martes, 12 de abril de 2016

“The Big Lebowski”, Joel y Ethan Coen se imponen a través de la humorada con prosopopeya, y un himno a la indolencia.














































































































La obra de los Coen daría la impresión que se cobija dentro de un argado que acaba por volverse seria. Sus films seducen a través de un tono burlón, pero que progresivamente, y sin renunciar a la comicidad irónica, le van dando forma a una técnica sofisticada que plantean en argumentos con una clara ambición “noir”. Sus films -18 largos y uno corto- evocan tanto a la risa como a la formalidad. Su primera cinta, Blood Simple, de 1984, fue una crapulosa historia de adulterio criminal, que logran implementar gracias a su creatividad en su puesta en marcha y a un humor negro sangriento. De hecho, ambos escriben juntos, Joel dirige y Ethan produce. Su estilismo visual lo logran realizar mediante una cámara nerviosa y rápida, la cual se desliza por súbitos intersticios, al igual que su bricolaje purista y duro. Cuidan la imagen con exhaustiva minuciosidad, los colores están estudiados al máximo, y sus encuadres finamente compuestos. En esta combinación entre impertinencia y refinamiento, su visionalidad logra ser imprescindible. Han ganado cuatro Oscars con el regular film No Country for Old Men, y lograron la Palma de Oro en Cannes 1991, con la formidable Barton Fink, un film que rememora a través de la personalidad de un guionista falto de inspiración, el vínculo entre lo real y lo imaginario, sutil pretexto para criticar al sistema de Hollywood. Poseen dos obras descomunales, una es Fargo, y la irreverente The Big Lebowski, dos alternativas disímiles, pero en el fondo estupendas. Pues bien, en The Big Lebowski, The Dude es un personaje fabricado gracias a las experiencias personales de los hermanos Coen y de Jeff Bridges, el actor que lo interpreta. Ethan y Joel conocieron a Jeff Dowd, miembro del Seattle Seven -un grupo antisistema de los años 60 que se menciona en el film- mientras preparaban Barton Fink. También sirvió de modelo un amigo común, Peter Exline, un veterano de la Guerra de Vietnam, orgulloso de tener en su casa una alfombra que le daba ambiente a la habitación, y que pondrá en el film. El propio Jeff Bridges había vivido en un plan bohemio durante los años 60 y 70, así que no le costó demasiado ponerse en la piel de The Dude. Entre todos moldearon la personalidad y la apariencia de uno de los personajes cinematográficos con un buen caudal de admiradores en el mundo, por detrás de Darth Vader y Han Solo, de Indiana Jones, Hannibal Lecter y de Tyler Durden. La diferencia entre Jeff Lebowski y los demás -héroes y malvados- reside en que él arrastra una legión de fans precisamente porque no tiene una misión específica en la vida, excepto escuchar a los “Creedence”, tumbarse en su alfombra, beber vodka, fumarse un porro al día, meterse en una bañera llena de velas e incienso, y jugar a los bolos. Vive en un nirvana particular y reducida, en el que no tiene cabida ni el trabajo ni las responsabilidades convencionales, y menos la trascendencia. Si se dejara rotular, The Dude sería un hedonista para quien la búsqueda del placer no necesita de excesos ni de lujos. Disfruta de la vida sin incordiar a nadie. Bien mirado, ha alcanzado el status de héroe con la apariencia de un vago anti-héroe que introduce, como su amigo Walter Sobchak, un buen puñado de reniegos en cada frase que pronuncia. Teniendo en cuenta que la película parece más una filosofía de vida que una ficción, no es de extrañar que The Dude posea clubes de fans por todo el mundo, que se creó una religión llamada el “Dudeism” y que la “Lebowskifest” se haya extendido por diferentes lugares del planeta. En The Big Lebowski, estamos ante una historia de perdedores entrañables, de seres que apenas poseen pasado -salvo Walter, el ex combatiente de la Guerra de Vietnam, que interpreta John Goodman- y ni se preocupan por el futuro. The Dude se encuentra en el polo opuesto de los poderosos -el otro Jeff Lebowski- de los violentos -el sheriff, los nihilistas, su amigo Walter etc.- de los sumisos -Brad, el ayudante de Jeffrey, Marty, su casero etc.- y de los intelectuales como Maude, a quienes se les opone siempre con una soberbia tranquilidad. Ni siquiera su lenguaje malsonante lo aleja de una postura  pacifista, salvo que alguien lo llegue a sacar de quicio como el detective privado insoportable, un policía de modales un tanto fascistas, un taxista que escucha a los Eagles y, sobre todo, Walter. Le señala a éste: maldita sea, eres un tonto inacabable, todo lo acabas convirtiendo en una parodia, ¿¿Qué era esa burrada de Vietnam?? ¿¿Qué diablos tiene que ver este asunto con Vietnam?? ¿De qué me hablas??. La interrogante sería: ¿¿Por qué Jeff tiene ese deseo irrefrenable de querer ser The Dude?? Quizás porque intuimos que es feliz con su pasmosa actitud ante la vida, o porque todo lo relativiza, no se estresa ni pierde el tiempo planificando su porvenir. Tal vez lo queremos  porque paga una caja de leche con un bono, y anda por la vida con gafas de sol, sandalias, pantalones cortos debajo de una vieja bata, o porque tiene un lenguaje irrefrenable, quiere a sus amigos y no tiene prejuicios. The Dude también gusta porque nos dibuja una sonrisa verdadera, y como otros grandes personajes del cine, lo recordamos con cariño. Lo mismo nos ocurre con el film, una comedia memorable, divertida e inteligente, un ejercicio del buen hacer