martes, 16 de junio de 2015

“Sullivan's Travels”, Preston Surges y la auténtica solidez narrativa de la comedia dramática.
















































































En el cine y entre los realizadores hollywoodenses de los años cuarenta y cincuenta también existía la discusión acerca de la combinación de géneros, de sus aciertos como de sus bemoles. Preston Surges fue uno de los cineastas norteamericanos que mejor supo interpretar tanto el purismo de los géneros como la mezcla de los mismos. Es inevitable no caer rendido ante la historia de su obra más reconocida Sullivan's Travels  o Los viajes de Sullivan, rodada en 1941. Cita con simpatía a dos directores: Capra y Lubitsch. Es sobrecogedora la definición de pobreza que propone: “Pobreza no es falta de riqueza. Es una peste violenta en sí misma y contagiosa como el cólera. Miseria, criminalidad, vicio y desesperación son sus síntomas”. La película arranca con un homenaje al cine, con el ancestral subgénero llamado “cine dentro del cine”, cuando tras una estridente acción de lucha sobre un ferrocarril se dejaba sobreimpreso el mítico “The End” de los films clásicos. Tras ello, el director John L. Sullivan -un magnífico Joel McCrea- discute con sus productores acerca de la posibilidad de dejar las comedias de éxito e intentar retratar la realidad de lo que sucede en el mundo. Así, decide hacerse pasar por un “homeless” para experimentar las desavenencias de los más desfavorecidos, y observar las circunstancias que rodean a la gente que sufre ajena al oropel del cine. En los prolegómenos de la tentativa es cuando se da la escena más memorable de la cinta. Secundado en todo momento por una cohorte de ejecutivos, fotógrafos y secretarias empecinados en seguirlo a todas partes en un autobús de lujo, a Sullivan su “estudio de la metamorfosis” se le hace imposible. El director se monta en un bólido conducido por un niño aspirante a ser piloto de autos ligeros que conduce a toda velocidad a campo travieso. Es cuando estalla la comedia apoteósica, se desata el frenesí, una sucesión de “gags” de descontrolada hilaridad física, típicos del “slapstick” clásico, provocando que el acomodado séquito que los persiguen  empiecen a padecer los efectos de la celeridad a través de un montaje categórico, una persecución delineada con suma sutilidad y una insaciable comicidad de golpes, tropiezos y bandazos visualmente insuperables. Es el momento álgido de la función, una de las mejores secuencias de comedia de la historia del cine donde el culmen de la risa y la carcajada se van diluyendo con una leve lentitud. La comedia se va a transformar en un drama determinista. Después de encontrar a esa chica aspirante a actriz interpretada por la atractiva y bellísima Veronica Lake -a la que utiliza para reforzar su propio sarcasmo- Sullivan va descubriendo cómo su juego para sentir la veracidad de los problemas del mundo real es más difícil de lo que pensaba. Hay un instante del film en las que el hambre extrema hace regresar al acomodado realizador a su mansión, convirtiendo su hazaña en un capricho de artista visionario. Es un montaje sin diálogos, sólo apoyados en una sucesión de sucesos que son el día a día de los “sin techo” bajo una música melancólica que nos estremece,  cuando Sullivan descubre que dejar de comer unos días no significa pasar hambre. Sturges sabe manejar un guión estructural en los que utiliza ciertos soplos cómicos enlazados de forma perfecta con un sombrío pesimismo. Sullivan, en un alarde de altruismo, sale a repartir billetes de cinco dólares a todos aquellos pobres que ha ido conociendo, siendo el inicio de un viaje final al sufrimiento, cuando después de ser atacado por un ambicioso indigente que acaba encarcelado y obligado a realizar trabajos forzados. Es entonces cuando el protagonista aprecia el martirio que buscaba investigar para su película, por supuesto, alejada de la superficialidad de esa entelequia circunstancial que él buscaba. Los viajes de Sullivan es una cinta que nunca deja de ser una montaña rusa de distintas emociones. Una obra maestra del clasicismo que se ha asemejado en incontable número de ocasiones a la obra cumbre de Jonathan Swift, “Los viajes de Gulliver”, no sólo en su estructura de cuatro viajes, sino por tratarse de un periplo simbólico a la dureza de descubrirse a uno mismo, pero también de explorar la extraña existencia del ser humano. Sturges, además, se permite una alabanza existencial al mundo del cine, a la comedia concretamente. Hay dos momentos que evidencian el contrapunto de la actitud de Sullivan hacia el público; en los primeros compases de su aventura, cuando entra a trabajar en una granja con dos ancianas que esconden intenciones deshonestas, y asiste a una proyección donde el público come todo tipo de “snacks” que producen un sonido desagradable, mezclada con llantos de niños, y diversos ruidos. Todos están abstraídos por la película menos él. En ese momento, como gran cineasta, el Séptimo Arte se luce como un espectáculo fundamental, pero el público no le tiene respeto. En el final de la cinta, cuando Sullivan está en la cárcel, el cineasta encuentra la catarsis en un breve pase de unos “sketches” del perro Pluto de Walt Disney, a través de la risotada unida, cuando más le hace falta. Es el simbolismo honesto de la risa como fortuna colectiva, cuando deja a un lado los prejuicios y se da cuenta que el público va al cine a evadirse de sus problemas. Una cinta de emotividad y reflexión, dotada con esa sensibilidad sustentada en historias sobre auges y caídas de sujetos que tanto desarrolló Preston Sturges en su breve carrera cinematográfica. Fue, sin dudar, uno de los más corrosivos pioneros de los años 40, asemejando su trascendencia representativa a algunos de los grandes nombres del Hollywood de la época, junto a McCarey, Cukor o Hawks. Los viajes de Sullivan fue su cuarta película, la segunda de una trilogía fílmica extraordinaria, posterior a la magistral The Lady Eve o Las tres noches de Eva, y The Palm Beach Story o Un marido rico. Sturges fue un cineasta humanista y agridulce que supo extraerle comedia a los dramas más oscuros y tristes. Supo entender la realidad de aquellos años y llevarla a la pantalla como un aporte decisivo al fenómeno del entretenimiento, pero que en su ficción se colaba continuamente la vida misma. La película es posiblemente la mejor del realizador, por su poder imaginativo e innovador, y es para los entendidos, el creador de la “screwball comedy”. Obra maestra.