martes, 14 de julio de 2015

“Ronin”, Frankenheimer le pone la cereza al McGuffin hitchcockniano y se convierte en un viejo samurai.






























































































































Una de las mejores películas de acción rodada sin el menor componente tecnológico digital de punta es Ronin, realizada por uno de los más diestros artesanos del thriller de acción: John Frankenheimer. El norteamericano,  fallecido en 2002, le hace un monumental homenaje al McGuffin hitchcockniano, el mejor y más genuino de los últimos años. Una valija cuyo contenido permanece oculto y misterioso durante todo el desarrollo de la historia sirviendo como excusa generadora de un vertiginoso “thriller’ a la europea” que se aleja de aquellos tópicos convencionales del género con una facilidad amarrada al suspenso que emana de una compleja trama acerca del espionaje internacional. Un film en el que la acción sostiene cada uno de los resortes de un argumento sin la que la severidad áspera de género no podría soportarse. La cinta de Frankenheimer nos embriaga de adrenalina sin darnos concesiones a dobles juegos, vertida sin filtros a una velocidad apabullante, y sin aquellos esteticismos ni la “forzosa teología de la modernidad” de llevar la cámara al hombro asumiéndose el montaje con los códigos de la limpidez narrativa que lo lleva a sortear cualquier epítome neurasténico que nos están acostumbrando a observar. Ronin es una de las joyas del cine de acción clásico más genuinas de los 90 donde prevalece un encomio a la  visceralidad plagada de un suspenso que maneja cada movimiento y una utilización de la música de postura elegíaca. Sin duda alguna, estamos ante una de las mejores persecuciones automovilísticas que ejemplifica los valores de la dirección a través de una ejecución perfecta, donde todo está calculado al milímetro y la sensación de velocidad y aceleración imponen la lógica de la excelencia en cuanto a este tipo de escenas. La clave es que Frankenheimer nunca filmó con una segunda unidad de cámaras, sino que era él mismo quien supervisaba el mínimo detalle de todo el entramado vehicular cuidando los modelos que aparecen en el film; los Audi S8, Mercedes 450 SEL 6.9, BMW M5 o autos de cilindrada menor como los Peugeot 406 y 605 o el Citroën XM. Sin embargo, lo que más llama la atención es algo que no suele ser habitual en el cine de género y que Frankenheimer utiliza de un modo avieso. Se trata de los “daños colaterales” que provocan los disparos perdidos de los protagonistas. Las personas anónimas que caen heridas o muertas por culpa del fuego cruzado o que colapsan por intermedio de una situación ajena a ellos. A través de un capcioso regocijo, el cineasta de la notable The Train, extrema la violencia llevándola a límites de una perversión voluntaria. Nunca en otra producción hollywoodiense personajes que apenas aparecen dos segundos en pantalla habían caído espontáneamente de forma fortuita, fruto de tropezar con una situación aciaga en el momento menos indicado. Un toque de humor sinuoso que puede pasar desapercibido, pero que resulta acorde con ese fondo de la figura del “ronin”, un guerrero que no responde ante nadie y cuyos objetivos se mueven únicamente por dinero y bienestar del honor, caiga quien caiga. Destacan las secuencias en las que Stellan Skarsgard le apunta a una niña con una pistola de mira telescópica con el pulso firme para poner a prueba a otro de los elementos que ansían la dichosa valija o dispara sin compasión a una bailarina en plena función de patinaje sobre hielo. Un fabuloso trabajo de menestral por parte de Frankenheimer que se beneficia del guión escrito por David Mamet. Una fascinante historia de persecuciones, traiciones y mucha acción que se pasea por hermosos cónclaves como Venecia, el anfiteatro de Arlés o las calles de París. Un thriller que mezcla ex-agentes de la CIA, de la KGB, y oscuro terrorismo irlandés del IRA para proponer, en su desenlace, un ficticio acuerdo de paz entre el Sinn Féin y el Reino Unido como resultado de la muerte de Seamus, el villano de la cinta interpretado por Jonathan Pryce. Un extraño “final feliz” que encierra las vicisitudes de un elenco empático y completo encabezado por Robert De Niro, Jean Reno, Natascha McElhone -formidable interpretación- Sean Bean, Skipp Sudduth, Michael Lonsdale, Stellan Skarsgard y Jonathan Price. Finalmente, un ansiado retorno al éxito del veterano Frankenheimer, al “universo catódico” que se acentúa notablemente en la década de los noventa, quizás, como una agria respuesta a la situación cinematográfica del momento, ya que el realizador espacia considerablemente sus incursiones en el cine -entre 1991 y 1996 se alejó de la filmación- siendo estas de una insensatez extrema como bien pueden demostrar la fallida Year of the Gun o The Island of Dr. Moreau -donde sólo se salva Marlon Brando- deficiente adaptación de la gran novela de H.G. Wells, film cercado por una incomprensible tendencia al exceso. Por ello mismo, Ronin aparece como la gran sorpresa de la última etapa de la trayectoria de Frankenheimer. Un contundente golpe sobre la mesa de un viejo maestro en crisis creativa que, con esta cinta, logró no solo demostrar su plena capacidad para continuar realizando un cine tan poderoso e intenso, sino facturar su obra más brillante y conseguida desde los tiempos de Birdman of Alcatraz, The Manchurian Candidate, Seven Days in May, Seconds, The Fixer y The Train. Ronin supone un tratamiento cinematográfico sencillamente prodigioso, que hace que la cinta combine la intensidad de su contenido con un concepto del cine espectáculo impresionante. Como obra de acción, el film de Frankenheimer  es perfecto. Soberbiamente dirigido y con un trabajo de montaje excepcional. A diferencia de lo que sucede actualmente en este campo cinematográfico, los que observamos estamos siempre plenamente conscientes del espacio en el que se hallan los personajes. Jamás quedamos sumidos en el desconcierto por muy rápida que sea la sucesión de planos. Ronin es, ante todo, un film con ritmo. Sin el más mínimo atisbo de precipitación. Una verdadera lección de cine que dosifica con justeza el exceso y lo superfluo, esta vez impartidos por un director pletórico de talento que, con ésta película, consigue una de las mejores cintas de acción del cine contemporáneo.