martes, 15 de diciembre de 2015

“The Go-Between”, Losey, un hombre que fusiona, experimenta y cierra las grietas de la cinematografía en el exilio. Predicciones para las nominaciones de Guiones originales y adaptados en The Oscars.


















































































Antes de comentar el film The Go-Between, del maestro Joseph Losey, continuaremos con nuestras predicciones para conformar las nominaciones de “The Oscars”, esta vez en las ternas de Mejor Guión Original y Adaptado. En el primero, vamos por: Spotlight de Tom McCarthy y Josh Singer, Straight Outta Compton de Andrea Berloff, Jonathan Herman, S. Leigh Savidge y Alan Wenkus, Mad Max: Fury Road de George Miller, Brendan McCarthy y Nick Lathouris, Inside Out de Bob Petersen y Pete Docter, Love & Mercy de Michael Alan Lerner y Oren Moverman, Youth de Paolo Sorrentino, The Hateful Eight de Quentin Tarantino, Son of Saul de László Nemes y Clara Royer, Bridge of Spies de Matt Charman, Joel y Ethan Coen y Ex Machina de Alex Garland. En Mejor Guión Adaptado consideramos a: Room de Emma Donahue, The Big Short de Adam McKay, Steve Jobs de Aaron Sorkin, Anomalisa de Charlie Kaufman, Brooklyn de Nick Hornby, The Danish Girl de Lucina Coxen, The Revenant de Alejandro González Iñarritu y Mark L. Smith, The Martian de Drew Goddard, Carol de Phyllis Nagy y Trumbo de John McNamara. Seguiremos intentando con otros rubros en próximos posts.


Joseph Losey nació en enero de 1909 en la ciudad de La Crosse, Wisconsin, y falleció en junio de 1984, en Londres, Reino Unido. Joseph es el más conocido de los cineastas norteamericanos, que fuera obligado a exiliarse a consecuencia del macartismo. También fue uno de los pocos que tuvo una recuperación total luego de la persecución, y quien, rechazando ofertas de volver a la meca hollywoodense, hasta el último minuto de su existencia, jamás asintió. Adquirió su reputación en Europa, continente que lo defendió y cobijó. Tras una serie de cortometrajes, algunos programas de radio, y en plena eclosión de Broadway, lleva al teatro en 1947 la obra de Brecht; “Galileo Galilei” junto al actor Charles Laughton, una suculenta experiencia para después aplicarla como realizador. De aquellos cineastas prometedores, Joseph debuta con un film para la RKO en los EEUU: The Boy with Green Hairs, film que comentaremos, y que trata acerca de una fábula donde ya va mostrando su inclinación que parte de un entramado sentimental acerca de la guerra y sus horrores. Otras películas que pudo rodar en su país fueron: The Lawless, 1950; M, 1951; The Big Night, 1951; y el thriller psicológico The Prowler, el mismo año. A finales de 1951, se dirigió primero a Italia donde aprovechó para filmar Imbarco a mezzanotte, 1952, pero sin mayor fortuna. De inmediato partió hacia Inglaterra -junto a Francia, los países donde la cinematografía es un mandamiento- en donde rueda una serie de sugerentes películas: The Sleeping Tiger, 1954; The Intimate Stranger, 1956; Time Without Pity, 1957; The Gipsy and the Gentleman, 1958; The Damned, 1963; y la notable The Servant o El sirviente, ese mismo año. Esta es la mejor película que realiza Losey en tierras británicas. La acción tiene lugar en la Londres de 1961, en pleno invierno. Narra la historia de Hugo Barrett -Dick Bogarde- perspicaz, manipulador, buen cocinero, que lleva 13 años como asistente doméstico. Es contratado por Anthony Mounset -James Fox- aristócrata, soltero, refinado e inseguro, algo más joven que Barrett. Entre ambos se establece una relación compleja de dominación y sumisión, confianza y engaño, eficiencia y degradación, amistad y lucha de poderes. La cinta se inmiscuye en un drama psicológico basado en el enfrentamiento entre un hombre servicial que, tras una apariencia de eficiencia, oculta pasiones de dominación, posesión y degradación. Entre sus motivaciones se notan deseos de revancha, afanes de poder e inclinaciones sadomasoquistas. El arco dramático avanza desde la conquista de la confianza y el respeto de Tony, el alejamiento de su novia, la introducción de una mujer en la casa, Vera -Sarah Miles- para que seduzca al patrón, y lo domine