lunes, 12 de octubre de 2015

“Viridiana”, Buñuel y la misma visión y sentimiento a través de los ojos abiertos y de aquellos cerrados. Obra maestra.

































































































Buñuel, español de nacimiento, llegó a este mundo en 1900, siglo que lo va a acompañar a lo largo de sus dos mayores aventuras intelectuales y políticas: el surrealismo y el comunismo. Ambas posturas indisociables en espíritu y forma de la vida misma. Luisito, recibió una educación jesuita estricta -como todos los que nos criamos en ese cobijar de ideas confusas aunque valientes- y quedará marcado por “ese miedo por el sexo propio de la religión católica”, a pesar que el “sentir de pecar pueda resultar delicioso”. En su país natal -el otro fue México, en donde murió e hizo su obra más completa- realizó cursos de ciencias naturales, descubrimiento clave de El origen de las especies de Darwin. Hizo amistad con el mayor poeta, dramaturgo y prosista español del siglo XX, Federico García Lorca, y también con el excéntrico pintor, escultor, grabador, escenógrafo y escritor español Salvador Dalí, a quien se le considera uno de los mayores representantes del surrealismo. A Luis Buñuel le apasionaban aquellas comedias románticas norteamericanas de su época -si resucitara y viera las de ahora se pegaría un tiro- pero, bajo la influencia de sus dos amigos, se va a entregar en cuerpo y alma a la literatura, y se pone a escribir. Fue en París, a partir de mediados de los años veinte, donde va tomar la decisión de hacer cine, debutando como un polifuncional ayudante, es decir, conocía el circo muy bien por adentro y por afuera. Luego, Buñuel lee a Sade, a Nietzsche, y sobre todo a Freud, punto en común con el gran Fritz Lang, cineasta que resultó decisivo en su cine y sus vivencias, ya que al ir a observar el film mudo Der Müde Tod o Las tres luces, en 1921, fue categórica su inclinación por incursionar en la cinematografía. Para quien suscribe, las grandes obras de Buñuel fueron: Los Olvidados de 1950, Abismos de pasión y Él -esta última con el maravilloso actor Arturo de Córdova- de 1953, El río y la muerte y Ensayo de un crimen, ambas de 1955, Nazarín de 1959, Viridiana en 1961, que se adjudicó la Palma de Oro en Cannes, la inolvidable El ángel exterminador de 1962, Simón del desierto de 1965, Belle de jour de 1967, hecha en Francia, Tristana en 1970, realizada en España, la magnífica sátira dramática que ganara un Oscar, Le charme discret de la bourgeoisie, también hecha en Francia. He tipeado “hecha en Francia o España”, porque todas las demás las produjo en su querido México. Luis Buñuel fue un ser humano que se salía de lo común. Dijo alguna vez: “Admiro al hombre que permanece fiel a su consciencia, porque en el fondo siempre elegí y elegiré al hombre contra  los hombres”. Una paradoja que nos sorprende para un comunista de corazón, tantas veces vapuleado y expulsado de su propio país. Un ser humano de un “pesimismo lúcido”, que a través de su filmografía ha intentado elucidar, jamás mediante la apología del individuo, sino desvelando la amarguísima lección de aquella “humanidad” del hombre. Desde que Buñuel cerró sus ojos en 1983, su cine, tan abierto a lo que el hombre es capaz de hacer, inclusive lo peor, nos hace mucha falta su presencia e impronta a quienes adoramos la inteligencia creativa del ser humano en el cine. Pues bien, en Viridiana, hay una sentencia vital de Buñuel: todos sus personajes sufren un desengaño y luego cambian, sea para bien o para mal. Es a fin de cuentas, la incertidumbre del Quijote, es decir, la de un sueño de locura y finalmente su retorno a la razón. No es fácil explicar lucidamente la emoción existencial de una propuesta como Viridiana en la cinematografía española, teniendo en cuenta la situación política de ese país en 1961. Los censores de la época no vieron en el film nada que atentara contra la ideología religiosa de un régimen torpe. Viridiana, en su delirio caritativo, es ese personaje quijotesco que va a integrarse a la racionalidad, a causa de un desengaño. Teniendo en cuenta la evolución de personaje en la película, el diagnóstico de Buñuel es sin dudar el único correcto. El film se estructura en dos partes diferenciadas: en la primera, halla su núcleo en la relación de la devota novicia -una bella y formidable Silvia Pinal- con su tío Don Jaime -un actor de polendas como Fernando Rey- un solitario terrateniente, viudo desde su noche de bodas, y dotado de una enfermiza obsesión necrofilia. En la segunda parte, la raíz surge tras el suicidio de Don Jaime, con la llegada a la propiedad de Jorge -un correcto Francisco Rabal- hijo ilegítimo al que Don Jaime deja en herencia sus tierras, y que tendrá que compartir con Viridiana, quien tras abandonar