jueves, 4 de junio de 2015

“Sei donne per l'assassino”, Mario Bava y la detallada elaboración de un cine de horror en estado químicamente puro.













































































Enmarcada en poco más de 17 años, la obra de Mario Bava brilla en la historia de la más antológica cinematografía italiana del siglo XX, debido a la personalísima magnificencia artística que volvió a configurar las perspectivas y posibilidades del género de terror junto al fantástico, aportándole una inusual y espeluznante sensualidad, así como un envolvente barroquismo formal, a través de la creación de dos corrientes tan contrastadas como el “gotico all’italiana” y el conocido “giallo”. Films como La maschera del demonio,  Sei donne per l'assassino, Terrore nello spazio, Danger: Diabolik etc., fueron innovadores y particulares, hecho que sustenta el razonamiento de varios historiadores del arte, quienes sostienen que sin la filmografía de Bava, serían impensables las relevantes ramificaciones del cine de horror y del fantástico modernos, verificando a perpetuidad el talento de un maestro del romanticismo negro en la pantalla grande. La filmografía del cineasta italiano desarrolla elementos y temáticas que a partir de su inventiva serán propias del terror como: la figura central de la mujer-monstruo, un erotismo enfermo y obsesivo, pulsiones necrófilas, mansiones malditas, vampirismo, ritos misteriosos, maldiciones etc. Sucesivamente, Bava fue haciendo incursiones en casi todos los géneros, con resultados válidos. Habría que recordar el “peplum” Ercole al centro della terra, o la encantadora historia policiaca al mejor estilo intrigante de Hitchcock, La ragazza que sapeva troppo, o la tensa, neurasténica y sadomasoquista La frusta e il corpo, así como la trilogía I tre volti della paura, cinta inspirada en una novela de Lev Nikoláievich Tolstói, interpretado por un soberbio Boris Karloff. Sei donne per l’assassino, film de suspense, magistral y violento -que comentaremos- y que le abrió el camino a las cintas de Dario Argento. Operazione paura, un relato gótico de incesante sugestión visual, y Reazione a catena, cinta en la que anticipa el “slasher” desgranando una imaginativa sucesión de asesinatos que hicieron escuela. Más respetado en el extranjero que en su propio país, Mario Bava es uno de esos autores de pleno derecho, mucho más trascendente que aquellos cultores del compromiso total de un tipo de cine alimentado por pensamientos atormentados. Pues bien, en los créditos iniciales de Sei donne per l’assassino o Seis mujeres para el asesino, Bava viste la pantalla con un plano detalle de las lentejuelas de un traje femenino de alta costura. La cámara va moviéndose para mostrarnos que lo porta un maniquí de color rojo sangre. Los actores protagónicos aparecen en una pose estática, colocados juntos a diferentes maniquíes, como si quisieran imitar el estado inanimado de sus figuras, mientras son iluminados por una fotografía multicromada dándole al conjunto una tonalidad quimérica y de disimulo. La escena no sólo le sirve a Bava para anunciarnos un elaborado esteticismo que homologará como un minucioso protagonismo de la interpretación humana, sino que es la carta de presentación de los estilemas visuales de todo un género. Lo que hace Bava es diseñar las bases del “giallo” -tema tratado en la cinta Suspiria de Argento- tanto en sus componentes literarios como en los visualmente formales. Bava perpetra al típico “poliziesco italiano” de los años setenta, y que utiliza la estructura del And then there were none o Diez negritos de la novela de Agatha Christie para desarrollar el género whodunnit o ¿¿ Who has done it ?? -¿¿ Quién lo hizo ??- que parte del asesinato de una bella modelo cerca al lugar donde trabaja, siendo sus compañeras de labores, así como las personas que las rodean, las principales sospechosas del crimen, así como lógicas víctimas patrocinadoras del asesino. Bava implementa un logrado McGuffin para construir un cosmos que tras su deslumbrante estampa -no es casualidad que la historia gire alrededor del universo de la moda- esconde un turbio mundillo lleno de secretos y mentiras, chantajes y traiciones que le dan forma a un enorme armario plagado de esqueletos. Desde este punto de vista, Seis mujeres para el asesino no nos aporta cota alguna de originalidad. Es en la puesta en escena donde Bava convierte el batiburrillo en un ejercicio estético de los más arrebatadores de la historia del cine de suspense. El protagonismo de los maniquíes en la secuencia de créditos no es puro capricho, nos avisa de lo inanimado del escenario que gobernará la película. Los movimientos de cámara y la fotografía no se limitan exclusivamente a la función visual, ni se conforma sólo con encaminar la acción, sino que buscan un objetivo que deberá contener un carácter expresivo y revelador, es decir, no sólo muestran o exhiben, sino que se depende, principalmente, de modelarse, otorgándole plasticidad a los escenarios en los que transcurren los sucesos, y a todo aquello que lo integra -incluidos los actores- y que se sustentan en los travellings de ida y vuelta que persiguen a las modelos en pleno desfile, u otro travelling que recorre los cuartos desiertos de la casa de modelos, únicamente habitada por los maniquíes, es decir,  existe un vacío de vida, pero no de entes presentes. Bava utiliza en Sei donne per l'assassino, aquellos elementos del cine gótico como el mobiliario simulado que esconde pasadizos secretos, las catacumbas llenas de telarañas, la complexión de la damisela en apuros, las imponentes mansiones provistas de sombras, así como de sitios donde alguien o algo podría esconderse, para luego desmantelarlos a través de un colorido cromatismo que nos expresa tonalidades intensas, eliminando el componente tenebroso del género para sustituirlo por una atmósfera de irrealidad que no sólo sirve para cohesionar los hechos -una congruencia fantástica- que imponga validez a los pasajes inverosímiles de la notable narrativa de Bava. Además, ayuda a que la acepción fantástica de la totalidad del conjunto se intensifique apropiadamente ya que la gran mayoría de los asesinatos se producen en escenarios donde hay colocado un maniquí, como si fueran espectadores callados del horror. Aunque Seis mujeres para el asesino se distancia del estruendo sanguinolento que posteriormente se nutrirá el giallo, y de un exhibicionismo femenino presente, el film de Bava incorpora un sustrato fetichista, de aparatosa sexualidad a través de los asesinatos que se van sucediendo -son claves, el abrigo, el sombrero y los guantes de cuero negro que viste el asesino- y que presenta el “frágil” componente misógino del género: todas las víctimas del asesino son mujeres atractivas a las cuales el asesino desfigurará con procedimientos sádicos como si quisiera anularles su belleza -a una de las víctimas le clava un puñal medieval en la cara, y a otra le quema el rostro-. He marcado el adjetivo “frágil”, porque en esta memorable película del itálico, no existe más credo que el de la fuerza que emana de sus estupendas imágenes. Bava pinta el feminicidio como un hecho a entretener desde la ficción y no de la realidad. Sei donne per l’assassino es en suma, cine en estado químicamente puro.