sábado, 6 de febrero de 2016

“Storytelling”, Todd Solondz consagra su entusiasmo por el zaherimiento y la acritud.












































































Todd Solondz, es un realizador impulsivo y extravagante envuelto en contenidos grises y que ha caracterizado su recortada cinematografía por imponer argucias argumentales dentro de una brusca mordacidad, muchas veces roseados de una repelente y sarcástica acritud junto a un pesimismo algo más agrio que dulce, dejando atrás las proezas de sus primeras e interesantes películas. Sus colegas lo definen como un exacerbado hipnotista por la deformación moral de la literatura de Philip Roth o Allegra Goodman, ambos visualizados por Solondz como los seres que ejercen una dialéctica iconoclasta y perversa en él. Aquellos que esperan historias moralmente correctas y felices no deberían ni acercarse al cine de Solondz, aunque muchos lo hacen porque prefieren enfocarse a través de sus condenas. En el Brasil, a un sujeto que no tiene pelos en la lengua, se le llama “boca do inferno”, y Solondz encaja a la perfección con este fraseo, porque describe con tolerancia el caos de la clase media yankee. Sus películas tratan de temáticas como la pedofilia, la violación, el asesinato y el suicidio. Las relaciones humanas respiran esa patología que mezclada con el humor negro nos da una poción fílmica casi indefinible. Sus cintas Happiness, de 1998, y Life During Wartime, son una clara demostración -si bien es cierto bien armadas- de personajes infelices que viven en una burbuja de alegrías efímeras construidas a partir de vínculos insalubres. Palindromes, de 2004 y Welcome to the Dollhouse, de 1995, confirmar su tendencia acerca de un uso racional del humor negro para revelar las profundidades del desequilibrio humano, pero no nos van a conducir a la antipatía ni a lo hostil. Si bien es cierto que Palindromes es un exceso de malabares, que subyuga y provoca a través de una extraña historia fragmentada -que utilizará distintas actrices para un mismo personaje- la atmósfera, esta se enfrenta en exceso a la pérdida de la inocencia infantil, a las ganas de procrear en un mundo que luce envilecido por la incomprensión de los que piensan distinto, donde, por supuesto, no va a faltar el fanatismo religioso. Abortos irreversibles, grandes dosis de psicología enfermiza, e incluso un ligero uso de una pedofilia descontrolada. Todd Solondz ya había puesto y sobado el dedo en la llaga y había conseguido hostigar los fantasmas de la hipocresía bienquista, El habitual humor de Solondz alcanza instantes de maldad diletante, inhumana, sin oportunidad a la moralina o normas de fábula típicamente yankees. Un universo lleno de “freaks” que constatan su propia tontera nada menos que a través de la autoaceptación. Palindromes es un film que divide, molesta, defrauda, transgrede o posiblemente entusiasme, según el análisis que haga quien la observe. Muchas veces las cosas se le van de las manos, superándose a sí mismo en su morbidez fílmica con este particular descenso a los infiernos de una postura enrarecida. Solondz parece convertirse en el heredero de John Waters, sea para bien o para mal. Pues bien, el universo propio de Todd Solondz, a través de esa mirada perturbadora, aguda y pesimista, es inconfundible en Storytelling. Su foco se centra con especial atención en las tinieblas de los seres humanos: quita la capa superficial o la recrea con exacerbación para dejarla en ridículo y acentuarla en las miserias, una realidad que no se desea ver ni mostrar. Storytelling es un dos en uno; es decir, consta de dos historias que en principio no tienen relación, salvo el punto de vista crítico y ácido del cineasta, separadas con una ambivalente “ficción” y “no ficción”; ya que como se nos dice en la primera historia, cuando se escribe un relato, por mucho que se base en hechos reales, este pasa a ser una mera ficción. Sin embargo, la parte ficticia es la más corta, apenas dura media hora, y posiblemente se trate de un capricho o una deliciosa arbitrariedad del norteamericano, que se degusta con avidez. Trata muchos de los temas que a Solondz le preocupan, la mayoría de forma tangencial o esbozados con levedad: nos quedamos en el de la liberación sexual, y el sentido o la inconsciencia de la fidelidad parental, en un mundo individual como el Occidental, donde estamos empachados en nuestro ego, y donde la gran mayoría de todos los pensamientos se encaminan hacia nosotros mismos así como a las circunstancias que ejercemos, porque uno puede decidir compartir, incluso puede llegar a amar a otra persona ciegamente, pero: ¿¿Acaso esto no es más que una treta para alcanzar la felicidad personal?? ¿¿No se basa todo en nuestros sentimientos y pensares?? ¿¿No somos nosotros nuestro propio ombligo del mundo?? Storytelling, a pesar de todo, nos permite reflexionar, por ejemplo, acerca del éxito, referido aquí en cuanto a fama, premios, admiración superficial etc., o al afán por conseguirlo; el poder que tiene en la sociedad una persona triunfal o el simplismo con las que en muchas ocasiones nos permitimos calificar a otras personas como racistas, machistas, etc. La segunda historia es más larga, 60 minutos quizás, y es más compleja. Se nos muestra una familia acomodada de los EEUU  desde distintas perspectivas, con la aparición de un ser ajeno que va a filmar un reportaje sobre la adolescencia, siendo la prole -en concreto, el hijo mayor- el foco principal. Desde el arranque apreciamos el patetismo de la humanidad, que no tiene ni idea del por qué vaga por el mundo, ni de su cometido, que cumple funciones por inercia, y que está abducida por las circunstancias. Nuevamente, Solondz nos acerca a un realismo poco atractivo, deprimente, triste, sombrío, carente de hechos sin importancia y de sentimientos encontrados, vale decir, una realidad con la que no deseamos sentirnos identificados, muy incomoda, y que sin embargo, nos va a  ofrecer un espejo de las tinieblas humanas. Aquí no hay héroes, solo personajes mediocres con vidas anuladas. No hay idealismo, más bien un pesimismo bajo el amparo de vidas monótonas y desdichadas. No hay buenos ni malos, o en todo caso, son seres discretos  que disponen de sombras con las que conviven, porque le son propias a la condición humana. A partir de la segunda tesis argumental, podemos pensar, por ejemplo, acerca de la condición humana “per se” del sentido de la vida, del ciclo de la misma o de la niñez-pubertad-adultez-vejez, del poder de la sociedad que emana de los individuos, de la autocomplacencia, del rumbo extraviado, de los valores, de la superficialidad de los anhelos, de la educación, etc. Todo recubierto de un humor negro, macabro, cruel e inmisericorde. Como afirmábamos al principio, Solondz se ha propuesto sacar a relucir las vergüenzas humanas sin contemplaciones, y lo consigue como en todas sus películas. Amarga y liviana, Storytelling es una de esas películas contraproducentes interesantes de observar  para luego darle un carácter reflexivo. Todd Solondz y su dedicado entusiasmo por el zaherimiento.