sexualmente, la ocupación física de sus espacios como el lavabo, el dormitorio etc. La obra explora el alma humana, sugiriendo hipótesis sin formular juicios. Las cuestiones que se plantean quedan en suspenso, abiertas a la reflexión. La cámara realiza un formidable trabajo de exploración de la casa, con un sugestivo movimiento de cámara, entre travellings, zooms, barridos, tomas largas, planos picados y contrapicados, y reflejos en espejos que completan las escenas. Se sirve de símbolos, como la posición de los actores en la escalera, la intensidad del color de las figuras, los barrotes etc. Losey le añade elementos inquietantes, como el sonoro goteo del grifo, la estridencia del teléfono, la indefinición de la distribución de la casa, la lluvia persistente y la nieve. Salvo excepciones, las escenas son inquietantes, incluidas las exteriores -restaurante, bar, o la estación del tren-. La homosexualidad se sostiene a través de fotos del dormitorio de Tony -jóvenes musculosos- esculturas de la casa -atleta desnudo- y la postura amenazadora de Barrett: “yo conozco tu secreto”. Losey critica a la aristocracia, presumida e ignorante, que confunde un poncho con una capa. La BSO aporta música jazzística de saxo y piano, en la que se apoyan fragmentos de “All Gone”, de parte de Cleo Laine. Se suman fragmentos de guitarra. La fotografía es de lo mejorcito. El guión desgrana un crescendo dramático demoledor. La interpretación de Dick Bogarde es estupenda, ya que incrementa los sentimientos de desasosiego y su evolución es permanente. Como habíamos apuntado, Losey se refugió en el Reino Unido, tras su huida de los EEUU, a raíz de la “caza de brujas”. Nunca ocultó su orientación bisexual, que es posiblemente la de los protagonistas en el film The Servant. La referencia a la marihuana se establece con cierta ostentación. La presencia de lo sexual y erótico es reiterada: novia, amante de Barrett, seducción de Tony, la dominación a través del sexo, amor triangular, apareamiento de Vera y Barrett, y como elementos iconográficos los temas de los cuadros de la sala: una Venus mórbida, un grupo de guerreros sentados que examinan a una joven esclava desnuda. La secuencia final se presenta envuelta en un aire de sueño e irrealidad, hecho que funciona bien. En 1964, filma un muy buen drama judicial relacionado al género bélico: King and Country. En 1967, rueda otra cinta interesante: Accident, donde vuelve a ser protagonista Dick Bogarde. Losey alcanza con esta película uno de sus más altos logros, gracias a la contundencia con que es capaz de filmar una historia tópica, que pese a no resultar novedosa tiene los arrestos de la visceralidad de quien narra algo con convencimiento. Resulta algo extraño en la filmografía de uno de los directores más valientes, aunque resbaladizos y ambiguos del cine de esos años. Seguramente, Accident sea junto a la The Servant, las mejores cintas del yankee, ya que realiza un brutal ataque contra la alta sociedad y la escasa profundidad de los convencimientos y reglas por los que se rige, poniendo el dedo en la llaga de la hipocresía, y de la falsa doble moral. Esto mismo lo vuelve a intentar con resultados mucho más discutibles en otras cintas. Aquí  esta retratado con ironía y amplias dosis de cinismo, mientras en las otras es pomposa solemnidad y vacua transcendencia. Por eso una obra como esta lo ayuda, y mucho, en la reivindicación de su figura, y aunque sea un oasis puntual se merece el respeto y la consideración de las grandes obras. Luego filma en Francia dos películas que lo catapultan como un realizador de prestigio: Blind Date, una historia de intriga que aparentemente abunda en los tópicos del género, pero que, en manos de Losey, alberga un trasfondo crítico concerniente a las clases sociales y a la imagen que proyectan de sí mismas; y The Criminal, un relato sórdido que tiene lugar en el interior de una prisión londinense, y en los arrabales desiertos de la ciudad. No es una crónica policíaca sino más bien de caracteres, entre los vínculos de poder dentro de la prisión, de las mafias que la dominan y de las componendas entre presos y guardianes. Es admirado por su estilo clásico aunque