domingo, 8 de mayo de 2016

“Gattaca”, Andrew Niccol induce a que la condición humana se arrodille ante la tecnociencia, que se erige herramienta absoluta de segregación.




















































































Andrew Niccol, productor, guionista y director neozelandés, es nacido en 1964 en Nueva Zelanda. A partir de los años noventa del siglo pasado, el cine norteamericano fue víctima y culpable de la sobreexplotación de títulos en producción, sistemas de trabajo apresurados, y una deficiente elección de escritores que la transformó en una oquedad de libretos carentes de inventiva, argumentos a medio desarrollar y personajes bidimensionales. Es por estas razones -existen otras más- que la aparición de intelectos creativos como la de Andrew Niccol fue celebrada como una posibilidad genuina de cambio. Desgraciadamente, los guionistas virtuosos deben luchar contra un entorno poco propicio, que puede acabar secando su inventiva, y asimilándolos a una superficialidad vigente. Pese a participar en films de disímiles características como The Truman Show, en 1998, como escritor del film de Weir; Gattaca, en 1997, como guionista y director, The Terminal, en 2002, colaborando con una historia que dirigió Spielberg, el estilo de Niccol, se ha caracterizado por una mirada inquisitiva a la realidad, disfrazada con argumentos acerca de entornos ilusorios, donde para alcanzar la libertad sus protagonistas tienen que someterse a la estrictez de las reglas. Niccol llegó a los EEUU a mediados de los años 90, después de haber desarrollado en Londres una fructífera carrera como gestor de publicidad, llevando bajo el brazo una ambiciosa carta de presentación: el guión de The Truman Show, con el que captó la atención del productor Scott Rudin. La intención de Niccol era encargarse él de la dirección, sin embargo, el proyecto adquirió dimensiones insospechadas. Jim Carrey se sintió atraído por la trama, observando en la misma de romper con su imagen de humorista histriónico, y demostrar que poseía la capacidad de aceptar roles dramáticos. Por otro lado, el presupuesto se elevó de la nada a 60 millones de dólares, haciendo dudar a Rudin de colocar a un buen hombre inexperto al frente de una cinta nada barata. La dirección se le concedió a Peter Weir, un cineasta de mayor fiabilidad, autor de films de prestigio, y por asegurar el éxito en taquilla. El guión de Niccol nos presentaba una fábula futurista acerca del mundo de la TV, y las cada vez menores barreras morales a la hora de obtener un éxito de audiencia. En este caso, Carrey es un hombre nacido y criado en un entorno artificial y controlado para intentar replicar la evolución de una vida corriente ante las cámaras. A lo largo del metraje, la historia adquiría diferentes lecturas, no sólo en referencia al mundo televisivo, sino también a modo de distopía orwelliana, donde el “Gran Hermano” controla el destino de los personajes, -un despertar nietzscheano- en el que el ser humano es consciente de su situación de esclavitud, y que deberá revelarse contra su creador para poder liberarse. Niccol combinaba una premisa novedosa, un desarrollo inteligente, diálogos solventes, y una intensa interacción de drama, comedia, discurso y emoción. Esto, sumado a la inventiva visual de Weir, cuya puesta en escena empleaba todo tipo de ángulos y perspectivas para enfatizar la idea de varias cámaras invisibles que rodean al protagonista, y una cuidada dirección de actores, dio como resultado una experiencia estimulante. El proceso de producción de la película fue lento y laborioso, tardando dos años en llegar a la gran pantalla. En este lapso de tiempo, y tras aprender la lección de no mostrar guiones ambiciosos, si quería encargarse de la dirección, Niccol ideó una nueva historia más austera, pero que redundaba en la visión humanista del individuo frente a las limitaciones de una sociedad evolucionada. Con un presupuesto de 20 millones de dólares, el neozelandés debutó con Gattaca, en 1997, una cinta de carácter futurista en la que nucleaba a una civilización donde los avances en la genética desestabilizaban aún más las diferencias sociales, creando diferentes castas y clases. En este futuro alternativo, el destino estaba ya predeterminado por la genética, definiéndose desde la concepción de la persona sus capacidades y aspiraciones laborales. Luego ampliaremos. En 2002, Niccol guiona y dirige Simone. La trama nos presentaba a un director en decadencia, quien tiene la posibilidad de generar a la primera y bellísima actriz virtual, “S1mone” -abreviación