jueves, 25 de febrero de 2016

“Spotlight”, Thomas McCarthy le pega duro y parejo a la Santa Mafia.

































































































Spotlight de Tom McCarthy posee en sus entrañas una premisa que opera con notable eficiencia: recrear el periodismo de investigación -ese que pocos saben cómo se realiza y logra resultados- que recaiga en los derechos civiles de cualquier ser humano. Para que la tesis fílmica del cineasta indie norteamericano se pueda integrar con precisión hacen falta tres elementos imperativos: un director que no se enrede en situaciones que generen confusión y antipatías, un guión que pueda expresar la libertad de accionar sobre el tema que trata, y un montaje visionario, al margen de un predilecto elenco de actores que sepan interactuar hacia un mismo objetivo: la verdad. Ese orden de acciones es lo que más se rescata del film de McCarthy, además de ser una lección magistral del ejercicio de un periodismo incólume, ese que piensa, rastrea, escarba, investiga, se enfrenta con quien sea, y que va en búsqueda de la prueba, y no de ese antihigiénico hasta la raíz, aquel que no sirve, que no vale un mísero átomo. Existe vastedad de formidables películas que se han producido acerca del periodismo con el rigor necesario aunque el estilo y temática difieran. Quizás Orson Welles y su emblemática Citizen Kane sea la que recordemos de inmediato. Pero, hay otras de sagaz calado del oficio: Elmer Gantry de Brooks, Meet John Doe de Capra, Network de Lumet, La dolce vita de Fellini, All the President's Men de Pakula, The Front Page de Wilder, Sweet Smell of Success de MacKendrick, The Killing Fields de Joffé, While the City Sleeps de Lang, The Insider de Mann etc., y Spotlight, con su taxativa disciplina, está inmersa entre todas estas. Hay que hablar de McCarthy porque es el hombre del film, aunque su estrictez le gane al riesgo, y eso le reste posibilidades de llevarse el Oscar a Mejor director. Recuerdo su ópera prima, The Station Agent, en 2003, una comedia dramática que ganó importantes premios independientes, y logró internacionalizarse en conocidos festivales. No olvidemos que McCarthy fue el guionista de la grandiosa Up de Pixar. Pero, lo que me llamó la atención en The Station Agent, fue su capacidad para tratar un tema arduo como el “enanismo” que interpretó el actor Peter Dinklage. Normalmente este factor se ha enfocado en la cinematografía a través de dos géneros, el de terror o la comedia chabacana. Sin embargo, el cine indie, a través de McCarthy, configura un trato que se conjuga entre lo cómico y lo trágico, y en el que se respeta dignamente esta tesitura genética mediante un intimismo juicioso. McCarthy ahonda su historia acerca de la soledad de aquellos que son seres diferentes de alma y cuerpo. Y en ese aislamiento, nos encontraremos con personas a las que su pequeñez -no solamente física sino intelectual- les causará un aplomo casi ataráxico, porque comparten esa privación de la libertad que supone una afirmación de sentirse escoriados, y una justificación auto destructiva de personajes como el que encarna la actriz Patricia Clarkson, quien sufre la pérdida de su hijo, o la de otro personaje, quien no logra soportar estar pendiente de su padre enfermo, o una mujer de embarazo no deseado, y el de una obesa niña afroamericana discriminada brutalmente. Son seres que buscan enterrarse en la soledad por ausencia de libertad, y cada quien encontrará la compañía que rechazan y ansían al mismo tiempo. Pero, McCarthy no solo trabaja el instinto del desaplomo, también nos habla sobre lo amical de la cacofonía a la que nos acerca. Su enfoque rebosa de pureza y de verdad, de contrastes profundos, tratado con calma, sin perderse en el contexto de lo que busca y encuentra. Cuatro años después, McCarthy vuelve con una cinta donde sella su estilo, The Visitor. No abandona la pureza del cine indie ni la admonición de su anterior película, y nos habla, con afable cortesía, de aquella bondad contrapuesta a la actitud de un país como los EEUU, tiranizado por una burocracia ordenada e injusta hacia el esfuerzo del inmigrante que los hizo más ricos y poderosos, y que hoy, un sujeto vesicante como Donald Trump basa su campaña política para destronar a los demócratas, como lo haría un típico cerdo populista. El cineasta no se distancia en la descripción del pequeño protagonista de The Station Agent -una mohína víctima de una honda misantropía- ahora