viernes, 20 de noviembre de 2015

“Taxi”, Panahi despedaza pícaramente a la censura islámica iraní a través de un cálido falso documental, y nos muestra la opinión de parte de sus paisanos.




















































































Jafar Panahi es uno de los cineastas más influyentes de la nueva ola iraní. Su esforzado trabajo testimonial ha recibido prolongados elogios tanto de los teóricos e investigadores como de los críticos de cine de todo el universo. Sus films tienen un contenido profundamente humanista, y está influenciado por su propia experiencia. Es un cine urbano, contemporáneo, elemental donde abundan los detalles de una vida asaeteada e invadida. Panahi tenía diez años cuando escribió su primer libro, con el que ganó un concurso literario. A esa misma edad comenzó a interesarse por el cine rodando en 8mm, y actuando en una de ellas. Luego se dedicó con suceso a la fotografía. Durante el servicio militar, que Panahi pasó durante la guerra entre Irán-Iraq de 1980 a 1988, realizó un documental sobre el conflicto. Estudió dirección en la Facultad de Cine y TV de la Universidad de Teherán. Su carrera profesional la comenzó rodando películas para TV. Trabajó como ayudante de Abbas Kiarostami en el drama romántico Zire darakhatan zeyton o A través de los olivos, en 1994. Su primer largometraje fue Badkonak-e Sefid o El globo blanco, en 1995, con el cual ganó la Cámara de Oro en el Festival de Cannes. Luego, filmó Ayneh o El espejo, en 1997, en el que combina connaturalmente realidad y ficción. En el 2000, dirigió Dayereh o El círculo, en donde criticó con dureza la forma en que son tratadas las mujeres en Irán, y mostró el ultraje cotidiano además de su falta de libertad. Panahi ganó el León de Oro en el Festival de Cine de Venecia con esta película, sumado el importante premio FIPRESCI de aquel año, en el Festival Internacional de Cine de San Sebastián. En 2006, Panahi dirigió Offside o Fuera de juego donde narra la historia de unas muchachas que se disfrazan de chicos para poder asistir a un partido de fútbol. En 2010, Panahi despega en serio a escala internacional tras ser detenido por el gobierno de Teherán. Fue acusado de conspirar en contra del régimen y las autoridades decretaron que debía ir preso. Se produjo una movilización masiva de personajes relacionados con el mundo del cine. El llanto de Juliette Binoche fue el emblema de este suceso. Después de más de una semana en huelga de hambre reivindicando sus derechos y tras pasar 88 días retenido, Panahi salió de la cárcel, pero no en libertad. Desde entonces le hace frente a 20 años de inhabilitación para rodar películas, viajar fuera de Irán o conceder entrevistas. Desde que se confirmó la prohibición, Panahi ha dirigido en conjunto con Mojtaba Mirtahmasb In Film Nist o Esto no es una película, en 2011, un film clandestino en el que refleja su frustración de cineasta creativo encerrado. En 2013, rueda Pardé o Telón cerrado, con la cuál gana la Berlinale a mejor guión. Panahi cuenta la historia de un sujeto  que esconde a su perro de las autoridades islámicas. Una muchacha se refugia en la vivienda de éste huyendo de las mismas autoridades. El iraní plantea no salir jamás de la casa y hace una extraña maniobra para que el mundo exterior sea una amenaza permanente. Una película crítica y tensa, en la que se vuelve a lo autorreferencial, donde Panahi aparece, aunque recluso en su casa. Con Taxi, éste año, Panahi conduce un automóvil de transporte por las calles de Teherán, entrevistando a sus pasajeros, a quienes filma con una cámara colocada en la guantera. A su Peugeot sube todo tipo de personas, lo que es aprovechado por el cineasta para capturar en su integridad dimensional a parte de la sociedad iraní en excelsos 82 minutos, a través de un falso documental. Entre el grupo de actores improvisados está su sobrina, una nena que conmovió a la cinefilia mundial cuando en febrero del presente año recibió en el Festival de Berlín el Oso de Oro que logró ganar su tío, y cuyas lágrimas emocionaron a quienes nos preciamos de ser amantes incondicionales de la cinematografía. Taxi no exhibe más títulos de crédito que los de una pantalla en negro, en elocuente gesto. Pero, a pesar de la prohibición, Panahi se mofa de las autoridades iraníes mostrándonos un pecaminoso estado de censura permanente. No es tan fácil hacer cine -me refiero a todo el mundo, incluido los yankees- aún con una libertad económica disponible, porque la competencia es fortísima, y son minoría quienes puedan realizar films que resulten competentes, y que nos dejen una huella aleccionadora. Los cineastas iraníes tienen una calidad creativa que no se puede criticar porque cada vez más, y con mayor rigurosidad, desvisten al realismo en sus diferentes formas. Arrasan en los festivales más prestigiosos del mundo. El León de Oro en Venecia, la Palma de Oro en Cannes, la Espiga de Oro en Valladolid, el Oso de Oro en Berlín, y el Oscar a mejor película en habla no inglesa. Con todas las dificultades que poseen, tienen un crédito asegurado en la prensa especializada internacional. El magisterio de