jueves, 12 de mayo de 2016

“Deus e o Diabo na Terra do Sol”, Glauber Rocha: La estética del hambre, de la Patria, y de la violencia.




















































































Tras abandonar sus estudios de derecho, Glauber Rocha ejerce de periodista y participa en la efervescencia cultural brasileña. El futuro portavoz del Cinema Novo es un polemista temible, que se propone derrumbar los valores establecidos a través de una serie de artículos que se publican en La revisión crítica del cine brasileño, en el año 1963. En sus primeros films muestra una curiosa vena experimental. Ni el neorrealismo ni el realismo socialista satisfacen su vocación innovadora. Sin embargo, en su primer largometraje, Barravento, de 1961, Rocha refleja sus inquietudes. El papel de un mediador taumaturgo, que se mezcla con los pescadores explotados le da un sentido existencialista a la propuesta. Presentado a modo de manifiesto como modelo para las cinematografías emergentes del Tercer Mundo, Rocha reformula los componentes de la puesta en escena, y de las estructuras del relato, y se remite a las tareas de la creatividad de un lenguaje propio, entroncado en su imaginación, así como en aquel contexto cultural de la tierra donde proviene. Las ilusiones políticas enterradas tras el golpe militar de 1964, encuentran en su cinta Terra de transe, 1967, su expresión más lacerante. Pero, el populismo, el reformismo, los artilugios políticos, y la tentación mesiánica de la lucha armada etc., no es lo único que Rocha se cuestiona en esta obra desbordante de vitalidad. Antonio das Mortes, de 1969, constituye para el autor una variación apoteósica. La filma a color, como lo hace en Deus e o Diabo na Terra do Sol o Dios y Diablo en la tierra del sol, de 1963 -film que comentaremos- se encomienda a los paisajes rurales del Noroeste, y acoge a una persona procedente del medio urbano. Estos arquetípicos son estáticos y casi abstractos, en las dos cintas que filma Rocha en el exilio: O Leão de Sete Cabeças, 1971, y Cabezas cortadas, de 1970. El estallido del lenguaje, la obsesión por la deconstrucción, desordenan el discurso de Rocha, cuando en realidad el brasileño se disponía en difundirlo para el Tercer Mundo. El brasileño realizó un cine que contenía la poesía de Ford o Tarkovsky, el montaje de la Nouvelle Vague, la fotografía de Bergman, el amor a la tierra y a las tradiciones de Emilio Fernández, el surrealismo de Buñuel y el compromiso político e ideológico de Costa-Gavras. Los caminos de Rocha y de Godard se cruzaron en el drama Vent d’est, en 1970, donde ambos cineastas conversan acerca de la película que se filma en ese momento y donde el brasileño es un testigo de la observancia del francés. Glauber Rocha, el cineasta incomprendido y aislado, pero creador de maravillosas perspectivas, muere prematuramente. Brasil perdió un formidable creador  de formas, un apóstol de un cine siempre propulsor de la innovación, predicador de una revolución inalcanzable, un infatigable agitador cultural. Que hubiera pensado Rocha, de estos atormentados tiempos en donde se acaba de producir un hecho histórico en nuestra Latinoamérica: la destitución de un Presidente de su país, hace unas pocas horas, y sin una gota de sangre. Pues bien, Deus e o Diabo na Terra do Sol o Dios y Diablo en la tierra del sol, de 1963, es un western dramático, y de aventuras ambientada en los años 40, donde Rocha utiliza materiales heteróclitos, hecho que constituye una de las mayores innovaciones del film, y de su cine. Una más que notable proposición que integra dialécticamente las influencias de la genialidad del maestro ruso Eisenstein, del Neorrealismo Italiano, de la literatura popular del Noroeste brasileño, la complejidad coral de la ópera, la sencillez de la melodía también popular, los elementos concretos de su región natal, y la parábola acerca de las opciones políticas que plantea con dureza el subdesarrollo. De esta manera, el brasileño logra crear un lenguaje y una narrativa riquísima, barroca, que se va a convertir en la seña de identidad del Cinema Novo. Es un cine de fuerza, raza y radicalidad. Una cinematografía purista, de parajes salvajes y cautivadores con una ácida crítica social y política hacia los estamentos gobernantes de nuestra América Latina, y hacia el continuismo presente en el ser humano. El film que mejor define su forma de hacer un cine perturbador es sin duda Dios y Diablo en la tierra del Sol. Extraña, compleja y diferente, encierra todas las virtudes del cineasta brasileño. Una fotografía luminosa y desasosegante, una historia nietzscheana, y unos personajes alienados por la religión y por unos líderes que los conducirán a un final fatalista. Rocha traslada a la pantalla en forma de metáfora poética la dualidad existente en aquel Brasil de la época. Refleja a la perfección cómo el