refinado y desgarrador a la vez, como un acorde de “Blues”, y que ofrece una disección del destino errático de sus personajes, que llega a ser álgido e inclemente. Es en estos momentos, que la crítica había colocado a Losey a la altura de Fellini o de Bergman. Luego de filmar en Noruega y en España, vuelve y se radica en Francia. Es en este país donde realiza una de sus obras maestras: Monsieur Klein, en donde entremezcla -al estilo de Jorge Luis Borges- un asunto tan candente como la colaboración y de la detención masiva de judíos en 1942. Esta formidable película es una de esas propuestas fulgurantes que ningún cineasta europeo se ha atrevido llevar a cabo. Luego de algunas cintas convencionales, viaja de Francia a Italia, y filma Don Giovanni, cinta que surge tras el encuentro de Joseph con Rolf Liebermann, Administrador de la Ópera de París, y con Lorin Maazel, el celebrado director de orquesta. El objetivo fue: intentar la popularización de un género musical que, hasta entonces, estaba reservado a una élite. Para esto, había que sacar a la ópera de los tablados -se rodaría en el palacio de Vicenza, Italia- ponerla en un ambiente de gran belleza -el diseño de producción en exteriores es impecable- y darle un toque de modernidad y picardía que la hiciera atractiva a las nuevas generaciones. Para esto último, Losey incorpora colores que imitan la pintura de Masaccio, fondos al estilo de Correggio, y osa incluir algunos planos eróticos que se avienen con lo que, Don Juan, sustrae comúnmente de su vida. Con todo, y no obstante que el director se propuso eliminar y corregir lo que él consideró “torpezas del texto de Da Ponte”, la historia resulta anclada en su tiempo; nos saturan los lamentos y diálogos que rayan la cursilería. Don Giovanni sigue resultando un personaje físico como en las viejas obras; y quizás por no atreverse a “profanar” lo que para los puristas es intocable, algunas situaciones siguen resultando de una ingenuidad que pisotea cualquier lógica. Perenne la majestuosa y emotiva música de Mozart; el vestuario es de alta costura; la construcción de imágenes de Losey, logra momentos de absoluta belleza, y oír a Ruggero Raimondi -Don Giovanni- a Kiri Te Kanawa -Doña Elvira- a Teresa Berganza -Zerlina- o a José Van Dam -Leporello- entre otros, es una exaltación del arte lírico que consigue complacer los sentidos más exigentes. Aquí tuvo Losey, su último relevante momento cinematográfico. Pues bien, las imágenes de un chico corriendo a través de unos campos ocres recién segados, quemados por el sol, en la quietud de las tardes estivales, tal vez sea lo que identifique el instante, casi inconscientemente de The Go-Between, en 1971. Estas escenas de un inocente niño utilizado como correo entre dos amantes de distinta sociedad que van a ser condensadas a través de lecturas dispares que plantea Losey. Como película iniciática, simboliza el paso inevitable de un niño hacia su juventud, y la abrupta pérdida de su pureza. De igual forma, la belleza con las que están concebidas nos lleva a un pasado idealizado, representado por el ejercicio del recuerdo sobre el que se articula el film. La adaptación de Losey de la novela del británico L.P. Hartley, es su tercera y última colaboración con Harold Pinter, escritor de films como The Servant, en 1963, y Accident, en 1967. The Go-Between se inicia con la misma frase de la novela: “El pasado es un país extranjero donde las cosas se hacen de manera distinta”. Quien hace suyo el relato en off es Leo Colston -Dominic Guard- varias décadas después de los sucesos vividos durante un verano que se dispone a recordar. El arranque es un hipotético presente desde el que se van a narrar los hechos del pasado. Por lo tanto, desde un principio debemos tener en cuenta que lo contado puede caer en los artificios que tiende la memoria, al igual que las reminiscencias que se filtran por el tiempo, y que el cineasta las transforma en una prosopopeya nostálgica. Losey plantea este diálogo entre presente y pasado, de forma visual, enmarcando el relato rememorado entre los créditos y de un epílogo situados en un presente lluvioso y aciago, que contrasta con la luminosidad y