viernes, 8 de abril de 2016

“The Witch”, Eggers recurre a la originalidad dentro de una confusa laboriosidad familiar y su ataxia psicológica.































































































Aquellos que observamos -más por exigencia que por exacerbación- films de terror, recordaremos siempre The Innocents de Clayton, donde el miedo nos sorprende a través de su esencia naturalista, adentrada en el intelecto fácilmente impresionable de una estricta institutriz -una estupenda Deborah Kerr- que es contratada para conducir la educación de dos niños huérfanos, en una enorme mansión rural. El siempre entreverado vínculo entre adultos y niños, el intelecto que suele liberar nuestros traumas a través de brujas o fantasmas -que en este caso evocan los inicios del cine- a través del guión del escritor Truman Capote y Archibald, quienes hacen un homenaje que alcanza instantes sobrecogedores. The Witch, película del joven guionista y director yankee Robert Eggers, tiene mucho de lo que proponía Clayton en 1961, aunque estiliza con refinado talante su oferta cautiva. Esta cinta hace de la sugerencia una virtud, y se alinea a films que fueron trascendentes en el ida y vuelta del género, como las notables Cat People y I Walked with a Zombie de Tourneur, la incesante Vredens dag de Dreyer, o la formidable Rosemary's Baby de Polanski. Eggers aborda la escalofriante presencia de niños muertos, de espíritus malignos, de la duda del cristianismo, de lo sobrenatural, y de la brujería simbólica, dentro del tétrico universo de los seres vivos. Quienes son amantes del terror busquen la película en Internet, o esperen un par de semanas que la estrenen en Lima, porque es un buen soplo de aire acondicionado para que el género pueda sentirse menos maltratado, y el fans reconfortado. Eggers pisotea y se salta los patrones preestablecidos para introducirnos en una familia mono-parental formada por William -Ralph Ineson- el padre de familia; Katherine -Kate Dickie- su esposa; Thomassine -Anya Taylor-Joy- la hija mayor; Caleb -Harvey Scrimshaw- el hijo mediano; y los gemelos Jonas y Mercy. Lejos de las corrientes modernas del cine de terror de convertir el monstruo o a la incertidumbre en un reflejo externo de las debilidades de los protagonistas, dejando la duda sobre si lo paranormal luce real o psicológico; Eggers plasma su historia a través del uso de una iconografía propia, con un enfoque lóbrego, y no una simple pesadilla. Además, huye de golpes de efecto o de visceralidad, apostando en crear una atmósfera además de una tensión in crescendo que nos van a ir afligiendo a medida que avanza la narrativa de modo parejo, casi sin problemas. Eggers teje un mundo encapsulado en la abandonada casucha en la que tiene lugar la acción, y nos hace participes de la misma a través de personajes cuya mayor defensa son la oración y el uso del inglés antiguo. Estos son elementos que incrementan la sensación de ser testigos de algo perteneciente a una leyenda de un tiempo y lugar lejanos -Nueva Inglaterra del Siglo XVII- y cuando los sucesos se van produciendo nos daremos cuenta que estamos ante la presencia de factores que escapan a toda lógica que emana de la realidad, porque son demasiado perversos para aparentar ser reales, cercanos como para negarlos o sorpresivos con la aparición de animales macabros. A través de sus acciones, nos presentan a la bruja como una criatura salida del infierno, ajena al esbozo de humanidad, y con una sed insaciable de atormentar a sus presas por el simple placer de martirizarlas, hecho original que es muy interesante.  Eggers va en búsqueda de un cuento folklórico, y acierta en su propuesta porque la fundamenta en mitos, historias, y sobre todo, en supersticiones, la gran mayoría basadas en la certeza familiar que siendo un buen hijo de Dios y librándose de todo tipo de pecado -la lujuria, la soberbia, la ira etc.