viernes, 13 de noviembre de 2015

“Kairo”, Kiyoshi Kurosawa nos infunde el terror minimalista japonés con sapiencia y contención.











































































Habíamos escrito ya hace un tiempo sobre Kiyoshi Kurosawa. En el film Akarui mirai comentamos que era ante todo una coincidencia de apellidos. El nipón proponía una alternativa dramática para iniciarnos en la comprensión a priori de una filmografía prolífica de este autor que no tiene ninguna relación, más allá de la nacionalidad, con el maestro Akira Kurosawa. El estilo de Kiyoshi Kurosawa está plagado de misterios, hipnotismo, lirismo, mucho de nihilismo, un sarcasmo incontrolable, y dotado de una ambigüedad que puede tranquilamente dar lugar a diversidad de interpretaciones, debido  a la cantidad y variedad de símbolos presentes a lo largo de la narrativa que emplea.  Pero, éste Kurosawa respeta de manera tácita una de las características habituales de ese conceptual y metódico cine japonés que se nutre de modernidad sin perder jamás su identidad natural. Son varios los autores que han manifestado el contraste existente entre una generación joven que se encuentra cansada de la decadencia de su símil adulta que no la comprende. Dentro de este grupo destaca Kiyoshi Kurosawa, un autor cuya filmografía abarca géneros tan dispares como el erótico pinku eiga, el policial, el terror principalmente, así como la acción y el fantástico, siempre dentro de los terrenos más autorales y estilísticos posibles. Sus personajes se suelen caracterizar por debatirse entre la materialidad absoluta y las obsesiones que los llevan a realizar actos ajenos a la cordura. Sus trabajos mejor elaborados y reconocidos son Cure, Hebi no michi, Akarui mirai, Tokyo Sonata, Charisma, y Kairo, film del cual hoy nos ocuparemos. Aunque el total de sus obras abarcan cerca de treinta títulos, Kurosawa destaca por utilizar elementos de profundidad metafísica mezclados sin ningún rubor con la comicidad más absurda, aspecto que le da un inevitable cariz místico a sus trabajos. El japonés, y muy especialmente en la última década, llama la atención por una dualidad que lo han llevado a realizar films que no han dado la talla dentro de una severa cinefilia crítica. Si en el año 1997 con la película Cure, Kurosawa partía del éxito internacional de películas yankees como Seven de David Fincher o The Silence of the Lambs de Jonathan Demme, para ofrecernos una propuesta personalísima y que conseguía superar en sugestión al material en el que se inspiraba, cuatro años después volvió a repetir la jugada con Kairo o Pulse, film que, inicialmente, se apuntalaba a la popularidad de aquel cine de fantasmas oriental desatada por películas como Ringu o The Ring de Hideo Nakata y Ju-On o The Grudge de Takashi Shimizu. El resultado es un film alejado de sus modelos como cercano a la particular visión que Kurosawa posee acerca del cine fantástico, además de una de las más cautivadoras y terroríficas cintas sobre fantasmas de los últimos años. Lejos de la intriga con vocación de misterio de la cinta de Hideo Nakata y los golpes de efecto de la saga de Takashi Shimizu, Kurosawa se centra en construir un espacio fílmico de marcados tonos realistas y de opresiva atmósfera a través de un ritmo lento y metódico. Un conglomerado de escenarios cotidianos como puestos de trabajo, aulas de una clase, fábricas abandonadas, angostas viviendas etc., vaciados de humanidad por los que deambulan desnortados los protagonistas en una huida sin fin a través de las ruinas postindustriales de una civilización en vías de extinción. Sin recurrir al impacto fácil ni al sobresalto musical, Kurosawa introduce a sus fantasmas con naturalidad, consciente que su mera presencia en un entorno familiar supone una vulneración de nuestra percepción de la realidad. Su parsimonioso movimiento y sus angustiosas peticiones de ayuda se apoderan, poco a poco, de lo que los rodea, desplazando a los vivos de un mundo que ya no les pertenece. Los fantasmas de Kairo no son una amenaza directa para los protagonistas, no al menos en su fisicidad. Convertidos en sombras de difusa forma humana, suponen la representación del estado alienado al que ha llegado el ser humano aun habiendo desarrollado las avanzadas tecnologías en comunicación, es decir, teléfonos móviles, la TV o Internet como medios de comunicación que excluyen el cuerpo para crear una red de consciencias perdidas. No es extraño, por tanto, que sean las vías utilizadas por los fantasmas para propagar sus mensajes. Son estos recados de pavoroso temor metafísico: enfrentar a los vivos con lo que más temen y desconocen, la soledad y la muerte. Los planos de los dos protagonistas atravesando un Tokio desolado conducen al contenido del film hacia el apocalipsis. Kurosawa nos afirma con dureza emotiva que aquella escalofriante visión de la ciudad más poblada del mundo que luce completamente vacía, nos confirma que estamos asistiendo a la lenta pero implacable desintegración de la raza humana. Muy buen film de fantasmas.