miércoles, 7 de octubre de 2015

“Ilo Ilo”, Anthony Chen desmenuza la verdad observada desde un proverbial sentido del minimalismo detallista y una narrativa sintética.































































































Anthony Chen nació en Singapur, en 1984, y desde niño estuvo interesado en hacer películas. Luego de un sufrido servicio militar obligatorio en el ejército, fue admitido en la National Film and Television School en el Reino Unido. Se graduó en 2010, dos de sus cortos, Distance y Lighthouse se exhibieron ese mismo año, siguiendo Karang Guni, en 2011, y Homesick, en 2012. Hizo su debut con la película Ilo Ilo o Retrato de una familia, propuesta basada en una serie de experiencias personales de su infancia. Chen logró ganar con su ópera prima el prestigioso galardón “Cámara de Oro” en el Festival de Cine de Cannes, en 2013. También obtuvo el 50º Premio Caballo de Oro ilustre a la Mejor Película y Mejor Director. Ilo Ilo o Retratos de familia resulta una exploración del caos existencial de la clase media alta en Singapur. Aunque Chen no desestima la pormenorización cultural, este drama inmigratorio y sus personajes son reconocibles en cualquier lugar donde se vivan familias de trabajadores u obreros que aspiren legítimamente a la estabilidad económica y a un cierto tipo de comodidad. La familia que determina el film  supone un conjunto de seres chabacanos y poco distinguidos. La madre Hwee -actuada correctamente por Yann Yann Yeo- nos muestra su embarazo con fatiga y mal humor. Trabaja como empleada administrativa en una empresa en la que redacta cartas de despido. Su labor diaria transcurre entre los chimentos y las envidias de sus compañeros de oficina, y el temor que algún día su nombre aparezca como un boomerang, en una de esas cartas. Chen nos situa en 1997, en plena crisis asiática, y su marido, Teck -otro buen actuar de Tianwen Chen- será uno de los primeros en sufrir las consecuencias, dado que sus dotes como comercial son nulas, y sus inversiones no han sido las que esperaba. Teck es un tipo insignificante que ve en peligro su condición de filiación como padre, hecho que lo conduce a una sucesión de engaños con el fin de mantener en pie su inestable dignidad. Es un hombre castrado por el nuevo capitalismo, alguien incapaz de competir por sí mismo contra quien fuese. Deambula durante la película con una calma medio tramposa, mientras trata de ocultar su incapacidad para mantener a su familia. Mientras tanto, su hijo, Jialer -encarnado por Jialer Koh- desafía la tradición familiar, y tira por la borda nuestras simpatías por el clan. Jialer parece ser un pequeño emperador malcriado que gasta su energía en importunar, y que sufre las consecuencias de la escasa atención que sus padres pueden prestarle, una cuestión habitual en aquellas familias que necesitan doble salarios para intentar mantener un nivel de vida acomodado al que aspiran. Mamá Hwee llega a casa todos los días jadeando su adustez, para tirarse sobre la cama para descansar su fracaso, así que le brinda a su marido Teck una solución: contratar a una criada filipina. Así aparece Terry, personaje protagonizado por Angeli Bayani. La sirvienta tiene 28 años y viene de Filipinas, de la región del Ilo Ilo. Allí dejó un hijo al cuidado de su hermana, para viajar y cuidar a otro menor, al que unos padres adinerados no tienen ni tiempo ni ganas para atender. Tímida ante su nueva situación, Terry busca adaptarse lo mejor posible a su condición. Es un plato más en la mesa, y también un símbolo del estatus al que los miembros de esta familia aspiran, pero ven peligrar. Su llegada ayudará a un convivir familiar en un drama que encapsula una variedad de conflictos contemporáneos: las diferencias raciales y religiosas, la desigualdad social y la amenaza de desaparición que acecha a las clases medias altas en el nuevo panorama económico del país.  