viernes, 23 de octubre de 2015

“L’enfer”, Clouzot y luego Chabrol determinan la sensualidad que se va deslizando por una suave pared de terciopelo, pero que se vuelve áspera por el descenso al infierno de los celos.





































































































Todo acto humano que se relacione con el amor es un manifiesto posible del brotar de los celos. Muchos de nosotros nos pasamos la vida sobrevolando la superficie de las cosas, y de repente, algo nos comienza a obsesionar. No sentimos hambre, nos resulta poco probable dormir, el sexo pasa a un segundo plano, e incluso somos incapaces de intelectualizar en varios temas, aunque siempre en uno en especial. Una idea nos va a  perseguir a cada minuto, y en cada lugar. Esta idea es como un vampiro hercúleo, capaz de robarnos la mayor parte de nuestra alicaída energía, es decir, intentar dejarnos sin sangre. Esta idea suele ser camaleónica, y adopta cualquier forma con tal de timarnos y encapsularnos. Para el gran cineasta y guionista francés -realizador de tres films excepcionales, Le salaire de la peur, Les diaboliques y Le Corbeau- Henri Georges Clouzot, esta idea se disfrazó de celos. Estos tomaron forma y el maestro Claude Chabrol construyó una antológico film acerca de ellos, y que se tituló L’enfer o El infierno. Si usted, amigo lector, quiere un consejo, se lo brindo con total honestidad: no debemos de subestimar a los celos. Quizás puede ser un tema banal, y sin embargo, sabemos que ha conducido a hombres y mujeres famosas, o comunes a introducirse en el mundo de la locura. Ésta enajenación, vive al acecho, atenta al mínimo descuido. Siempre hemos tenido mucho miedo a que nos encuentre. A veces le preguntamos a la gente, a qué le tienen más miedo en la vida. Algunos responden, a las arañas, otros, a la soledad etc. Pero muchos dicen que le temen a ellos mismos, a perder y no recuperar el control. Esta idea de dejar nuestras más oscuras represiones, libres espantos, sin ataduras es escalofriante. Una vez que nos perdemos a nosotros mismos, podemos estar seguros que estamos en la puerta del horno. El problema de los celos es que todos conocen su principio, pero casi nadie su final. Son como una historia interminable, y es esa la razón por la que L’enfer, ideada por Clouzot, y finalizada por Chabrol, cierra con una dolorosa imagen: un fondo negro con letras blancas. Muchos piensan que la razón por la que el film de Chabrol no tenga desenlace es porque Clouzot no cesaba de reescribir el guion, y se le complicó terminarlo. Sin embargo, quien suscribe, cree que la razón fue porque sería absurdo encontrarle una salida al infierno. Nadie que haya descendido a éste ha sido capaz de volver para contarlo. Por lo tanto, la locura es el camino conductor que utilizan las obsesiones. Es la ruta que siguen para llegar a tocar fondo. Hay muchas películas lineales, otras desordenadas y llenas de saltos temporales, y una gran mayoría son concebidas como un ascenso, descenso y otra vez un ascenso. La historia de L’enfer, sin embargo, está construida como una caída libre. Nos sitúa en lo más alto para, una vez allí, soltarnos sin piedad y observar cómo caemos durante todo el trayecto sin un solo punto de apoyo que nos deje asirnos o respirar. Debe ser por eso que el observar el film de Chabrol provoca una angustia sin tregua. Ver L’enfer se siente como si alguien metiera sus manos en nuestros pulmones, y le coloca un sellador a nuestros bronquios y laringe, como si intentaran arrugarnos el corazón, o como si nos suspendieran en el aire por medio de una tensión invisible que nos impide volver a bajar y posar los pies sobre la cordura que nos otorga la tierra firme. Digo esto, pensando en una película que no existe. A veces he pensado en Henri-Georges Clouzot, y en cómo debió sentirse a la hora de enfrentarse a esta idea de hacer algo nunca visto. Algo nuevo y poderoso que puede llevar a un hombre hasta la muerte. Para intentar comprender la magnitud de L’enfer tenemos que saber que nadie muere a causa de una caída si no es desde una altura considerable. Lo que Clouzot quiso hacer con el dolor es poder hacérselo sentir al espectador. Quiso despertarlo de la distancia prudencial que nos otorga la frontera física y metafórica entre la película y nosotros. Quiso