lunes, 16 de noviembre de 2015

“Escape from New York “, Carpenter rinde un merecido tributo a sus maestros Ford y Hawks a través de un formidable Western distópico.

























































































































Cuando en 1981, John Carpenter lanzó el film que nos convoca, estaba en un momento de privilegio. Hacía lo que más quería, que no era otra cosa que realizar cine desde una posición de libertad, con más presupuesto, pero sin los condicionantes de las “majors”. Poseía un estatus sin ningún imperativo que agriara su perspectiva y su valor fílmico. Así, dispuesto a dar lo mejor de su impronta, regresó con una agradable sorpresa, este inolvidable clásico entre la ciencia ficción y el “spaggethi-western” de Sergio Leone, uno de sus autores preferidos. La fuerza de este áspero prototipo de temas se vierte en la intención de Carpenter por presentar un futuro oscurantista realzando la acción con una fuerza visual en base a un estilo prestado desde un arquetipo referencial dentro del mundo del cine pasando por el cómic y estableciendo una narrativa cercana al universo de Harry Harrison, y su visión del mundo futuro. Sin embargo, si hay un aspecto que confiere a esta cinta una cierta diferencia de sus coetáneas, es su condición de irrevocable obra de culto. Es por eso que para esa perspectiva electrizante argumental sobre la aventura, Carpenter  se lanza sobre una visión a modo de sátira post-apocalíptica dentro de un cosmos que implica el exterminio y la devastación. Por ello, recurre a un riguroso diseño de producción que emplea un gran espacio, en este caso una Isla de Manhattan totalmente cerrada, como un presidio mortal y que confluye en el peso principal de la trama. Todo ello es motivo de la parábola milenaria que constituye su propuesta. En esta cuasi indisciplina, en cuanto a la grafía genérica, influye la fotografía delineada por Dean Cundey en una oscura composición de “scope” que contribuye a la lobreguez de una fábula opresiva, y que se benefició de una “steady-cam” por entonces poco utilizada en el cine de acción. No hay que olvidar otro factor fundamental en el cine de Carpenter. Y no es otro que su música, aliciente primordial de un sintetizador del propio cineasta, que volvió a magnificar con su desenfadado estilo, la sencillez de notas melódicas para crear una textura sofocante. Asimismo los decorados, tan realistas y adecuados, fueron filmados en St. Louis, tras las graves catástrofes provocadas por el fuego, y unos efectos visuales de ajustado costo donde destaca el planeo del avión de “Snake” sobra la Gran Manzana, y su aterrizaje en una de las desaparecidas Twin Towers. El largometraje de Carpenter es una extraña historia en donde la individualidad luce coartada por un gobierno autoritario yankee que juega con la vida humana, crítica feroz de un Carpenter lleno de vitalidad, y que expone un retroceso social que no ha perdido fuerza visto como está el mundo moderno en este 2015. Un dardo envenenado contra los estados represores que se ubica en un contexto en el que el peligro se representa por grupúsculos que lo único que ansían es la supervivencia ante lo  caótico. La cinta arranca con los créditos que dejan escuchar una voz femenina digitalizada que comunica que en 1988 el porcentaje de criminalidad en los EEUU ha aumentado en un 400%. Por esa razón, se ha fabricado una prisión situada en la Isla de Manhattan, donde se ha levantado una enorme muralla de seguridad que termina por aislar a los presos que viven allí con sus leyes anárquicas, y a su libre albedrío. Sólo existe una regla: una vez que alguien entra, nunca jamás vuelve a salir. No interesa demasiado, como es signo congénito de la temática futurista, la civilización del momento. No hay rastro de fascinación por saber cómo es el futuro que se muestra en las clases sociales privilegiadas, ni siquiera en las de la clase media. Tampoco cuáles han sido los motivos de esa sociedad descompuesta. No se refiere al modo de vida que llegará, ni a la tecnología que revolucionará la vida humana. Nada de eso. Para Carpenter, la trascendencia se centra en el ámbito contrario, en el reverso de la moneda, en la vida paralela que viven los convictos. Pero, no estamos en el lado oscuro de la sociedad, ya que los hombres que sobreviven en la Isla son los únicos que existen en una paradójica libertad imponiendo sus normativas, donde la autonomía es absolutamente total, haciéndose una visión de un universo desordenado. Un trasfondo político que, si bien no es nuevo en la sustancia distópica que propone lo argumental, sí imponía una nueva mirada de un film futurista al que quienes observamos estamos acostumbrados a saborear. En ese paisaje “orwelliano” se logra implementar una de las más apocalípticas visiones de un futuro desarrollo en una singular cárcel, símbolo de una sociedad hipócrita. Los prisioneros son la clase de gente que se opone a los ideales fascistas del hombre moderno, que vive en una libertad que los somete, pero a su vez, perciben que deben formar parte