domingo, 7 de junio de 2015

“Lady in the Water”, Shyamalan nos desnuda su prosélito amor por el poder de la imaginación.













































































Desde el éxito que tuvo su película The Sixth Sense o El sexto sentido, el cineasta de origen indio Manoj Nelliyattu Shyamalan -un gran escritor y narrador de cuentos infantiles- ha ido construyendo su filmografía como un espejo en el que busca reflejar una forma de existencia que nacen en sus cintas utilizando al género fantástico para elaborar alegorías con una determinada forma de contemporaneidad. Cada propuesta que ha ido filmando fomentaba un discurso de radicalidad independentista que enriquecía con alguna apostilla tan meditabunda como sociológica adentrada en la figura del principio activo del mundo, ese que maneja los hilos de la ficción. La metáfora social y la reflexión metalingüística, por ejemplo, se tratan en su aceptable e inspiradora  The Village. En las imágenes de éste film existe una nítida intencionalidad política definida en una comunidad controlada a través del miedo. Shyamalan intenta explicar lo divino de ese paraíso del bienestar, pero suprimiendo la libertad de los que lo habitan, timoratos de una admonición que emana amenazante de una humanidad difusa. Es el imperio del espanto, la excusa que maneja el cineasta para coartar ese albedrío del individuo, y generar una beligerancia similar a la que crea George Orwell en su novela política de ficción distópica, titulada “1984”. Esta mirada terrenal sufre una desviación en el uso formal de la iconografía de los cuentos de hadas, convirtiendo a The Village en una notable fábula semejante a esos subliminales clásicos como La caperucita roja o Hansel y Gretel, cuentos sumidos en antiguas leyendas de terror, que estaban impregnados de bosques oscuros formados por retorcidos árboles que lo cubrían todo con sus ramas revueltas, despertando los temores primigenios del ser humano, como el miedo a la oscuridad, a lo desconocido, al cuco etc. Si en sus anteriores películas, Shyamalan retrataba a personajes que sufrían de enanismo sentimental, en The Village presenta al amor como una manifestación sincera y personalísima del hombre, capaz de romper con las telarañas de la mentira, lo que la convierte en una cinta inclinada hacia el romance literario. Finalmente, esa comunidad es un experimento frío que se verá desestabilizado por la irrupción inevitable de la fuerza motora del mismo hombre. Pero, lo que buscamos comentar es el film Lady in the Water, propuesta que según el maestro de la crítica norteamericana Roger Ebert, Shyamalan inventó mientras le contaba la historia a sus hijas al dormir, y que cuando la observó, la sintió improvisada, demasiado extensa, y sin sentido. Habría que recordar algo muy interesante.  A lo largo de 75 números, el creador de historietas de fantasía, Neil Gaiman, elaboró con los cómics de su famosa obra The Sandman, una cosmogonía -teoría filosófica, mítica y religiosa que trata acerca del origen y organización del universo- compuesta por los iconos más importantes de mitologías fabricadas por el ser humano a lo largo de su existencia. Los mitos le servían para erigir una base sobre la que reposaba el mundo, y que reside en su verosimilitud. Para los más escépticos, era gratificante la existencia de una serie de poderes superiores que le dieran un sentido a sus vidas sin recurrir a la religión. Mi opinión no es la misma que la del maestro Roger Ebert, en cuanto a sentir el film como una improvisación, ya que lo hecho por Shyamalan en La dama del agua es señalar claramente que nuestra realidad forma parte de un universo mágico ficticio con el que siempre hemos convivido, y hemos tenido nuestros más hermosos sueños, pero que lo hemos ido olvidándolos poco a poco reduciéndolo a lo que llamamos cuentos. Si el maestro Ebert -a quien admiré con devoción porque no le pegaba nunca a una película y siempre rescató lo positivo de la misma- afirmaba que la película no tiene sentido, es que él pensó seguramente que ésta provenía de la nada, de la carencia o de la ausencia, y eso es una noción incorrecta, porque se menosprecia a un sujeto que ambiciona que volvamos a creer en lo cuentos de hadas, porque estos son una medicina terapéutica para el alma atormentada de un niño, o del adulto que los narraba. Shyamalan es uno de los tantos directores incomprendidos y maltratados al divino botón. Se le acusa torpemente como un hacedor de cintas de horror, porque la gente se comió el “chocolate” que la mayoría de críticos irresponsables fabricó por haber tenido la notoriedad que demostró con El sexto sentido. “Si Shyamalan es un experto en el horror entonces el Blog de Pepe Derteano se especializa en cocina y artes manuales”. Ya señalamos que el intrépido autor, creativo y realizador indoamericano ha