jueves, 15 de octubre de 2015

“The Disappearance of Alice Creed”, J. Blakeson nos acerca a un ejercicio subliminal de intriga y un tirante juego de avaricia, amor, sexo y agresión.








































































































Hay films que pueden realizarse con un ejército de actores y no conseguir conjugar los distintos personajes en juego. Sin embargo, hay otros que cuentan con pocos actores, un guión bien estructurado -que no le sobre ni le falte un lenguaje y diálogos adecuados- así como nudos que calcen en una historia intensa e interesante. Ese es el caso del film británico The Disappearance of Alice Creed de J. Blakeson, un inglés especialista en guiones, y que sólo ha filmado un corto y un largometraje. Quizás no maneja el dinero que quisiera, pero ha demostrado tener temple para su ópera prima donde hace una más que correcta combinación de géneros, y cuenta para esto con solo tres artistas: la sensual y experimentada Gemma Arterton, y los muy buenos actores Martin Compston y Eddie Marsan. El arranque de The Disappearance of Alice Creed nos presenta el acto del secuestro como un ejercicio ritual que se esconde entre los pliegues de la cotidianidad. Durante esos primeros minutos seguimos a dos personajes anónimos mientras se equipan, comprando diferentes objetos, una cuerda, un taladro, una cama etc., acondicionando una casa, insonorizando una habitación; tapando las ventanas; colocando candados y cadenas de seguridad en las puertas; preparando una vieja furgoneta, cambiándole las placas; asegurando correas a las puertas etc. No dicen ni una sola palabra. Tampoco hay dudas, sólo vemos movimiento y premeditación. Esta mirada fría, sin efectismos melodramáticos, llega a su culmen con el secuestro en sí, el mismo que es eludido a través de una elipsis que certifica el acercamiento desdramatizado a una tragedia. Este tono casi documental, subrayado por la ausencia total de créditos -incluido el título de la película- continúa y se potencia con la llegada a una casa preparada para acoger a una muchacha secuestrada. Blakeson convierte su historia en un catálogo didáctico del “modus operandi” de un secuestro realizado con el desapasionamiento de un gran profesor dando una lección a sus alumnos. Todos los aspectos morbosos quedan anulados por su sentido de la funcionalidad. Cuando Alice, a la que se alude en el título, es desnudada por sus captores no es por motivos sexuales, sino para fotografiarla en toda su vulnerabilidad de cara a enviar las fotos en busca del rescate. Obligarla a sus necesidades delante de los secuestradores no intenta regodearse en su humillación, sino en una cauta medida de seguridad. Durante este primer tercio del metraje desconocemos los nombres de los protagonistas, ahondando en su despersonalización, y definiéndolos como figurantes antes que como personajes. Pero una vez planteado el hecho, el británico nos va descubriendo las oscuras motivaciones de cada uno de sus dos secuaces. A partir de ese momento, The Disappearance of Alice Creed se descubre como un tenso thriller que aprovecha el naturalismo de las escenas anteriores para dibujar con precisión la cerrada atmósfera en la que van a detonar los sucesos. El minimalismo de su escenografía -ya que la acción se sitúa casi en su integridad en una austera vivienda- nos sirve de metáfora del callejón sin salida por el que se mueven los personajes, abocados a un abismo en el que la moralidad es la antítesis de la supervivencia. La misma casa simboliza cómo los personajes están aislados de la realidad, enclaustrados en su propio laberinto de pasiones: cada vez que los secuestradores salen de la casa, vemos que la parte externa tiene la forma de una puerta muy común. Un día a día que contrasta con el empapelado rojo de las paredes del salón, retratando tanto el infierno personal de sus inquilinos como su aciago destino marcado por la sangre. Igualmente, el negro de las paredes de la habitación en la que permanece Alice, representa su condición de víctima, inicialmente ignorante de los motivos de las cosas que le están ocurriendo, de hecho, cuando descubra la verdad de todo, la pared será agujereada por un disparo, como si ese agujero evidenciara la manera con la que un calculado plan se desmorona. La estructura de la película se conforma de una serie de “set pieces” de suspense al límite -el casquillo que se niega a desaparecer; la desesperada llamada a la policía etc.- con giros continuados que son consecuencia directa de los contradictorios temperamentos de los integrantes, quienes parecerían que siempre tienen una careta de repuesto bajo la que ocultan sus ambiciones. No es extraño que todo se resuelva fuera de las cuatro paredes en las que se ha incubado el drama, como si los protagonistas ya estuvieran libres de sus cadenas físicas y psicológicas, y se comportaran como son realmente. En The Disappearance of Alice Creed, la línea entre los buenos y los malos, entre la víctima y sus verdugos, no sólo es fina, sino que podemos llegarla a confundir, mostrándonos un universo darwinista, en el que la capacidad de adaptación y engaño en un territorio hostil es imprescindible para la supervivencia del sujeto. Por lo tanto, Blakeson nos acerca a un ejercicio subliminal de intriga en donde un secuestro acaba en un tirante juego de avaricia, amor, sexo y agresión. Una buena película donde todo está bien ensamblado, inclusive hasta nuestra propia presencia.