de un sistema de gobierno organizado solamente para sobrevivir. La gasolina es controlada completamente por los grupos subterráneos y cuando el alimento es escaso, los criminales no dudan en recurrir al canibalismo. Por otra parte, no es tolerable ningún tipo de régimen, pero ven en “El Duque” -un hombre de color armado hasta los dientes- al líder que dicta sus destinos dentro de este submundo. Estas indagaciones sociales son aspectos interesantes que propone la película, explorados por Carpenter porque lo que interesa en la trama es la misión de un hombre que, con el paso de los años, se ha convertido en un icono cinematográfico de irrefutable carisma llamado Jake “Snake” Plissken. Para darle vida a “Snake”, Carpenter buscó un actor que en pantalla resultara inclemente, un sujeto en el que la reciedumbre del rostro y cuerpo marcara una abrupta actitud, sumada a una férrea y gélida personalidad. Los candidatos que sonaron para encarnar el rol fueron Clint Eastwood, Tommy Lee Jones y Charles Bronson. Eastwood se negó. Bronson tanteó negativamente la situación. Sin embargo, aunque a Carpenter no le hubiera importado que éste último fuera su antihéroe, creía que era viejo para el papel. En cuanto a Tommy Lee Jones, fue rechazado por el director porque prefirió al actor fetiche de sus mejores obras; el eficaz y carismático Kurt Russell, que dio vida a “Snake” con contundencia. En la película, “Snake” es un soldado de élite con una última oportunidad para saldar su cuenta pendiente con la ley. Se adentra en un mundo de delincuencia que sobrepasa a los propios dirigentes de ese hipotético futuro, haciéndolos partícipes del juego. Plissken sólo cree en sí mismo, sabiendo que los verdaderos héroes están muertos, y que él no es más que un superviviente que sólo actúa a favor de un gobierno que lo coarta para lograr sus fines: rescatar a un ridículo y asustadizo presidente de los EEUU, caído en la prisión de Manhattan debido al abatimiento del Air Force One, y recuperar una grabación que constituye la salvaguardia de la humanidad. Para ello, tiene 22 horas en las que deberá cumplir con el objetivo impuesto.  Si no lo consigue, será envenenado mortalmente por los altos mandos del gobierno y del ejército. Así de simple. Manhattan es un lugar de caos y de violencia. Pero a su vez jerarquizado, con el poder en manos del “Duque” -espléndida actuación de Isaac Hayes- que se convertirá en el enemigo del antihéroe de la película. Plissken, en su oscura travesía, es visto como un fantasma que regresa para dignificar la triste vida de los que sufren la dictadura. El rumor sobre su muerte no es más que un extraño toque de humor irónico que coloca Carpenter en el guión de la película, para buscar una lógica  reacción de todos los personajes que se encuentran con él. Este “running gag” sobre la muerte del protagonista tiene su origen como homenaje al film Western Big Jake, de George Sherman, donde se producía ese mismo MacGuffin cuando algún personaje se topaba con Jacob McCandless, que interpretaba John Wayne. Carpenter trazó su proposición fílmica como una obra de tensión narrativa expuesta en un insólito vínculo con el gobierno y su presa coaccionada, con un lapso de tiempo prudente como un marcador contra el que luchar. Se construye así la atmósfera y el desasosiego necesario para que el ritmo se acreciente, debido a que Plissken lleva esas dos pequeñas cargas de veneno introducidas en sus arterias. Sin embargo, no es más que un superviviente además de una excusa para concretar el juego al que el cineasta nos somete a quienes observamos atentos. Es curioso que un “cassette” -que representa la salvación del planeta y la importancia que tiene para el mundo que deba ser escuchada por los miembros de gobierno en una cumbre que puede evitar una terrible Guerra Mundial- no sea más que otro McGuffin hitchcockniano. Al fin y al cabo, este dispositivo dentro del film no tiene interés. La lectura visual de Carpenter, al servicio de ese oscurantismo, está dirigida en todo momento a obtener un clímax que va aumentando su importancia a través de una violencia progresiva, por el apremio del tiempo respecto a la existencia de Plissken. Los personajes secundarios simbolizan imposibilidad trágica de la esperanza que singularizan sus objetivos de escapar con “Snake” y evadir ese infecto agujero en el que se ha convertido la ciudad de Manhattan, sin reflexionar si lo que hay afuera es mejor, desconociendo la realidad de un mundo exterior del que se niega cualquier descripción. Un término que Carpenter oculta en todo momento, pero que potencia la trama carcelaria y de fuga se sostienen en Cabbey -extraordinario y entrañable Ernest Borgnine- Brain -Harry Dean Stanton es un buen soporte- y Maggie -la belleza natural de Adrienne Barbeau- quienes están sometidos a las exigencias de “El Duque”, de ahí que actúen sufragando los intereses de Plissken, pero sabiendo a su vez que no dudarán un instante en traicionarlo ante “El Duque”, si con ello pueden salvar su pellejo. También hay que destacar el papel de Donald Pleseance como el Presidente