belleza del pasado. El hilo conductor es Leo, a punto de cumplir 13 años, pero el punto de vista corresponde al de este mismo personaje varias décadas después. Surgen pequeños pasajes, además de breves frases en off, las que se encargarán de recordar puntillosamente, que estamos ante una historia que rememora, al tiempo que se van completando el significado de los sucesos desde la perspectiva que proporciona el tiempo. De esta forma, tras la brumosa apertura, en donde la lluvia se desliza por un cristal -acompañada por la vibrosa música de Michel Legrand- el film inicia su retorno a ese país extranjero que es el pasado. Losey nos sitúa en unos días del mes de julio, donde Leo vive en Brandham Hall, una mansión de campo situada en Norfolk, invitado por su compañero de colegio, Marcus Maudsley. Resulta curioso que en la novela se sitúe la acción en 1900, utilizándose esta fecha como la partida de un nuevo siglo, en que Leo cree que todo será mágico, y que contrastará con su decepción posterior, mientras que la película traslada la acción al año 1921, tal y como observamos en el anuario del chico. En Brandham Hall, se incorpora al ocioso discurrir del verano de los Maudsley, disfrutando de su hospitalidad, pero sin que su origen modesto deje de estar presente -incluso, se le será puesto cruelmente de manifiesto-. Leo está fascinado por Marian -la belleza seductora de Julie Christie- la hija mayor de los Maudsley, una joven que mantiene un romance secreto con Ted Burgess -Alan Bates fue un actorazo- un granjero de la zona. Leo se convierte inesperadamente en un seguro mensajero entre ambos, llevando y trayendo cartas que facilitan la relación. Algunos miembros de la familia parecen tener cierto conocimiento de este amorío, lo que obligará a Marian a  comprometerse en matrimonio con un miembro de la nobleza local, Lord Trimingham, interpretado por Edward Fox. Esta situación, cuenta con la reprobación social de aquella época, y de pronto se precipitará hacia un trágico final. Una historia que juega con todos estos elementos podría quedar reducida a un triángulo amoroso en el que se ve implicado Leo. Sin embargo, Losey se aleja de esta simple premisa gracias a la distancia que impone en su realización articulando los varios detalles que escribe Pinter en un guión sin fallas, logrando una narrativa minuciosa, donde los significados se van a ir revelando conforme el muchacho va a comprender su situación. El guión se estructura en una sucesión de acciones, situaciones y conversaciones banales que transcurren por los rituales de Brandham Hall. Sin embargo, los gestos y las palabras significan mucho más de lo que aparentan. Losey pone mano fuerte en dos partes del relato: Primero, en el de un romance no visualizado, el de Marian y Ted, que sólo comparten plano en la escena de la fiesta anual con los vecinos del lugar, y en la del desenlace. Segundo, en el incipiente amor que se despierta en Leo por Marian, donde la intensidad de estos sentimientos se transmite sólo a través de pequeños gestos. El entorno social y la educación recibida les impiden hablar, y lo vamos a intuir, por ejemplo, como la urgencia por guardar un pañuelo perteneciente a la persona amada, la ansiedad de las preguntas, el distanciamiento de la otra persona, o las lágrimas que en ciertos momentos ponen al descubierto a los personajes. Va a resultar evidente que una primera lectura del film de Losey, nos obligaría a considerarla una crítica al funcionamiento de una sociedad estructurada con rigidez, es decir, una escenificación de aquellas diferencias sociales de la época. En este sentido, Losey se muestra imponente en la secuencia de la celebración con los empleados y vecinos de la mansión. Losey logra con magistral tino esa capacidad de la nobleza para servirse de un miembro de otra clase social, como Leo, al implicarlo en los juegos o intrigas amorosas, como necesario actor o circunstancial testigo de la puesta en escena de sus dramas, incluso “vampirizándolo”. Desde un ángulo antagónico, Losey nos posibilita analizar las consecuencias para Leo, que en un principio, luce deslumbrado por un hermoso jardín y gente que lo bien trata, pero que más