jueves, 16 de julio de 2015

“The Perks of Being a Wallflower”, Stephen Chbosky encuentra la fluidez cinematográfica para diseccionar la marginación y las soledades compartidas.























































































En varias entradas hemos tratado el tema de la adolescencia y sus bemoles. Pero, nunca nos estacionamos en la marginación del púber dentro de un contexto de segregación en una sociedad noventera que se compactó en los EEUU a través de la misma por diferentes cuestiones. El problema es global y más profundo de lo que pareciera. Por desgracia, nuestra sociedad sólo lucha contra las formas simples como las provocadas por la raza, la religión o el sexo, pero ¿¿ Qué es realmente discriminar o marginar ?? Es aquel hecho donde una persona o grupo es denegado a causa de prejuicios o por pertenecer a una categoría distinta a la del resto. La discriminación suele asumir caretas  como la desigualdad en oportunidades de trabajo, vivienda, bienes y servicios etc. Salvo loables esfuerzos de Organizaciones no Gubernamentales (ONG) como Amnistía Internacional, la ocupación a nivel internacional es pobrísima para combatir el fenómeno, y la Carta de las Naciones Unidas (ONU) de 1945, es letra muerta. En este documento se establece “el respeto por los derechos humanos y las libertades fundamentales de todos los individuos sin distinción de raza, sexo, idioma o religión.” Por supuesto que hoy en día también hay discriminación por condición intelectual, es decir, aquellos que no han tenido acceso a una educación de más nivel que el promedio. Hay muchas formas de hacer sentir inferior al otro simplemente porque es distinto en alguna cuestión relativa. Es extraño mencionarlo, pero el país más invasivo y marginador del mundo siguen siendo los EEUU, y algunos otros territorios que respaldan la imposición de una visa en el pasaporte, o la libertad de meterse donde y cuando quieran. Esto no es ningún secreto, pero las mentes más lúcidas de la historia universal fueron discriminadores en muchas fases de su vida. Finalmente, habría que señalar sin titubeos que poco a poco, la posibilidad de “diseñar” humanos más y mejor desarrollados a través de la genética, abre la puerta en un futuro, a una discriminación aún mucho más crítica. En cuanto a la responsabilidad social, la marginación debería ser borrada de las empresas, instituciones, clubes etc., sean públicos o privados pues es una práctica indigna que destruye los cimientos de la sociedad misma. Ningún colaborador o trabajador debe ser considerado mejor que otro por razones económicas, de sexo, raza, religión o ideología. Un craso error es creer que lo que pensamos diferente, es realmente distinto. El escritor y cineasta Stephen Chbosky plantea la diferencia entre adolescentes de distintas procedencias que buscan formar un grupo homogéneo, pero que tienen que asumir una serie de conflictos a resolver para que puedan formar una personalidad no marginal -que es lo que realmente les pesa- que los haga crecer de manera digna siempre haciendo foco en las vivencias pasadas. La propuesta resulta agradable, sincera, con varias frases atractivas y una historia cuya narrativa está envuelta con pasión y cariño. La primera escena de The Perks of Being a Wallflower o Las ventajas de ser invisible del yankee Stephen Chbosky nos presenta a su protagonista, Charlie, escribiendo una carta a mano alzada. Es un claro ejercicio de despojo y desconcierto. Lo percibimos como a un adolescente cercano en sus sentires por el tono confesional de su redacción, pero alejado materialmente, por la melancolía de sus palabras. Mientras Charlie escribe oímos el texto en off y a la vez vemos a la cámara realizando un movimiento sostenido en retroceso que parte de la nuca del muchacho para luego mostrarlo en un plano general sentado delante de su escritorio. Este travelling situará el alegato de la cinta, es decir, todo lo que vamos a observar a lo largo de la trama es la visión subjetiva de los trances que vivirá Charlie. Así, su estado de ánimo va a condicionar las posibles soluciones visuales y musicales que utilizará Chbosky para ejercer la narrativa de esos sucesos. Hay un tema importante; no suele ser habitual que un escritor decida llevar a la pantalla una novela propia haciéndose cargo de la puesta en escena de la misma. Chbosky adapta la novela que publicó en 1999 e intenta comparar sus habilidades narrativas en dos facetas artísticas distintas.  