viernes, 25 de septiembre de 2015

“The Mission”, Roland Joffé hace un relato trascendente de la evangelización de las misiones jesuísticas.





















































































En 1540 Ignacio de Loyola, junto con otros seis estudiantes de la Universidad de París, funda la Compañía de Jesús, en Roma. Aquellos jóvenes no pensaron fundar una nueva orden religiosa que tuviera tantos adeptos con el paso del tiempo, movilizados por su experiencia con Dios, y por la crisis que vivía la Iglesia en tiempos de la Reforma Protestante. Maduraron la idea de conservar una vinculación especial entre ellos, por lo tanto deciden constituir un solo cuerpo al servicio de la Iglesia. Poco después de haber sido reconocidos como una orden religiosa por el Papa Paulo III, los primeros jesuitas son enviados a diferentes lugares del mundo, tanto a los debates teológicos en el Concilio de Trento como a la lejanía de la India y del Japón, hasta donde llega Francisco Javier. Ignacio de Loyola permanecerá en Roma como el Primer Superior General, organizando las labores apostólicas y redactando las Constituciones de la Compañía de Jesús. Los jesuitas pronto se involucrarán en vocaciones que les son desconocidas. De haber sido un pequeño grupo de amigos que compartían estudios, comenzaron a recibir a gente de diferentes edades y de distintos orígenes. Como fruto de la preocupación por la formación de los jóvenes que querían ser jesuitas surgen luego los Colegios de la Compañía de Jesús. Estos Colegios tienen tanto éxito que pronto se abren a un público más amplio. La educación escolar, tal como la conocemos hoy, comienza en ese momento. Los jesuitas fundan así la primera gran red de colegios, proyecto que luego hará también posible la fundación de universidades, hasta constituir una red universitaria de alcance mundial. Cuando en la Europa de entonces empezaban a prevalecer nuevos territorios y culturas, la Compañía comienza a hacerse presente en los distintos continentes. La Compañía de Jesús es fundamentalmente una orden misionera. Son diversos los jesuitas que a lo largo de la historia han destacado por tratar de establecer un diálogo verdadero con las diferentes culturas, cada uno según el lenguaje y las necesidades de su tiempo, cada uno con distintos resultados, pero siempre basados en el principio de respeto a la dignidad del ser humano por ser “creatura” de Dios. Hombres como Mateo Ricci en la China, Roberto de Nobilli en la India y el limeño Antonio Ruiz de Montoya en las Reducciones del Paraguay, llevaron esta espiritualidad a la práctica. La Compañía ha tenido especial intervención en la historia de la Iglesia y del mundo. Pero su preocupación por un mundo más justo, también le trajo problemas, especialmente con los más poderosos, con quienes la Compañía también trabajaba. Corría el siglo XVII, una época de intrigas palaciegas y de intereses políticos y económicos. La influencia de la Compañía de Jesús era tal que pronto las casas reales europeas la verían como enemiga de sus intereses. Fue así como los jesuitas fueron expulsados de los territorios de Portugal y España, así como de los territorios de Francia, para finalmente ser suprimidos por el Papa Clemente XIV en 1773. Muchos jesuitas fueron encarcelados, expulsados, asesinados o los dejaron morir a su suerte. La Compañía había dejado de existir legalmente. Sin embargo, un pequeño grupo de jesuitas seguía existiendo en la Rusia de Catalina, la Grande, quien no quiso acatar el decreto papal y continuó apoyando el trabajo de los jesuitas en sus dominios. El grupo de Rusia creció considerablemente, de tal forma que cuando el Papa Pío VII restablece la Compañía en 1814, los jesuitas estaban listos para ser enviados allá donde la Iglesia los necesitaba. El tiempo transcurrió y el espíritu que impulsó a los primeros jesuitas siguió presente en la Compañía del siglo XX. Alimentados por el redescubrimiento de las fuentes de su espiritualidad, bajo la inspiración del Concilio Vaticano