dela palabra “Simulation 1-. El humanoide se convierte en la intérprete ideal, capaz de seguir a la perfección las instrucciones del director, sin tener que soportar los caprichos de las estrellas de cine. Sin embargo, Simone se transforma en algo más, tras el éxito de su lanzamiento actoral, ya que pasa a convertirse en depositaria de las inseguridades y resentimientos del protagonista. Niccol abandona el tono solemne de las dos películas anteriores para decantarse por la comedia amarga e irreverente, destacando la interpretación de Al Pacino, pero sobre todo la de Rachel Roberts -esposa de Niccol- como Simone, con un punto de artificiosidad que se trata realmente de una atinada recreación virtual. La puesta en escena del cineasta es más plana de lo que se esperaba, pero no por ello carente de interés, destacando sobre todo la representación de las películas dentro de la película, plot inteligente que consigue aceptables registros por parte de los actores. Luego vino The Terminal, en 2004. Existen encargos que son imposibles de rechazar, y la oferta de participar en una película de Steven Spielberg en Hollywood es uno de ellos. Andrew Niccol pasó a formar parte del equipo del famoso director, inspirándose en un hecho real: la historia de Merhan Nasseri, un refugiado iraní que desde 1998 tuvo como lugar de residencia el aeropuerto Charles De Gaulle, siendo incapaz de entrar en territorio norteamericano o europeo por cuestiones burocráticas. Bajo la apariencia de una comedia ligera, al servicio de las espléndidas habilidades de Tom Hanks, el film de Spielberg se propone hacer una reflexión sobre la inmigración, las fronteras internacionales cerradas, la burocracia o la inestabilidad política tras el 9/11. Estos elementos van a cobrar más trascendencia para el gran cineasta que la historia de Merhan Nasseri. En ese sentido, la propuesta se basa en algunas características intrínsecas al cine de Niccol. En primer lugar un entorno regido por una burocracia feroz que anula la lógica humana. El aeropuerto JFK pasa a convertirse en un microcosmos repleto de historias particulares que habitan en un espacio de tránsito para el resto de la gente. Es en este momento en el que la norma se antepone a la persona, y que lo que fue ideado como un modelo utópico desemboca en una distopía a una escala diminuta, aunque no diferente a la que ya observáramos en The Truman Show o Gattaca. El film fue recibido con cierta dureza por parte del público y la crítica, quienes no vieron con buenos ojos que una premisa tan realista e incisiva fuera tratada de manera ligera y amable por Spielberg. Sin embargo, si bien las críticas no carecen de fundamento, la película no se limita únicamente a eso, y bajo esa patina de ingenuidad y buenos sentimientos, encontramos también un mensaje preocupado por los efectos de políticas sujetadas por la desconfianza y la paranoia. Hasta ese momento, los trabajos cinematográficos de Niccol habían contado con cierto material fabulador, donde incluso su historia de corte más realista, The Terminal, se sostenía en la metáfora y la cuentística, y no en ser un reflejo verosímil del realismo. Por otro lado, todos sus personajes habían sido héroes intachables, incorruptibles al desaliento y rebeldes contra una sociedad adversa. Todo esto cambió en 2005 con Lord of War. Para esta película, el guionista y director llevó a cabo un proceso durísimo de documentación, llegando a contactar con verdaderos traficantes de armas, quienes luego participaron en la producción del film como supervisores adjuntos. Si bien la historia es ficticia, sí está inspirada en personajes auténticos, de ahí que el protagonista, Nicolas Cage, esté basado en el traficante ruso Viktor Bout, aunque también toma eslabones de otros cuatro referentes reales. La trama puede ser vista como una crítica al impacto y la globalización del mercado de las armas, pero también como una denuncia del reverso oscuro que existe en la política internacional, y del desequilibrio social que causa  ya que las armas son fabricadas y vendidas por las grandes potencias del mundo. Sin embargo, sus víctimas son de menor escala, como los niños soldados del África. La impunidad ante la ley, el enriquecimiento rápido que se consigue con este tipo de negocios ilegales o la dilapidación moral que produce el poder en el ser humano son otros de los temas que van confluyendo en el film. Lord of War es otro ejemplo de la ambición literaria de Niccol, aunando una obra dinámica, atractiva, no exenta de humor, y con una apuesta narrativa sólida con carácter de denuncia que atacaba a