sábado, 23 de mayo de 2015

“Trydno byt bogom”, Aleksey German desnuda espontaneidad e impone una comparsa del envilecimiento de un país caduco haciendo uso de la prosopopeya inicua.









































































Hay largometrajes que son distintos, no mejores, porque rompen esquemas, enfrían conciencias, y nos hacen vivir una experiencia que nunca hubiesemos podido imaginarnos. Mágico, incomprensible, enigmático, esquizofrénico, absorbente, potentísimo,  extraño etc., son calificativos que bien podrían alcanzar para describir la película rusa Trydno byt bogom dirigida por Aleksey German, quien adapta la novela de ciencia ficción homónima de los hermanos Strugatsky, escrita en 1964. Arkadi, el mayor, fue filólogo especializado en lenguas orientales y Boris, el menor, astrónomo. Los dos hermanos fueron los autores de ciencia ficción más importantes de la extinta URSS, claramente influenciados por Wells, Conan Doyle, Verne o su coterráneo Iván Yefremov. Su novela más llamativa fue Picnic junto al camino, adaptada al cine por el genio ruso Tarkovsky en la memorable Stalker el año 1979. Es muy posible que quienes hayan visto primero la cinta y lean después la novela se sientan desilusionados por el cineasta ruso. Pese a la importancia de la versión fílmica, la imponente Galaxia de Gutenberg está por encima de la propuesta audiovisual. Ya en 1989, el alemán Peter Fleischmann, había dirigido una adaptación titulada Es ist nicht leicht ein Gott zu sein, protagonizada por Edward Zentara y Werner Herzog, que ganó el premio al mejor guión y mejor BSO del Festival de Sitges. Fue tanto el éxito de la novela que incluso existe un video juego basado en el film. En esta ocasión, el fallecido director Aleksey German, quién adapta nuevamente la novela cuyo título en castellano es Qué difícil es ser un Dios, no pudo disfrutar del éxito de su cinta terminada. Svetlana Carmelita, su mujer y eterna guionista de sus films, junto a su hijo, también director, Aleksey A. German, finalizaron el rodaje. Pues bien, muchos son los largometrajes que necesitan una diminuta excusa argumental para justificar su razón de existir. Es el caso del último film que realizó Aleksey German durante los diez últimos años de su vida. Trydno byt bogom o Hard to be a God nos relata una visita guiada por Arkanar, un planeta similar a la tierra, anclado en nuestra Edad Media. Somos testigos privilegiados de una realidad anacrónica, que bien podrían haber sufrido en carne propia nuestros ancestros, y que hiere la abulia del ser humano más miserable. En Arkanar todo es suciedad, podredumbre, perversión y miseria. El arte y la cultura no son permitidos, y como en una dictadura camuflada, se les persigue. El derecho a la vida se determina por la clase social. Los excesos y la arbitrariedad son elementos que dominan el sistema. La muerte espera gélida enquistada en cualquier lugar e instante. La compasión, el respeto y la educación son lujos que unos pocos pueden permitirse. ¿¿ Quizás estemos ante una alegoría de la Rusia actual ?? Aleksey German lleva nuestras retinas hacia el objetivo de su cámara, transformando las imágenes en una fidedigna encarnación de un contexto que nos resultaría impensado. Unos científicos se desplazan a Arkanar para analizarlo, mientras observamos los sucesos con curiosidad, asombro, y desconsuelo. No estamos frente a un film fácil de observar -y difícil de recomendar- porque desestima la descriptiva argumental y desprecia al clasicismo. Seguimos los pasos del protagonista -un científico tomado por hijo ilegítimo de Dios- con la sensación de estar presenciando una pesadilla demasiado real, en la que el hombre tiene pocas alternativas de supervivencia. Toda nuestra agudeza se potencia al analizar una dirección artística de notable proporciones sumada a una estupenda fotografía en blanco y negro, la misma que olfatea el hedor de sus locaciones, el sentir la humedad de su ambiente, el tocar las texturas de un mundo repulsivo a la vez que fascinante, el percibir el inminente peligro de los personajes protagónicos dadas las amenazas que los acechan. Todo esto es un espectáculo que nos impresiona, que nos va indicando por donde está la cloaca y se pudre la manzana. La envidiable planificación del cineasta ruso se fundamenta en su puesta en escena donde existen planos secuencia que nos hace tangible la aprehensión de una atmósfera asfixiante. Hard to be a God es para todos un  mecanismo novedoso de aprendizaje cinematográfico que no tiene punto de comparación, un film con vocación de obra única. Su escala de grises responde a la ausencia de los buenos y los malos en su indignante narrativa, de moralejas, de mensajes ostentosos que tanto gustan al cinéfilo conocedor. Quién no esté dispuesto a mancharse los ojos y la ropa, y recrearse en las miserias del ser humano, no le va a dar los testes para comprar y ver la película. La banalización del mal existe. No obstante, todo el padecimiento que implica observarla implica una recompensa inmensa por la calidad audiovisual que posee junto al impacto nada frecuente de presenciar una historia de otra época. Aleksey German realiza una película biológica donde el fango y la lluvia lucen mezclados con todos los fluidos que el cuerpo humano puede producir. Esa intemperante mirada de los mismos protagonistas directa a la cámara que sigue a mínima distancia las aberraciones, infamias y atrocidades que sufren, es una de las experiencias más conmovedoras que puede ofrecer el verdadero cine moderno. Una inmersión total en el caos y una poderosa metáfora de toda autarquía que se base en suprimir cualquier opinión diferente, condenar a sus súbditos a convertirse en lacayos, o directamente en esclavos por un mísero mendrugo de pan. Un excesivo horror vacui que acaba por resultar sugerente, y que lo tiene a uno absorto durante las casi tres horas que dura, asistiendo al combate que se establece entre la narración casi abstracta -el argumento y los temas de la película se despachan en un par de discursos en off y cuatro diálogos- y el poder de las imágenes, que libres de la tiranía del guión, generan una poética única, surgida de la deformidad, la confusión, lo asqueroso y la desesperación más absolutas, resumidas en esa pregunta retórica que Rumata y/o German, sentado en un charco asqueroso, exhausto, derrotado y rodeado de cadáveres, le hace a un colega terrestre;  ¿¿ Has visto lo que he aprendido ?? Qué difícil es ser un Dios es un film alucinante, narrativa, visual e ideológicamente, y que de no mediar la irreverencia fílmica se convertirá, sin lugar a dudas, en una película de culto. Extraordinaria experiencia audiovisual, al nivel de lo mejor que se haya visto en la atolondrada ciencia ficción yankee.