ser humano se enfrenta a lo largo de su vida a la disyuntiva de elegir entre el bien y el mal, las ataduras y la libertad, contra la firmeza y la inseguridad. Rocha analiza con maestría las relaciones de poder y dependencia que se establecen entre el “amo” con el “sirviente” así como los efectos que esta subordinación provocan en el inconsciente. El brasileño narra como si fuera un trovador de la edad media, a través de una canción popular que abre y resume el inicio y final de las principales secuencias. Es un elemento novedoso, y que confiere a la propuesta un halo de espiritualidad y tradición narrativa inspirada en los cantares de gesta medioevales. La película se inicia con un espléndido plano tomado en helicóptero del desierto brasileño que acaba en un primer plano de una vaca muerta en estado de putrefacción carcomida por las moscas. Nos cuenta la historia de un vaquero llamado Manuel, pobre y descastado, que harto de las vejaciones e injusticia a las que es sometido por el terrateniente para el que trabaja, quien lo culpa de la muerte de cuatro de sus vacas, acaba matando a su patrón, y huyendo junto con su mujer Rosa al Monte Santo, lugar donde habita un iluminado santón, llamado Sebastián, que promulga la salvación de todos los que decidan seguir su credo. El recelo y los prejuicios que provoca el suceso en la Iglesia tradicional y en los poderes políticos son extremos. La Iglesia incita a estos poderes fácticos a contratar a un asesino llamado Antonio Das Mortes, que junto con sus matones tratarán de acabar con la vida del nuevo profeta, y con la de sus seguidores. Cegado por la promesa del hombre santo de guiar a sus seguidores hacia una Tierra Prometida llena de verdes campos, cristalinos lagos y abundante comida, Manuel se une con radicalidad a su profecía distanciándose de la mujer, y participando en salvajes penitencias y sacrificios de niños inocentes. En un acto de liberación, Rosa acabará con la vida de Sebastián en el mismo instante en que el asesino contratado por los mandos políticos, inicia la matanza contra los miembros de la Iglesia del Monte Santo. Esta escena nos recuerda con claridad a aquella de la escalera de Odessa, de Bronenosets Potyomkin, 1925, de Sergei M. Eisenstein. Después de huir del Monte Santo, Manuel y Rosa se toparán con Corisco, un bandido conocido como el Diablo de Lampiño. El caco y pillo tratará de captar a Manuel para complotar una venganza en contra de los terratenientes y las fuerzas que ostentan el  poder para conseguir, por medio de la violencia, la liberación de los pobres. Los métodos de Corisco son despiadados, incluyendo descuartizamientos a machetazos. Pero, a pesar de su salvajismo, Corisco no es más que un pobre sujeto sin nada y vacío, cuya misión se antoja utópica, y que acabará como empezó. Entre los dos personajes que representan a Dios y al Diablo se sitúa el asesino Antonio Das Mortes, un antiguo campesino metido a criminal por miedo a la miseria. Descubriremos que sigue los pasos de Corisco para acabar con su vida, y en su búsqueda pronunciará una de las frases que resumen el espíritu de la película: “Habrá una guerra sin la ceguera de Dios y el Diablo, y para que esa guerra empiece pronto es preciso matar a Sebastián y a Corisco”. Rocha realiza el desenlace con un formidable travelling acompañado por el cántico final del trovador en el cual observamos a Manuel y a Rosa huir desorientados hacia un porvenir incierto,  mientras el cantor rememora que “La tierra es del hombre, ni de Dios ni del Diablo”. A través de una filosofía purista y utópica Rocha nos recuerda que el hombre esclavo de instancias superiores -representado por Manuel- es prisionero de los fanatismos que prometen la salvación, bien sea a través de la oración -Dios- o la violencia -El diablo- siendo ambos extremos no tan diferentes como la gente piensa ya que ambos usan rituales agresivos, y el sectarismo para radicalizar a sus seguidores, y se sostienen mediante ídolos no visibles -Dios y la libertad- para captar nuevos miembros que terminan presos de ambos. Del mismo modo, Antonio Das Mortes representa al hombre que se rebela contra la injusticia y las falsas deidades, y cuya ideología arrancará las cadenas que condenan al hombre, siendo este el  único medio de ir al encuentro de esa libertad tan añorada por el hombre oprimido. A destacar, además del mensaje que se desprende, la belleza paisajística de su fotografía, las escenas hiperrealistas de procesiones y primeros planos de gente pueblerina, los planos generales atiborrados de misticismo en los discursos del santón, su innovador montaje y las escenas explícitas de violencia. Nos encontramos ante una obra imprescindible para los amantes del cine de autor, y con la obra maestra de un director único. Excepcional film. A no perdérselo. Glauber Rocha: La estética del hambre, de la Patria y de la violencia.