sábado, 22 de agosto de 2015

Master and Commander: The Far Side of the World”, Peter Weir engalana el entretenimiento a través de una épica aventura sea por babor o estribor.

















































































Exponente del nuevo cine australiano, admirador de los grandes maestros del suspenso y la acción norteamericana, su cine se podría considerar completo por el uso atinado de aquellos toques de thrillers de los años cuarenta y cincuenta. Asistió un corto tiempo a la Universidad de Sydney, pero luego abandonó la misma para trabajar con su padre en su negocio de bienes raíces. Tomó una plaza en una estación de TV, y comenzó a hacer cortos “antiestablishment” en su tiempo libre. En 1969, fue contratado como asistente de cámara y diseñador de producción por la Commonwealth Film Unit, lo que le dio la oportunidad de llegar a coordinar y luego dirigir películas. Su primer largo, The Cars That Ate Paris en 1974, fue una historia de terror gótico y humor negro fetichista. Sin embargo, se enfocó en otra atmósfera para Picnic at Hanging Rock, al año siguiente, en la que un picnic de una escuela de muchachas dentro de un bosque se convierte en tragedia. Weir contrastó los valores culturales y represivos importados de Inglaterra con la influencia liberadora del Hanging Rock. La acumulación de detalles alrededor de un motivo le da forma a la cinta The Last Wave, en 1977, en la cual se usa el agua como un elemento funcional de su narrativa, hasta que toda la civilización se encuentra a merced de una ola marina profetizada por un aborigen. Sus primeras películas nos muestran una sociedad estable al límite del colapso a causa del miedo y de eventos fuera de control como en Gallipoli, en 1981. Esta película se refiere al aislamiento de los australianos en el contexto de las leyes británicas, las cuales la consideraban como explotadoras. Las cintas australianas tienden a evitar la psicología de las relaciones humanas y el romance, pero en The Year of Living Dangerously, en 1983, con una memorable interpretación de Linda Hunt -quien fue oscarizada- Weir trata acerca de la atracción animal de las especies amenazadas. En el thriller Witness de 1985, con un joven Harrison Ford, contrasta las virtudes disciplinadas de un mundo normal con el universo corrupto de la policía. La exuberancia de Robin Williams resalta los costados cómicos de Dead Poets Society, en 1989, un formidable retrato educativo de una escuela privada yankee de muchachos, y sus respuestas represivas a las ideas sobre el individualismo. Luego en la meca hollywoodense filma la comedia romántica Green Card, un año después, y que significó el debut en lenguaje inglés del francés Gérard Depardieu, al lado de la bella Andie MacDowell. Retornó a temas dramáticos con Fearless en el año 1993, un film que mide  las distintas reacciones de la gente ante una tragedia, con una actuación superlativa de la latina Rosie Pérez. Weir fue nominado por la Academia como Mejor Director por la cinta The Truman Show. Quizás Dead Poets Society y The Truman Show, sean las mejores cintas del cineasta australiano, pero quienes dejen atrás sentimientos respetables e historias innovadoras, y se decidan por observar cine épico, aventuras marinas y sobre todo las Guerras Napoleónicas, Master and Commander: The Far Side of the World, es una obra excepcional, pese a los variados contextos que asume Weir a través del actor -también australiano- Russell Crowe, un intérprete de polendas. Pues bien, nos encontramos en Abril de 1805. Napoleón es amo de Europa. Sólo la flota británica le hace frente. Napoleón no imagina que los océanos sean campos de batalla, y que la armada rival es invencible. Tomar en consideración en pleno siglo XXI a un título como Master and Commander: The Far Side of the World es de esos sucesos reconfortantes en el panorama de las grandes superproducciones cinematográficas contemporáneas. Ya desde las primeras imágenes a bordo del Surprise -Weir, a través de un brevísimo prólogo nocturno nos introduce de manera magistral en el buque de la armada inglesa, escenario único de esta cinta de aventuras- advertimos que nos encontramos ante una propuesta atípica, en la que la atmósfera y el buen gusto por los detalles serán elementos determinantes a la hora de poner en imágenes la adaptación que, tomando como punto de partida la décima entrega de la saga literaria de Patrick O'Brian, La costa más lejana del mundo, recrea algunos de los pasajes de la serie de 21 novelas que el escritor forjó entre 1970 y 1999. Tras el mencionado proemio, la película arranca con la fantasmal aparición entre la niebla del temible Acheron, el buque de la armada francesa que el capitán del Surprise, Jack Aubrey -Russell Crowe- tiene órdenes de hundir, en una escena que contiene la primera de las inolvidables imágenes del film cuando, advertido por uno de sus oficiales, Aubrey inspecciona el horizonte con su catalejo hasta que el destello de un cañonazo delata el ataque