martes, 17 de mayo de 2016

“Gelegenheitsarbeit einer Sklavin”, Alexander Kluge, precursor del joven cine alemán.























































































Alexander Kluge nacido en Halberstadt, Alemania Oriental en 1932, estudió y se doctoró en Derecho por la Universidad de Frankfurt en 1956. Siguió también Historia y Música sacra. Durante su época de estudiante en esta ciudad hizo amistad con el filósofo Theodor Adorno, quien encabezaba la Escuela de Frankfurt desde el Instituto de Investigación Social, centro del que Kluge fue asesor jurídico. Tras escribir sus primeros relatos, pronto se interesó también por el cine, y en 1958, el filósofo le presentó a Fritz Lang, de quien fue asistente en sus últimas películas alemanas. En 1960 dirigió su primer corto, Rennen, con la colaboración de Paul Kruntorad, donde ambos se involucran en el found-footage de carreras de automóviles, en tan solo ocho minutos de duración, como una metáfora del poder en las sociedades modernas. Al año siguiente con la ayuda en la dirección y el guión de Peter Schamoni, hace su segundo corto -dos minutos más que el primero- Brutalität in Stein; donde ambos se centran en la arquitectura del período nazi, con el propósito de explorar ese capítulo de la historia alemana frente a la amnesia del cine de la década anterior. Dos años más tarde fue uno de los redactores del manifiesto de Oberhausen, en el que se postularon las bases del llamado Nuevo Cine Alemán. Kluge, colonizador del cine alemán de las décadas del 60 y 70, teórico y animador infatigable del cine de autor, testigo comprometido con la vida política de la Alemania Oriental, es un cineasta infravalorado, a veces ni tomado en cuenta, pese al prestigio adquirido con sus primeros films y los aguerridos debates que estos suscitaron. Para Kluge, el autor cinematográfico que lucha contra la tutela de los financieros y comerciantes, con el mismo impulso de aquellas normas del cine clásico. En su primera película Abschied von gestern o Anita G., de 1966, Kluge maneja con destreza la elipsis, la didáctica y el distanciamiento, éste a través de comentarios en off, subtítulos e inserción de documentales. Este método, aplicado a una emigrante de la RDA, alberga una crítica de la Alemania contemporánea. Esta temática es retomada por sus siguientes largometrajes, Die Artisten in der Zirkuskuppel ratlos, en 1967, donde critica a los intelectuales de izquierda. Gana el León de Oro del Festival de Venecia con esta propuesta. En 1973, compone el complejo docudrama Gelegenheitsarbeit einer Sklavin u Occasional Work of a Female Slave, junto a su paradójica protagonista, su hermana Alexandra Kluge, quien para criar a sus hijos, obtiene dinero haciendo desaparecer a los hijos de los demás realizando abortos, al margen de militar por la emancipación de los obreros sin lograr comprender la alienación que ella misma padece. Por otro lado, coexisten secuencias de reportajes y otras de ficción, junto a piezas de archivo, en cintas como Die Patriotin, de 1979, cuya profunda ironía no disimula que el verdadero campo de trabajo de Kluge es la historia de su natal Alemania, y sus heridas. Una actitud constante que lo llevó a realizar, junto con Schloendorff, películas explícitamente políticas y militantes. Inspirándose en Vertov, y en Eisenstein, Kluge reinventó la estrategia del montaje, y practicó una forma personal del collage cinematográfico, cuya fuerza de sugestión se basa en las asociaciones de ideas y en la revelación sarcástica de contradicciones ocultas. Incluso, en sus relatos más lineales, como Der Starke Ferdinand o Strongman Ferdinand, de 1976, instauró lo que él denominaba “infracciones al supuesto realismo de la mirada banal”, optando por apelar a la inteligencia de quienes observamos, para resignar un tanto a la emotividad. El cine de Kluge está considerado como exigente y altamente especulativo, interpela decididamente al espectador intentando contribuir al desarrollo de una esfera pública crítica. Tanto en su faceta como cineasta, escritor o agente cultural Kluge ha obtenido variados e importantes premios y reconocimientos, incluida la Gran Orden al Mérito de la República Federal de Alemania en 2007, y el Premio de Honor de la Academia de Cine Alemana en 2008. Pues bien, en Gelegenheitsarbeit einer Sklavin, Kluge aborda la existencia de Roswitha Bronski, enfermera que administra una pequeña clínica donde practica abortos con el fin de poder alimentar a Franz, su marido, dedicado íntegramente al estudio, y a sus tres hijos. Sin embargo, la policía interviene, cierra el lugar, pone preso al padre de sus nenes, y Roswitha toma un nuevo rumbo en la vida, redefiniendo su lugar en el mundo hacia la actividad política y el trabajo social. La confusión personal se va a trasladar al ámbito social. En el giro de la protagonista hacia el compromiso político se puede intuir el concepto de pseudoactividad, que