martes, 9 de febrero de 2016

“Melancholia”, Von Trier hace terapia asociada a la compulsa con lo infra y sobrenatural.


























 






 


 











































 













Hemos escrito suficiente acerca del director danés, por lo tanto sabemos que en su caso, es imprescindible soportar los trances de una vida agitada del alma humana. En Melancholia, Lars Von Trier comienza a través de la posibilidad del fin del mundo. Mientras la obertura de “Tristán e Isolda”, de Wagner, suena con placidez, el planeta Melancholia se va acercando a la tierra en su tétrica danza de la muerte. Imágenes ralentizadas, de fina textura digital nos muestran a la bella actriz Kirsten Dunst flotando por un arroyo, boca arriba, ataviada nupcialmente, y con el ramo entre las manos. Charlotte Gainsbourg, con su hijo en brazos intenta avanzar por un campo de golf, pero la hierba los intenta devorar lentamente como si transitaran por una arena movediza. Dunst, otra vez vestida de novia, busca desplazarse por un campo, pero unos hilos de lana se le enredan en sus pies, e impiden el avance. Los pájaros caen muertos, la electricidad brota de las manos de la novia etc. Cadenciosamente, Wagner traslada el ritmo de la música hacia el anticlímax, y observaremos cómo el ajeno planeta colisiona con la tierra, destruyéndola. La aniquilación de la humanidad, absorbida y vista por el cineasta se parece al arrobamiento. La Gainsbourg expresa desesperación, no en el rostro de la Dunst, ahí se plasma la calma, seguridad, confianza en aceptar lo inevitable. Para Von Trier, y sus notables imágenes, el Apocalipsis es una conclusión romántica y exaltada, quizás el final feliz mejor logrado. Justine va a contraer matrimonio. La boda va a ocurrir en un palacio convertido en un hotel para la ocasión, y todo sería ideal sino fuera porque se siente ausente, deprimida. En realidad, lo tiene todo para ser feliz: un novio que la quiere, un trabajo como publicista en el que acaban de ascenderla. Todo luce de maravilla, si uno cree que la felicidad va a depender de la abundancia económica. Pero, lo que siente Justine es una disociación vinculatoria con todo lo que la rodea. Su hermana Claire -la Gainsbourg es una actriz trascendente- hace lo posible para que Justine se sienta plena. Claire es una mujer ordenada y razonable. Se refugia tras las convenciones sociales, las rutinas que mutan, y donde su sociabilidad le permite aferrarse a la vida. Y eso es lo que le intenta transmitir a Justine: el matrimonio ejemplar. Un novio con quién bailar, una gran torta que cortar, un ramo que lanzar, una noche de bodas para hacer lo que le plazca etc. Pero Justine, que sonríe y sonríe, siente el rigor de la psicoastenia. Cada ritual que cumple le sirve como recordatorio de lo huecas que son las relaciones humanas, como si no fueran más que acuerdos previstos de antemano, donde detrás de las mismas no hubiera nada. Por eso, huye de la recepción para ir a miccionar en medio del campo de golf, decide darse un baño justo cuando tiene que ir a partir la torta, se niega a arrojar el ramo obligando a Claire a hacerlo. Todo ello causa malestar a en sus seres queridos. John -Kiefer Sutherland está notable- marido de Claire, le dice: No tienes ni idea de cuánto ha costado alquilar todo esto. Quizás, Justine lo ignora, y no le va a importar. Ella prefiere deleitarse en su suave crueldad, no le importa ser desagradable, como si el dolor que es capaz de provocar a los demás fuese una verdadera conexión con ellos. Entonces reaparece el esférico planeta Melancholia. Parece una estrella, de un extraño resplandor rojizo, y su presencia se va haciendo más adicta para Justine. Von Trier  hace que ella misma invoque al planeta, para acompañarlo en su objetivo inexorable de la destrucción del mundo. El trato visual del cineasta hasta acá es formidable. Pasan semanas, y Melancholia se acerca cada vez más a la tierra. Los optimistas como John afirman que la esfera  pasará de largo, y solo será un susto. Pero, hay quien conoce una historia distinta. Claire navega en Internet, y logra encontrar infografía que muestra un final catastrófico. Para entonces, Justine se encuentra claramente en estado catatónico. Ella desea  dejar de tener cualquier ligazón con el