tarde resultará decepcionado, y con un futuro trastocado. La decepción del muchacho ante el precipitado final del verano, el sentimiento de culpa que arrastra por lo ocurrido, queda reflejado en los fragmentos de un Leo adulto que va a regresar al lugar de los hechos. La luminosidad del verano evocado, la energía e ilusiones de aquel niño, contrastan con la amargura que refleja el rostro del hombre de mediana edad en el que se ha convertido. No resulta fortuito que Lord Trimingham decida apodar afectivamente a Leo como Mercurio, el mensajero del Dios Mitológico, una tarea que en el deseo de agradar a Marian, lo lleva a cabo diligentemente. Al mismo tiempo, se siente transportado a un estado superior, una suerte de comunión con el sol, y que tiene su punto álgido en su triunfo en un partido de Criquet. Incluso, se le asignará un carácter divino a Marian y Ted, lo que se refleja en la novela con la frase: “Para mí los dos eran inmortales, e inmortal es aquella palabra poseedora de un particular encanto que le proporciona un nuevo esplendor a mi ensueño”. Sin embargo, en una de las escenas más bellas de The Go-Between, su viaje en un carruaje junto a Marian hacia la ciudad, la voz en off del Leo adulto -al igual que en la novela- no es con Mercurio con quien se comparará, sino con el mito de Ícaro: “Volaste demasiado cerca del sol y te abrasaste a él”. Leo se convierte en cómplice de Marian, y por complacerla está dispuesto a mentir, incluso cuando descubre su romance con Ted. Este incipiente amor platónico de Leo hacia Marian, se trasluce en escenas donde Losey nos muestra una peculiar sensibilidad, y que se expresa en las sensaciones que el muchacho experimenta por vez primera. Visitar, una y otra vez, la propia juventud es algo recurrente conforme el paso de los años, y se distancia con ese tiempo en el que todo se siente de forma distinta, un lugar al que siempre se desearía volver, pese a los sinsabores. Así lo expresa Losey a través de escenas como el paseo tras el baño, en el que Leo se esfuerza por cuidar el pelo mojado de Marian, o luego, cuando llora sólo frente a un árbol, tras leer una carta de Marian dirigida a Ted. La textura visual que poseen estos momentos es de antología debido a una hermosísima fotografía. Autor elegante y minucioso, observador distante e implacable de sus personajes, Losey demuestra una vez más su grandísima impronta cinematográfica. Habíamos señalado al principio que Losey, quien había recibido una esmerada educación, conoció años más tarde el compromiso político en el ambiente teatral del Broadway de los años treinta. Se afilió al Partido Comunista en 1945, y tuvo que irse del país en 1952, debido a la lista negra del macartismo, y su “caza de brujas”. Estas circunstancias tuvieron un lógico efecto en su trayectoria, y psicológicamente fue el “punto de quiebre” para convertirse en uno de los más importantes realizadores del siglo XX. Losey, se siente muy próximo a los ambientes que retrata en The Go-Between, y compone casi a la perfección la trama que se desarrolla en la trastienda de su cadenciosa narrativa. De esta forma, no sólo nos demuestra la fluidez del relato, sino la pericia para imponer creativamente una puesta en escena que se establecerá magnamente en lo colectivo. Son vistosas las secuencias que retratan los ceremoniosos hábitos de la mansión, la sucesión de rezos matinales, las reuniones en la mesa principal, o aquellos complicados desplazamientos en grupo hacia la Iglesia y también a los lugares de ocio, donde logra encajar las distintas piezas, y los elementos de dispares clases sociales que se mueven por Brandham Hall. Al mismo tiempo, Losey analiza la ambigüedad en las relaciones de sus personajes, vía los distintos estamentos sociales. Los tres films que constituyen la colaboración entre Losey y Pinter, giran en torno a este escarceo en los vínculos, a través de la sutileza de situaciones y diálogos que siempre sugieren algo más, y que se empapan del ambiente que los rodea. Es estupenda aquella escena de la charla mantenida entre Leo, Lord Trimingham, y el padre de Marian, acerca de Ted, en la sala de fumar, donde se trasluce el conocimiento de ambos