Inevitablemente, en el momento en el que las imágenes sustituyen a la letra impresa, la inmediatez se apodera del conjunto. De esta manera, la psique de Charlie y sus descripciones introspectivas son sustituidas por una serie de referencias literarias y musicales que tienen como objetivo exteriorizar tanto la hipocondría como el optimismo de los jóvenes actores. El carácter elitista de los grupos que vemos y oímos, todos ellos pertenecientes a un pasado que la mayoría de los púberes de hoy consideran remoto, subraya la marginación de los personajes, todos ellos desarraigados dentro de la estricta jerarquía clasista que impera en el instituto estudiantil. La condición física, de edad o sexual puede suponer un estigma capaz de sustituir a la propia identidad personal. Así, funciona la utilización de la icónica canción “Heroes” del álbum del mismo nombre, de David Bowie lanzado en 1977, convertida en un himno de afirmación existencial; una celebración épica de todos aquellos obligados por las circunstancias a vivir con la cabeza gacha. Es en esta misma idea que logramos encontrar la argucia del film al conferir un hálito “cool” a sus desclasados muchachos. Son fanáticos de la buena música, atractivos y muy bien vestidos, alardean de sus conocimientos culturales, ya sea a nivel clásico o pop -todos ellos trabajan en un cine donde representan The Rocky Horror Picture Show mientras la película de Jim Sharman se proyecta a su espalda- y tienen un grupo heterogéneo de amigos con quienes montan fiestas regadas en alcohol y drogas mientras surgen las confesiones de siempre cuyo común denominador son los vínculos sentimentales. Esta mirada resulta superficial a las dificultades de integración, de una edad tan problemática que pretende y logra Chbosky en sus imágenes, las cuales buscan la identificación con los protagonistas para luego profundizar en sus desasosiegos o deseos. Chbosky utiliza a Charlie como aquel chico marginado por sus propias fobias que se desvive escribiendo misivas para saber en qué tipo de grupo se puede afincar. Durante una fiesta celebrada luego de un partido de Rugby, Charlie le confiesa a Sam -Emma Watson cumple con su rol- que su mejor amigo se suicidó sin que él nunca haya sabido los motivos de tan terrible acción. Es a partir de esta premisa que descubriremos que el resto de los personajes del grupo también ocultan un pasado que los perturba. Sam sufrió una seguidilla de nexos sentimentales autodestructivos que terminó en un brutal consumo de alcohol. Patrick -Ezra Miller hace una actuación estupenda- recuerda las golpizas que le daba su padre debido a su condición sexual. En el transcurrir diario del trío protagonista discurre una oscuridad de la que intentan huir con sonrisas y alegría, pero inevitablemente, no pueden impedir que se interponga el corazón. Charlie -Logan Nerman desarrolla un interesante personaje lleno de culpas- necesita mitigar sombríos pensamientos que le rondan la cabeza aunque no se atreve a enfrentar las consecuencias y contradicciones de su inestabilidad, excepto para darle la cuota fragmentada de dramatismo al relato. Retratar las pugnas del “angst adolescente” desde una visión optimista –la BSO lenta y sencilla, muestra un ambiente enigmático lleno de nostalgia y rabia- no tiene nada de malo, pero se complica todo cuando la búsqueda de un final feliz nos ciega y no nos permite superar las trabas del camino. Queda claro al final del largometraje con los muchachos escuchando a The Smiths, New Order o Sonic Youth, que no saben quién es David Bowie, un auténtico marginado dentro de la música popular del Siglo XX. Buen film.