martes, 5 de enero de 2016

“Suffragette”, Sarah Gavron sostiene la tirantez en la pétrea reyerta por la reivindicación social y moral de la mujer.



























































































Sarah Gavron ya había demostrado su oficio y dominio del drama en su film Brick Lane, de 2007, donde adaptó la novela Siete mares, trece ríos de la escritora bangladesha, Monica Ali. La Gavron relata la historia de Nazneen y Hasina, dos hermanas que han nacido en el seno de una familia pobre de un poblado de Daca, en Bangladesh. Hasina decide huir de casa, casarse por amor, y hacer su propia vida. Por otro lado, Nazneen, sigue los mandatos de su padre -Satish Kaushik es un tremendo actor- y se une en matrimonio con Chanu, un codicioso bengalí, y se marcharán a vivir a Londres. Encerrada en casa, sin relacionarse con nadie salvo con dos amigas eventuales, contempla desde la ventana un mundo que le resulta ajeno, y que lo observa con perplejidad. Recibe cartas de su hermana Hasina que, a pesar de haberse casado por amor, se siente infeliz. La cineasta logra manejar la infelicidad de las hermanas a distancia con sobriedad, y demuestra tener un tacto elegante para la imagen, renunciando a los caminos habituales en este tipo de películas. Gavron entretiene girando la trama con facilidad, y se aleja de lo previsible. El elenco está bien escogido, y la mayor parte de la historia transcurre dentro de un bloque de departamentos donde vive Nazneen. La Gavron logra una acertada referencia al cine de David Lean. Hay espacios abiertos para experimentar sensaciones que van del amor al odio, sin anclarse en la superficialidad del retrato de las hermanas. Este bosquejo del exilio, de la distancia, de la búsqueda del amor de una mujer de Bangladesh en Londres es interesante, pero como toda debutante la Gavron posee yerros notorios aunque habría que rescatar la predisposición para tejer una narrativa pulcra. Pues bien, en el siglo XIX, en Europa, se sucedieron una serie de rebeliones que supusieron un sinfín de cambios. En 1848, las Revoluciones de 1848 -llamada también el Año de las Revoluciones o La Primavera de los Pueblos- fueron una serie de insurrecciones liberales que sacudieron a aquellas monarquías europeas, ya que habían fracasado sus tentativas de reformas politicas y económicas. El carácter liberal, democrático y nacionalista, fueron iniciados por los miembros de la burguesía y de la pequeña nobleza, que exigían gobiernos constitucionales, y también por el proletariado y campesinos que se rebelaron contra los excesos de prácticas capitalistas. Los principales núcleos revolucionarios fueron las ciudades de Paris, Berlín, Budapest, Viena y Nápoles, pero el clima de agitación fue igualmente concebido en otras regiones de Italia, Alemania, Austria y Londres. La Primavera de los Pueblos despertó muchas nacionalidades: dinamarqueses, polacos, alemanes, italianos, checos, húngaros, croatas, romanos etc., quienes exigieron de los imperios la concesión de sus autonomías. El movimiento fue efímero, desde 1848 a 1850, pero coincidió con la debacle de las monarquías absolutas, y el impulso que se le dio a las ideas liberales, sociales y nacionalistas tuvo consecuencias. Todos estos acontecimientos fueron vitales para que en el año 1903, la lideresa Emmeline Pankhurst fundara una organización social y política de mujeres, cuyo objeto era la demanda del derecho a votar de las mujeres en el Reino Unido. Pues bien, acerca de este tema, se estrenó en Lima hace algunos días, la película Suffragette o Las sufragistas, segundo intento fílmico de Sarah Gavron. Este movimiento eran considerado como “rebelde” en contraposición con otra corriente que ya existía desde 1897: la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino o NUWSS, creada por Millicent Fawcett. Esta, basaba su acción en convocatorias y mítines dentro de la legalidad -si observan cuidadosamente, su sede en pleno centro de Londres sale en la película y podemos observar una pacífica actividad a plena luz del día-. Mientras tanto, el movimiento clandestino de Emmeline Pankhurst promovía reuniones públicas, marchas y protestas ante la Cámara de los Comunes a través de acciones violentas con el fin de causar daños materiales para llamar la atención. Ambas asociaciones poseían un único objetivo en común: conseguir el derecho al voto de las mujeres. Pero, la cineasta prefiere basar la historia en una joven tranquila, sufrida, madre de un nene de seis años, trabajadora, sin mayor apetencia política, de nombre Maud -excepcional interpretación de una ya madura Carey Mulligan- que sirve desde su infancia en una lavandería de la ciudad de Londres. Allí, toma contacto con las verdaderas sufragistas británicas, y desde ese momento su vida dará un vuelco al unirse al azar a la “rebeldía femenina”, unas pocas mujeres que lucharon para acabar con el sexismo