II, los jesuitas han extendido su misión por todo el mundo, trabajando al servicio de la fe y de la promoción de la justicia. El año 2008 esta misión fue confirmada por la Congregación General 35, que llama a todo jesuita a trabajar para que todo hombre y mujer logre establecer relaciones justas con Dios, con los demás y con la creación. La exhaustiva formación de los jesuitas y su trabajo pastoral en todos los campos del saber ha propiciado que sean numerosos los miembros de la Compañía de Jesús que han pasado a la Historia. En primer lugar, aquellos que fueron reconocidos como Santos: el propio San Ignacio y los primeros jesuitas San Francisco Javier y San Francisco de Borja. Así como otros muchos santos y mártires. En el campo de la ciencia, destaca su importancia en la fundación del Observatorio Astronómico Vaticano, y de los inicios de la astronomía en general. Del siglo XVI destaca Matteo Ricci, quien diera a conocer a China la ciencia y técnica de Europa, y a Occidente la civilización y las riquezas culturales del pueblo chino. Son muchos jesuitas los que han realizado descubrimientos en campos científicos como: la física, las matemáticas, la medicina, la lingüística, la geografía, la botánica, la arqueología etc., por ejemplo: Cristóforo, Clavio, Scheiner y Boscovich. En el ámbito del arte y la cultura, han surgido pintores, escultores, arquitectos, literatos, fotógrafos, músicos etc., como Baltasar Gracián, Fray Gerundio de Campazas, Andrea del Pozzo, Francisco Bautista,  Domenico Zipoli, Marko Ivan Rupnik etc. Por otro lado, la cantidad de miembros quee quedan se pueden calcular todos los que fueron admitidos en la Compañía aunque algunos la abandonaron. La información necrológica (Catalogus defunctorum) facilita el cálculo y garantiza la exactitud de los que terminaron su vida en la Compañía. La estadística que incluya todos aquellos que vivieron algún tiempo como jesuitas está sujeta a cálculos menos fiables. Desde la fundación de la Compañía hasta la Supresión (1540-1773) el número de difuntos se acerca a 85,000 (sin incluir a la Princesa Juana de Austria, la única mujer que murió con Votos). Más difícil es averiguar el número de jesuitas que murieron durante la Supresión (1773-1814). Pero, suponiendo que la mayoría de ellos hubiera perseverado en la Compañía, su número puede estimarse en 17,000. Desde entonces hasta nuestros días (1815-2015) han fallecido en la Compañía 48,000. De este modo llegamos a un cálculo aproximado de 151,000 jesuitas que vivieron y murieron en la Compañía de Jesús. Si a esta cifra se añaden los 21,354 jesuitas que en el año 2000 pertenecían a la Compañía, podemos concluir que el número de jesuitas en la historia rebasa los 172,000. Por supuesto que son muchos los que vivieron durante algún tiempo en la Compañía. Su número puede calcularse entre 100,000 y 120,000 hombres, y sólo cuatro mujeres: Juana de Austria, Isabel Roser, Lucrezia di Brandine, y Francisca Cruyillas. En la actualidad, el Papa es el argentino Jorge Mario Bergoglio. Su nombre secular es Francisco S.J., y es el número 266 de la historia. Como tal, es el jefe de Estado y soberano de la Ciudad del Vaticano. Pues bien, luego de la gran película The Killing Fields o Los gritos del silencio, en 1984, el realizador británico Roland Joffé, realiza The Mission, dos años después, centrándose en la vida de un misionero jesuita, el padre Gabriel, quien sigue el ejemplo de un jesuita crucificado, sin más recursos que su fe y un oboe. El film arranca mostrándonos como un grupo de indígenas ha atado a un sacerdote inglés a una cruz de madera, soltándolo por el cauce de un río. Arrastrado por la corriente, acabará cayendo por una gigantesca catarata, perdiéndose en el torrente de agua. Posiblemente, esta sea la imagen más poderosa de toda la película, además de servir como introducción y resumen del conflicto que se desarrollará durante el resto de la misma: la confrontación entre civilización y la vida salvaje, y la religión del viejo continente contra la inocencia