hacernos un daño irreparable y sumergirnos en una espiral de destrucción mutua, olvidándose de ponernos a salvo. L’enfer recoge testimonios que alimentan la leyenda, y que podrían hacernos creer que entendemos qué es lo que sintió Clouzot antes de decidir hacer reales todas sus pesadillas. Sin embargo, todo esto no significa nada. Sólo palabras, rumores, impresiones, anécdotas etc. Algo que crea la ilusión de acercarnos a la verdad cuando, en realidad, nos está alejando de ella. Se dice que el arte puede funcionar como un tratamiento terapéutico o también un exorcismo. Hablar de las obsesiones, exteriorizarlas y hacerlas reales las convierte en tangibles, moldeables, y sobre todo, aquello que puede ser destruido. Lo real se puede romper. Lo que solo habita en nuestra mente es inalcanzable. Ésta fue la trampa de la trama de L’enfer: el peligro de intentar darle forma al dolor. Es difícil recrear el averno si no hemos paseado por él. Para evocarlo, pensemos en esas miles de horas de imágenes que Clouzot nos dejó como testimonio. Pensemos en el rostro de la actriz protagónica tras las luces intermitentes e insistentes. Pensemos en cómo su cara se apagaba o se apartaba de la cámara, molesta y exhausta tras horas de pruebas. Pensemos en cómo fruncía el ceño, o en esas imágenes robadas cuando nadie la estaba mirando, en las que percibimos la angustia de no saber hacia dónde se dirige. Pensemos en el tal Serge Reggiani, en su enfermedad, y en su deseo de abandonar la película. Pensemos en toda la gente que convivió con él durante ese tiempo sin rendirse ante la hipnosis que provocaba semejante locura. Pensemos en los operarios que se quejaban del porqué Chabrol los despertaba a las cinco de la mañana con una nueva idea. Pensemos en aquellos que esperaron a veces durante días para alcanzar la excelencia de ese plano de apenas cinco segundos de duración etc. Debemos advertir cómo avanza nuestra demencial tortura. Preguntémonos: ¿¿Hacia dónde vamos?? ¿¿Queremos llegar ahí?? ¿¿Sabremos volver a nosotros mismos después?? Dicen que querer es poder, por eso uno siempre piensa que existe un atisbo de voluntariedad en la locura. Hace falta una gran cantidad de consciencia para perderla, y dejarnos llevarla, o una gran cantidad de pasión, fuerza, desánimo y tristeza para separarnos del mundo real y sumergirnos en aquel otro, el cual desconocemos. Paul Prieur, protagonista de L’enfer, quien por fin despertó de su letargo y cobró vida en 1994, decidió meterse en el infierno. Su maldición: querer poseer la belleza. Prieur se casó con una de las mujeres más bellas que uno imagina. Podría ser Emmanuelle Béart o cualquier otra mujer observada con los ojos adecuados, pues todas las mujeres del mundo y sus respectivas bellezas dependen de una luz, de un viento o de una suavidad concreta que alguien decide otorgarles. Lo que ocurre cuando creemos ser el dueño de algo bello, es que perdemos la cabeza ante la sola idea de compartir esa belleza, de dejar que alguien más la mire, la roce, le pueda robar una mínima partícula de ese resplandor que quiere uno sólo para sí. Todos hemos poseído algo bello alguna vez en nuestras vidas. Un objeto, un amor, una amiga a la que no podíamos parar de mirar. Cuando uno está en esta posición, la del observador, se da cuenta que la belleza tiene fecha de caducidad. Se gasta y pierde sus formas a base de observarla. Puede uno fotografiarla o describirla en papel hasta la extenuación, creer así que la hemos enjaulado y que una parte o la totalidad de esa belleza nos pertenecen. No es así de modo alguno. Ni siquiera Paul Prieur, un cazador nato, puede poseerla, y se desespera porque piensa que su mujer se acuesta con todos. El principio de L’enfer son las alucinaciones y la paranoia. Clouzot primero, y Chabrol luego, intentaron dibujar los diferentes colores del infierno. Buscaron filmar los delirios, los sueños febriles que se pierden en texturas amarillas, en brillos rosas, cielos verdes, labios azules. Juntarlos y removerlos en una espiral sin fin. Intentaron fotografiar la asfixia, aquellas manos que se agarrotan alrededor del cuello e intentan robarse el último aliento: la maté porque era mía. L’enfer es la sensualidad que se va deslizando por una suave pared de terciopelo, que se vuelve áspera por el descenso al infierno de los celos.