implementado su filmografía dentro de aquellos márgenes de la lógica y la asonancia, ponderando su discurso film a film, porque él esta filosóficamente consciente -y debe de asistirle razones de creencias absolutas- que es lo mejor que tiene para brindárnoslo. Nadie hace películas perfectas ni absolutamente malas, pero la gran mayoría de gente se autofanatiza creyéndole a un títere que hace de periodista o comunicador que sale en algún medio masivo promocionando lo que le conviene –bufón que está financiado por los distribuidores y salas de cine- y no forma opinión yendo a observar determinadas cintas, y luego tomarse el mínimo esfuerzo de contrastar. Un ejemplo local sucedió hace poco en Perú, donde la masa tardó tres semanas en darse debida cuenta que la película nacional Asu Mare 2, era un mamarracho y estafermo argumental que se publicitó con mucho dinero y picardía, que miles de bobos pagaron entre siete u ocho dólares, y donde la dudosa crítica que ejerce, se quedó callada, dando la impresión de ser cómplices de tamaña bribonada. Ojala los espectadores hayan aprendido la lección, y no suiciden el intelecto de manera tan apresurada y burda. Ahora dicen todos que fue una pésima película, pero ya se dejaron meter la mano en la cartera. Retomando el tema “Shyamalan”, The Village fue una cinta digna y aceptable, porque la he analizado con rigor artístico, y por esa razón la he comentado en la introducción. La frialdad con la que han tratado a Shyamalan -principalmente en los EEUU y todos sus satélites latinos- parece provenir de una vendetta personal, y no de la comprensión de su pensamiento como autor y cineasta. Si se analiza con detalle lo que busca Manoj Nelliyattu Shyamalan, se darán cuenta más temprano que tarde que The Village es la base creativa de donde parte La dama del agua. La presentación de la película, donde nos cuenta la antigua leyenda de la convivencia de los Narf - una raza fantástica de seres acuáticos- y los humanos, está relatada con los rasgos esquemáticos de un cuento para niños. Un comienzo de gran poder evocador impregnado del tono fabulador de The Village. La incorporación actoral del propio Shyamalan a través de un personaje importante -por primera vez en su carrera- no es un hecho gratuito. El indoamericano se observa a si  mismo como un contador de historias que tiene algo importante que decirnos: volver a pintar nuestras rutinarias vidas con los colores de lo maravilloso. La escena en la que el personaje de Shyamalan se encuentra con la bella Story, es la más hermosa representación finita del creador acercándose a su creación, y se constituye en uno de los más formidables momentos del cine fantástico. No hay nada casual ni impostado a lo largo del desarrollo de la película. La urbanización en la que se nuclea la cinta se dibuja como un microcosmos en el que están personificadas todas las razas, y cuyas vidas parecen haberse introducido en un callejón sin salida. Durante los primeros minutos, Shyamalan abandona el estilismo calculador de sus anteriores largometrajes, y como el mejor de los arquitectos o ingenieros trazan sus planos, el cineasta dibuja la acción  a través de tomas con bruscos movimientos de una cámara temblorosa, y que busca el encuadre insólito y la composición súbita -como el comienzo cuando se nos presenta al magnífico Paul Giamatti- produciéndose un uso casi heterodoxo de la profundidad de campo, como si la puesta en escena se viera contagiada de la mediocridad de aquella realidad que retrata. Con la aparición de Story, la película estabiliza su narrativa visual, haciéndola más atractiva y cuidada. Es por eso que la película se adueña de un complejo discurso metalingüístico, ya que se reúne consigo misma, logrando su auténtica función de lo fantástico, a la vez que sus personajes descubren su condición de figuras arquetípicas mitológicas. A Shyamalan se le ocurre una genialidad. En la evolución visual que provoca, se jacta de integrar con naturalidad a lo fantástico en lo real, como si desde siempre formaban un todo, pero estábamos medio ciegos y adormitados para que nuestra capacidad de observación pudiera notar las monstruosas criaturas que se camuflan en la hierba; el túnel construido bajo la piscina, nexo de unión entre dos mundos antagónicos; la imagen de la gigantesca águila tomada desde el interior de la piscina etc. Lo único que podría ser del todo polémico es que Shyamalan elabora su discurso bajo el signo de la evidencia: el elemento fantástico que trastoca la realidad se llama Story o la inclusión de un personaje vil que trabaja de crítico de cine -una provocadora pataleta del cineasta contra la crítica que lo ataca sin razón artística-  y que se deberían tomar como convenciones lícitas que de ninguna manera empañan el talento de un hombre -no es judío sino hindú- que ama ciegamente el poder de la imaginación.