telúrica de unas tierras vírgenes. La jungla hispanoamericana del siglo XVIII supone la representación del Edén en la tierra. Un territorio que, sin estar aún contaminado por la mano del hombre mantiene su pureza -sólo hay que comparar el intenso verdor de la vegetación y las cristalinas aguas de sus ríos con las polvorientas calles de las ciudades- y cuyos habitantes hacen gala de una sensibilidad casi mística a la hora de valorar la belleza y la armonía. El padre Gabriel consigue integrarse entre la tribu gracias a la melodía que toca con su oboe, un instrumento que los indígenas desconocen pero que llegarán a admirar por ser la herramienta con la que Gabriel logra tan preciosos sonidos. La selva es un lugar ideal en el que un hombre poseído por sus demonios internos, que ha cometido uno de los actos más horrorosos que un ser humano puede exhibir -empujado por instintos malsanos- como el mercenario Rodrigo Mendoza, puede encontrar el camino a la redención. Una posibilidad es que transitará a través de una penitencia física que sirva para limpiar su espíritu. Junto al padre Gabriel y al resto de jesuitas, Mendoza recorrerá el trayecto hasta la tribu de los indios guaraníes arrastrando un saco lleno de sus utensilios de guerra atados a su cuerpo. Tras algunos sucesos peligrosos en los que ha estado a punto de perder la vida -la escalada de la montaña- cuando lleguen a su destino, el bulto que porta será abandonado en el río, hundiéndose en las aguas, como si los demonios de Mendoza hayan sido exorcizados y encerrados en esas herramientas de muerte, siendo enterradas en el corazón de la naturaleza. Joffé nos narra tanto de las intenciones como del espíritu que lo movilizan desde su formidable arranque. Un letrero nos informa que los acontecimientos están basados en hechos históricos auténticos. The Mission se concibe como un artefacto minuciosamente diseñado tanto para gustar a la crítica y competir en los festivales más importantes a través de un estilo trascendente y amable, además de un ritmo algo tedioso aunque muy bien editado -la película fue premiada con la Palma de Oro del Festival de Cannes y nominada a siete estatuillas en The Oscars, mejor película incluída, ganando en mejor fotografía- a la vez que intentar convertirse en una cinta imposible de no observarla por su mensaje espiritual y brillantes valores que representa. De indudable virtuosismo técnico, resulta inevitable el encontrarse con imágenes de gran poder evocador como los planos generales del paisaje apoyados por la arrebatadora BSO compuesta por el genio de Ennio Morricone, incluso en sus momentos más fuertes: el enfrentamiento entre los guaraníes y los ejércitos colonizadores de España y Portugal o la imagen del padre Gabriel portando un crucifijo dorado seguido de los más jóvenes de la aldea, mientras los edificios arden detrás de ellos y las balas vuelan a su alrededor. Joffé hace uso de una planificación pulcra y académica de resultados narcóticos para quienes observamos. Las intensas pasiones y profundos ideales que mueven a los protagonistas quedan encerrados y ahogados en los rectangulares bordes de unos encuadres correctos. El éxito de la película se explica la grandiosidad y belleza de sus ambientaciones: las cataratas del Iguazú y las selvas tropicales circundantes, en la zona limítrofe entre Paraguay, Brasil -estado federal de Paraná- y Argentina -provincia de Misiones-. También por la intensidad dramática y expresiva de sus imágenes, que tienen el ritmo, la espectacularidad y el poder de captación de un film de aventuras. Por último, la importancia y la calidad de la problemática que Joffé plantea: el encuentro entre dos culturas y las implicaciones de la fe cristiana en el compromiso temporal. Dos grandes cuestiones que trascienden la acción principal de la película: las misiones o reducciones jesuíticas del Paraguay en el año 1750, durante el reinado de Fernando VI de España. El hecho que la esposa de éste, Bárbara de Braganza, fuera portuguesa tendría su repercusión en la