la orden religiosa sintiéndose responsable del suicidio de su tío, se consagra a la labor caritativa ofreciendo techo y comida a los pobres de la zona. Si en la primera parte, Viridiana ejercerá de forma inconsciente una trágica influencia en Don Jaime, despertando una patología que parecía oculta hasta ese momento. En el segundo tramo será la propia Viridiana la que verá afectadas sus convicciones por la presencia de Jorge, un hombre que provocará sentimientos inéditos en la joven beata. Justo después de la llegada de Viridiana a la propiedad de Don Jaime, al que la protagonista del film visita como agradecimiento a su manutención, el maestro Buñuel nos muestra en una excepcional escena, el inicio de la obsesión del viejo terrateniente, al que vemos tocando una melodía religiosa en el órgano, mientras Viridiana se desviste, dentro de un atractivo plano sacándose las medias y dejando a la vista sus hermosas piernas. El montaje paralelo no deja lugar a dudas sobre el objeto de los pensamientos de Don Jaime. Una obsesión que aumenta a raíz de la irrupción de una Viridiana sonámbula en la habitación de su tío, justo cuando se está probando los zapatos de su difunta esposa, y que no puede evitar observar embelesado los pies descalzos de la sobrina -los pies son un elemento de fetichismo constante en la obra de Buñuel- y que va a concluir con una tentativa de violación a Viridiana, vestida con las ropas nupciales de la ex-esposa, escena que podemos observar a través de los ojos de la pequeña Rita, y que Buñuel filma como un auténtico ritual religioso. La precipitada marcha de Viridiana -en un premonitorio plano subjetivo de Don Jaime, quien mira la partida de la carreta desde su habitación, con las desnudas ramas de unos árboles  que ensucian la imagen- y la trágica reacción que ésta le provoca a su tío, marca el arranque de la segunda parte de Viridiana, con la llegada de Jorge a la casa. Es en este recorrer de la trama donde la mordaz mirada de Buñuel se centra en desnudar las fobias y contradicciones que surgen en Viridiana a partir de su decisión de abandonar la orden religiosa y establecerse en la casa de su difunto familiar. La muerte del tío, pero sobre todo, la llegada de Jorge, por el que al principio Viridiana siente un gran rechazo, como se observa cuando Jorge decide alejarse de la habitación de Viridiana, ésta abre la ventana para airear el olor que ha dejado el muchacho. Las férreas convicciones de la beata se empiezan a resquebrajar lo cual acabará de contribuir al fracaso de su “proyecto caritativo” con los indigentes del poblado. Es justamente sobre la acción de la caridad, el principal aspecto sobre el que Buñuel vuelca su escepticismo en este caso, tanto en su vertiente religiosa -personificada en la protagonista- como en la más racional, tal como observamos cuando irónicamente Jorge libera a un pobre perro atado a una carreta para seguidamente observar el pasar de un vehículo idéntico en dirección contraria con otro can atado a su eje. Como el propio Jorge le advierte a Viridiana después -como tomando consciencia de la futilidad de su propia acción- “con el hecho de socorrer a unos pocos pobres entre tantos miles, no se consigue solucionar nada”. Al igual que con Don Jaime, el maestro utiliza aquí el montaje paralelo para contraponer las mentalidades de Viridiana y de Jorge, solo que en el primer caso lo que se confronta son las ideas religiosas y eróticas -en una inteligente traslación de atribuciones- cuando Viridiana se quita las medias, Don Jaime encarna la idea religiosa tocando el órgano, por lo tanto, aquí lo visual se contrasta con la acción devota ya que Viridiana reza el ángelus con los pobres, y Jorge lo hace al mando de las obras de reforma de la vieja casa. Si la primera vez las imágenes eran elocuentes acerca de las ideas de Don Jaime, en este caso es la valoración del propio Buñuel la que queda reflejada mediante el montaje paralelo de ambas acciones. La inutilidad de lo caritativo de Viridiana se hace patéticamente formal tras la formidable escena en la que los pobres aprovechan la ausencia de Jorge y Viridiana para tomar posesión por una noche de los aposentos de los dueños. Una auténtica “santa cena” de los miserables, como Buñuel expone de manera evidente en la imagen de los indigentes posando para la fotografía, y que va degenerando en el caos absoluto, finalizando trágicamente, para frustración de la protagonista, cuyo desengaño la hará desistir de cualquier fervor religioso, y caer inmaculada en brazos del pragmático Jorge. En el desenlace de la película, observamos a Viridiana, Jorge y a la sirvienta enfrascados en una de las partidas de cartas más singulares que hayamos presenciado, y que es una genialidad imprevisible de Buñuel. Obra maestra imprescindible del maestro hispanoamericano.