lunes, 6 de julio de 2015

“Stromboli, terra di Dio”, Rossellini profundiza su accionar entre la evidencia, la naturaleza y la pedagogía cinematográfica.



































































Los que conocen de cine suelen aceptar que entre los directores de culto por la variedad de temáticas que trató y por la profundidad de sus historias está Roberto Rossellini dentro de los 10 mejores cineastas de todos los tiempos. Lo que sucede es que, en muchos aspectos, el romano fue un realizador inclasificable. Imposible poder catalogarlo y hacer comparaciones con otros colegas porque el italiano llegó al cine a través de dominar tres oficios técnicos inherentes a la industria: luminosidad, sonido y montaje. Eso conlleva a observar la cinematografía con un prisma distinto, más amplio e imaginativo. Además, recurría a la escritura entre más de un guionista, incluido él, lo que hacía que la creación de una historia fuera comprendida por uno o dos escritores más, es decir, pulía la trama hasta donde él consideraba que era idónea para filmar con precisión, credibilidad y veracidad. Por una extraña paradoja, Rossellini pagará tributo a la guerra Fascista, y se convierte -tras la liberación- en el fundador del movimiento neorrealista construyendo films como Roma, città aperta en 1945, Paisà en 1946 y la extraordinaria Germania, anno zero en 1948, que rehúyen de aquel triunfalismo del espíritu que emanaba de la Resistencia, para expresar el martirio del pueblo italiano frente a la barbarie del nacismo o los propios traumas de los alemanes cuando cae el tercer Reich. En relación a Stromboli, terra di Dio, el film tiene como protagonista a Ingrid Bergman, su gran amor, y con quien realizó un cine más personal -seis largometrajes- basado en su vínculo y experiencia privadas. La forma de concebir Stromboli, terra di Dio, podría ser contradictoria, ya que si ante todo nos referimos a su estilo, la película carece del mismo. Rossellini se limita a poner la cámara y a mostrarnos toda la información que considera necesaria sin ningún perifollo. Pero, aun así, en esta sobria postura consigue planos cargados de belleza y poesía. El italiano describía el neorrealismo como el seguimiento de alguien con amor sumado el proceso de observación de todos sus descubrimientos e impresiones; un hombre corriente dominado por algo que, de repente, le sorprende descubrirlo en sí mismo como un ente libre en el mundo. Es algo que sucede de forma inesperada, pero lo importante de la observación son los momentos previos a este descubrimiento. Ahí es donde Rossellini retrata con precisión al ser humano. No es quizás del todo un film totalmente neorrealista, ya que juega con la simbología y las metáforas, pero tiene momentos donde coloca la cámara y se dedica a esperar, y a observar con calma a sus personajes, a verlos hacia dónde los conduce su existencia. El título de esta película Stromboli, terra di Dio o Stromboli, tierra de Dios define y resume esta obra de culto del italiano. La duda podría situarse si la isla de Stromboli se interpreta como una tierra perteneciente a Dios o como una habitada por el creador. Probablemente, y contrariamente a lo que pueda parecer ante una visión superficial de la cinta, Rossellini contempla ambas posibilidades a un solo tiempo. Stromboli, tierra de Dios es una película compacta, dolorosa, severa y perseverante en exceso. El realismo de su narrativa nos muestra una vida dura. Por eso, en una primera visión de la cinta es difícil hacerse a la idea de la presencia de Dios en la pequeña isla. No obstante, este Dios, no sólo está presente, es más bien omnipresente, hecho que daría para un análisis más riguroso. La película arranca mostrándonos a Karin -Ingrid Bergman fue no solo una gran actriz sino una mujer bellísima, encantadora y todo lo demás que decían de ella- como prisionera de un campo para personas desplazadas, con ganas de fugarse de una Europa que