jueves, 18 de junio de 2015

“Chronicle”, Josh Trank potencia lo sorpresivo a través de un nuevo enfoque de naturalismo cinematográfico.























































































Si queremos disfrutar de una película de ciencia ficción porque es divertida, bien guionada, inquietante y dura sólo 80 minutos, Chronicle, la ópera prima del yankee Josh Trank es una buena opción para el DVD o el BLU RAY. Lo que hace Trank los primeros minutos es una técnica conocida como “found footage” donde a partir de una perspectiva subjetiva se le confiere a los planos una compostura verista, cuyo objeto es resaltar el realismo dramático de la narrativa. Las imágenes con las que arranca el film nos muestra a Andrew, un  muchacho adolescente probando su videocámara recién comprada. El chico enfoca la puerta de su habitación, cerrada con llave. Al otro lado de la misma, se escucha el bochinche que causa el padre, quien le increpa alterado que abra la puerta. Andrew le retruca con suma tranquilidad que está borracho, lo que denota que esa incómoda situación no es nueva para él. Las siguientes escenas siguen por el mismo camino. Caminando por los pasillos de su centro de estudios, Andrew va soportando todo tipo de bromas por parte del resto de los alumnos,  e incluso es golpeado por uno de esos bravucones que nunca faltan, quien le tira la cámara al piso. El único instante de quietud que tiene Andrew es cuando almuerza, posado en las gradas del campo deportivo siempre con cámara en mano. De pronto, se ve interrumpido por una de las muchachas animadoras, quien le pide soezmente que deje de grabarla tanto a ella como a las demás  bailarinas. Vuelve a casa, su padre lo está esperando, y lo zurra por lo hecho temprano. Mientras esto sucede, se escuchan los angustiosos sonidos que emite su madre, víctima de una enfermedad terminal. La utilización de la cámara -como punto de vista de Andrew- le brinda a toda esta seguidilla de percances una sensación de cercanía que potencian la soledad y la debilidad del personaje, simulándose su tormento como una prueba de vida para la posteridad. Andrew asume el prototipo del típico “loser” colocado al borde del abismo por el resto de la sociedad, y un buen día coge un arma y se venga de aquellos que lo han martirizado, dejando las grabaciones como explicación de sus actos. La cercanía que siente con su cámara, su renuncia a mirar a su alrededor con sus propios ojos, convierte al adminículo en un filtro que coloca delante de él, un escudo con el que intentar sublimar esa realidad tan aciaga, como lo demuestra una escena en donde va acompañado de su primo Matt a una fiesta, y que termina con una imagen clave: Andrew en el jardín de la mansión, sentado y solo, pero con la cámara colocada delante de él como constatación de su fracaso. Trank hace un golpe de timón atinado y coloca a Andrew, Matt y el amigo de éste, Steve, vinculados a un extraño artefacto enterrado bajo tierra, y que reacciona cuando es tocado. De repente, los tres muchachos son afectos a un severo dolor de cabeza sangrando por la nariz. Como síntoma de un desmayo colectivo, Trank cierra la secuencia con un “fade out”, pero divide el film en dos partes. Cuando regresamos a las imágenes, han pasado algunos días desde el descubrimiento. Andrew y sus dos compañeros tienen poderes que van desde mover con su mente todo tipo de objetos -desde una bola de baseball hasta un automóvil- incluso, volar. A partir de este momento, la cámara de Andrew ya no buscará registrar la realidad, sino su modificación, demostrando lo vulnerable que puede ser. Si bien Chronicle puede caber como un intento de llevar un género espectacular a los márgenes modestos del “found footage”, podemos localizar un par de referentes concretos que se escapan de esa clasificación: Carrie de Brian De Palma -la cinta de Kimberly Peirce es un mamarracho- y Akira, de Katsuhiro Otomo. Al igual que en estos dos títulos, los poderes que ostentan los chicos de Trank, supone una respuesta a sus propios temores, deseos, dudas y odio. No es extraño que sea precisamente Andrew quién haga gala de un mayor control de sus poderes, como si fuera la respuesta del rencor que ha estado acumulando en su interior durante años. La relación establecida entre Andrew y Matt sigue la línea de la que Otomo escribió para los protagonistas de su célebre manga, Kaneda y Tetsuo, este último hastiado de vivir bajo la sombra del primero, como le ocurre a Andrew. Es por ello que a medida que crecen sus habilidades sobrenaturales, al muchacho ya no le interesa el mundo que lo rodea, para centrarse en sí mismo, muestra la creciente autoestima que lo embarga. Este hecho es utilizado por Trank para refrescar el subgénero en donde está instalado. Trank saca debajo de la manga una brillante idea propia de la puesta en escena: Andrew usa sus poderes telequinético para mover su cámara alrededor de él, convirtiéndose, por primera vez, en el único protagonista de su vida, a la vez que rompe el limitado punto de vista habitual de esta clase de películas. Trank asume un concepto de planificación que supone el reflejo de su intencionalidad de estirar los débiles límites del “found footage” pero sin traicionar su esencia. De esta manera, y como contraste del inicio del film, el clímax de la trama se adueña del grandioso efectismo de los  “blockbusters” multimillonarios, en un afán de destrucción a gran escala que, inevitablemente, fuerza nuestra credibilidad. Chronicle se muestra tal y como es en el desenlace, es decir, una radiografía del caldo de cultivo que puede dar lugar a un supervillano, así como el proceso de dolor y pérdida que conforman la figura legendaria del superhéroe, convertidos ambos, como nos lo dicen los cómics, en las dos caras de una misma moneda, compartiendo la soledad que conlleva el ser diferente.