lunes, 9 de noviembre de 2015

“Antichrist”, Lars von Trair traza un eje entre la raíz de la belicosidad y del brío de género.


































































Empezaré con una verdad irrebatible. Nietzsche afirmaba que la vida para soportarse a sí misma necesitaba del arte. En el caso de Von Trier, es imprescindible para soportar los trances de una vida agitada, el arte. El danés, cuando estuvo al borde del suicidio, declaró que El anticristo, obra literaria de Nietzsche, le había salvado la vida. Es inevitable pensar -tanto en el libro de 1888 como en la película de 2009- en este acontecimiento como una práctica vinculante que ayudan al tratamiento de lo real desde lo simbólico. Nietzsche veía al arte como la emanación que llevaba hasta sus últimas consecuencias lo apolíneo y lo dionisiaco, o como el fruto que oscilaba entre el conocimiento trágico del caos y el fenómeno estético. Es precisamente lo que hace Von Trier con uno de los films más controversiales que haya dirigido. La barrera de lo apolíneo -paisajes hermosos, estética de la imagen y escenas alejadas- no excluye el horror de lo dionisiaco -agresión, sexo y sufrimiento-. La película obstruye el gran mecanismo del que trata, el abismo del que nos habla Nietzsche: la violencia. Bajo una estructura novelesca, Lars von Trier nos relata un argumento sencillo: después de la pérdida de un hijo, una pareja entra en una crisis imposible de superar. Aunque la trama no es complicada -y hasta poco narrativa- se vuelve compleja por la manera en la que se destapa a través de una maniobra de violencia, sexualidad y género. Con conceptos como culpa, mujeres, sexo y dolor, la cinta esconde gran parte de la filosofía nietzscheana que se desdobla entre lo ya mencionado: lo apolíneo y lo dionisiaco; la belicosidad, la debilidad, y la dicotomía del ser humano. La debilidad es un concepto principal tanto en Von Trier como en Nietzsche. En Antichrist es el sufrimiento y la incapacidad de poder, mientras que en el libro es sinónimo de lo malo. Pero, ¿¿Qué es lo malo?? Todo lo que proviene de la debilidad. ¿¿Qué es la felicidad?? El sentimiento de lo que carece el poder o  de haber superado una feroz resistencia. Para Nietzsche en todo mal social se encuentra el supuesto fundamental del cristianismo, por ser la causa de una moral que oprime al hombre, basada en la compasión y la astenia. Pues bien, teniendo en cuenta que el cine de terror ha sido considerado desde sus inicios, como el género cinematográfico dedicado a reflejar los miedos que anidan en el interior del ser humano, representando en la pantalla sus fobias y oscuros deseos, resulta lógico que, a la hora de exorcizar sus angustias y ansiedades, Von Trier decide sumergirse en el interior de un cine que, hasta el momento, lo bordeaba sin llegar a penetrarlo del todo. Desde el manierismo de Europa, pasando por la intervención divina de corte dreyeriana de Breaking the Waves, las fugas mentales y musicales de Dancer in the Dark o la abstracción escénica de Dogville, el cine de Von Trier siempre se ha visto contagiado de un sutil impulso fantástico procedente de la mirada con la que se dedica a desmontar y personalizar los contenidos que forman sus películas, ya sea a través de la exacerbación grotesca del melodrama o la aparente ruptura con las normas básicas de la puesta en escena y la narrativa fílmica. Y es esta personal mirada la que convierte a Antichrist en un desafío, una auténtica pieza de resistencia, tanto para el cinéfilo como para el fan del danés, así como también para el aficionado al género “fantaterrorífico”. Von Trier acude a los lugares comunes de este tipo de cine -la cabaña aislada en el medio de un brumoso bosque que parece tener vida propia, el ruido que hacen las bellotas al caer sobre el tejado, los árboles que caen derribados, las referencias a las persecuciones que ha recibido la mujer a lo largo de la historia etc.- y que podría servir de analogía al papel de la mujer en las “horror movies”, y que introduce el tema de la brujería; la presencia del “mal absoluto” y su identificación con Mefistófeles; la mutilación física como efecto extremo del miedo, para fusionarlos con su propio universo fílmico, logrando una peculiar propuesta que funciona tanto como prototipo del género -por su capacidad para inquietar al espectador- así como radical deconstrucción del mismo a través de un autor consagrado. Antichrist comienza con un prólogo consistente en una escena en blanco y negro cuyo esteticismo es una declaración de principios en varios sentidos. Inicialmente, por presentar los elementos conceptuales que se desarrollarán a lo largo de la película, vale decir, la relación entre sexo, culpa y muerte, principalmente. Pero, al comparar ese proemio con el estilo diferenciado de las escenas del primer capítulo, y que marcarán el camino a seguir por el resto, Von Trier plantea una separación entre dos planos diferentes de la realidad a nivel de estilo. Mientras que las escenas que siguen al matrimonio protagonista -identificados como "Él" y "Ella"- intentan superar la muerte de su hijo pequeño, están visualizadas con una fotografía tembleque y un montaje abrupto; la irrupción de las poderosas fuerzas telúricas que invaden la narración de manera subliminal, hacen gala de un elaborado formalismo a través de la utilización de la cámara lenta, los efectos visuales y un diseño de sonido agresivo y enrarecido. A lo largo de la cinta Von Trier se plantea un enfrentamiento entre lo humano y la naturaleza, y también entre lo espiritual y lo terrenal. El marido, psicólogo de profesión, intenta tratar la depresión en la que ha caído su esposa a través de métodos que se traducen en una serie de disquisiciones filosóficas que buscan el descifrar y curar el dolor que los destroza a ambos por dentro. En contraste a esa perspectiva metafísica, el bosque les responde con su cara más física: el ciervo que lleva colgando el cadáver de su cría nonata; el zorro que se está comiendo sus propias tripas; y el águila que devora el cuerpo de un pájaro. Incluso será el zorro quien le comunique directamente al marido que acaban de internarse en un territorio dominado por fuerzas poderosas y desconocidas contra las que están indefensas, y en el que lo familiar se vuelve amenazador. La cabaña se llama Edén, pero se convertirá en un infierno para ambos. Como si el profundo estado depresivo en el que ha caído hubiera abierto una puerta en su percepción que hasta ese momento estaba cerrada, la mujer se verá atraída por la llamada de este territorio hostil al que teme pero al que, inevitablemente pertenece -en una imagen, vemos como se fusiona con lo verde de la hierba sobre la que está tumbada- y al que no pertenece su marido. Tras intentar infructuosamente de hacer el amor con él, ella optará por masturbarse en medio del bosque, ofreciendo así su cuerpo desnudo y sus energías sexuales. No resulta extraño que, en sus tramos finales, Von Trier se centre en la salvaje exhibición de la degradación física a través de la brutal mutilación de los respectivos genitales del hombre y de la mujer, rompiendo de esta forma, cualquier conexión natural entre ambos. Por lo tanto, y para finalizar, Antichrist es una cinta controvertida y provocadora. Que sería imprudente observarla con el afán de escandalizarse de un director con ínfulas, sino a través del esfuerzo del mismo por desarmar nuestras defensas a través de la vulneración de los tabúes establecidos en los contenidos, la violencia en clave ultragore, la explotación del dolor físico y emocional. Somos los que vemos con atención quienes nos sentimos inmersos en un territorio impredecible en el que sus propios sentimientos navegan a la deriva y que hace del film una experiencia seguramente no placentera, pero, sin duda, única y extravagante, como todo lo que logra el danés.