jueves, 10 de septiembre de 2015

“It Follows”, David Robert Mitchell construye una elegante, novedosa y pequeña joya del cine de terror.















































































Una de las películas que deseo recomendar a mis lectores en Latinoamérica es It Follows del cuarentón yankee David Robert Mitchell quien hace un film muy sugerente basado en un sueño que tuvo. Claro, en el cine contemporáneo esto es anacrónico porque se aleja de las “teen movies” propias de los años ochenta y noventa, y ya jamás vuelto a ver, como que se resistiera al paso del tiempo. Algunos agitados años bajo los efectos de irrupciones de la comedia escatológica, del “college movie despreciativo”, y de balbuceos morbosos, se evaporan delante de la cámara de un Mitchell aprendiz. En sus cintas, el fundamento del género se encuentra con los viejos reflejos suburbanos, con su lánguida sensualidad, así como con todo un ritual de juventud indolente que mezcla a los grupos de adolescentes de The Myth of the American Sleepover -su ópera prima- con Dazed and Confused de un joven y estilista Richard Linklater, allá por el año 1993, en el mismo vapor tibio y nocturno d la moda. Los adolescentes personajes en The Myth of the American Sleepover, ya eran ávidos de juegos con invocaciones espirituales y otras macanas propias de la edad. En cambio, no estaban diseñados para la postal del horror sobrenatural: ni bellos ni feos, ni inocentes ni acosadores, y todos un poco vírgenes y deseosos al mismo tiempo. Mitchell conservó ese punto intermedio y ahí está la  magnífica coherencia de su segunda película: un terror tierno, con el que, entre apariciones de un ente, los adolescentes puede volver a dormir la siesta, descansar en un patito inflado en la piscina o ponerse a tontear entre las hojas muertas de un maltratado jardín. Es evidente que esta imagen de unos EEUU residenciales, somnolientos y fotogénicos, habitados por una amenaza, es la que mueve la balanza desde la primera mirada del trabajo del inquieto Mitchell. Conocemos sus referencias: fotógrafos como Gregory Crewdson o Stephen Shore, y cineastas de la talla de David Lynch, y John Carpenter a la cabeza. En solo dos películas, Mitchell se distanció de aquel mito respecto al arraigo aburguesado de los suburbios. Este es un cine sin adultos y sin niños, la más importante señal de la irrealidad de sus propuestas. Cargado con una suerte de pesadez de aire ocluido, flota serenamente delante de esa edad intermedia; la mira fijamente, como a través de la bruma. Se mezcla un dejá-vu, un olor nostálgico, pero también gris, árido, que nos deja la sensación de no haberlo visto nunca antes. Pues bien, una de las convenciones visuales y narrativas dentro del cine de terror es la que establece que planear las escenas de mayor inquietud jueguen no tanto con lo que se observa sino con lo que no se observa, es decir, con lo que se intuye. Una secuencia de este estilo está edificada haciendo un uso consonante de la planificación, de manera que la combinación de encuadres y movimientos de cámara, reforzada por la música o el sonido -o la ausencia de ambos- nos empapan dentro de una atmósfera llamada “suspensión de la credulidad”, en virtud de la cual la sensación de amenaza para los personajes se elabora en función de lo que se encuentra fuera de cuadro; o sea, de lo que no se ve. It Follows trabaja este concepto. La primera secuencia está resuelta mediante un único plano general extenso, en que asistimos al turbado galopar de una muchacha a la que vemos entrar y salir de su casa, correr por la vereda mirando “algo” o “alguien” que solo ella puede ver, y cuya presencia está fuera de campo, hasta que se fuga en un automóvil, todo esto atinadamente filmado en un movimiento de cámara de 360º que, a partir de este momento, devendrá en una pauta visual. La finalidad de Mitchell es situarnos en el escenario de la acción dramática, a fin que verifiquemos con la mirada, que “nada” ni “nadie” persigue a la chica, es decir,  un concepto arbitrario de la “invisibilidad”. Una joven cuyo destino no puede ser más trágico, y que Mitchell resuelve bien por medio de dos cortas escenas: