sábado, 3 de octubre de 2015

“Poltergeist”, Tobe Hooper rompe los esquemas convencionales del cine de terror infantil a pesar de Steven Spielberg. Remake del presente año.

































































































No debe resultar una casualidad que el patriotismo yankee meta su cucharón en el arranque del film Poltergeist, de Tobe Hooper, realizador de The Texas Chainsaw Massacre, a través del hermoso himno de los EEUU,  mientras la pantalla nos somete a una serie de imágenes entusiásticas y nacionalistas aunque medio distorsionadas. La siguiente escena, en la que aparece el título y los créditos, resulta definitoria: un plano panorámico que se refiere al barrio residencial de donde emerge la acción. Los protagonistas representan a la familia norteamericana de los años ochenta. El padre observa un partido con sus amigos, la madre prepara el desayuno, mientras sus hijos pequeños juegan con la comida, y la hija mayor habla por teléfono hasta altas horas de la noche; en donde el viejo árbol está presente, y cuya sombra simboliza un manto de seguridad sobre el hogar. Este, es el retrato de un hogar funcional construído sobre los pilares del “American Way of Life” de aquella época. Steve y Diane forman un matrimonio joven que combinan sus fuerzas para llevar adelante a su familia. Steve es el mejor vendedor de la compañía inmobiliaria donde trabaja, empresa que es la misma que se encargó de la zona y casa en la que viven. Diane es una ejemplar ama de casa que la observamos en el entierro del canario para complacer a su hija pequeña. En la intimidad de su habitación, los vemos a ambos fumando hierba. Más tarde, cuando empiezan a presentarse los fenómenos paranormales, Diane le dice a su temeroso marido que vuelva años atrás cuando tenía la mente más abierta. Asentados en la comodidad de la media, marido y mujer mantienen todavía un exangüe vínculo con un pasado caracterizado por un espíritu más libre. Cuando Steve descubre que la zona en la que vive fue construída sobre un cementerio, se establece un nexo de unión entre su pasado y los habitantes ancestrales de la parcela. En el clímax del relato, las tumbas surgirán del suelo, irrumpiendo en los pasillos y las habitaciones, mientras la piscina en plena cimentación se va a convertir en una fosa común llena de cadáveres. Las almas de los fallecidos reclaman su propiedad tomada por el desarrollo de la inmobiliaria, dispuesta a borrar el ayer en aras del futuro. El hecho que su ataque se canalice a través de la perversión de los iconos rectores del hogar yankee, el viejo árbol y la TV, evidencia que el conflicto tiene un soporte territorial y uno espiritual. Este enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo, o entre el antes y el presente se halla en el núcleo de la propuesta de Hooper. La película posee un plan extrínseco, es decir, una concepción como película de género. No olvidemos que el film fue producido, escrito y editado por Spielberg aunque firmado por Hooper, para que el mismo apareciera como director de un producto con la reconocida esencia fílmica de Spielberg, quien siempre apuntó a un cine donde combina su conceptualización del fantástico con el de un Hooper que entendía mucho acerca de un terror antitético. Sin duda, una amalgama que en la pantalla es un desafío de voluntades. Por lo tanto, Poltergeist es el factor resultante entre el fantástico, vía el sentimentalismo de Spielberg, y la fisicidad de Hooper. El reparto de tareas o la imposición de caracteres, se hace evidente desde el momento en el que se reconoce la mano de cada uno de ellos en cada escena, pudiendo nosotros distinguir qué momento le pertenece a cada quien. Por ejemplo, la parte del león, se la endosaríamos a Hooper, quien  proporciona el acercamiento blandengue de Spielberg, que no era el más indicado para una producción de este tipo, más centrada en el drama familiar que en crear una atmósfera pavorosa. Por eso, a la hora de pensar en Poltergeist se recuerdan los momentos más intensos: el árbol intentando comerse al pequeño Robbie; la alucinación del parapsicólogo que se autodestruye la cara, el rescate de Carol Anne con esa cuerda que parece estar cubierta