de los EEUU, un administrador asustadizo que queda lejos de las recreaciones que distan mucho de la visión popularizada de los años noventa del hombre más poderoso del mundo expuesto como un superhéroe. Hoy en día, cualquier político podría reflejarse bajo este patrón. Sin embargo, a principios de los ochenta estaba embestido de una crítica ácida, ya que el funesto mandatario significaba el matiz característico de Ronald Reegan. Cuenta Carpenter que escribió la película en 1974, durante el conflicto de Watergate -aunque no consiguió rodarla hasta los ochenta debido a su fuerte contenido crítico con el poder y como una loa en favor de la libertad ajena a lo colectivo- algo que contravenía el estigma de Reegan en el poder y de su política aperturista. Esa sensación de cinismo respecto al máximo mandatario yankee se concreta en el primer plano en el que aparece Pleasence, ataviado con una peluca rubia y humillado por los hombres de “El Duque”. Otro ejemplo de esa perversidad que ha determinado el cine de Carpenter. Perviven en la cinta otras de las motivaciones que definen muchos de los personajes de la obra de Carpenter: es la brevedad del tiempo, el “carpe diem” que precede a las situaciones. No hay instantes de calma. Tanto para Brain como para Maggie, y también para el afable Cabbey, no queda reflejada en ellos una inquietud por su destino, sino la necesidad de salir a toda costa de la isla. Este tema queda idealizado en la chica rubia con la que “Snake” tiene un encuentro huyendo de la amenaza de los presidiarios con ganas de liquidarlo. Una de las sublecturas de Carpenter nos deja esa sensación que las cosas no pueden durar. Tanto es así, que los reclusos exponen su actitud de desidia en cuanto a su lamentable situación sin hacer nada por cambiar la libertad que tienen dentro de la cárcel. Por el contrario, gozan del placer del momento, de la diversión que se les propone, por ejemplo, con las míticas luchas a muerte entre dos hombres en un foso romano, sin importar quién gane. Sólo buscan la entretención del instante. Es una de las condiciones que mueven a Plissken en el desenlace cuando, liberado de su ultimátum vital, camina como un “cowboy” solitario, y se aleja en lo distante del horizonte mientras el presidente de los EEUU hace el ridículo en plena cumbre cuando al escuchar la grabación suena la vieja canción de soul “American Bandstand”. Mientras tanto, Plissken saca la verdadera cinta y la rompe furibundo. No importa que el futuro de la humanidad esté en peligro, lo único que ha importado a lo largo del film, ha sido la integridad de su protagonista. Escape from New York nos habla de un futuro incierto y de una aventura que empieza y acaba de forma ininteligible. Las descripciones sobran. “Snake”, salvo breves trazos de su impasible personalidad, no exterioriza su temperamento más allá de esa gelidez derivada del instinto de supervivencia. Bajo la mirada de cíclope de Plissken, Carpenter nos desata los nudos de acción, dándonos pistas sobre cómo es la vida del sujeto fuera de la cárcel, ni siquiera de cómo es la América de 1997 que se ofrenda en la película. Carpenter ironiza y extiende su obsesión por la alineación de una masa amenazadora que recuerda en todo momento a la maldad en forma de vampiros del film de Richard Matheson o las coordenadas narrativas establecidas por George A. Romero. Tal como sucediera en Assault on Precinct 13, Carpenter formula un panorama fundamentado en el crimen de un grupo de violentos seres sin rostro, aquí presidiarios que viven en su propia jungla. Plissken no es más que un superviviente cimentado en los estilemas del Western, dibujado con un parche en el ojo, ropa militar ajustada y botas vaqueras. Un rol como el de cualquier perdedor heroico interpretado por John Wayne, con una forma de actuar instintiva, y en la que el humor negro le concede esa exhalación de leyenda sobre todo en su enfrentamiento dialéctico con el sucio Bob Hauk, un Lee Van Cleef que no dejará pasar el paralelismo de sus personajes en los “Spaguetti Westerns”. Escape from New York es un clásico que le ha dado la razón a aquellos que ya adjetivaron la película como una cinta imprescindible de la década de los 80. Una película cargada de metáforas y reinterpretación del género. De corte anárquico, Carpenter dio un tremendo golpe de efecto a la situación del momento, reverdeciendo su salud con su condición rebelde que se alimenta de un discurso plagado de subtextos, en el que como era habitual en él, se sobreponía la historia por encima del efecto especial, y en la economía de recursos narrativos con una base de sedición formal.  Una obra de culto que sublevó los significados dentro de todos los subgéneros en los que pueda llegar a englobarse; ya sea el fantástico, la ciencia ficción o el Western carcelario. Sin dudar, una obra maestra a reivindicar. Carpenter rinde un merecido tributo a sus maestros Ford y Hawks con este formidable Western distópico. Con este film cumplo con lo prometido a mis seguidores de la Universidad de San Carlos en Guatemala, y espero estar por ahí el año venidero.