en la primera, de noche, sentada sobre la arena de una playa e iluminada por los faros del carro, lloriqueando mientras conversa por teléfono, charla que tiene algún sabor a despedida definitiva; impresión corroborada en la segunda secuencia, que consiste en dos planos: uno medio, de la joven muerta, tumbada sobre la arena, y otro general, que nos permite comprobar, en todo su horror, que el cuerpo de la chica ha sido destrozado. Pero, aquel movimiento circular de la cámara se repetirá en determinadas ocasiones, dándonos a entender que lo que se nos sugiere va más allá del carácter funcional de la toma. Es decir: es algo destinado a brindarnos información acerca del contenido de la escena, revelándonos, en base a esa repetición, que la misma contiene, además, un aforo implícito. Pero, antes de llegar a este punto, Mitchell nos pone en antecedentes: Jay -una convincente actuación de la rubia Maika Monroe- la protagonista del film, es una chica de 19 años que, como consecuencia de una fugaz aventura sexual con un joven que se llama Jeff, se ve “contagiada” por una maldición, al hacer el amor con el muchacho dentro de su auto. Le ha pasado a ella “algo” que hasta entonces padecía sólo él, y de lo que, según le comenta, tan solo se librará si ella se lo “pasa” a una tercera persona usando el mismo proceder. Ese “algo” se manifiesta en inesperadas apariciones de personas -una mujer desnuda, una anciana con un camisón de hospital, un hombre alto y de ojos oscuros, un niño de similares rasgos faciales, otro hombre pero desnudo, etc.- incluso dos entes idénticos a sus seres queridos: su amiga Yara su padre, quienes tan solo puede ser vistos por quien padece la “maldición”.  Una vez establecida la premisa, el movimiento de cámara de 360º adquiere un sentido contrario. Mitchell lo emplea para dibujar la actividad cotidiana en un pasillo de un lugar de enseñanza secundaria coincidiendo con el instante en que Jay comprueba unos datos en la secretaría. A través de una ventana, vemos a una chica que avanza lenta y de cara hacia la cámara, caminando con igual parsimonia que los “entes” que acechan a Jay. ¿¿Se trata de uno de esos mismos seres, o es una simple casualidad?? Mitchell no lo aclara, lo oscurece antes que podamos darnos  cuenta, del mismo modo que tampoco nos explica sobre la “maldición” que persigue a Jay. Pero, de este modo, el realizador sostiene magníficamente la presencia de un horror inimaginable, agazapado y al acecho que adopta la forma de la más estricta cotidianeidad. Dicho de otro modo: el horror también puede ser algo que convive en armonía con nuestra realidad día a día. Tal y como lo plantea Mitchell, el sexo resulta una puerta abierta a los sinsabores de la edad adulta. No solo por el hecho que, antes que Jay y Jeff sexuaran, la muchacha le cuenta que este no es ni de lejos su primer amante. Como veremos luego -Mitchell cierra la toma con una elipsis- Jay está en la playa, ve a un grupo de chicos en una lancha cerca de la costa, se desprende de su atuendo, y se lanza al mar en dirección a ellos porque, desesperada como está, quiere ofrecerse sexualmente a esos muchachos con vistas a librarse de la “maldición”. Obviamente no lo logra conseguir. El sexo es aquí equivalente al terror y a la muerte, pero lo es también a la soledad y a la tristeza. La actitud ante el sexo de los personajes viene a resumir su actitud hacia la vida. Para Jay, supone algo natural el mantener relaciones con cada chico que conoce y que sobre todo le gusta, y por esa misma razón rechaza las proposiciones de su amigo Paul -muy buena la interpretación de Keir Gilchrist- por el cual siente un cariño especial, pero al que no desea amar porque le parece poco atractivo. No obstante, una vez que Jay ha descubierto que es víctima de la “maldición”, Mitchell inserta una escena en la cual la vemos en el cuarto de baño de su casa y en ropa interior examinando su sexo, como si lo viera por primera vez, es decir, como si recién se diera cuenta de las consecuencias de darle rienda suelta a sus genitales, o que sus acciones sexuales implican un deber inherente al hecho de madurar, de estar creciendo. Por otro lado, Paul está enamorado de