miércoles, 26 de agosto de 2015

“Sunset Boulevard”, Billy Wilder, un hombre de elevadas temáticas al servicio del cinéfilo universal.






























































































































Sunset Boulevard representa el guión literario más inspirado que jamás se haya escrito para el cine. Billy y Brackett, unieron su talento para recrear de una manera descarnada el funcionamiento de Hollywood, donde las ambiciones de un guionista audaz y bisoño pronto se ven truncadas por el interés puramente pecuniario de un ejecutivo indolente que disfruta de la molicie de su vida tostándose la espalda en una suntuosa mansión de Los Angeles. Esta crítica mordaz de Billy no fue bien acogida por los jerarcas de la meca del cine. Esa fue la razón que no se alzara con el Oscar a la mejor película, pero también por ello su director tuvo que oír los dicterios proferidos por el mandamás de la Metro Goldwyn Mayer, nada menos que Louis B. Mayer, cuando analizó lo que había preparado Billy. Como anécdota, se comentó que ante tal avalancha de insultos, lo único que le espetó Billy fue un simple y elocuente: “Fuck you”. Billy deja establecido en su film un ramillete de chascarrillos e historietas estrictamente cinematográficas, y eso se debe, a que contiene un importante discurso metalingüístico. La protagonista es Norma Desmond, una estrella del cine mudo que se extinguió con la aparición del sonido en el año 1931; es decir, lo mismo que le pasó a Gloria Swanson, actriz que llevó a la pantalla al personaje. Ella no fue la primera opción de Billy para grabar, fue la hermosa Mae West, icono sexual de los años veinte, pero al final se quedó con las dotes interpretativas de la Swanson, quien cumplió con todo lo que él buscaba. Si bien su actuación puede parecer histriónica por momentos, también es verdad que el personaje está atrapado por las telarañas de una fama mal digerida que dispara su ego hasta la locura y el paroxismo. Tan sorprendente es que el mayordomo de Norma, el leal y lacónico Max, lo interpretara Erich von Stroheim, el hoy olvidado realizador de la gran película Greed o Avaricia -film que comentaremos próximamente en el blog- propuesta por la que se desvivió, y que le costó su carrera a causa de sus desavenencias con los productores. ¿¿Una simple casualidad que alguien como él formara parte del reparto?? ya que lo obligaron a reducir el metraje bajo amenaza de despido, hecho que consumaron a la postre. Von Stroheim, que además de profesión e ideas, compartía la nacionalidad con Billy, estaba arruinado en la época en que se rodó el film, circunstancia que también acompañaba a Buster Keaton, otra rutilante estrella del cine mudo que vio cómo el público le daba la espalda cuando asomaron los primeros diálogos en una pantalla y se suprimieron las didascálicas. Lo curioso del declive de Keaton es que él nunca se opuso a las nuevas invenciones e intentó adaptarse al cine sonoro lo mejor que pudo y, aun así, fracasó. Por lo menos, tuvo el coraje que no poseía Charles Chaplin. El inglés, una figura de dimensiones notables y “que hablaba con los ojos y no con la boca”, manifestó que el cine había muerto con el uso del sonoro, y que él nunca filmaría una película hablada, pero que poco a poco fue dejando de lado su inicial renuencia para posteriormente introducir el sonido en sus films Tiempos modernos y El gran dictador. Los tres protagonistas de Billy eran Von Stroheim, la Swanson y el gran William Holden. Las coincidencias no terminan aquí. Von Stroheim y la Swanson ya se conocían antes de actuar en esta película, pues el primero había dirigido a la segunda en Queen Kelly, un film que no se llegó a terminar, y que enfrentó a ambos, y del que, curiosamente, se pueden ver unos fotogramas en Sunset Boulevard, cuando Norma le muestra a Joe Gillis, el guionista al que da vida un sobrio William Holden, los últimos chisporroteos de su consumida llama. Es una secuencia que impresiona por su ternura, pues, ¿¿Quién no siente compasión ante una persona que ha perdido la capacidad de distinguir lo real de lo ficticio, y que vive anclada en los recuerdos?? y por su terror que despide un olor a incienso. Cuando les hablaba de la nacionalidad, sorprende observar que tres de los artífices de la obra -Billy Wilder, Von Stroheim y Franz Waxman, el compositor- habían coincidido en los estudios UFA de Berlín, antes del ascenso del Nacional-socialismo. Allí se conocieron antes de reunirse en Los Angeles en los años cincuenta. En verdad, nunca se sabe lo que eel destino nos va a deparar y todo se convierte en un misterio indescifrable por dónde se encaminarán tus pasos. Otro peso pesado del cine mudo también tiene una breve aparición en El crepúsculo de los dioses: el monumental Cecil B. DeMille, a quien se nos muestra vestido tal y como asistía a las filmaciones, es decir, con botas de montar y látigo. Norma irrumpe como la estrella que cree seguir siendo para entrevistarse con su mentor, DeMille, quien tanto en la ficción como en la realidad se hallaba rodando Sansón y Dalila.  