lunes, 21 de septiembre de 2015

“Thriller-en grym film”, Bo Arne Vibenius nos vende un parche rosa de niña bella y uno negro de una pantera sedienta de sangre.

























































































A pesar de conjugar una dramática historia con las explosivas consecuencias que se nos narra, las imágenes de Thriller-en grym film o They Call Her One Eye, realizadas en 1974 por el medianamente eficiente cineasta sueco Bo Arne Vibenius, quien solo pudo realizar tres films, pero que si fue ayudante por algunos años del maestro Bergman. Si bien es cierto la propuesta de Vibenius es considerada como una película de culto, su mayor proeza es el homenaje que le rindió Quentin Tarantino con sus cintas Kill Bill. Fue la primera cinta censurada en Suecia por las fuertes escenas de sexo que contenía. Su duración original era de 107 minutos, que pasaron a ser 104 y luego a 86 minutos, aunque siguió estando prohibida. Finalmente fue estrenada luego de recortarla a 82 minutos. La película podría formar parte del subgénero de "violación y venganza". El mismo Vibenius, aparece en una escena, como vendedor de comida. Thriller-en grym film no es una mala película de modo alguno, tiene más aciertos que errores, aunque no es sabido el porqué de la filmografía tan escasa de su realizador. En la cinta, el sueco se dedica la mayor parte del tiempo a darle un tono documental, no redondeándolo del todo. La cadencia con la que se nos exhibe la odisea “rape & revenge” de Madeleine, a través del detallismo con el que se ritualiza el descenso a los confines avernales de la joven y bella muchacha, busca más la distancia de una mirada ajena que la morbosidad del “voyeur”. Esto es lo que hace de la película todo un controversial estilacho llamado “sexploitation”. Si por un lado, el argumento se sitúa en los parámetros de dicho subgénero, el desarrollo de la acción que impone Vibenius se llega a bloquear por momentos por la premiosidad en la exposición de los hechos, vale decir, que arriesga el plot que se refiere a Madeleine, a quien viola un viejo siendo niña y queda  muda, producto del trauma sufrido. Luego es secuestrada, y convertida en adicta a la heroína, para que se desempeñe como una prostituta. La cierta frialdad que viene dada por la identificación que se establece entre el punto de vista de la película y su protagonista -durante los primeros minutos abundan los planos subjetivos de ésta- se refiere a un destino desgraciado que hoy, en 2015, pareciera un tema cotidiano y asumido. Madeleine es arrebatada del hogar rural en el que vive con sus padres, sumergida en un letargo narcótico sin una voz propia con la que gritar, siendo reducida a un cuerpo sin identidad, cuyo valor depende del uso que le den sus clientes, que la utilizan para fotografiarla, penetrarla y hasta agredirla. En la escena en que su secuestrador y proxeneta, de nombre Tony, le entrega una lista con parroquianos, la chica coge la hoja y automáticamente extiende el otro brazo pidiendo su dosis, evidenciando que ha dejado de ser una persona para transformarse en un robot cuyo único objetivo es sobrevivir hasta la próxima inyectable. De esta manera, el film se enmarca dentro de un nihilismo absoluto del sobrevivir cada día donde Vibenius nos reitera los encuentros de Madeleine con los clientes, cómo se coloca la droga o sus reuniones con Tony. En este contexto, los insertos cuasi pornográficos responden por un lado, a acentuar la condición carnal a la que ha sido reducida mostrándose las violaciones tanto física como psicológica, y por otro, ahondar en el tono verista del relato: las escenas de sexo son reales, y el sufrimiento también. A raíz de esto, resulta lógico que el disparador que pone en marcha a Madeleine, y que busca sacarla de esa rutina terminal, supone arrebatarle la única fuente de esperanza que tiene a su alcance: su compañera de esclavitud Sally. Pero, a pesar de este cambio de actitud, Vibenius mantiene el mismo enfoque, es decir, la alianza en el que se intercalan los avances de la joven en su entrenamiento de cara a la venganza -aprendiendo artes marciales, adiestrándose en el uso de armas de fuego y cómo conducir un vehículo a gran velocidad-.Con una indeseable y enfermizo día a día viviendo en el departamento de Tony, ambas acciones de los dos personajes  nos muestran el compartir de un mismo destino, donde se puede apreciar un elemento fatalista: Madeleine percibe que no hay salida posible y que su vida está condenada, pase lo que pase al fracaso, ya que jamás podrá recuperar su humanidad perdida. No es extraño, entonces, que el único instante en el que desaparece esa mirada frontal sea durante las escenas de violencia, quizás el único reducto de pasión que a ella le queda. Todos los conflictos son retratados con una minuciosa cámara lenta que aporta una atmósfera de ensoñación. Vibenius acierta al focalizar su objetivo, e incluso aísla a sus personajes del escenario, congelados sobre un fondo negro, y los encierra en un infierno de barbarie. La espiral de fuego, pólvora y sangre por la que desciende Madeleine acaba recalando en espacios surrealistas como el tiroteo en el puerto contra un enemigo invisible -siempre fuera de plano- hasta llegar a un terreno yermo que supone un homenaje a los desérticos duelos de los famosos “spaghetti-westerns” como representación de su desapacible futuro. Thriller-en grym film falla en su obsesivo fetichismo centrado en Madeleine, léase los parches de diferentes colores que tapan el ojo extraído por Tony como castigo por agredir a un cliente; su gabardina de cuero negro; el travelling que enfoca sus botas, también negras, mientras se dirige a su antiguo hogar, transformándola en un ángel exterminador destinado a convertirse en icono de culto. Las referencias o guiños localizables en films como Mad Max, Kill Bill, y la conocida impronta del maestro Buñuel nos confirman que, efectivamente, así ha sido. La cinta, de un nervioso Vibenius, no posee ni un minuto de felicidad o de descanso. Su aporte es sin dudas la tensión a un ritmo lento pero bien elegido porque es éste el que nos pude poner medio alucinados de tanta violencia e impotencia que se siente,  ya que la joven muchacha no puede expresarse. Vibenius nos enseña lo que nuestro nada limpio subconsciente necesita ver: un parche rosa de niña bella y uno negro de una pantera sedienta de sangre. Pese a quien le pese, es un film que funciona a pesar de sus casi 40 años de edad.