martes, 15 de septiembre de 2015

“A High Wind in Jamaica”, Alexander MacKendrick nos deleita con su incognoscible razonamiento acerca de la infancia.









































   



































Alexander MacKendrick, nació en Boston, Massachusetts. Fue hijo único. Sus padres fueron Robert MacKendrick y Martha MacKendrick. Los tres habían emigraron a los Estados Unidos de Glasgow en 1911. Su padre fue un constructor de buques e ingeniero civil. Cuando tenía seis años, su padre fue víctima de la pandemia de gripe que azotó el mundo justo un tiempo después de la Primera Guerra Mundial. Su madre, con necesidad de trabajo, tuvo que dejar al pequeño Alex con su abuelo. El niño nunca volvió a ver o escuchar a su madre. MacKendrick tuvo una vida dura desde entonces. Asistió a la Escuela Secundaria de Hillhead, y luego decidió pasar tres años en la Glasgow School of Art. A principios de los años treinta, MacKendrick se trasladó a Londres para trabajar como director de arte para la empresa J. Walter Thompson. Entre 1936 y 1938, MacKendrick escribió cinco guiones para films comerciales. No tuvo suerte aunque sus condiciones eran innatas. Más tarde, tiene algunos logros en el mundo de la publicidad, a pesar de su aversión al mismo. A comienzos de la Segunda Guerra Mundial fue contratado por el Ministro de Información de la UK para escribir y realizar cintas de propaganda británica. En 1942, se trasladó a Argel y luego a Italia, en colaboración con la División de Guerra Psicológica. En 1943, se convirtió en director de arte, y fue quien aprobó el diseño de producción de la película de Rossellini, Roma, ciudad abierta. En 1949, debutó como realizador con el  buen film Whisky Galore. Le siguieron películas de talla comoThe Man in the White Suit, Mandy, The Maggie, y la comedia negra The Ladykillers, film que junto a Sweet Smell of Success y A High Wind in Jamaica, se consideran sus tres obras principales. A MacKendrick se le atribuye el haber escrito el mejor libro acerca de cinematografía.  Pues bien, en estos tiempos de torpe ojeriza a los "spoilers" fruto del desmesurado culto a las series de TV -un formato en el que a menudo la trama lo es todo y en el que cada vez se cultiva con menos rubor el convencional recurso del suspense- resulta insólito comprobar cómo las estrofas de la canción que abre A High Wind in Jamaica, nos desvelan sin miramientos el trágico desenlace de esta excepcional película de aventuras. No sólo eso, sino que las palabras de la bella tonada de la misma, describen el plot principal de la propuesta, que no es otro que el del “poder destructivo de la inocencia” una cuestión presente en toda la filmografía de MacKendrick. Al son de la BSO de Larry Adler, el film arranca con las imágenes de un mar embravecido a causa de un huracán que asola la isla en la que vive el matrimonio Thornton junto a sus cinco hijos. Será en el sótano de la frágil vivienda, donde la familia desciende para refugiarse de la tormenta, y donde seremos testigos del primer episodio en el que MacKendrick pone en evidencia una particular mirada sobre el universo infantil, mientras los padres observan horrorizados el ritual contra los malos espíritus que un grupo de indígenas llevan a cabo. El cineasta acierta con un magnífico detalle al ubicar la ceremonia en la parte subterránea de la vivienda de los Thornton, imagen de un universo pagano que subyace bajo la voluntad evangelizadora de los colonos. Los más pequeños contemplan entre curiosos y familiarizados, la ceremonia que está a punto de culminar con el sacrificio de una gallina que lleva a cabo con naturalidad una de las hijas a su asombrado padre, cuando éste trata de impedir la macabra ofrenda. Consternados por el comportamiento de los hijos, dentro de un sentimiento que se agrava cuando pasada la tormenta, la madre los sorprende bailando alegremente sobre un charco de lodo justo después de haber descubierto el cadáver de uno de los sirvientes. Los padres no los soportan, y deciden enviarlos a una escuela decente en Inglaterra, donde puedan recibir una educación  adecuada. Pero, el proyecto se verá truncado justo cuando los chicos caen accidentalmente en manos de Chávez -una formidable actuación de Anthony Quinn como  corsario - después del abordaje del velero que los debía de transportar hacia un mundo civilizado. Personaje memorable, Chávez se sitúa en un espacio intermedio entre la inconsciente inocencia de los más pequeños y la vileza del mundo que se hace llamar culto, representado por el capitán del velero, el buen actor Kenneth J. Warren, dispuesto a sacrificar la vida de sus jóvenes pasajeros antes que revelar a los piratas la ubicación del dinero que transporta ¿¿Qué clase de hombre es usted?? ¡Un asesino!”, le espeta atónito el protagonista a su prisionero después de verse obligado a  ordenar disparar contra el camarote en donde se encuentran los pequeños rehenes no sin antes asegurar que éstos permanezcan agachados para no sufrir ningún daño. Chávez es, en definitiva, el eslabón perdido entre dos mundos antagónicos: un sujeto que se niega a regirse por las perversas normas de “la moral y el orden” de un mundo instruido, pero que tan solo puede atisbar la propia inocencia perdida a través de los ojos de la pequeña Emily -notable Deborah Baxter- tal como advertimos en la escena en la que Chávez irrumpe a bordo del velero en el momento del abordaje y entrecruza por primera vez su mirada con la de la joven, un cruce de vistazos que se irán repitiendo cada vez que se encuentran y ambos personajes evolucionan. A partir de la inesperada presencia de los jóvenes pasajeros en el barco pirata -en donde los muchachos se embarcan como en un juego, sin que Chávez se dé cuenta sino hasta en alta mar- el poder destructivo de la inocencia se pone en marcha inexorablemente -y lo que sigue al principio como un juego, ante la patidifusa confusión que lo embarga a Chávez y su contramaestre Zac, un siempre inmenso James Coburn- acabará virando hacia un escenario de consecuencias que presagian episodios en los que la tripulación observa con admiración cómo los rehenes acabarán convirtiéndose en una amenaza para su propia subsistencia: la pequeña Laura -Karen Flack- con la melena sobre el rostro, simulando ser un “estupi”, ante la mirada atemorizada del cocinero oriental; Emily, postrada en un sarcófago, juega a representar un funeral marino. Surge entonces la escena en la que, después de provocar que el mascarón del barco caiga al mar, una de las pequeñas coge el busto que Zac acaba de recuperar -es uno de esos magníficos planos del inquietante rostro de madera sobre la cubierta- y desfila con el mascarón por cabeza, ante la aterrada presencia de los piratas.  La dueña del prostíbulo en Tampico -Lila Kedrova- advierte: secuestraron a siete niños, los degollaron y los arrojaron al mar, culpando a Chávez de acusaciones que corren sobre su persona cuando éste se dispone a dejar a los pequeños en tierra. Una leyenda negra que acabará con el protagonista en el banco de los acusados, desde el que cruzará una última mirada llena de amor, perdón, reconocimiento y compasión con Emily, justo antes de ser conducido al patíbulo. Una de las mejores aventuras que produjo la meca hollywoodense, y que es de visión obligatoria para el buen cinéfilo.