miércoles, 6 de enero de 2016

“The Other Guys”, Adam McKay combina con certeza la hilaridad que envuelve a la comedia con el thriller policial equilibrando el humor verbal y la acción física.























































































Mucho se ha escrito sobre el decaimiento de la comedia norteamericana, y es cierto que ha pasado por largos años de inacción creativa. Los tiempos de realizadores de la inmensidad creativa como Wilder, Chaplin, Lubitsch, Keaton, Capra, Hawks, McCarey, Wood, Roy Hill, Zemeckis, y el mejor Woody Allen, han pasado, y se produjo un vacío que no ha podido volver a reaccionar salvo films aislados. Pero, algún intento se ha llevado a cabo, y la nueva comedia norteamericana tiene a Adam McKay y Will Ferrell como uno de los binomios más prolíficos dentro de la industria hollywoodense, siempre respaldados por productoras como la Paramount, Columbia o Dreamworks. Personajes como Stiller, Apatow, Paul y Chris Weitz, Schlossberg, Mottola, Hurwitz, y otros, pertenecen a la generación que representa ese cambio en la universalización de los cánones clásicos del género a través del punto de vista sardónico del nuevo siglo, abordando el declive de un mundo adulto reacio a dejar al infantilismo, enfrascado en una “juventud restauradora” donde el llamado “gag” se estaciona en la falta de madurez o la idiotez purista. La diversión y la empatía con cualquier tipo de personajes y situaciones son llevadas al límite. Uno de los más destacados guionistas y su protagonista estrella, son los encargados de impulsar The Other Guys. Las credenciales de Adam McKay -luchando hoy contra el mal de Parkinson y director de The Big Short, una de las mejores cintas de 2015- y Will Ferrell se cuelgan de la anarquía de la relectura y de aquel simplismo basado en el disparate. Ambos se sostienen en la paciencia del espectador para filtrar toda esa incontinencia delirante. La presentación de dos superpolicías de Nueva York, Christopher Danson y P.K. Highsmith -encarnados por un actor malísimo como Dwayne “La roca” Johnson y Samuel L. Jackson- muy descomedidos, viene a ser el puntal de ese frenesí acrático. El arranque es estridente y espectacular. Los dos “tombos o canas” son los amos de la ciudad, idolatrados por la opinión pública, y hasta por sus compañeros de armas. Pero, por la sombra de tanta repercusión, bullen por allí otros dos agentes segundones, Allen Gamble -Will Ferrell es uno de los mejores humoristas yankees- y Terry Hoitz -Mark Wahlberg, un todoproducto más que un buen actor-. Uno, conforme con su trabajo como burócrata, y el otro, un tipo amargado forzado a compartir mesa con este tras cometer un error en su pasado. Ellos dos serán los antagonistas que adquirirán los papeles protagónicos una vez que sus adorados compañeros caigan en un entuerto de evasión fiscal provocada por una sociedad de inversionistas a cargo de David Ershon -el inglés Steve Coogan posee una gracia distinta a sus pares-. McKay utiliza el género policiaco y la comedia como un juego de géneros, y aparta el sentimiento de nostalgia que rememore el pasado. Con ello, el realizador va en pos de un film de acción moderna, utilizando la iconografía como medio cómico en el recurrente subgénero de las “buddy cop movies”. Coloca a personajes que los sobrepasa la adrenalina, en su deconstrucción de los estilemas de esta forma de comicidad. Lo que hace McKay es mutarlos hacia un humor que se relativiza con intrascendencia, que rebaja sus intenciones e ilustra su eficacia cuando deja paso al efecto de la agitación, amplificada por lo absurdo. El interés de McKay es no tomarse en serio ni a sí mismo, a nadie ni a nada, y esto, al margen de lo prejuicioso, es correcto. La caricatura de Danson y Highsmith funciona, son tan heroicos y alucinantes que no dudan en lanzarse de un rascacielos esperando caer en un árbol que los amortigüe y salve. Sin embargo, existen policías encerrados en