ya no le pertenecía tras la debacle de la Segunda Guerra Mundial. Pero un comité le niega la posibilidad de hacerlo. La dureza del film ya queda marcada con el primer elemento narrativo al que Rossellini recurre: una elipsis seca y brutal. Cuando a Karin se le niega el permiso o visado, se levanta de la silla donde espera la resolución, y antes que la decisión se produzca, Rossellini hace un corte de precisión, y la vemos embarcada de camino a Stromboli junto con Antonio -Mario Vitale, una de sus más destacadas actuaciones a sabiendas de lo que tenía al frente- su marido, un hombre al que apenas conoce, y por el que nada siente, pero que es su única opción de abandonar el campamento en donde vive enclaustrada. En esta elipsis, Rossellini pasa por alto el matrimonio porque no es de importancia para la historia. Es algo falso, ya que Karin no quiere a su marido, y la boda es para ella un mero trámite, el segundo a realizar dado que el primero no le da la libertad. No hay boda, no hay baile, ni beso, no existe ninguna muestra de afecto entre Karin y su marido, al menos desde el punto de vista de quienes observamos con atención. Nos acercamos a la isla de Stromboli. El contraplano que muestra la cara de Karin, tras una primera imagen descriptiva de la isla es absolutamente clara. Si no la desesperanza, al menos la duda está presente en ella. Rossellini nos muestra la isla ya dominada, vigilada desde lo alto por el volcán, que constituye la imagen de Dios que Rossellini atinadamente nos brinda. No hay que olvidar, que desde siempre el destino de la población de Stromboli ha estado gobernado por el volcán. Así que al menos -no nos queda otra opción- el volcán es el Dios de Stromboli. Un Dios ubicuo -al que se le ve en lo alto desde cualquier parte de la isla- que habita en Stromboli, y al que incluso se le puede atribuir la creación de la isla, por lo tanto también se puede calificar como el Dios al que pertenece Stromboli. Hay que tener en cuenta -esto sí lo dijo Rossellini- que la forma triangular del volcán constituye un símbolo de divinidad para el cristianismo. Por lo tanto, cuando Karin llega a Stromboli, su preocupación se confirma. La desolada isla es un mundo primitivo, impropio  para ella porque no le gusta, y porque ella tampoco gusta. Tanto su marido, al que empieza a conocer -como todo el pueblo- constituyen una sociedad patriarcal y machista. Son un poblado primitivo que vive en constante lucha con la naturaleza como único medio de supervivencia. Karin exclama en presencia de su marido: “Yo pertenezco a otra clase”. Karin se sabe otra vez esclava. Lo único que ha conseguido es abandonar un campo de prisioneros para quedar atrapada en otro similar. Pero, de éste, todo parece indicar que le costará más escapar. La prisión sin salida queda patente en un bello plano picado o una angulación oblicua superior de la cámara. Rossellini nos muestra a la Bergman recorriendo las callejuelas rodeadas de las construcciones típicas del lugar. El plano es simple aunque cerrado, claustrofóbico de un preciosismo impagable, y observamos a Karin atrapada en un laberinto mitológico, uno de los mitos clásicos de la cultura mediterránea. El hecho de mostrarnos a su protagonista atrapada deja ver tanto la prisión física de Karin como la prisión temporal -el pueblo de Stromboli parece sacado de una época pasada y remota- y la prisión cultural, dado que Karin es lituana, y distante de la cultura y tradiciones meridionales. Rossellini nos fuerza a retener en la mente la importancia de Dios en el mito del laberinto. Una muestra de la prisión en la que la protagonista vive es la actitud de los pobladores del lugar. Al igual que en una cárcel, los presos se pueden dividir en dos tipos: los que sólo piensan en marcharse y los que se resignan a vivir allí, conscientes de la imposibilidad económica que tienen de abandonar la isla. Pero, una vez más Dios está presente. Los viejos que intentan hacer