problemática presentada por Joffé. Desde la perspectiva de la estructura formal, se desarrolla en dos planos de temporalidad que se van alternando: uno, menos espectacular y más breve, es el del relato y reflexiones sobre unos sucesos transcurridos unos años antes. Es el plano temporal del informe del dignatario eclesiástico al que se le ha enviado para que contribuya a resolver el conflicto religioso-político planteado. El otro plano, en flashback, que ocupa la mayoría del film, es el del desarrollo en diferentes escenarios y desde una lógica biográfica, personal y colectiva, de la acción rememorada. La filmación se sitúa en dos escenarios: los poblados guaraníes de las reducciones o misiones jesuíticas de San Miguel, vale decir, la antigua y gran misión, y San Carlos, la nueva, arriba de las cataratas. Estas misiones serán visitadas por el eclesiástico y constituyen el escenario principal. El otro escenario, a grosso modo, está constituido por la capital de provincia colonial, culturalmente mestiza como Asunción, donde viven las autoridades españolas. A los mencionados lugares se le vinculan las dos principales “dramatis personae” del film, además del que relata a posteriori. La acción de la película se polariza en la contraposición y/o complementariedad de dos personajes que encarnan dos actitudes hacia los indios. Uno de ellos, más lineal y sereno es el padre Gabriel -encarnado por un muy correcto Jeremy Irons- el fundador y superior de la nueva misión de San Carlos. En su servicio humano y evangelizador a los guaraníes Gabriel no empuña la espada en ningún momento, ni siquiera para responder a la violencia. El otro gran personaje, más apasionado y conflictivo, encarnado estupendamente por Robert de Niro, es el aguerrido capitán Rodrigo de Mendoza. Mendoza, traficante de indios, tras un drama personal, cambia de actitud, se hace jesuita, y finalmente, vuelve a acudir a la espada, esta vez en defensa de los guaraníes. The Mission no es, como Cromwell de Ken Hughes o La Prise du Pouvoir par Louis XIV de Roberto Rossellini, un film de gran rigor histórico, en el sentido que toda la acción narrada y sus personajes hayan existido en la realidad. Tampoco una película que toma un pretexto simple de un personaje histórico para construir con gran libertad un relato en bellas y expresivas imágenes, como Aguirre der Zorn Gottes de Herzog. El film de Joffé se sitúa en un término medio pero posee un notable trasfondo histórico aunque con licencias en la localización de escenarios, de transmutación de personajes y de desplazamiento cronológico de la acción. Por ejemplo, las imágenes de la presunta Asunción -la capital colonial del interior- se rodaron en realidad en la ciudad colombiana de Cartagena de Indias. Es dudoso que existiera una misión al menos en un lugar tan difícilmente accesible como las cataratas de Iguazú. Tampoco nos llega a convencer el alto dignatario eclesiástico que observamos en el film con los datos conocidos de Lope Altamirano, jesuita Comisario especial para su visita, ni con los del obispo Latorre. En líneas generales, The Mission puede considerarse un film histórico. Joffé nos introduce en el conocimiento visual de lo que fue esa peculiar experiencia misional y sociológica de las reducciones del Paraguay. Estas misiones del Paraguay, dirigidos por la Compañía de Jesús, habían sido fundadas, por concesión de Felipe III, a principios del siglo XVII, y en su momento de máximo esplendor y desarrollo, en la primera mitad del XVIII, llegaron a abarcar unos 300,000 indígenas en cerca de 30 poblados en torno a las cuencas de los ríos Paraná y Uruguay. Debido a su importancia, y a su escasa o nula dependencia de las autoridades políticas virreinales, algunos coetáneos hablaron del “imperio jesuítico del Paraguay”. Si las reducciones del Paraguay han sido las más célebres, ello se debió, a su prosperidad cultural y económica; y también a que su triste final conmovió a Europa y su destino quedó ligado a la polémica historiográfica acerca de la expulsión