miércoles, 18 de noviembre de 2015

“Carlos, le film”, Olivier Assayas ejercita un impulsivo retrato de los mitos de una época. Intolerable atentado de ISIS en contra de la libertad mundial.





































































































El último viernes 13 de noviembre, el grupo terrorista ISIS o Estado Islámico de Irak y Al Sham, sacudió a Occidente con el cobarde atentado en París, que causó la muerte de por lo menos 130 personas inocentes y más de 350 heridos. La ciudad del amor y las luces tembló bajo la furia de éstos miserables yihadistas que nos declararon la guerra a todos los seres humanos de buena voluntad. Ocho miembros de apátridas desertores de Al Qaeda, dotados con cinturones explosivos y fusiles de asalto, atacaron lugares minuciosamente elegidos en el corazón de la capital francesa. Los terroristas, seleccionaron el estadio de Francia porque allí estaban jugando un partido amistoso de fútbol las selecciones de Francia y Alemania, dos de los países que participan en la coalición contra el Estado Islámico, y porque asistía el presidente francés, Francois Hollande. El teatro Bataclan también fue objetivo de los yihadistas “porque estaban reunidos centenares de idólatras en una fiesta perversa”, según una expresión despreciable dictada en un comunicado, donde también se atribuyen el hecho. La realidad es que ISIS es una amenaza terrorista que no va a dejar de realizar ejecuciones de decapitación, crucifixiones y todos los actos brutales que puede existir vinculadas a una muerte masiva y desgraciada. Hoy, el mundo está indignado, y esperemos que Francia a la cabeza, y todos aquellos países que pueden contrarrestar a estos trúhanes, vayan y destrocen a quienes quieren perturbar 2,000 años de civilización moderna. Esperemos que a Obama no le tiemble el pulso y ahora que se le necesita, no se esconda bajo la alfombra pestilente de los “derechos humanos” y acompañe a los franceses en esta lucha infernal que ya tiene algunos años de vigencia. Sabemos que a los rusos no le apesta el terrorismo y que si tiene que salir a poner las cosas en su sitio, no cabe duda que lo hará. Esperemos que el mundo vuelva a ser el mismo -con sus taras y embrollos políticos- del jueves 12, y que para éste fin de semana tengamos noticias alentadoras que celebrar.