en cuerpo de un personaje de nombre Walter Vale -Richard Jenkins- un profesor de piano sumido en la añoranza, el cisma y la rutina. Ambos, son la efigie fidedigna de una sociedad contemporánea, esa que se aliena dentro de los márgenes de la inadaptación, símbolo del autismo yankee respecto del conflicto social, en las entrañas de su mal llamado “paraíso”. Son temperamentos que se ven obligados a intentar arrimarse hacia la apertura de un mundo exterior con el encuentro involuntario de gente con quienes compartir una experiencia próspera y sutil. El cineasta mantiene la compostura y pregona con un idealismo latente. Luego, McCarthy realiza dos films; Win Win y The Cobbler, donde se imbuye de géneros más dispares, pero que siempre van a contener una textura relajante en perspectiva y rumbo: McCarthy posee en su silogismo de personajes y situaciones una extraña pericia donde se afirma en aquellos hechos comunes en tiempos en el que el cine indie se ha transformado en lo mismo que sus hermanos de boyante presupuesto. Y eso, es lo que va a suceder en Spotlight.  Luego, abordaremos lo que pensamos del periodismo y de los clérigos, ambos vinculantes con el film de McCarthy. Pues bien, poniendo el dedo en la herida, Walter Robinson, Michael Rezendes, Sacha Pfeiffer y Ben Bradlee Jr., son los nombres de los cuatro periodistas -de personalidades dispares- del equipo de investigación “Spotlight” del diario “The Boston Globe”, que entre 1999 y 2002 publicaron más de 600 artículos que destaparían un affaire de abusos sexuales de sacerdotes hacia infantes, y que sacudió los débiles cimientos de  la ultra católica ciudad de Boston cuya  archidiócesis negoció y logró ocultar la información llegando a un acuerdo extrajudicial con las víctimas para silenciar sus acusaciones. Con esta investigación -ganadora del premio Pulitzer- no solo pudieron descorchar el “champagne de la vergüenza”, atiborrado de una cuantía aterradora de sacerdotes que laceraron y vulneraron durante años a menores, sino que descubrieron una atornillada red de corrupción dirigida desde las más altas esferas del poder sacrosanto. Estos lunáticos o peregrinos de la inmundicia -no es una novedad para nada ni para nadie- acallaban a sus inofensivas víctimas, obviamente, amparados en sus pares políticos, malos periodistas, jueces, médicos etc., y también amordazaban a todos aquellos que osaran cuestionar que las violaciones a menores no eran sino un invento extremista de alguien indigno, o de darse el caso, de unas pocas manzanas podridas, que ya estaban denunciadas y sacadas de la comunidad monástica. McCarthy relata con apabullante sencillez cómo se fraguó este notable trabajo de periodismo de investigación. Si algo podía haber despanzurrado el proyecto era justamente que el cineasta hubiera preferido un descarado amarillismo que beneficie a todos estos miles de paranoicos ataviados con túnicas. Todo ingrediente que intenta desviar las investigaciones periodísticas se combinan en su justa medida en Spotlight, empezando por motivos vinculados con la tiranía de la religiosidad -la de antes y la de ahora- y a la desmedida codicia de generar dinero a través de la industria mediática, lo que sobrecarga a los verdaderos equipos de periodistas honestos que necesitan de muchos meses y hasta años, para configurar una profunda labor de investigación. Es obvio, sucede en todos los países -en el Perú es un dogma de fe- que la perversión de todo nivel en una empresa periodística -o algo que se le parezca- ocultan información trascendente siendo los responsables invisibles e intocables de aquel “eminente peligro del silencio colectivo y mercantilista”, y de la endogamia cultural de cientos de fieles a quienes necesitan mantener estupidizados. El abyecto periodista o el gandul comunicador tiene que hacer lo imposible para que el receptor no piense por sí mismo, sino que repita como un disco rayado lo que ellos pregonan, en un casi 85% a través de cuestiones de criterio viciado. El 15% son gente honorable, leal y si no fuera por ellos esto sería la Venezuela de Maduro o la Argentina de la incapaz Mrs. “K”. En Spotlight, no sucede la distención o el cooperativismo sindical con los cuatro kamikazes del “The Boston Globe”, sí a través de la laxitud de periodistas oriundos de Boston, y en general de la comunidad. “No puedes ir contra la Iglesia”, le afirma sonriente un patán a uno de sus compañeros cuando el nuevo mandamás del periódico, Martin Baron -impecable Liev Schreiber- un editor llegado desde California, no comprende cómo no se ha seguido indagando lo suficiente, y se ha dejado que el caso quede congelado. Se pregunta: ¿¿Están investigando a la Iglesia?? ¿¿Se le van a ir encima??  