martes, 9 de junio de 2015

“La bataille de Solférino”, Justine Triet hace una introspección tragicómica vinculada al triunfo de la soberanía popular sobre el amancebamiento dinástico.



















































































Antes de entrar en el comentario de esta estupenda propuesta es importante conocer el precedente histórico de “La batalla de Solferino”, acontecimiento que hace dos años dio origen a la película La bataille de Solférino, dirigida y escrita por la joven y bella Justine Triet -la dirección de actores que hace es formidable- en donde se atreve a realizar una psicótica exposición de motivos y acciones -basados en el drama, la política, la familia y hasta la comedia- del enfrentamiento entre italianos y el ejército austríaco y franco-piamontés, desde el punto de vista de una periodista que combate con los suyos, lo que equivale a la perspectiva de lo puramente mediático. La película empieza en mayo de 2012. Una reportera de TV, Leticia, tiene que liarse en el proceso eleccionario presidencialista francés, mientras su ex-marido, Vincent, necesita ese inquieto día domingo para pasarla a como dé lugar con sus dos pequeñas hijas. Es un día atareadísimo en París, como en cualquier lugar del universo donde se produce un fenómeno tan poco importante como lo es el electoral. Por lo tanto, nos situamos en la capital del amor y la luz, de donde emergen dos niñas inquietas y bulliciosas, un niñero aburrido que no lo respeten y cansadísimo, un novio necesitado y un atrabiliario abogado que no acierta nada. Es interesante apuntar que como hecho histórico “La batalla de Solferino” tuvo lugar el día 24 de junio de 1859, en la localidad de Solferino, situada en la Lombardía italiana. La historia la define como el episodio decisivo de la lucha por la unidad de los itálicos. Los franceses al mando del emperador Napoleón III, luchan con las tropas austríacas. Los primeros disparos de fusil estallan poco después de las tres de la madrugada. Seis horas más tarde el conflicto alcanza una inusitada violencia. Un tórrido sol hace mella en aprox. unos 300,000 hombres cuya misión es matarse entre ellos. Por la tarde, los austríacos abandonan sus posiciones. Al caer la noche, más de 6,000 hombres muertos, y 40,000 heridos yacen en el campo de batalla. Los servicios sanitarios de los ejércitos franco-sardos no se dan abasto ante tanta desgracia. El ejército francés contaba con menos médicos que veterinarios; los medios de transporte se habían fundido; los implementos médicos fueron olvidados en la retaguardia etc. Los heridos que podían valerse por sí mismos, se trasladan al poblado de Castiglione, en busca de agua y alimento. 9,000 combatientes desechos llegan para luego dejarse caer en las casas y granjas, o en plazas y callejuelas. En la Iglesia de Castiglione, la Chiesa Maggiore, un sujeto de apellido Dunant, con la incesante ayuda de mujeres del lugar, va a socorrer para curar a los moribundos durante tres días y tres noches. Si algo de importancia mundial tiene Solferino es porque aquel testigo presencial Jean Henri Dunant, un acaudalado hombre de negocios nacido en Suiza, filántropo, activista de causas humanitarias, y primer Premio Nobel de la Paz en 1901, se motivó para crear la Cruz Roja Internacional, junto a un gigantesco contingente de voluntarios cuyo maravilloso trabajo fue llevado a cabo por personas de criterio consciente y de forma gratuita, en beneficio de la sociedad mundial. Esta tarea lleva consigo los valores del altruismo y la solidaridad. Es por esta única razón por la que el voluntariado surge gracias a algunas religiones, y al principio del “amor al prójimo”. Si nos centramos en la cultura occidental, es sabido que la “caridad” para un hombre cristiano es una obligación. Por esa razón, es que en el siglo XVI surgen las primeras fundaciones hospitalarias. La iniciativa eclesiástica crecerá poco a poco, y será respaldada por otros sectores de la sociedad, siempre desde los valores emanados por el cristianismo. En el siglo XVIII, el Estado entiende que el voluntariado es una imperiosa necesidad y empieza a regularlo. En el último siglo, el concepto del voluntario a crecido. Por un lado, se han sumado los