del barco enemigo. A partir de este primer conflicto, del que el Surprise logra escapar ocultándose en la espesa niebla, la misma que había propiciado la aparición del buque francés, el Acheron se convertirá en una auténtica obsesión de Aubrey, quien desoyendo recomendaciones del resto de sus oficiales, y de su gran amigo, el doctor Stephen Maturin -Paul Bettany- no dudará en ordenar la reparación del buque para ir en búsqueda de su Moby Dick particular -el paralelismo con el personaje de Melville es evidente, aun cuando el comportamiento del protagonista dista de la locura que acabará dominando al mítico capitán Ahab-. Con este argumento central -la caza y la captura del Acheron- y gracias a un estilizado guion que logra hilvanar diversas historias y personajes que, lejos de detener la trama principal, hacen avanzar al mismo confiriéndole una riqueza de matices, Weir nos ofrece una de las más emocionantes historias sobre la amistad, el valor y el sacrificio que nos ha dado el cine en muchos años. Un film que se entronca con clásicos del género como The World in his Arms o Captain Horatio Hornblower, ambos del gran cineasta Raoul Walsh, o Moonfleet de Fritz Lang; en este último caso especialmente por las similitudes entre la historia de iniciación del joven protagonista Lord Blakeney -Max Pirkis- en el film de Weir. La sucesión de imágenes a partir de las relaciones entre los diversos miembros de la tripulación que forman el microcosmos de la película es formidable: la amputación del brazo del joven Blakeney o la trepanación de cráneo del viejo Joe Plaice, seguida con reverencial expectación por el resto de la tripulación a cargo del doctor Maturin. Aubrey entrega un libro del Almirante Nelson al convaleciente Blakeney, sorprendido por uno de sus oficiales mientras escribe a su “querida Sophie”, o contemplando el joven rostro de una indígena durante una parada para el aprovisionamiento del Surprise; y, por supuesto, las veladas musicales entre Aubrey y Maturin en el camarote del primero, son sólo algunos de los momentos que enriquecen la trama principal de la película a partir de las diferentes historias que se suceden a bordo del navío. Mención aparte merece la terrible historia de la maldición del oficial Hollom -Lee Ingleby- a quien el resto de la tripulación hace responsable de todas sus calamidades y que, tras el dramático episodio en el que Aubrey se ve obligado a sacrificar a uno de sus hombres para salvar al Surprise -uno de los momentos más intensos y emotivos del film, con el protagonista cortando la soga de la que cuelga el mástil al que se agarra el marinero caído al agua para evitar el hundimiento del navío en plena tempestad- e incapaz de soportar la conspiración de sus subordinados, acabará lanzándose por la borda para desaparecer en las profundidades del océano. Pero, como ya se ha apuntado, y además de un gran film de aventuras, Master and Commander: The Far Side of the World es ante todo la hermosa crónica de la relación de dos hombres que deberán sacrificar sus concepciones profesionales más íntimas en favor del sentimiento de amistad que los une, tal como veremos en la escena en el que, tras un incidente a raíz del cual el doctor Maturin resulta gravemente herido, Aubrey decide renunciar a la persecución del Acheron para desembarcar en las islas Galápagos como la única opción de salvación de su amigo o por lo menos, para concederle la posibilidad de morir en el entorno que ansiaba explorar. Es realmente espléndido el plano cenital de Maturin transportado en camilla como si estuviera levitando sobre el suelo de las “encantadas” al son de la suite para cello de Bach, lo que dará lugar a la magistral secuencia en la que Maturin decide auto operarse consiguiendo extraer la bala de su abdomen, ante el asombro de sus ayudantes. Un primer sacrificio que Maturin devolverá a su amigo Aubrey cuando, en plena expedición naturalista sobre las Galápagos, el científico avistará al otro lado de la isla la esbelta silueta del Acheron, y con el fin de avisar cuanto antes a Aubrey, se verá obligado a soltar sus capturas para poder regresar cuanto antes al campamento, una escena del avistamiento del buque francés, que Weir concluye con otro plano memorable: Maturin recoge un pequeño escarabajo, y cuando lo levanta sobre la palma de su mano para inspeccionarlo, descubre el velamen del buque francés en el horizonte, momento que Weir resuelve con un trasboque- es decir, un recurso que siempre resulta molesto, pero que es vital para llevarnos de la diminuta imagen en primer plano del escarabajo a la amenazante presencia del Acheron en la lejanía. ¿¿No dices que ese pájaro no puede volar?? Entonces no se irá a ninguna parte, le dice irónico el capitán Aubrey a su amigo Maturin justo antes de reiniciar la persecución de su ansiada presa al son de la música nocturna de las calles de Madrid de Bocherini mientras, a lo lejos, se divisa el majestuoso velamen del Acheron recortándose en el horizonte. Formidable film de Peter Weir.