y le dice afablemente a la encargada de la hemeroteca, lugar adonde acuden los miembros de “Spotlight” en busca de información que durante años pasó inadvertida. Baron es el arma temible de un McCarthy que cambia la cautela por el riesgo pensado y puntual. La abuela católica y practicante, de la periodista Sacha Pfeiffer -es correcta la actuación de Rachel McAdams- ve con desaprobación el trabajo que su nieta está haciendo, mientras Baron visita al obispo de Boston, y éste le entrega la que, según sus propias palabras, es la mejor guía de la ciudad: un libro de catecismo. McCarthy construye un inhabitual plano picado de las manos del nuevo editor sosteniendo “una amenaza por escrito”, y no tardaremos en darnos cuenta que la batalla por la verdad la empezaremos a observar. El formalismo en el cine paga, y da mucho rédito, McCarthy lo sabe y lo tiene en cuenta. Tendremos que optar por ponernos o de un lado o del otro. O somos blancos o somos negros. Acá el gris es una torpeza tonal y mental. Las miradas de ambos revelan confrontación, no colusión, y ahí es donde se posiciona el cineasta con calma y cordura. Utiliza lo que siempre nos vendieron los impolutos religiosos: su intachable moralidad. Otra cosa: llama la atención que en Lima, el film haya pasado desapercibido, y que mucha gente en plena exhibición abandone la multisala, siendo junto al film The Revenant, las únicas propuestas que tienen chances de llevarse el Oscar a Mejor largometraje. Claro, la respetable masa que consumen popcorn, dulces y gaseosas parecieran creer que está yendo a ver un film como Deadpool -el cual fui a mirar anoche- direccionado a un espectador que se va a entretener, y no a pensar ni reflexionar en cuestiones serias que nos pueden tocar directamente y en cualquier momento. Además, existe otro asunto: Observé dos veces los films de McCarthy y de González, y uno se llega a dar cuenta que al final, Spotlight lo termina convenciendo a uno por la universalidad de lo que expone, en desmedro de la altisonancia de The Revenant. Claro, el mexicano hace cosas diferentes, innovadoras, y es ahí donde le saca una pequeña ventaja a McCarthy, y no queda duda quien se quedará con el Oscar a Mejor director. En Spotlight, cada escena que coteja McCarthy evoluciona en términos de concretar información para rechequearla y avanzar en la denuncia. Su cine no aburre porque posee frescura y una velocidad crucero dentro de una cadencia controlada. El guión no se excede, sabe crear y desatar a tiempo los nudos de acción, y no perdemos detalle de lo que se argumenta. Cada dos minutos nos vamos a encontrar más cerca de la culpa de los curas violadores, y de su declamatoria inocencia. Los ciudadanos de Boston seguirán envueltos en el miedo, y se negarán a escuchar el crudo realismo que los invade. Es obvio que no solo la verdad sino también la realidad duelen, y es labor primigenia de los periodistas hacernos sentir la aflicción de lo impensado. La Iglesia resulta ser más impenetrable que cenáculos como el gobierno u otros influyentes poderes lobistas. Pero, su dominio va más allá, debido a que la insularidad en la sociedad responde a cuestionamientos morales implantados en lo sobrenatural de la Biblia. Cuando Sacha Pfeiffer, le pregunta a una víctima por qué dejó que el cura abusara de él con su consentimiento, su respuesta no deja lugar a dudas: ¿¿Cómo se le puede decir que no a Dios?? Todo el entramado bostoniano del momento va desvelando cómo una multitud ingente de sacerdotes se aprovecharon de niños procedentes de hogares con carencias económicas y familias fragmentadas, sin obviar que el diario no fue capaz de publicar tan patógeno mundillo hasta que no se consiguiera la justificación acerca del conocimiento de los jerarcas de la Iglesia sobre la magnitud de los hechos y su ocultación. Otra temática que resalta Tom McCarthy es que los auténticos profesionales de la información no se divierten investigando, sino que lo sufren, y les cambia la vida. El cineasta y el coguionista Josh Singer aciertan al mostrarnos las existencias de estos justicieros héroes anónimos que, a pesar de conocer en qué tipo de “camorra escatológica” han ido a parar, deben de seguir atando cabos, agotar sus fuerzas, y no contarle nada a nadie. En ese sentido, la