de los jesuitas de un gran número de países europeos. En la película, entre lo que vemos y lo que se nos dice, nos hacemos una idea apologética, pero razonablemente fidedignas, de la experiencia humana de las misiones. De la organización comunal del trabajo, y en buena medida de la propiedad; del modo de evangelización de los jesuitas, basado en el aprecio de muchos -no todos- los rasgos de la cultura guaraní, como su lengua o su aptitud para la música. De hecho ésta, y la flauta o el oboe, es una de las claves simbólicas de la película. El componente de radicalismo social, su envidiada prosperidad -basada en el cultivo de la hierba mate, una especie de té- y la concentración de los indios que escapaban de la esclavitud, unida a las tensiones del regalismo borbónico, hicieron que estas misiones estuvieran bajo sospecha de los pobladores de los territorios españoles y portugueses limítrofes, de las autoridades políticas virreinales y de algunas autoridades eclesiásticas, todo ello reflejado en el film. También es real la “guerra guaranítica”, que Joffé condensa en las secuencias finales en las que aparece la lucha de los indios y algunos jesuitas por defender la misión de San Carlos frente a los ejércitos hispano-portugueses. El deseo de éstos de resolver de mutuo acuerdo sus diferencias fronterizas en Sudamérica llevó en 1750 a la firma en Madrid del discutido tratado de Límites o de Permuta, entre los gobiernos de España y Portugal, para reemplazar la obsoleta demarcación establecida por el acuerdo de Tordesillas de 1494. Carlos III, considerando excesivamente favorable a los portugueses el tratado de Límites, lo revocaría al iniciar su reinado, aunque demasiado tarde para las misiones guaraníticas en cuestión. Pero más allá de la mayor o menor fidelidad de hechos concretos, difíciles de establecer con exactitud, Joffé plantea cuestiones de enorme fuerza vital. Nos va interpelando sobre las relaciones interétnicas, el balance de la colonización y el duro precio de la aportación cultural europea. Sobre todo tiene una problemática nuclear religioso-política. El gran tema de Joffé y de The Mission son las implicancias del compromiso cristiano en la construcción de un orden temporal justo: las relaciones entre amor cristiano, sociedad política y lucha por la justicia, con especial referencia a la actitud de los sacerdotes misioneros ante la siguiente pregunta: ¿¿Cómo ha de traducirse la fe en liberación y promoción humana?? The Mission no deberíamos de interpretarla como una apología del compromiso político revolucionario a partir del cristianismo: su final es suficientemente abierto y ambiguo. Es clave, la conversación del padre Gabriel con Mendoza, cuando lo exhorta a éste a servir a los indios, y a la causa de la civilización del amor sin sangre en las manos. Más allá de esta problemática, la película de Roland Joffé tiene una intención interpoladora sobre los modos de compromiso en favor de los derechos humanos y constituye una llamada a la responsabilidad histórica y a la solidaridad entre los hombres. Hay frases finales del eclesiástico que escribe el relato, ante la pretensión justificadora de la masacre que le ofrecen los gobernantes: “El mundo no es así; nosotros lo hemos hecho así, yo lo he hecho así”. Por lo tanto, no todo es necesidad, existe la libertad moral. A partir de ahí se abre una esperanza que el compromiso cristiano tenga una mayor eficacia transformadora de las relaciones entre los hombres y que éstas puedan seguir otras pautas que las del dominio y la ley del más fuerte. Así nos la enseñaron los padres y hermanos del Colegio Jesuita de la Inmaculada, donde estudiamos el colegio, y a quienes estaré eternamente agradecido por la formación que nos entregaron. En esos tiempos en que podemos propender a colocarnos en la comodidad del consumismo y de la insolidaridad, películas como The Mission nos zarandean sanamente, además de aproximarnos con belleza  intensidad a la aventura y desventura de las misiones jesuíticas del Paraguay. Gran film.