voluntarios laicos, y por el otro, aparecen los llamados “Estados del bienestar”, lo que ha propiciado que las nuevas organizaciones tengan objetivos precisos, como la defensa de los derechos humanos, el cuidado del medio ambiente, la educación etc. Pues bien, en este nuevo siglo, el ministerio de los medios de comunicación -masivos y tradicionales- pese a plegarse a toda la verborrea y el laconismo a que se los induce desde las redes sociales -la droga de más consumo social que ha creado el ser humano- sigue siendo recrear los incuestionables sucesos de la humanidad. Los affaires políticos, los hechos deportivos o lo más destacado de la agenda cultural, son materia con la que trabajan todos los días. Modulan el tiempo público, y han logrado  sustituir al espacio también público que eran la plaza, el parque o la calle, lo que antes fue ágora; por lo que el abstracto ente mediático representa aquel espacio en sí mismo. Por lo tanto, tendríamos que añadir que hoy los medios funcionan construyendo los hechos o desventuras de cada individuo, metiéndose sin importarle nada, en la vida privada de los que pueden. En el film, Justine Triet, empieza poniendo en marcha un genial esparcimiento cuando la periodista y presentadora de televisión -a la que da vida una afinada Laetitia Dosch- sale de su hogar para cubrir la ya mencionada jornada electoral de Mayo de 2012, en la que el inepto François Hollande fue elegido como presidente de Francia. Su ex-marido -lo hace muy bien el actor Vincent Macaigne- no puede ver a sus nenas que han quedado al cuidado de un niñero pasivo, no pudiéndoseles acercar por orden judicial. Vincent conseguirá hacerlo aunque sabe que no es lo correcto. Su estrategia es muy inteligente. Se aprovecha que Leticia tiene una labor que no puede abandonar. La mujer controla su vida privada desde las calles donde se reúnen los seguidores de los candidatos, a la espera de los resultados de la elección, observando a través de gigantes pantallas donde se relojean las tendencias. Todos los personajes del film están fuera de los lugares que deberían ocupar: la madre en su casa, el padre en la suya, y la gran masa pública vegetando al lado de una pantalla. Entonces, queda planteado todo el engranaje que se ejecutará en La batalla de Solferino. Justine Triet arma juego alrededor de tres cimientos fílmicos elementales, tomando en consideración el plot del film: Las fricciones, negociaciones y sumisiones de la vida política llevada al ambiente familiar. Coloca en primera instancia una comedia de embrollos, donde cada personaje queda alejado de los lugares en los que deberían estar para solucionar problemas cotidianos. Por otro lado, usa aquella metáfora de la situación política de su país -y el de cualquiera- pero fraccionado entre dos extremos bien definidos, donde va a conseguir inmovilizar a parte de la ciudadanía, acertando en el vínculo con los sucesos históricos que se plantea desde el título del film. La Triet se acerca con prolijidad a ese concepto de soberanía que se muestra decisivo para comprender nuestro tiempo. Hoy todos somos soberanos, podemos tomar cualquier tipo de decisión en cualquiera de los ámbitos de la vida por los que nos movemos, aunque el pueblo no es capaz de trascender su indignación y sus deseos ante lo mediático. Leticia no puede hacer que las niñas se comporten como se los ordena su cuidador. Vincent se soba por los testes las normas que impiden arrimarse a sus hijas. Su amigo, el abogado, padece de impotencia conciliadora entre la ex-pareja para llegar a un acuerdo aquel domingo etc. En su intento por no ser aplastada por sus propios modelos cinematográficos -sea la Nouvelle Vague o el Dogma- y primar el poder de la imaginación, Justine Triet ha conseguido una película fresca cuyos defectos, menores -un guion que flirtea con lo inverosímil- cobran ínfima importancia frente al dinamismo de su narrativa y aquella originalidad entre el paralelismo de un conflicto individual, y el destino colectivo y político de un país. La lección del film es cautivante. Todos somos de alguna manera autónomos, pero solo podemos contemplar la puesta en escena de nuestras vidas, muchas veces desde la incomprensión del semejante y de una lejana distancia.