adultos sobre la relación de éste con Marian, sin que se llegue a mencionarla: una escena que remite a los más depurados momentos del film Accident. Es formidable la estatura de la ironía que se recorre en los diálogos de Lord Trimingham con Leo, y el cambio de registro cuando éste conversa con Ted. También es interesante la finura con la que los diálogos captan el ambiente fútil de los habitantes de Brandham Hall, con respuestas que en numerosas ocasiones son simplemente preguntas. La adscripción entre The Go-Between y Accident se establece en planos similares que abren y cierran ambas cintas. Se trata de un plano de la mansión -principal escenario del relato- desde una perspectiva visual y sonora distinta. El cambio entre el comienzo y el final de la filmación expresa la evolución de los personajes que por ese espacio han ido pasando. Esto es vital en un film que tenga objetivos claros que desarrollar. La primera imagen de la mansión en The Go-Between, con el aspecto radiante y prometedor de inicios del verano, contrasta con aquella imagen triste, a través de la lluvia, que se observa cuando Leo la deja atrás luego de haber recordado. Losey establece una precisa contención en la realización y acierta plenamente en su fidelidad a la novela -evita poner en imágenes la relación entre Marian y Ted-. Sin embargo, en algunos momentos esta aparente frialdad se quiebra. Losey introduce estos atisbos de sinceridad ante los ojos de Leo, y éste intenta comprender el sentir que desborda a Marian y a Ted, así como su fragilidad que queda al descubierto. Así sucede en los momentos que Ted deja a un lado la rudeza con que suele tratar a Leo, y la lógica confusión y la curiosidad de éste por el sexo. Nos resulta conmovedora la escena en la que Marian rompe su habitual compostura, y ante sus lágrimas, Leo intenta, con lógica torpeza, aunque delicadamente, consolarla. Marian representa, en mayor medida, el devaneo en la relación del individuo con su entorno. Por un lado, se muestra encantadora con Leo, pero luego, su postura es de crueldad cuando le exige que continúe ejerciendo de cartero. Resuelta, y hasta cierto punto trasgresora -su llegada tarde al rezo matinal- su amor por Ted es sincero cuando se confiesa ante Leo, y en sus dichos en el preámbulo, pero no se niega a contraer matrimonio con Lord Trimingham. A lo largo del film, Losey introduce varios detalles que parecen augurar el precipitado final del verano y una trágica muerte. Una de las cartas que Leo le entrega a Ted cuando éste vuelve de cazar, queda manchada con sangre. Más tarde, en otra de sus visitas a la granja, lo encuentra limpiando su escopeta en una postura similar al plano que lo muestra por última vez. Otra señal nefasta, Losey la manifiesta a través del agudo sonido de unos disparos que se escuchan en el último encuentro en la granja, cuando Leo regresa para despedirse. Losey reúne a Julie Christie y Alan Bates, dos de los intérpretes británicos más representativos de la década, identificados al comienzo de sus carreras con el Free Cinema, y que ya habían trabajado juntos bajo la batuta de John Schlesinger en Far From the Madding Crowd, en 1967. Ambos encajan estupendamente en sus personajes, junto a un elenco secundario bien trabajado en su conjunto, y que soporta con capacidad artística a los dos protagónicos. Tal vez, la única objeción al reparto sería la elección de Michael Redgrave para encarnar al Leo adulto. Parece difícil encajar los rasgos del joven Leo en el rostro de este discreto actor, pese a que su presencia pudiese contribuir al film. The Go-Between nos muestra la habilidad de los integrantes de un estrato social para sortear todo tipo de obstáculo, y que resiste el paso de las generaciones. Pero, por encima de esta evidencia, se impone el relato iniciático, inmenso e impensado. La grata sensación que deja la película es que el interés último de Losey es recuperar, aunque sea durante minutos, esas evocaciones emotivas que un muchacho como Leo las experimenta, y retorna a los días radiantes del verano, antes de la inevitable pérdida de su inocencia. Si me permiten, un peliculón que debería observarse por quienes estudian cine.