de mi vida darle forma a lo que me depara el destino. Anímense a jugarse un poco lo que les queda de vida. No se van a arrepentir. Imperdible Obra de arte cinematográfica.