de trozos de carne, Diane siendo arrastrada por las paredes y por el techo de su habitación, el pasillo que se alarga, y el diabólico payaso. No nos resulta complicado pensar que una cinta irregular sea considerada hoy un pequeño clásico moderno, a pesar de Spielberg, y gracias a Hooper. Si tenemos en cuenta que pocos films de Hooper tienen la fortaleza de estas escenas, llegaremos a la conclusión que la personalidad de Poltergeist surge precisamente, de su desigual condición de comportarse como un monstruo bicéfalo. Sin embargo, por continuidad y su ritmo endiablado, Hooper y Spielberg mantienen el interés observando los rituales diarios de la familia tan de cerca, que al parecer los sucesos extraños se vuelven más creíbles de lo que son. Como anécdota, Heather O'Rourke, la preciosa niña rubia del film -Carol Anne- murió en 1988, a los 11 años, por  una falla cardiorrespiratoria. Estos problemas no son frecuentes en niños, pero suceden. Dominique Dunne, que interpreta a la hermana mayor de Carol Anne, conoció en una fiesta a un chef llamado John Thomas Sweeney, poco después de finalizar la filmación. Ambos iniciaron una relación marcada por insultos y maltratos. A las pocas semanas, ella, que apenas superaba 1.50 mts de estatura, decidió romper el romance, pero su pequeño cuello no resistió la presión de las manotas del chef, que medía 1.85 mts. Casualidades o indicios como en El bebé de Rosemary, de Roman Polanski. 23 años después, en un año lleno de remakes, reboots y secuelas de franquicias que ya pertenecían al panteón de los recuerdos, tenemos de regreso a Poltergeist, esta vez realizada por Gil Kenan, el director del entretenido “Steampunk” City of Ember. A Kenan parece no importarle el film original porque lo cambia como quiere. A pesar de tener los elementos de una película de terror, la Poltergeist de 1982, fue una historia con un trasfondo fantasmagórico y de horror, pero el contexto era enteramente familiar. Por eso siempre la sentimos distinta a las otras cintas que se comercializaban como películas de terror. La nueva Poltergeist, nos sitúa frente a la familia, la misma que atraviesa por una dura crisis financiera. El padre de familia se encuentra desempleado, y debido a eso deben mudarse a una casa en un suburbio económico. Conforme van pasando los días la nueva vivienda va revelando su naturaleza paranormal mientras se van manifestando los chabacanos espíritus. La pregunta sería: ¿¿Esta nueva versión logra estar a la altura de la película original?? No, de ninguna manera, pero tiene lo suyo, al estilo de Kenan. Lo mejor que logra el joven londinense es que nos presenta a una familia cautivadora, los personajes están bien trazados y eso ya es ganancia. Sam Rockwell es un muy buen actor, y aquí aborda el papel del padre de la familia Bowen, Eric, un tipo que pese a los problemas nunca pierde el sentido del humor y demuestra sus esfuerzos por mantener feliz a su familia. Rosemary DeWitt interpreta a Amy, la esposa de Eric y tiene buena química con Rockwell. Jared Harris interpreta a un cazafantasmas irlandés que ayuda a la familia a limpiar la casa de los espíritus. Luego vienen los niños, los cuales en particular hacen su tarea correctamente. Aunque es innecesario como remake, es menos terrorífico que el original y no deja de ser entretenido.  Su trama nos mantiene atentos gracias a que la dinámica del conjunto es buena y tendremos curiosidad en observar cómo se van involucrando los sucesos fantasmagóricos que ocurren en la casa. Existe una marcada variación de las escenas del original, y eso no es del todo desagradable. El problema es que es una versión mucho más light que el original, y es imposible que nos vaya a sorprender. Si la comparamos con lo hecho por Hooper y Spielberg. Nos va a decepcionar. Los fantasmas no parecen tener un temperamento amenazante o malévolo. Finalmente, Poltergeist de Kenan es un ejercicio fílmico bipolar; es un remake incoloro, pero que como un homenaje no hace mella. Su principal atractivo es el elenco que hace un buen trabajo como familia, en especial Sam Rockwell. Un defecto acentuado es su débil contexto paranormal. Es una cinta bastante simple que se distancia más de lo que se acerca al cine de terror.