mundo, es incapaz de cuidarse por sí misma, ni siquiera puede bañarse sola. Se va a vivir al castillo en que se celebró la recepción del casorio, y descubrimos que es la mansión de Claire y John. La incertidumbre del planeta altera a Claire. Es como si su prolija existencia se derrumbara ante el desastre, como si todas las certezas de su estabilidad emocional se revelaran inútiles, incapaces de protegerla ante el impacto de lo inexplicable. Su reacción serán continuos ataques de angustia cada vez más fuertes, mientras que ahora es Justine quien recupera el sosiego, y parece controlar la situación. Como en Anticristo, la anterior propuesta de Von Trier, Melancholia se inspira en la experiencia del barranco depresivo. Si en aquella, el danés exploraba a través del horror, la vida contemplada como una serie de procesos físicos, ahora compone a la psicoastenia como un tema cósmico. Aunque el asunto del fin del mundo es una anécdota, en realidad la muerte de cada uno de nosotros representa el final. Justine y Claire poseen actitudes dispares, aunque supletorias. Ambas son ejemplos de enfermedades de nuestra época. Justine es incapaz de verle sentido a las convenciones de la vida diaria, se llena de inanidad, mientras Claire desespera al comprobar que esos mismos tratados sociales, y en las que basaba su vida, no sirven para darle ningún sentido a la existencia, sino tan solo para llenar parte del vacío. Entonces, vamos a comprender por qué el cataclismo se convierte en una epifanía, o por lo menos, el por qué Justine lo ve así. La aniquilación de la humanidad puede ser una manera de unirse con el resto del universo, aportando un atisbo de trascendencia a lo que sólo sería una anécdota de la biología. Es romanticismo, en el sentido primigenio del término. Las referencias de Von Trier hacia el movimiento antiparsiano  alemán son notorias, empezando por el uso de la música de Wagner, y las numerosas referencias pictóricas. Por ejemplo, el cuadro “Cazadores en la nieve” de Peter Brueghel “El viejo”, es citado unas cuantas veces. Pero, el estilismo del danés luce mucho más allá de lo formalista. Aprovechando la definición del digital, Von Trier rueda la boda con la cámara en mano, a través de un movimiento continuado con foco en los años del “Dogma”, y hace aparecer el planeta en lucidas imágenes. Cuando Von Trier se centra en la intimidad de la vida familiar de Claire y Justine, adopta un estilo relajado, con movimientos de cámara suaves y cortes menos abruptos. Desde luego tanto la Gainsbourg y Kirsten Dunst no parecen hermanas en absoluto, pero eso no importa, porque la elección de las actrices resulta estimulante en la medida en que contradice su imagen habitual. Dunst, de rostro dulce y claro, ofrece un contraste entre la placidez de su bella tez y el tormento interior con gestualidad conexa. La Gainsbourg, en cambio, presta sus rasgos angulosos a una menos activa Claire. Toda la película reposa en los hombros de Dunst, que acepta el reto con considerable energía. Pero, lo que nos puede causar asombro, no radica en su articulación dramática, el empleo de imágenes simbólicas o su estética, sino la manera en que la película se amalgama como una experiencia legítima. Es algo que surge fortalecido de la unión de todos los elementos cinematográficos: del uso recurrente de la música de Wagner, la atmósfera de sutil extrañamiento por el empleo del espacio, ese castillo que en la primera parte es un hotel y luego un hogar enorme al principio e íntimo después, la extraña belleza del planeta, su movimiento etc. Von Trier coloca todos los fundamentos en juego, para que podamos experimentar el proceso emocional que Justine logre, hasta el punto que no existe nihilismo ni desilusión, sino optimismo y liberación, porque quizás esta sea una obra de culto, junto a sus movimientos cosmológicos digitales, a su legado cultural como inspiración y a su psicología dramatizada. Todo esto no es  más resistente que las fuertes ramas con los que se construye una cabaña imaginaria en la que con la ayuda de una falacia, nos sintamos a resguardo de lo que no llegamos a comprender. De todas formas, a Von Trier, como a Kirsten Dunst, la depresión les sienta muy bien. Por lo tanto, Von Trier hace terapia asociada a la compulsa con lo infra y sobrenatural.