habitable la casa de Antonio y Karin han vuelto de América. Y por allá, tenían una vida mejor, más estable, según nos cuentan. Entonces  ¿¿ Por qué vuelven a aquella isla diminuta ?? Retornan a Stromboli para estar cerca de su Dios, ahora que el fin de sus vidas se encuentra cerca. Quizás vuelven a Stromboli por temor al final, ya que  en la isla buscan su pasada juventud, pero encontrarán -al igual que Karin- su destino. Karin pierde las esperanzas. Cuando conversa con el cura lo menciona con claridad. El clérigo le dice con meridiana simpleza que confíe en Dios, pero ella responde: “Dios jamás me ha ayudado”. Así que acaba por aceptar su situación porque no existe otra alternativa, e intenta hacer que su vida sea lo más grata posible. La protagonista intenta hacer acogedora su casa. Pinta flores en las paredes, dado que éstas no son propias del entorno, e intenta integrarse con los habitantes de la isla. Pero, todos sus esfuerzos consiguen lo contrario. La diferencia de culturas entre Karin y la población de Stromboli es una cuestión insalvable. No es culpa ni de ella ni de ellos. Ella quiere que la acepten como es, y ellos pretenden que sea como ellos. Esto es naturalismo puro, es decir, no conciben otra forma de ser o existir. La única mujer que congenia con Karin es la meretriz de Stromboli. Pero, esto será un motivo más de rechazo para la población. Cuando Karin vuelve a su vivienda -Rossellini la diseña como una prisión- luego de estar en la casa de la prostituta, lo hace con optimismo, dado que por fin ha encontrado a alguien que la acepta. En ese momento, consigue comprender a su marido -Rossellini lo pinta como su captor- dado que ambos comparten la misma celda. Ella está prisionera por él en Stromboli, y él está cautivo de ella. Karin se da cuenta que Antonio la quiere. Pero, eso no es lo mismo que aceptarla tal cual es. Por el contrario, su marido pretende hacer de ella una mujer “normal” como todas las que viven en la isla. Quiere que sea sumisa y que se comporte con discreción. Antonio reacciona violentamente ante el atrevimiento de Karin de ir a casa de la mujerzuela aunque ella no sabía de antemano que aquella mujer se dedicase a la prostitución. La comprensión de Karin hacia su marido se torna inútil porque no es recíproca. Él cada vez la comprende menos. Karin debe otra vez salir de allí por todos los medios. Cuando intenta seducir al cura a través del dinero, hay una escena logradísima por Rossellini. Los encuadres y los movimientos de cámara que envuelven a los dos personajes son excelentes. El italiano no adorna la compostura visual, pero ésta es bella por sí misma. El sacerdote rechaza a Karin, y ella lo acusa de falta de piedad. Le dice: “Usted es tan despiadado como su Dios”. Esta frase encierra varios contextos. Primero, acusa al Dios de Stromboli de permitir estar en semejante situación, pero al mismo tiempo dice “su Dios”, es decir, no reconoce al Dios como suyo. No obstante ella quiere que sea piadoso. Da la impresión que existe misericordia. El cura siente por ella piedad, lo notamos en esa última mirada que invoca a Karin. La dirección de Rossellini siempre encierra como icono expresivo de sus personajes una sola mirada. No hace falta entonces, que el cineasta subraye nada, todo está ahí claramente dispuesto, y todo se transmite con nítida excelencia gracias a la magia de la mente de Rossellini. Las cosas se ponen cada vez peor para Karin. Entabla amistad con el vigilante del faro de la isla, y eso todavía la distancia más de su marido así como de todo el pueblo que la tasa de infiel. Como solución a sus males, Antonio la arrastra a que la acompañe a misa. Pero, allí sigue existiendo un motivo de desprecio para todo el pueblo. Su marido se da cuenta de la carencia de Dios que Karin es poseedora. Pero, Dios no está presente en la misa, allí sólo se encuentran los habitantes de Stromboli, y ellos no perdonan. En medio de toda esta situación límite, Rossellini