martes, 23 de junio de 2015

“Tomboy”, Céline Sciamma aborda sin sensacionalismos ni malicias una temática mordaz como la identidad de género infantil convirtiéndola en un prodigio de observación y empatía.

















































































No todos saben que “la identidad de género” se crea entre los dos y los cinco años, y alrededor de los tres ya pueden empezar a aparecer comportamientos que señalan una disforia o alteración en relación al género. No podemos hablar de transexualidad porque la sexualidad de los niños no se ha podido aun desarrollar. Pero, lo que se debe de hacer es intentar verificar si esos comportamientos se mantienen o forman parte de una etapa normal en el desarrollo del menor. No se recomienda ningún tipo de intervención antes de los 12 años. Es importante señalar que la entidad encargada del tema, la  Asociación Mundial de Profesionales de la Salud Transgénero (WPATH), dicta unas indicaciones en este sentido para los niños y la infancia. Todos los estudios a nivel internacional plantean que la disforia de género en la infancia no necesariamente tiene que llegar hasta la edad adulta y que más del 30% de los casos desaparece en la pubertad. En edades tan precoces, dado el alto porcentaje de que esa disforia desaparezca antes de llegar a la edad adulta, se recomienda permanecer expectantes con prudencia y sin tratamiento médico. Lo más recomendable es observar al niño hasta que llegue a la pubertad, sin alimentar o motivar estas conductas pero tampoco prohibirlas. Sería bueno limitarlas a un contexto en el que el menor no pueda tener ningún tipo de consecuencias en su entorno social, porque corre el riesgo que se inicie una transición de género, y en la pubertad la disforia de género exista. Si la disforia se mantiene y se llegan a descartar otros trastornos emocionales que puedan motivar este tipo de conductas, es recomendable intervenir, siempre con un diagnóstico positivo y siempre que se haya llegado a una madurez física y emocional suficiente. Pues bien, la figura emblemática de la niña o la adolescente de aspecto masculino, que prefiere las diversiones más físicas propias de los chicos antes que aquellas vinculadas a la delicadeza femenina, siempre se ha visto reflejada de acuerdo a diversas formas de expresiones culturales. El ejemplo más famoso puede que lo sea el de Jo March, la hiperactiva protagonista de Little Women, el clásico de Louisa May Alcott que trataba acerca de las limitaciones de género a mediados del siglo XIX. Otro ejemplo, es a no dudarlo el de la escritora norteamericana Harper Lee, creadora de To Kill a Mockingbird, mujer de pelo corto, maneras masculinas, ideas y espíritu rebeldes. Estos personajes femeninos, que desafían lo que la sociedad espera del comportamiento de las chicas, y que nos obligan a cuestionar los códigos y valores sociales de las diferencias naturales, se conocen en inglés como “tomboys”. Tomboy, es la segunda cinta de la joven cineasta francesa Céline Sciamma, y  se llama así porque el término francés “garçon manqué” es peyorativo: significa “chico al que le falta algo”. En el idioma castellano, el término “marimacho” tampoco es agradable, y a menudo se ha usado ofensivamente. Todo eso no es más que una muestra en que la sociedad juzga los comportamientos de género, especialmente aquellos de los menores. En Tomboy, navegar entre la disimilitud o la disparidad social mientras se descubre la propia naturaleza, forma parte de la experiencia de autodescubrimiento de Laure, una chica que se siente más cómoda en la piel de un muchacho de nombre Mickael. Laure -interpretado con corrección y sagacidad por Zoé Heran- es una niña de diez años cuyos padres acaban de mudarse a un nuevo departamento en un suburbio de París. A Laure le gusta llevar el cabello corto, y vestir polos y shorts, nada de vestidos femeninos. En cambio, su hermana Jeanne, de seis años, disfruta con los tonos rosados y a veces lleva un tutú de ballet. Es verano, y la escuela aún no ha comenzado, pero Laure recorre su barrio en busca de nuevos amigos. Se encuentra con Lisa, una niña de su edad, que la confunde con un muchacho. Como si a través de la mirada afectiva y directa de Lisa hubiese encontrado su verdadera identidad, Laure le dice que su nombre es Mickael. Hacerse pasar por chico suele ser divertido, aunque tiene sus complicaciones. Laure o Mickael, se introduce en un grupo de niños juguetones y bulliciosos del barrio, que se entretienen practicando el fútbol, y todo tipo de desafíos físicos posibles para sus edades. Mickael los observa con atención, y va aprendiendo los gestos y el proceder de los muchachos: cómo escupir, cómo patear la pelota etc. Mientras tanto, Lisa, su nueva amiga, comienza a sentir un eventual acercamiento por este nuevo chico que luce tan especial. Esta película es un asunto de niños y niñas, lo que significa hoy en día que los adultos, padres y demás, se quedan estáticos en un segundo plano, incapaces de comprender lo que los niños sienten y se traen entre manos, con una serie de actitudes, y de lenguajes secretos. Céline Sciamma, captura con precisión, la inmensa naturalidad de ese universo infantil sumido en una burbuja que solo tiene la capacidad de prodigarse cuando los ojos de los adultos no los están observando. Los muchachos de Tomboy son como los de cualquier sociedad, es decir, gritones, liberados y desafiantes, un hecho aparentemente complejo de lograr con acierto en términos de ficción, pero que la cineasta transita con sorprendente facilidad. Los juegos de niños de la película no son, sin embargo, nada inocentes: están cargados de significados sociales, como si estuvieran practicando la dureza de la vida adulta, recogiendo y ensayando aquellos modelos socioculturales que giran a sus alrededores sean medios de comunicación o redes sociales. Hay un tono de desafío físico constante, con el que los pequeños no dejan de poner a prueba sus identidades. El verano suele ser una estación ideal para desarrollar historias que traten sobre el descubrimiento de la identidad, y es casi un lugar común en los relatos sobre la pubertad. Las vacaciones pueden ser el momento ideal del auto descubrirse, etapa llena de sensaciones físicas provocadas por el calor del sol o el roce del agua sobre la piel. Allá, a lo lejos, en el horizonte, se acumulan las imposiciones sociales que representa el sistema educativo. Tomboy se desarrolla en un espacio entre lo urbano y lo natural, con sus bloques de pisos de ladrillo a escasos metros de una zona de bosque ideal para que los chicos encuentren algún refugio. El orden rígido de la civilización urbana no se encuentra lejos de la naturaleza silvestre. El cuerpo humano se halla en algún lugar de esa tierra de nadie donde emergen dos ámbitos: aquel de las convenciones sociales y el de la naturaleza física. Quizás parte de nuestro fracaso a la hora de intentar entender el comportamiento de nuestra especie se deba a la imposibilidad de establecer una línea nítida que separe esos dos territorios: el entorno natural y las construcciones socioculturales. Tomboy se introduce en la historia de un ser que se enfrenta a esas contradicciones, y trata, como todos debemos de hacerlo en algún momento, de encontrar una forma adecuada de vivir con ellas. Habría que agregar como información adicional del Blu Ray, que como Bonus Track, Céline Sciamma incorpora el cortometraje de título Pauline, hecho en 2010. Allí también apreciamos una historia sobre el descubrimiento de la identidad sexual narrado en primera persona por una adolescente. Se trata de un monólogo protagonizado por la actriz Anais Demoustier, que bien podríamos considerarlo como un ensayo sobre las temáticas que la directora abordaría en Tomboy. Es todo muy sencillo, inclusive hasta caer en lo simple, pero su acercamiento espontáneo destaca también por una genuina frescura que maneja la realizadora con tacto y mucho acercamiento hacia la espontaneidad.