Jay, y no consigue que ella se interese por él ni siquiera desde una perspectiva sexual. Incluso, en su deseo de ayudarla le propóne acostarse para pasarle la “maldición”. En cambio, Jay cede al impulso de acostarse con Greg,  porque es un muchacho buenmozo, y así poder liberarse. Mitchell interviene y utiliza de forma interesante -para darle a la narrativa una peculiar atmósfera de abstracción- un recurso que refuerza el discurso sobre el despertar a la madurez de unos jóvenes que, a causa de sus pocos años, ven a los adultos no dispuestos a ayudarlos sino a gente que, directamente, puede hacerles daño. Uno de los buenos momentos de la cinta, es aquel en el que Jay, Paul, Kelly, Greg y Yara dejan el barrio donde viven porque no es seguro, y se instalan en una casa abandonada, convirtiéndose así en una especie de “familia improvisada” que optan por asumir sus existencias, ajena éstas a los “horrores” del mundo de los mayores. Por lo tanto, Jay es la madre, Greg, el padre, y Paul, Kelly y Yara, los hijos. Sin embargo, Mitchell sigue con su relato incrustando planos, pero desde la perspectiva única de Jay. Por ejemplo, coloca en primer plano la mano de Jay acariciando una pequeña flor que crece al lado del auto donde hizo el amor, o sus rodillas. Las sucesivas apariciones del horror que acecha a los chicos están uniformes ya que respetan la óptica subjetiva de Jay, unido al hecho que tan solo ella pueda ver lo que se le acerca porque está “infectada”, o que solo lo vea también Jeff, quien la sufrió antes. Pero, al continuar sin estar seguro de haberse librado de la “maldición”, permite que las personas de su alrededor puedan dudar de la salud mental de ambos. Mitchell involucra el suspense junto a Jay, Paul y la rotura de una ventana en la casa de la primera, la misma  que culmina con el descubrimiento que hace Jay de una mujer en la cocina, y orinándose encima -detalle sacado de The Exorcist, de William Friedkin- y que interpretamos como otro apunte sobre la genitalidad, muy presente en el trasfondo del relato. Luego, la aparición del hombre alto y de ojos oscuros que se vislumbra en la puerta de una habitación, y justo a las espaldas de Aya, sin que esta ni nadie, salvo Jay, se dé cuenta; el ataque en la playa del ente monstruoso adoptando la apariencia inofensiva de Aya, primero sujetando a Jay del cabello, y luego empujando a Paul, para luego acorralar a los jóvenes en la cabaña irrumpiendo a través de un agujero en la puerta bajo la forma de un niño de ojos oscuros; la estupenda resolución del clímax en la piscina, inspirada en una célebre escena del film Cat People, de Jacques Tourneur, un relato fantástico centrado en torno al descubrimiento de la sexualidad. Nos resulta significativa la imagen que cierra la secuencia de la piscina: esa gran mancha de sangre que se extiende en el agua, como una enorme “menstruación” que marca el final de la inocencia. Mitchell concluye, con una ruptura del punto de vista abstracto que ha dominado la trama. Jay y Paul terminan haciendo el amor, en un gesto de claudicación de la primera a la insistencia del segundo, y también como una constatación por parte de Jay que Paul la quiere sinceramente, hasta el punto de correr el riesgo de contagiarse de la “maldición” y correr juntos la misma suerte. En el desenlace, ambos pasean de la mano por la calle; Mitchell coloca un plano de los dos, avanzando hacia la cámara, que retrocede en travelling, elaborado de tal manera que observamos a sus espaldas a alguien que camina detrás de ellos. ¿¿Jay y Paul han logrado acabar con la “maldición” en la piscina?? o ¿¿Tan solo han logrado retrasar lo inevitable??, es decir, la inminente entrada en el universo adulto, y con ello, en una etapa de la existencia donde se madura, se envejece y donde, más tarde o temprano, llegará la muerte. La heroína de It Follows es una de las más desamparadas que haya dado el género fantástico de estos últimos años: alguien que pisa bien la tierra firme sin ningún apoyo bajo los pies, es decir, “sin calzado”, un suelo resbaladizo, inseguro y doloroso. Me gustó y sorprendió, y espero que puedan conseguirla y observarla por la noche, luego de comer y a oscuras.