diferentes estamentos de poder en los EEUU. En esta ocasión, la crítica alabó el trabajo del cineasta, y su empeño por ofrecer obras de aspiraciones mercantiles que se escaparan de la gelidez de la norma y los patrones imperantes; sin embargo, a nivel de distribución y taquilla, la cinta se vio afectada por las reticencias de los estudios a la hora de dar salida a una historia controvertida, sobre todo en lo referente al mercado yankee, donde es un negocio muy fructífero y rentable. Esto afectó la taquilla mayor, y por extensión, a la carrera de Niccol, quien tardó seis años en regresar a la gran pantalla, con In Time, y posteriormente con The Host y Good Kill, que saltearemos por ahora… Pues bien, todo lo anterior es interesante para poder comentar una película como Gattaca. No olvidemos que la cinta se tituló en un inicio bajo el nombre de The Eight Day, el cual era una referencia bíblica que apuntaba a implicar que el hombre se había atrevido a intervenir lo que Dios había creado, vale decir, un hombre imperfecto podría buscar abrirse camino en un mundo dominado por la supuesta perfección artificial otorgada por la todopoderosa ingeniería genética. Gattaca es un film situado como lo más bajo del escalafón de los llamados “hijos de Dios”, aquellos que fueron modificados genéticamente, arrastrando una serie de taras hereditarias que los etiquetaban como no aptos para las aspiraciones de un “superhombre”. Una vez más, Niccol nos presenta un héroe infinito, un hijo de Dios que se rebela contra su destino y sacrifica toda su vida en pos de la búsqueda de un sueño, viajar a las estrellas, más allá de esa estructura social discriminadora, en la que se juzga a las personas por lo que tienen al nacer, y no por lo que son capaz de lograr en la vida. La historia es sumamente estilizada, pensada para situarnos en un futuro cercano -a través del plot o el diseño industrial de los edificios y automóviles- pero diseñada de acuerdo a los patrones estéticos del cine negro clásico de los años cincuenta a través de esa postura detectivesca, acerca del asesinato de un personaje que sirve de motor del argumento, o la caracterización de los personajes. La frialdad de la puesta en escena o el apartado técnico, y la desafectada interpretación de Ethan Hawke, la bella Uma Thurman y Jude Law, contrasta con el subtexto emocional de la cinta, es decir, la historia de los dos hermanos, el creciente romance entre los dos protagonistas, la relación de amistad de Vincent y Jerome, ese clímax final, esperanzador y trágico al mismo tiempo, logrando extraer una gran y notoria sensibilidad en esos breves instantes en los que los personajes dejan entrever su frustración interior y sus deseos de liberación. Curiosamente, Gattaca se estrenó en 1997, un año antes que The Truman Show, de manera que cuando esta llegó a las salas de cines, Niccol ya había sido celebrado como uno de los nuevos y eficaces directores de la meca hollywoodense. Trataremos de explicar esta muy buena película que no debería dejar de repasarse. En un evento distópico donde la sociedad ha sido categorizada según su tipología genética, Vincent Freeman -un notable Ethan Hawke- decide asumir la identidad de Jerome Morrow -Jude Law- un perfecto espécimen genético parapléjico tras sufrir un accidente automovilístico, y así cumplir su sueño de viajar al espacio. Vincent es presentado como un error de la naturaleza. Y es que él vive en una sociedad en la que los individuos que nacen de forma natural, y sin la ayuda de la ingeniería genética, son encasillados en un subvalorado segmento social, a diferencia de aquellos cuya concepción fue genéticamente alterada, lo que les ha permitido ser considerados como personas “válidas” dentro del universo en el cual se desarrollan. Es a raíz de esto que las aptitudes de Vincent no son tomadas en cuenta por quienes lo rodean, quienes lo juzgan por su predisposición a adquirir miopía y una enfermedad cardiaca que ha reducido su expectativa de vida. Sin embargo, Vincent nunca acepta el destino que la sociedad le impone. De hecho, cuando todavía era un niño, solía competir en pruebas de natación y resistencia física con su hermano Anton, quien pese a su supuesta perfección genética, en una ocasión debió ser rescatado por Vincent de una muerte segura. Tras años de realizar trabajos menores, Vincent decide tomar ciertas medidas para cumplir el sueño de su niñez, y convertirse en un astronauta. Es entonces, cuando a través de un comerciante de ADN, conoce a Jerome, quien luego del accidente, quedó confinado a una silla de ruedas. Una vez que Vincent asume su