actuación de Mark Ruffalo es estupenda. Su personaje, Rezendes, es el único que acaba tan díscolo que sobrepasa la línea entre el trabajo y la vida privada. Es mi favorito para que se lleve el Oscar, en una categoría que resultará peleada. No aseguro nada, ojala que así sea, pero tiene un rival de polendas, el único que lo puede vencer, y tiene el mismo nombre. Todos los personajes van mutando su forma de ser en la médula de la investigación, pero es Rezendes el que acaba tomándose el caso como cuestión de vida o muerte. El personaje de Ruffalo es también el que mejor evoluciona, y genera más movimiento pasional en la acción. Es bastante difícil agilizar una investigación periodística contra la “Santa Mafia” porque no existen ni balazos ni persecuciones, ni siquiera cruces de palabras o frases que afecten los diálogos o el honor de alguien. Lo que uno observa siempre son papeles, escritorios, oficinas, lapiceros, computadoras, caminatas por la ciudad, harto trabajo a horas intempestivas, entrevistas etc. Sin embargo, el éxito del film es generar empatías, malquerencia y descripciones eclécticas, y desde luego, el personaje de Ruffalo -le han quitado 20 años de encima- es el que va más allá en el desarrollo de la historia. El duelo de voluntades primero, y luego la amistad con el gran actor Stanley Tucci es antológica. Otro detalle, llega la Navidad, y nos percatamos de una ciudad nevada, decorada e iluminada para la efemérides, mientras escuchamos  la canción “Noche de paz” interpretada por unos nenes que provienen del coro infantil de una Iglesia del lugar. Es decir, la inteligencia deductiva de McCarthy no tiene límites porque ataca a la tradición cristiana con dulzura, le busca el término narrativo comprensivo, que se entremezcle entre lo que sentimos por el nacimiento de Jesús, y la popular celebración en Boston ya no parece ser la misma. Spotlight es una gran película, lo tiene todo, quizás faltó un sacerdote entre rejas para brindarle un poco de euforia al desenlace, que va a terminar como debe de hacerse. Pero, los tres elementos descritos al principio funcionan como un solo engranaje, y eso ha sido reconocido con una nominación a Mejor film en “The Oscars”, y otra a Mejor guión que suponemos no tendrá seria oposición. Esperemos que el esfuerzo de Spotlight tenga un efecto beneficioso sobre el periodismo en general, sobre el torpe y el honesto, en una multiplicidad de formas, y también sobre todos aquellos que creen ciegamente en los sacerdotes como seres supremos, y que no se dan cuenta que son humanos tan caóticos como cualquiera de nosotros. ¿¿Parece que Francisco no observó el film?? Ojala que se lo cuenten o que se tome un tiempo, porque el que calla otorga, y el Papa argentino, se ha hecho de la vista gorda en varios de estos casos de inmoralidad. Si gana Spotlight va a ser un durísimo aviso hacia la Iglesia, y su insípido conductor. Pues bien, yo quería agregar a la nota algo que resulta interesante. Gabriel García Márquez decía que la enseñanza periodística se debe sostener sobre tres pilares, pero mayormente en la investigación. Sin embargo, hoy existe una pasividad extrema, los medios no investigan cabalmente a las fuentes, y si logran algo no lo confirman con la precisión que se requiere. Se miente mucho, y se presiona la falsedad sobre lo real. Hay factores que han hecho que el periodismo se tenga irremediablemente que sumar a las nuevas tecnologías. El periodista ya no busca ni redacta noticias; ahora las debe recoger, organizarlas, trabajarlas profesionalmente a través del uso atildado de la computadora, el móvil o lo que fuere. Debe estar dotado con la rapidez y el confort de la tecnología de punta. Aprender a tener fuentes confiables, y jamás despegarse de estas. He visto periodistas que trabajan “par-time” en otros empleos, y eso configura un auto oprobio, y un deshonor hacia la profesión. Hay una seria dependencia de las agencias, y también en convertirse en corresponsales. Es un vicio recurrente. Se trabaja menos, se gana más, pero se cae en la trampa de lo incierto, de lo ficticio. Ni CNN ni FOX, ni nadie, son la pura verdad, por eso es que hay que redoblar el esfuerzo. El problema de las agencias es grave porque siempre contribuyen a homogeneizar los mensajes. Existe una dependencia en la concentración de los grandes grupos multimedia. Las pequeñas empresas periodísticas desaparecieron, pero no el periodista. Un aspecto importante del periodismo es cambiar estas características, sobre