nos regala otra escena de extraordinaria belleza. La enmarca dentro de la corriente neorrealista que tanto domina: la escena de la pesca. El italiano la filma como si se tratase de un documental, y en la que muestra como es la captura del atún. Es un hecho espectacularmente cruento, pero necesario, y consigue herir la sensibilidad de Karin, proveniente de una sociedad aséptica e hipócrita. Al final de la jornada, los pescadores deben de agradecer a Dios los frutos que el mar les ha proveído. Como siempre, el Dios está presente en cada faceta de la vida de Stromboli. Karin queda embarazada. No le gusta la idea, y la cosa empeora cuando el volcán “desata su furia” destruyendo un momento no de felicidad, pero sí de paz. Toda la población se refugia en lanchas en el mar, y le rezan a su Dios mientras esperan a que la erupción termine. Otra vez Rossellini impone una prudente estética neorrealista. El italiano eligió filmar en una isla con un volcán activo. Esto es precisamente el neorrealismo llevado a sus extremos, en cuanto a observar la sustantividad de los personajes que se retratan. Una vez que pasa la explosión volcánica o “la ira del creador”, Karin toma la decisión firme de irse de la forma que sea. No quiere tener a su hijo en un mundo tan antagónico como el de Stromboli. Por ello, su marido la encierra en casa. Es ayudada a escapar por el vigilante del faro, al que también trata de seducir para que la ayude a escapar. Sin embargo, Karin decide emprender el viaje sola. Atraviesa el volcán para llegar al pueblo del otro lado de la isla, desde donde buscará salir en cualquier barco que la acerque al continente. En la metáfora que encierra la ascensión, Karin sube al volcán en busca de Dios. Sabemos que le atribuyó falta de misericordia, pero lo que en realidad ocurre es que el Dios de la isla es un Dios distante, un Dios que observa desde lo alto sin acercarse a sus fieles. Como Karin también se muestra inicialmente distante del Dios, comprende su error, se da cuenta que debe ser ella la que vaya en su búsqueda, y no al revés. Por lo tanto, la subida de Karin es simbología plena. Abandona el infierno donde vive para conseguir un cielo, quizás incierto. Va en busca del “Dios-volcán”, pero antes de llegar donde éste, ha de atravesar el purgatorio. Deja su equipaje en el camino, como si no lo necesitase.  Según la tradición cristiana, el paso previo para alcanzar el cielo es la muerte. Cuanto más se acerca a la cima luce tensa y miedosa. Ahora ya pronuncio la consabida frase; “Dios mío”, cuando antes hablaba del Dios de los habitantes de la pequeña isla. Reza pidiendo paz espiritual mientras cae la oscuridad en la cima del volcán. Pero, pasa la noche, y amanece un esperanzador día en el que Karin parece tener nuevas fuerzas aunque vuelve a flaquear. El desenlace se va produciendo. Entonces, decide seguir orándole al Dios de la isla -su mirada se dirige al volcán- y le ruega tener fuerzas para salvar a su hijo. Así, con este final sobrecogedor, Rossellini concluye su cinta. La pregunta es: ¿¿ Qué es lo que sucederá después ?? Imposible saberlo. Pensemos lo que queramos. El propio Rossellini decía no saberlo. Todavía sigue la metáfora: ¿¿ Qué es lo existente tras la muerte ?? Vuelvo a repetir, imposible saberlo. Para terminar, hay una anécdota interesante que habría que compartirla. La sueca Ingrid Bergman, le envió a Rossellini una carta donde mostraba su admiración tras haber visto sus films Paisà y Roma, città aperta. La misiva terminaba con la siguiente frase: Si usted necesita una actriz sueca que hable muy bien el inglés, y que de italiano sólo sabe decir “te amo”, estoy lista para viajar, y ponerme a vuestra disposición. Un claro comienzo de lo que después sería una de las historias de amor más apasionadas y polémicas de aquel momento. Se casaron en 1950, y duraron tan solo siete años. Tuvieron dos hijas, donde destaca aún la belleza de Isabella Rossellini. Obra maestra.