un despacho sin ninguna esperanza de acción debido a la divergencia entre la masculinidad y la emasculación, entre extremos y continencia. McKay realiza una promiscua mezcla dentro de la comedia, sin perder de vista el machismo de las películas de Steven Seagal o del choque de personalidades como en la saga Lethal Weapon con Mel Gibson y Danny Glover. El yankee equilibra el humor verbal y la acción física, condensando todo en un asumido carácter “nonsense o sin sentido”, cuando Hoitz pone de ejemplo a un león y a un atún para describir su frustración hacia Gamble. No va a faltar “la mujer florero”, explosiva y sexual, pero sin casi nada que decir, encarnada por la sensual Eva Mendes, ni ese capitán de comisaría encarnado por un actor  de culto como Michael Keaton, estoico personaje, aunque incapaz de llegar a fin de mes, pero que no duda en conseguir algunos “bonos” adicionales ejerciendo como gerente en una tienda de colchones. La película, sin embargo, poco va a tener de la esencia del “hardboiled” o “novela negra”, haciendo que la narrativa se deje llevar por la estilización del humor “vis cómico” de los protagonistas que a la moda explicativa del argumento. De hecho, McKay  plantea los pretextos de una forma difusa, como si se tratara de una excusa para dotar de cierta profundidad a la trama, desvirtuando el núcleo, pero sin abandonar jamás su idea de entretenimiento lleno de “gags” que trascienden la personalidad de sus personajes, y que es lo que nos divierte. El concepto del film se centra en una escena que sirve como plot y que queda instalada: las autoridades le dan más importancia a la lucha contra las drogas mientras que hace oídos sordos a las alertas sobre el villano, un asesor financiero, un criminal de cuello y corbata que sigue el modelo de abuso cuyos efectos en la sociedad son dramáticos. La impunidad de la industria financiera para desfalcar billones de dólares es uno de los temas más recurrentes de la cinta, pero a McKay no le importa. Lo que pone de relieve The Other Guys es la confrontación actoral de Will Ferrell y el camaleónico Wahlberg. El primero luce muy convincente y efectivo porque reduce su habitual tono de histeria  -aunque explota en un par de instantes donde el ‘gag’ absurdo tiene sus mejores resultados- y su personaje está urdido desde el espíritu “nebbishy”, es decir, el de un tipo apocado, timorato y conformista. Por su parte, Wahlberg incrementa su interpretación desde la insensibilidad y el hastío hasta la sutilidad cómica en golpes de humor que se sostienen por lo visual, como el hecho que Hoitz haya aprendido a bailar ballet sólo por ironía. Ferrell invierte la interacción en su vertiente contraria, pasa de la tolerancia que roza la ataraxia a la explotación de una doble personalidad expuesta en un “flashback” donde se revela que, en su juventud, el agente adopta el nombre de “Gator” o “Caimán” como apodo para ser un proxeneta sin escrúpulos, cualidad que aprovecha McKay para rescatar el cliché del “policía bueno y policía malo” en uno de sus mejores “gags”. The Other Guys combina con certeza la hilaridad que envuelve a la comedia con el thriller policiaco equilibrando el humor verbal y la acción física. No obstante, hay una colisión entre objetivos y resultados, que se nota cuando todo se amolda al desconcierto que ridiculiza, siendo un film acumulativo, y que resbala en las convenciones del género, pese a filtrarlas por la satirización. McKay logra, por encima de todo, dos reflexiones finales. La que se muestra en los créditos finales con las magras estadísticas, consecuencia de la crisis financiera de esos años, y un enfoque sobre el género policiaco y de acción, pasado por el ceñudo tamiz cómico, vinculados con los deseos y utopías de un heroísmo en tiempos en la que su escasez es inmensa. Como dice el tango “Cambalache”, del argentino Enrique Santos Discépolo, en 1935”: “Vivimos revolcados en un merengue, y en el mismo lodo, todos manoseados”