- todo saldrá bien. Es con esta novedosa idea -puede que no sea del todo verosímil- que una familia de colonos decide iniciar una nueva vida en una granja dentro de un bosque tras ser expulsados de una colonia por cuestiones de fanatismo religioso de William. Se instalan, tratan de ordenarse, trabajan, siembran, rezan, pero la cosecha no da los frutos esperados, la comida escasea, pero la expresión familiar -los primeros planos de sus integrantes son logrados- se mantiene fuerte. No tarda en acontecer una primera tragedia que trastoca a la familia. Sam, el nene recién nacido, desaparece misteriosamente mientras estaba a cargo de su hermana mayor afuera de la vivienda. A partir de ese instante la desesperación se adueña de la familia. La fe se incrementa porque William así lo decide. Pero, los vínculos empezarán a sufrir por otros hechos extraños cuyo origen se ubica en lo profundo del bosque. Seguirán otros incidentes que buscarán terminar con la frágil moral familiar -Caleb es conducido por un conejo donde la bruja y queda estigmatizado, muriendo a los pocos días- quienes van a señalarse entre ellos como culpables de todo lo malo que les sucede, con una mirada -muy bien pensada por Eggers- más acusatoria hacia las mujeres. El norteamericano nos propone un viaje, desmitificador, hacia los orígenes de los EEUU, y nos integra a los ingleses fundacionales que se enfrentaron al desconocimiento del nuevo mundo que se despliega tozudo ante sus ojos. Eggers ataca la palabra de Dios, la empequeñece, no le da crédito y la pone en manos de un factor superior. Los lazos que unían a los miembros de esta familia parecían ser arraigados, pero cuando la bruja opere y ponga a prueba sus exacerbadas creencias religiosas, unidas a la ignorancia y al temor por lo ignoto, contribuirán a su fractura, y la familia acabará desintegrándose quedando a merced de los poderes malignos que la acechan. Eggers ha llevado a cabo un loable esfuerzo por trasladarnos, de la manera más fidedigna posible, a un mundo y una época en el que folclore y las leyendas se forjaron en torno a criaturas sobrenaturales que bebían de la mano de Satán, y colonos que recurrían a su fe para intentar dar respuesta a todo aquello que no sabían, y que los superaba. Gracias a una excelente filmación -Eggers gana a Mejor director en Sundance- una cuidada y bien exhibida ambientación, la fotografía correcta -la iluminación es un muy buen ejemplo de una ardua tarea- una BSO desquiciante -sublime en algunos pasajes- el buen actuar de todo el elenco -la presencia de la joven Anya Taylor-Joy es trascendente en el film- y a una cadencia rítmica que le permite al cineasta incluir a la “maldad” de manera gradual y subterránea. Otro acierto de Eggers es el de crear una atmósfera malsana y viciada. El mal brota y va a  acabar enquistándose, a través de detalles que irán golpeando la fe familiar poco a poco, debilitándola, y dando paso a la desconfianza, hecho que delata la fragilidad del discurso religioso. En este sentido, el poder de la religión y la fe, como únicos antídotos ante todo aquello que resulta extraño, oculto e inexplicable, no hace otra cosa que actuar como hilo conductor a la hora de propagar el horror, imponer la discordia, y descomponer los lazos familiares que se presumían cohesionados. En el fondo, Eggers compone un cuento de brujas explicado desde una perspectiva que nos era desconocida. Por momentos, estamos frente a una cinta fascinante, donde la desesperación de esta familia superada por la puesta a prueba tanto en sus creencias como en sus vínculos, nos llegará de un modo contundente y a la vez hermoso. Sin grandes aspavientos, sin sustos de cara, dosificando y resolviendo con prudencia y pudor los nudos de acción y los momentos de horror, The Witch se transforma en una seductora fábula terrorífica de magnitudes épicas que cuece a fuego lento, y que corona sus argumentos a través de una acertada última secuencia, polémica hasta el hartazgo. Eggers recurre a la originalidad dentro de una confusa laboriosidad familiar y su ataxia psicológica.