Aprovechando la situación coyuntural, me referiré a Carlos, le film, del francés Assayas, que no sólo supone una experiencia fílmica penetrante, sino que nos lleva a una reflexión acerca de las limitaciones del cine como medio narrativo popular. No es la primera vez que una película ve reducido su metraje de 330 a 165 minutos, recordemos el clásico de Bergman, Fanny y Alexander que pasó de 312 a 188 minutos, o la división, en el caso de la biografía del “Che” Guevara que Steven Soderbergh concibió como una sola cinta, pero que se estrenó en dos partes: Che, el argentino y Che: Guerrilla, para adecuarlo a los estándares de exhibición. El cine, en algunos casos, no comprende de vinculaciones artísticas. Es decir, de las necesidades de cada título y su función. En este sentido, nos alejamos de las posibilidades de la literatura, en la cual una novela puede ir desde las 200 páginas a las 1,500 sin que el editor o el lector se escandalicen por ello. En el Festival de Cannes, se estrenó todo el film completo, y así es como debería de ser observado para analizar el alcance de la propuesta del cineasta francés. Si comparamos el film original con su versión reducida resulta revelador. Conocida como Carlos, le film, la película conserva todo el mensaje de la propuesta original, así como la estampa de su personaje protagonico. Para todos aquellos que únicamente puedan visionar esta última versión, habría que indicarles que no supone un resumen de compromiso, ya que Assayas ha logrado concentrar los puntos claves de su proyecto a pesar de suprimir casi tres horas. Aunque, como es lógico, la versión íntegra es mejor -deteniéndose en aspectos de la vida de Carlos que la cinta apenas apunta- el retrato del guerrillero, con sus afectaciones, resulta suficientemente nítido. Por tanto, no supone una cuestión de mensaje. Las diferencias entre una versión y otra se reduce a términos puramente cinematográficos. Por extraño o inverosímil que pueda sonar, los 330 minutos acaban siendo más entretenidos que los 165 minutos, puesto que en los primeros se respeta la cadencia trabajada por Assayas, la fluidez con la que recorremos los diferentes momentos de la vida del personaje, y concentra su acción a lo largo de 20 años donde el manejo que logra el francés de la elipsis es fundamental. A tenor de lo dicho, no resulta casual que la escena más impactante del film -la detallada exposición del secuestro de los integrantes de la conferencia de la OPEP en Viena, en 1975-  se exhibe íntegra. En cambio, la película se viene a menos durante la recta final ya que se sustraen más de 60 minutos con detalles como los trabajos de Carlos bajo el mandato de los sirios o aspectos de la relación con su mujer, ambos temas reducidos a un confuso cúmulo de saltos bruscos de tiempos y espacios. Nuestro comentario está hecho sobre el film original. Pues bien, Assayas nos presenta su propuesta como un biopic centrado en la controvertida figura de Ilich Ramírez Sánchez quien, bajo el “nom de guerre” de “El chacal”, perteneció a la FPLP o Frente Popular para la Liberación de Palestina, durante los años setenta, y cuyos actos terroristas lo convirtieron en el enemigo público más temido. Assayas arranca con la típica etiqueta descriptiva donde nos informa que los sucesos que observaremos están basados en hechos reales, pero con un detalle que diferencia su oferta: si bien Carlos parte de una serie de personajes reales y de sucesos históricos, se impone como un film de ficción. Consciente de la imposibilidad de aprehender la realidad de un personaje con tantos rincones oscuros como Carlos, el cineasta decide desde el arranque anteponer la mirada cinematográfica al peso de lo didáctico. De ahí que se nos ahorre cualquier tipo de información de los primeros años de Carlos, cuando se contacta con Wadied Haddad, líder del brazo armado del FPLP. Olivier Assayas no está interesado en una biografía completa de su protagonista, como realización de un retrato poliédrico de su mítica figura, tanto desde su postura como militante de izquierda además de su forma más humana. El francés parece rehuir una aproximación psicológica, dejando en manos de la puesta en escena el contraste entre los discursos ideológicos de Carlos y sus acciones. “El chacal” carece de efectismo, no cae en perspectivas románticas ni cede a una visión fascinante mostrando su actuar y la de sus compañeros de manera directa, confiando en la propia fuerza de las escenas, y su distancia entre unas y otras, para diseccionar a su protagonista. Así, al principio observamos a Carlos desnudo, saliendo de una bañera y colocándose delante de un espejo a cuerpo entero, tocándose los genitales, para finalmente, situarse delante de una ventana. Un sujeto narcisista seducido por el atractivo de su propio cuerpo a la vez que deseoso de exhibirlo a los demás. Más adelante, en una cafetería parisina, Carlos hace gala de su aparente postura ideológica, diciéndole a su acompañante que la única manera de liberar a los pueblos oprimidos del “Tercer Mundo” del sometimiento del poder imperialista, es la marxista lucha armada. Un discurso político que contrasta con su pose ególatra. Esta contradicción se extiende a lo largo de todo el film, puntualizando cada movimiento de Carlos, con esas dos secuencias como omnipresentes puntos de fuga. Cuando Carlos seduce a una chica utilizando una granada para acabar sentenciando que las armas son una extensión natural de su cuerpo, es claro que nos vuelve a remitir a su fetichismo. De igual manera, tras el fracaso de la mencionada toma de rehenes de la conferencia de la OPEP, Carlos decidirá traicionar los principios de sus compañeros con tal de salvar su vida, poniendo en entredicho la veracidad de su discurso. Carlos propone un repaso a las utópicas convicciones revolucionarias sesenteras, a la forma con la que bajo aquella bandera del idealismo se pueden esconder los fantasmas de una integridad exacerbada. Esto se deriva en una escena en la que Angie, miembro de una célula terrorista alemana, se indigna al conocer las posturas antisemitas de sus compañeros de lucha. A pesar que “El chacal” no deja de reivindicar su postura solidaria pro-Palestina, el instante en el que tras ejecutar a un supuesto traidor y huir, vuelve sobre sus pasos para dispararle de nuevo al cuerpo ya cadáver. Este hecho muestra a un asesino sediento de sangre y venganza sobrepasada. Carlos se convierte en un vulgar mercenario, falto de palabra y compromiso -Haddad le llega a decir que pensaba que había un mínimo de política en él, pero que se equivocaba-  dispuesto a saltar entre bandos, siempre a la búsqueda del mejor postor, sin preocuparse por ofender las creencias incluso de aquellos que lo apoyan y creen en él -cuando va a Sudán, utiliza los servicios de meretrices, a pesar de la prohibición y condena de la ley musulmana-. La decadencia física de Carlos nos ofrece una lectura psicosomática de su intelecto, como si la oscuridad de sus acciones superara su propio cuerpo. Las operaciones a nivel internacional, con la creación de múltiples bases funcionando a modo de células, y que obedecen a un mismo cuerpo, convierten a Carlos en el primer terrorista geopolítico a la vez que instauran una lectura irónica: tras intentar unificar a todos los países afines en su lucha, Carlos no encontrará lugar donde esconderse, rechazado y perseguido por sus contrarios. La importancia del papel que juega el sonido en el contraste visual es, sin duda, lo más significativo que pone en juego Assayas. Y, Carlos, no sólo no es una excepción, sino que resulta un ejemplo meridiano de su postura ante los hechos narrados. Lejos de ofrecer un contigüidad diegética, identificando la época a través de las canciones que se escuchaban en esa época, Assayas escoge a grupos como New Order, Wire o The Feelies, utilizando su valor anacrónico no para ilustrarnos sino para manipularnos. Las atmosferas sonoras de Brian Eno y Robert Fripp; la energía post-punk de Wire; o los oscuros ritmos electrónicos de New Order, matizan las imágenes que acompañan hasta el punto de convertirse en apuntes a pie de página, notas al margen con las que el director francés reivindica una mirada exterior, e incluso fantasiosa, a la realidad, es decir, la historia al servicio del cine, y no viceversa. Buena película, por supuesto, no lo mejor del noble Assayas.