y la desigualdad, no solo en el mundo laboral sino en cualquier ámbito de la vida. No es muy rigurosa la Gavron con la “realidad histórica” lo que le costará a su film ser nominada en varias categorías de The Oscars, salvo Mejor vestuario y Mejor protagonista femenina. Pero, la vida que le ha tocado a Maud no es un lñecho de rosas. Ella la pasará mal, desde la ruindad de su marido, pasando por el encarcelamiento, y la adopción de su hijo por una familia pudiente. Aprenderá a aceptar un destino conflictivo, pero que se le abre para forjar una meta trascendente en la historia de la mujer británica. Maud no era consciente de todo ello. Se creía afortunada por tener un trabajo, un marido y un hijo, surgido más por el hecho de yacer juntos que como un fruto del amor. Nunca pensó que pudiera haber otra manera de afrontar la vida. Pero, nadie en este mundo debe de confiar en lo que sucederá en el futuro, y Maud se verá sorprendida por la acción de las sufragistas quienes rompían con piedras y ladrillos los escaparates de la tiendas y enfrentaban a la policía sin temor a nada. Es aquí donde se estaciona la narrativa de la Gavron, es decir a partir de la toma de conciencia del movimiento social. Una serie de circunstancias la apuntalan como una de los principales activos del tropismo. Su paso por la cárcel será el embrión de su militancia. No tiene otro camino. El repudio del marido y de su jefe en la lavandería puede más que el cariño por su nene. Alguien tenía que hacer algo por ayudar a las mujeres, luchar para que ellas tuvieran la potestad sobre sus hijos, e incluso dar batalla para luego tener la opción de decidir sobre su destino. Y ese alguien, es la misma Maud. A estas alturas, la protagonista no podía ser condescendiente testigo de los abusos en el trabajo, las mentiras y el desprecio de los políticos y la intolerancia de la policía. Lo más acibarado del film de la Gavron es observar cómo una parte de las mujeres -ajenas al movimiento- desprecian el temperamento rebelde de las sufragistas al grito de “más vale que se queden en casa con sus maridos”, hecho contradictorio aunque cierto, sin dejar de lado la impronta paternalista de uno de los jefes de policía –el gran actor irlandés Brendan Gleeson, que esta vez solamente cumple con lo ordenado- que trata por todos los medios de salvar a una Maud, nerviosa y descarriada. El film tiene algunos yerros que es preciso señalarlos. La filmación a medio plano y en constantes movimientos encima de las artistas es propia de un film de acción, y no de un drama histórico. Si bien no es algo que pueda dañar los objetivos de la cineasta, si va a pesar en la decisión de los miembros de la Academia. Quizás no de los BAFTA u Oscars ingleses. Hay planos que están tomados y editados con ligereza, pero no es mi intención maltratar un film que considero bueno. La Gavron empieza como una ficción y parecería que el guión la va llevando hacia un documental, tema que no llamaría la atención, pero que se nota, sin que se aleje de un cierto clasicismo formal, que ya observamos en el debut de la cineasta. El elenco es exclusivamente femenino, y es Carey Mulligan el alma de las sufragistas, muy bien secundada por una estupenda Helena Bonham-Carter que interpreta un personaje de época, y las siempre oportunas Anne-Marie Duff y Romola Garai. Sea como fuere, lo cierto es que podría ser difícil imaginarse a otra actriz para interpretar a Maud, pero si alguna espina me va a quedar en este asunto es qué es lo que hubiera pasado si ese “desparpajo feminal de Jennifer Lawrence” asumía el papel de la Mulligan. De Meryl Streep no hay mucho que decir por ser una actuación casi testimonial, representando a la activista Emmeline Pankhurst en un mitin. La ambientación, al tratarse de una película histórica tiene un papel importante. La recreación de la época está muy lograda, pero me quedo con el vestuario. Los demás apartados técnicos están bien y no interfieren, aunque si me pareció muy acorde la BSO, que no se monta sobre los hechos sino que los acompaña y define. Delicada, elegante, comprometida, y necesaria, la cinta de Gavron debería de proyectarse en los colegios o institutos de mujeres  para documentar una época vital en los cambios de una sociedad que mantenía una estructura arcaica. No solamente recoge la lucha por el voto igualitario, que otros países imitaron, sino por el acceso a los derechos de la mujer moderna. Por lo tanto, Gavron lo que hace realmente es un homenaje a la mujer que ha luchado desde tiempos inmemoriales para forjarse un porvenir igualitario. Hoy, un siglo después, cabe preguntarse hasta qué punto las luchas de aquellas mujeres se han traducido en conquistas sociales. Las mujeres siguen siendo invisibles en muchos lugares del universo. El machismo sigue latiendo impune en varias sociedades y las desigualdades siguen existiendo y extendiendo. Buen film y de encomiables intenciones.