identidad, logra infiltrarse en una empresa llamada “Corporación Gattaca”, la cual se encarga de diversos viajes al espacio. Lamentablemente para él, cuando está a punto de cumplir la travesía de viajar a una de las lunas de Saturno, el mandamás del programa espacial es asesinado, lo que pone en peligro su falsa identidad, y sus posibilidades de ser incluido en la misión interplanetaria. En la cinta de Niccol, la tensión proviene de dos conflictos en particular. Primero, existe la posibilidad que Vincent sea descubierto; debido a la infinidad de sistemas de seguridad con los que cuenta la empresa donde trabaja. El protagonista se ha visto obligado a tomar una serie de medidas que buscan ocultar su verdadero ADN en un lugar donde hasta una pequeña pestaña podría delatarlo. Segundo, el director del centro espacial, quien había cuestionado la misión a Saturno, ha sido encontrado muerto, por lo que la policía ha comenzado a olfatear e identificar al personal en busca del culpable. Crece la posibilidad que una computadora establezca un vínculo entre Vincent -quien antes oficiaba como conserje- y Jerome, quien ejerce como nuevo programador espacial. Al mismo tiempo, el protagonista establece una relación amistosa con Irene -Uma Thurman- una atractiva mujer que trabaja en el lugar, pero que ha sido excluida de la misión debido a que ha obtenido puntajes deficitarios en algunas áreas. Pronto, nace una atracción innegable entre ambos, pero un romance en esta clase de mundo suele ser peligroso, incluso un beso puede ser suficiente como para identificar a los involucrados. Lo interesante de Gattaca es que en cierto modo encierra dos historias en una. Por un lado, brota la sensitiva historia de Vincent, quien lo único que desea es superar todos los obstáculos que han sido puestos en su camino. Esta subtrama sirve para personalizar uno de los mensajes que contiene el largometraje, permitiendo que los que observan se identifiquen con Vincent. El protagonista es un hombre común, un personaje que existe porque sus fallas son percibibles. Jerome en cambio, es presentando como su polo opuesto ya que posee todo lo que Vincent desea, con excepción de la determinación a toda prueba del mismo. Niccol realiza una comparación honesta entre un hombre imperfecto con uno que es percibido como disímil. De forma paralela, Gattaca entabla un debate moral acerca de los problemas que pueden surgir en una sociedad guiada por la discriminación de ciertos individuos a causa de su código genético. Una serie de científicos han señalado al film de Niccol como un ensayo bioético, debido a que no apunta a la ingeniería genética como la responsable del problema, sino que más bien establece que el problema surgiría solo si la sociedad está dispuesta a aceptar una ideología genetista que observa a los humanos como la mera suma de sus genes. En las interpretaciones, el elenco realiza un trabajo integrador. Hawke convierte con éxito a Vincent en un personaje entrañable, el cual demuestra tener una química innegable con sus compañeros de reparto, en especial con Jude Law, quien personifica a un Jerome inteligente, cínico y amargado, incapaz de abandonar el sistema que lo ha convertido en la persona que es. Uma Thurman lo hace con plena solidez, y acompaña con corrección aquel interés amoroso de Vincent. La fémina va a caracterizar a una mujer que ha optado por renunciar toda esperanza de cumplir sus sueños. Técnicamente, su impecable aspecto visual es el que resalta. Niccol se preocupa de establecer que la cinta posea una intachable dirección artística, la misma que evoluciona mediante las interpretaciones, la combinación de escenarios en los cuales priman los avances tecnológicos, y una estética que hemos descrito como la de un film noir clásico. Todo esto es complementado por un buen trabajo de fotografía, y por la selección de una paleta de colores en la cual priman los tonos amarillos y azules, con lo cual se logra generar en nosotros una sensación de desesperanza que es también es compartida por los actores. Por último, es necesario destacar la estupenda BSO que siempre va de la mano con las fases más emotivas del relato. El film de Niccol se estrenó durante la década en la cual se desarrolló el “Proyecto del Genoma Humano”, el cual pretendía identificar aproximadamente 25,000 genes en el ADN humano, y recolectar información como para poder realizar avances en el desarrollo de la ingeniera genética. Formidable film de culto. Andrew Niccol induce a que la condición humana se arrodille ante la tecnociencia, que se erige herramienta absoluta de segregación.