El clan de los Leng pondrá sus tensiones de manifiesto silenciosamente, en todas las habitaciones y pasillos del hogar. Esta situación no es excepcional, y en Asia es algo parecido a un lugar común. La mayoría de los empleados domésticos del mundo trabajan en Asia, la mayoría son mujeres jóvenes procedentes de Filipinas y de Indonesia. Esos son países que la población acomodada China, es decir, sus empleadores, los considera como inferiores étnicamente porque su piel es más oscura que la de los chinos, y religiosamente son católicos o musulmanes. Desde su trascendente despegue económico, la presencia de una empleada doméstica se ha convertido en algo habitual en hogares de clase media China, como también un comportamiento abusivo que se da con frecuencia. Retratos de Familia explora la ansiedad y los juegos de poder que tienen lugar cuando se abre las puertas de casa a una desconocida, a quien se considera inferior, una tarea en la que Anthony Chen destaca por su excepcional capacidad de observación.  El vínculo con la niñera Terry será una experiencia que marcará al pequeño Jialer durante toda su vida. La ambientación se reduce a detalles sutiles. Los años noventa son el ruido vocinglero del “Tamagotchi” -la mascota virtual creada en 1996- con el que juega Jialer, el Windows 98 parpadeando en las pantallas de las computadoras, los auriculares de un walkman etc. La crisis es una serie de susurros temerosos en la oficina, confesiones nocturnas en la cama de matrimonio que terminan con silencios y miradas desviadas, el cuerpo de un desconocido que se arroja desde la cima de un edificio. Los conflictos que viven los personajes se muestran con delicadeza, como gestos fugaces que no llaman la atención en el transcurso del día a día. Gestos como el de Hwee cuando confisca el pasaporte de Terry, en medio de un recibimiento subrayado por una rígida cordialidad. O lo de Terry deteniéndose tras haber comenzado a bendecir la mesa de manera instintiva entre relojeos de tolerancia fingida. Más tarde, Hwee obliga a Terry a participar en una ceremonia en memoria del abuelo de Jialer, una manera de introducirla en la familia obviando sus creencias católicas. Gestos que sacan a la superficie las tensiones raciales, económicas y de clase, las mismas que fluyen bajo lo monótono de la rutina diaria, las idas y venidas del trabajo o del colegio, los trayectos en el coche familiar y las discusiones en la mesa de la cocina. El retrato que Chen hace de la familia -especialmente de los adultos- es devastador. Son culpables de todos los cargos, desde la mediocridad hasta la hipocresía. Pretenden colgarse de la presencia de Terry para cimentar su precario sentido de estatus, cuando la situación económica amenaza con derrumbar su posición social. Se esfuerzan por escenificar jerarquías sociales cuando éstas se están convirtiendo en pura ilusión, y quizá no haya tantas cosas que los separen de esa persona que se ve obligada a abandonar su hijo por un ridículo salario. La expresión de todo este embrollo puede resultar cómica, incluso ridícula, pero existe algun afecto por parte de Chen hacia estos personajes. Al fin y al cabo, su comportamiento es de una cicatería desesperada ante la súbita agresión de un mundo que no son capaces de comprender y menos de afrontar. Los lazos que terminan estableciéndose con Terry acabarán siendo más maníacos de lo que parecían en un principio. Después de todo, la empatía motivada por la proximidad de cada uno de ellos recibirá su dosis de soledad y aislamiento un día tras otro. La relación emocional con una niñera extranjera es una experiencia común entre tantos niños chinos de clase media alta, una experiencia que Chen conoce de primera mano. Cuando el cineasta buscaba una historia para exhibir su ópera prima, un recuerdo de su niñez acaparó su pensamiento que se bosquejaba en el dolor que sintió profundamente al separarse de su niñera filipina cuando tenía 12 años. Chen dedicó varios meses a buscar una ambientación con la disposición exacta de aquel en el que vivió su infancia. Pero la memoria nunca tiene solamente una cara. Tiempo después, cuando Retratos de familia ya se había convertido en una de las películas más premiadas del duro cine asiático, la TV filipina se acercó a Ilo Ilo en busca de la antigua niñera del cineasta, con la intención de escenificar un reencuentro. Chen y su hermano se sorprendieron al descubrir que la persona a la que conocían como la tía Terry llevaba aún consigo a todas partes una bolsita azul en cuyo interior guardaba sus fotos de infancia. Un detalle melancólico que ninguno de los dos pudo contener las lágrimas de amor y agradecimiento hacia ella. Un film de eminente factura social que jamás pasaría desapercibido por quienes aman la justicia de los hombres buenos. Muy recomendable.