todo la de estandarizar noticias. Por eso, el periodismo de investigación tiene que reinventarse y posicionarse como una faceta que respire y exhale originalidad e inteligencia deductiva. Los discretos periodistas que practican sin pasión el periodismo de investigación aducen que es una forma de periodismo normal, pero que exige técnicas especiales, de mayor alcance y esfuerzo, aunque jamás lo enaltecen. Aunque todo lo que publicaran los diarios físicos o virtuales estuviera comprobado y contrastado, no podríamos hablar de periodismo de investigación. No es lo mismo que un medio investigue sobre información a mitad de rumbo, que una labor de especialización que busca la verdad oculta, informaciones que no llegan a la luz, por lo que se obliga a un trabajo especial para el trato de la información, sea pública o clasificada. La investigación necesita tiempo, porque tiene un sello de identidad propio. El periodismo bien hecho es una fotografía de la realidad, mientras el periodismo de investigación es una tomografía computada. Hay una sustancial diferencia. Por otro lado, más allá de las negaciones de las evidencias que han movido a McCarthy a contar esta historia, se trata de una postura reveladora que ampara el cuarto poder y la primera enmienda para lanzar una notificación en relación a los medios de comunicación, que no deben ser un lujo sino una necesidad para todas las sociedades, y más aún en estos aciagos tiempos de “las leyes mordaza” empeñadas en vulnerar la libertad de expresión y restringir nuestros derechos fundamentales y principios jurídicos. Por mucho que el rostro amable y artificioso de la Iglesia imponga con su aceptación la temática y denuncia de la película a través de comunicados para lavar la imagen de pedofilia, con una intención de cambio para erradicar los abusos sexuales, Spotlight nos señala un camino de advertencia con una inacabable lista de semejantes delitos en multitud de ciudades de todo el mundo en los sorprendentes créditos finales de la película, en los que se exenta de la aplicación de la ley terrenal bajo la excusa de ser hombres de Dios. Con esa negligencia, gente como el cardenal Bernard Law, uno de los principales acusados de encubrir a cientos de pederastas en Boston, fue enviado en forma clandestina a Roma, donde hoy reside con todos los lujos bajo la protección de las altas esferas de la Santa sede. Peter Saunders, miembro de la comisión vaticana contra la pederastia, indicaba con claridad, a tenor de casos como este, la pasividad del sumo pontífice Jorge Bergoglio, contradiciendo su apócrifa proclamación al decir que “Dios llora por los abusos sexuales de los niños”. ¿¿Será esto cierto o solo palabras sin sustento??  Lo que sí se conoce, y lo saben millones de católicos es del inconmensurable presupuesto operativo del Vaticano, sus beneficios fiscales, ayudas subvencionadas y exención de impuestos en la totalidad del mundo católico que opera con libertad bajo los límites de la ley. McCarthy ha conseguido poner sobre la mesa la cultura de la “omertá o ley del silencio”, es decir, la prohibición categórica de la cooperación con las autoridades estatales o el empleo de sus servicios, incluso cuando uno ha sido víctima de un crimen. Ha descrito a la mafia dentro del catolicismo, un estamento que bien podría representar a la Iglesia que protege a individuos que expresan, escudados en una ciega creencia, su confusión al diferenciar entre la actividad sexual consensuada entre adultos y el abuso infantil de niños desprotegidos. Este es otro de los graves males del sistema, que seguirá dejando que diáconos y clérigos marquen con su ignominia a pequeños inocentes que podrían ser cualquiera de nuestros hijos, quienes nunca más disfrutarán de una vida normal por esta causa. Por mucho que se quiera, todo parece indicar, con Francisco a la cabeza hoy, que esta lacra del “catolicismo institucional” nunca podrá ser redimida. Llegados a este punto, es donde la denuncia de esta magnífica película es tan sólida e irrebatible como implacable. Thomas McCarthy le pega duro a la Santa Mafia. Vean Spotlight porque hay una serie de sorpresas que nos dejarán boquiabiertos, sobre todo cuando se hacen presentes los créditos finales y muchas ciudades del Perú están llenas de estos seres miserables. Formidable cinematografía con alto espíritu independiente. Hoy en día, esa frase de la biblia: “Dejad que los niños vengan a mí”, debería de ser borrada porque resulta toda una maldita provocación.