cine y una apabullante lección de interpretación. La estructura chandleriana de la cinta, hace que esté organizada en capítulos que se van sucediendo. Tomando como punto de partida una confusión de identidad entre The Dude y el millonario Jeff Lebowski, se crea el primer nudo de acción apenas iniciado el film. The Dude va a acabar involucrado en una trama de secuestro extorsivo de la que tendrá que luchar para salir airoso. A lo largo de las diversas situaciones que guían la trama, se van introduciendo con brillantez un gran número de peculiares secundarios, como un inspirado John Turturro -y su mítica secuencia en los bolos- como el estrambótico rival del equipo en el campeonato de bolos, un estupendo John Goodman como el mejor amigo del protagonista -y causante de parte de sus problemas- un Steve Buscemi que siempre seduce, una artista vanguardista interpretada con corrección por Julianne Moore o un misterioso cowboy actuado por Sam Elliot. Cómo homenaje adicional a las novelas de detectives, los Coen agregan jocosas escenas oníricas que no tienen desperdicio. La película se desarrolla en Los Angeles, lugar que se puede moldear al antojo, y convertirse en un escenario ideal. Los Coen nos enseñan los bajos fondos y la alta sociedad, los barrios residenciales y las mansiones sobre las que rompen las olas del Pacífico, un lugar donde cualquier personaje es verosímil. Para completar el ambiente, el film tiene una magnífica música a cargo de T Bone Burnett, con canciones  de la “Creedence Clearwater Revival” y la sombría The Man in Me de Bob Dylan, además de la BSO compuesta por Carter Burwell. La historia gira en torno a una coincidencia peculiar, como suele ser costumbre en las cintas de los Coen, donde existe un hombre rico en LA también llamado Jeffrey Lebowski -David Huddleston- cuya mujer, Bunny -Tara Reid- le debe dinero a un pornógrafo de nombre Jackie Treehorn -Ben Gazzara- lo que provoca que un par de bravucones de Treehorn confundan a The Dude con el Lebowski millonario, y acudan a su casa reclamando el dinero que Bunny les debe. Durante este episodio, uno de los matones orina en la alfombra que The Dude tiene en su pequeño salón, hecho que le contará a Walter en los bolos, quien convencerá a The Dude que el otro Lebowski debe pagarle su alfombra por ser él el causante de lo ocurrido. A partir de aquí, The Dude se verá envuelto en una serie de situaciones tan reales como inverosímiles al intentar ayudar al Sr. Lebowski en la tarea de pagar el rescate de Bunny, la cual aparenta ser secuestrada. En los bolos descubriremos los secretos y las circunstancias del pasado de cada personaje, así como se desarrollarán sus caracteres y principalmente su evolución. Por lo tanto, asistimos al contraste psicológico de Walter, su frustración y su violentista rabia para desahogarse. Aparece Jesús, otro personaje importante. En ese instante, reflexionarán sobre la propuesta de Lebowski, y el dinero que ganará The Dude. Habrá referencias a Lenin y a los Beatles etc., dentro de esa confusión ideológica surrealista que poseen los personajes. Los bolos van a representar un lugar de liturgia, una Iglesia donde se encaminan las cosas. Dentro de ese desorden de idealismo, llega un pacifista que pasa de la política a tener una foto de Nixon, unos nihilistas que parecen ser los más capitalistas de la cinta; un defensor de Lenin que muestra sus respetos por los nazis antes que por los nihilistas porque “es una doctrina” etc. Sensacional batiburrillo. Uno de los recursos predilectos de los hermanos Coen sale a flote, y podemos apreciarlo varias veces: son los planos amplios o generales que pasan a cortos o planos detalle mediante el montaje, travellings de acercamiento o con zoom. Son muchos los ejemplos que podemos mencionar, Jesús preparado para lanzar una bola y la cámara que se acerca a su nombre cosido en la camiseta; el plano general sobre los nihilistas en el restaurante que va a plano detalle de la chica con su pie vendado delatándola como la dueña del meñique itinerante; el plano en la limusina de Lebowski, que pasa de encuadrar al millonario junto a un joven Philip Seymour Hoffman, para luego centrarse solamente en el primero mientras recrimina la incompetencia de The Dude y éste descubre el supuesto dedo de Bunny; o en una escena en los bolos, cuando una grúa nos lleva de un plano general, donde vemos lanzar a Walter, a uno más corto donde éste hablará con The Dude mientras un teléfono que no quieren contestar, no para de sonar. Un tormentoso, y cómico teléfono que parece recordarnos el del italiano Sergio Leone, en Once Upon a Time in America, de 1984. La película no tuvo buena acogida en su momento y recibió muchas críticas pero el tiempo la ha convertido en una película de culto, y no es para menos. Hablamos de 118 minutos de risa continuada, motivada por las situaciones a las que tiene que enfrentarse The Dude, y por los diálogos que mantendrán éste y Walter, charlas que posiblemente sean lo más destacable si tuviésemos que destacar algo por encima de lo demás, teniendo en cuenta que el conjunto de la película es de gran calado. The Big Lebowski es una propuesta innovadora, divertida, con un ritmo endiablado, desternillantes diálogos, y una galería de personajes que hacen de ella un film redondo, donde, como en las buenas novelas negras, lo importante no es el resultado final, sino todo lo que ha pasado a lo largo del camino. Recomendable 100%. Joel y Ethan Coen se imponen a través de la humorada con prosopopeya, y un himno a la indolencia.