La única nota que desafina en la vibrante orquesta que representa esta obra son las palabras que DeMille dedica a Norma cuando ella abandona el plató, diciendo que no quiere volver a ver a esa demente, cuando, poco antes y en su presencia, había sido delicado y comprensivo. Esto es chocante en cuanto quiso ser él mismo quien hablara con ella, a pesar que pudo haber delegado en otro la comprometedora situación de tener que comunicarle que nadie la había llamado para ningún papel. Fue un buen detalle del director bíblico por excelencia aceptar intervenir en el film ya que no se llevaba bien con Billy. La aparición de estos seres de carne y hueso que habitualmente trabajan detrás de las cámaras, y que aquí se convierten en carne de celuloide, acentúa esa sensación de alucinación que vive Norma Desmond. Además de contener abundantes guiños y referencias a actores y directores que integran su reparto, el film también ha servido de hipertexto para otras propuestas que abordan una temática similar. No deseo ser atrevido, pero es el caso de Mulholland Drive, la última de las obras maestras que nos obsequió el maestro David Lynch. Pienso que nadie ha tocado el tema, pero el gran film de Lynch contiene varias alusiones a la obra de Billy. La primera de ellas es la similitud de su planteamiento argumental; ambas denuncian la hipocresía y la corrupción de los próceres de Hollywood; las dos hablan de la ilusión del recién llegado por convertirse en una celebridad, y de cómo siempre hay alguien dispuesto a acabar con esos sueños de grandeza. Quizás de manera casual el personaje que encarna estos valores de ambición e ingenuidad en El crepúsculo de los dioses es una mujer, y se llama Betty Schaefer, los mismos rasgos distintivos de la protagonista de Mulholland Drive y que también se llama Betty. Por si esto no fuera suficiente, ambas películas comienzan igual, vale decir, con un automóvil, la ciudad de Los Angeles como fondo, y un letrero idéntico en primer plano con la leyenda Sunset Boulevard en un caso y Mulholland Drive en el otro. ¿¿Es casual que las dos películas lleven por título el nombre de la “avenida” que figura en el letrero?? Sunset Boulevard es un largometraje soberbio, muy logrado n todo aspecto, empero, a última hora se eliminó del montaje el prólogo que Billy había rodado y que figuraba en el guión original. En esta introducción se podía ver cómo el cadáver de Joe Gillis era trasladado a la morgue, donde otros cuerpos sin vida, con la clásica etiqueta de identificación adosada al dedo gordo del pie, le preguntaban cómo había llegado hasta allí, circunstancia que él aprovechaba para contarles a ellos -sus compañeros en la muerte- y a nosotros los trágicos sucesos que lo habían conducido hasta allí. Parece ser que el público que asistió al pase de prueba se rio con esta secuencia, hecho que disgustó a Billy, que, si bien había concebido estas imágenes desde un humor negro, no esperaba que tuviera un aire tan cómico. Así que, finalmente, optó por ese frenético arranque donde vemos a los coches de policía y de la prensa ir a toda velocidad a la mansión donde el cadáver de Gillis flota en la piscina que tanto ambicionaba poseer. Además de removerles el estómago a la industria cinematográfica, El crepúsculo de los dioses plantea un tema que merece ser tratado con consideración: el amor por compasión y sus nefastas consecuencias. Joe Gillis accede a quedarse bajo la protección de Norma Desmond primero por su dinero, y segundo, cuando ella intenta suicidarse, por lástima y remordimiento. Al principio no siente casi nada por ella, solo algo de pena, pero al final llega a despreciarla, cuando nota que no le deja libertad para decidir por sí mismo. No había modo de acabar con el amancebamiento. El mayordomo Max, por su parte, ama a Norma, hasta el punto de engañarla escribiéndole cartas que ella cree que son de sus admiradores. Como su amor no es correspondido, ella lo humilla constantemente ¿¿Qué humillación mayor hay que ser un criado de la mujer que uno quiere?? Invitándolo a presenciar sus arrebatos amorosos por Gillis y ordenándole -porque Norma sólo sabe hablar en imperativo categórico- que le sirva todo lo que su amante le solicite. Hay un plano que resulta desolador: Max recoge cuidadosamente el velo del que se ha desprendido su ama cuando baila con el advenedizo guionista en la fiesta de nochebuena. En ese momento se muestra hasta dónde llega la veneración ciega y humillante del personaje de Von Stroheim. Por otra parte, y como suele ocurrir en la vida misma, llama la atención el contraste entre dos personas, una de las cuales es poseedora de algo que él aborrece y que sin embargo haría dichoso al otro. La relación que mantiene Betty con Arti, el ayudante de producción amigo de Gillis, constituye una suerte de amor maternal, como bien demuestra el hecho que ella se sienta atraída por la inteligencia del personaje de William Holden, un hombre con un escepticismo y unos rasgos varoniles que encienden el deseo de Betty mucho más que la ingenuidad a Arti. La BSO de El crepúsculo de los dioses, obra de Franz Waxman, sigue el modelo tradicional de la época, asociando una melodía a cada personaje para resaltar su carácter. De esta manera, a Norma se la describe por medio de un tango con tonos agudos, que viene a ejemplificar su naturaleza venática. Como contrapunto, a las escenas en que se muestra el amor incipiente entre Gillis y Betty, se las subraya con un hilo musical en forma de vals, un estilo mucho más relajante. “Salomé” de Richard Strauss, surge en los planos finales, cuando Norma desciende de aquellas escaleras interpretando ese mismo personaje con los focos y cámaras de los reporteros quienes permanecen apuntando hacia su rostro, pero al final no lo hizo porque Waxman le propone probar antes con una composición original suya y la logra convencer. La secuencia del epílogo es inmejorable, con ese desenfoque final de la faz de la actriz sin maquillaje que la convierte en un espectro que atraviesa la pantalla. Norma Desmond decía, en una de sus inmortales frases: una estrella nunca envejece por una obra maestra como Sunset Boulevard, porque por ésta no pasan los años, ya que se mantiene fresca y lozana como el primer día.