Abbas Kiarostami es innegable, y formó la identidad fílmica de Irán. A partir de ahí es donde todos conocemos una cinematografía social sostenida en las múltiples represiones, y que Jafar Panahi sabe cómo interpretar visualmente. Hoy, al cineasta se le permite salir de casa, pero no del país, criterio repudiable de las autoridades iraníes. La cultura es recortada y manejada por un pequeño aunque millonario grupete de desposeídos y fundamentalistas mentales. Lo que hace Panahi en realidad, es disfrazarse de taxista para filmar a sus paisanos, y eso habla mucho de su inteligencia deductiva para saltearse la norma establecida. Este cine simulado, con la prohibición pisándole los talones, tiene como objetivo recoger casualmente a una serie de pasajeros que le permitirán hilvanar la realidad de Teherán, en particular, e Irán, en lo general. Por lo tanto, Panahi coloca literalmente una cámara de vídeo en un taxi para grabar las calles de su ciudad, las situaciones de su país, y principalmente aquellas de su gente. Uno de los personajes de Taxi, es un estudiante de cine y comprador compulsivo de películas piratas, es decir, todas las que no son no iraníes. Panahi le objeta: “esas películas ya están rodadas”.  La idea del cineasta posee una obvia intencionalidad: realizar algo nuevo, incluso en las circunstancias más restrictivas, dada la imposibilidad de ejercer su oficio. La quimera en Taxi se limita a una diminuta cámara situada arriba de la guantera de un auto. De hecho, Panahi renuncia a la formalidad de los créditos, quizás para proteger a sus pasajeros “casuales”, y apuntalar la idea que ese cine no es de una postura estándar. Así, entre las personas que toman el taxi se plantean situaciones como la pena de muerte -no olvidemos que Irán es, después de China, el país donde más gente se ejecuta- la situación social de la mujer, la brutal represión política, el adoctrinamiento escolar, las supersticiones, la violencia, abogados que no pueden desarrollar sus defensas en libertad, etc. Una mirada completa de una sociedad que el destino le adjudicó a Panahi, y donde a los cineastas se les exige que sus películas solo filmen una existencialidad distorsionada. Panahi es el chofer del taxi, y tiene una pasajera especial, su sobrina, una hermosa nena que está en la primaria, y que imita al tío con una cámara de filmación buscando hacer un trabajo propio de su corta edad. Las opiniones de la nena son ácidas con respecto a las cintas que se permiten rodar. Queda claro en su actitud, una queja sobre el Islam, que pregona que el futuro de los países musulmanes no es la mujer la llamada a realizar un cambio. Panahi va a recoger a una compatriota quien también pinta un panorama desolador e invasivo. En realidad, todos los personajes que abordan el taxi del cineasta revelan charlas dispersas, pequeñas anécdotas, sus fobias y deseos. Panahi elige de forma concienzuda los itinerarios de su “road movie experimental”, y por ello Taxi resulta reflexiva e inteligente, pero también previsible , quizás algo impostada. El viaje de Panahi se sabe trascendente y nos da la sensación que la existencia con toda su potencialidad y contradicciones, discurre lejos de ese “viaje taxístico” plagado de frases y seres cuasi espontáneos. La película no nos tiene que convencer del todo como un retrato social específico, aunque resulta interesante en su alegato sobre el poder del arte, la censura y la piratería. Taxi es una cinta austera, evocadora y “metalingüística” para quienes nos definimos como cinéfilos denodados que no nos asusta nada ni nadie. Por  otro lado, resulta imposible no comparar Taxi con una parte del neorrealismo italiano de mediados del siglo XX. Las intenciones son idénticas, pero sus estéticas difieren en el modo de desarrollarse. En el cine italiano de posguerra, el apoyo de la fotografía fue clave para lograr imágenes de gran dramatismo, a la par que se traslada la realidad a la pantalla, como si una sala de cine fuera la continuación natural de lo que sucedía en las calles. Se trata de películas de gran plasticidad, donde el contraste de claroscuros es vital para crear ficciones lo más realistas posibles. En la película de Jafar Panahi, la cámara es un adminículo que quien lo quiera lo puede encontrar hoy en cualquier comercio de electrónica, todo ello para lograr fragmentos de vida, tal como lo hace su sobrina. La realidad se aproxima a la ficción en el neorrealismo italiano, mientras que la ficción se llena de realidad en el film de Panahi. El cineasta iraní sacude la bandera de la rebeldía, cuando está prohibida y duramente castigada. Por lo tanto, el cine inclusive, si se produce de manera ilegal, y a través de una modesta cámara camuflada dentro de un coche, tiene un valor personal y cultural notables. Pero si las cosas son así, si el cine inquieta a los esbirros totalitarios o a la imbecilidad intelectual de todos los países o colores culturales de los mismos, nuestra afirmación es la que se impone por goleada: el cine es un arma letal cargada de presente, conocimiento e intelecto libre. Gracias por su esfuerzo y coraje Panahi, usted nos está dando un formidable ejemplo.