para el marido suponía un tipo de actividad carente de base teórica y de vinculación con la realidad. La torpeza de las tareas emprendidas por Roswitha evidencia lo absurdo de un intento de actividad que carece de una verdadera experiencia vital. La enfermera carece de un conocimiento social histórico, incapaz, como dice literalmente la voz en off, de “encontrar un mejor acceso a la realidad". Los esfuerzos tienen valor para ella sólo como “actividades políticas”, expresión que ella repite a lo largo de la película, pero que es notoriamente indiferente el contenido de las mismas. La mordacidad del fervor revolucionario de Roswitha supone una llamada de atención sobre la complejidad de los problemas sociales, al mismo tiempo que un recordatorio sobre la importancia que sean aquellos que los sufren, los trabajadores en este caso, quienes luchan por ellos. Podríamos entender que no se trata de un film sobre una cláusula legal que prohíbe el aborto. Más bien se centra en la contradicción que Roswitha deba abortar los hijos de otras mujeres para poder mantener a los suyos. En lo que concierne al aborto, el film está más interesado en mostrar cómo el proceso de criar hijos en una familia es -en un sentido figurado- un aborto. Cuando los niños son educados, primero para comportarse como personas en un círculo de objetos primarios, y luego enviados a la escuela, y al proceso laboral, que se regulan de acuerdo a las leyes objetivas de producción de mercancías, podríamos llamarlo aborto a gran escala, o aborto luego del nacimiento. De todos modos, estamos frente a conceptos intrincados, pero con una lucidez plena visual que Kluge logra mantener intacta. El amplio bagaje profesional del director tiene una traducción particular en el lenguaje audiovisual y en la misma narración de la historia. Cuesta, pero merece totalmente la pena. Tal y como su propio nombre sugiere, logra el bosquejo de una mujer distinta cuyas inquietudes personales, sociales, políticas e intelectuales, se ven frustradas a diario desde el papel que desempeña tanto en su vida laboral como en el núcleo de su familia. Truncadas sus ilusiones y cotidianamente cercenada, la protagonista hará abortos -las escenas más duras presentan explícitamente alguno de ellos- para mantener a sus hijos y a Franz. Cuando llega a casa del trabajo, afligida y buscando el calor familiar, las revueltas de los niños, y la falta de sensibilidad de él, mantienen al personaje al borde la aniquilación. Aun así y con una fortaleza asombrosa, Roswitha, auxiliada por su amiga Sylvia, lo va superando día a día. Valiente y combativa, individuo y mujer, ¿¿Una revolución de estas características, es posible?? Pensemos. Las películas de Alexander Kluge son muy ásperas. No es un cine para entretener sino para la reflexión intensa, quizás puedan mostrar alguna apariencia emotiva cuando tienen un aparente hilo narrativo, pero suelen ser más decepcionantes que cuando se presentan directamente como ensayos confeccionados por un estilo contradictorio con respecto a los demás cineastas de autor. Si el cine comercial se hace para entretener o ilusionar, y el cine documental o testimonial para testimoniar, Kluge las realiza para hacer darle cabida a nuestro pensamiento, probarlo y que se experimente. Pero, también lo hace para hacer pensar sobre nuestros entretenimientos e ilusiones. Si el cine comercial emociona ocultando las costuras de su propia realización, los mecanismos de Kluge, mediante la armonía de imágenes y códigos, crea un efecto sobre quienes ven la película, y ese cine del alemán desenmascara ese tipo de operación y ofrece una alternativa mediante una sintaxis más abrupta. Todas sus películas son un rompecabezas, pero en Kluge cada pieza del todo representa parte de un original distinto al que reflejan las demás. El hecho que existan films, libros, canciones o pensamientos que sirven para ilusionar o emocionar no es ninguna trivialidad, o quizás un simple negocio de la cultura. En Gelegenheitsarbeit einer Sklavin, Kluge cita a Engels: “Todo lo que pone al hombre en movimiento debe pasar primero por la cabeza. Pero la forma que adquiere en esa cabeza depende de las circunstancias”. La obra de Kluge no trata simplemente de aguar la fiesta a quienes observamos interesados su obra o a los que suelen esperar de una película otros matices. Que las películas de Kluge no tengan los valores estéticos convencionales no significa que carezcan de valores; la buena música atonal, tampoco busca sólo diluir la intención de quienes esperan melodías adheridas a las tramas. Es normal que cada persona que vea un film de Kluge diga que “no se ha enterado de nada”, igual que aquel guardia cuyas palabras cierran la BSO de la película. Habría que recordar -y Kluge quizás lo quiera hacer- que en esto del sentido, como en tantas otras cosas, dos o tres cabezas piensan y determinan mejor que una. Alexander Kluge, precursor del joven cine alemán.