lunes, 2 de mayo de 2016

“Robot & Frank”, Jake Schreier nos acerca juiciosamente a una tecnología pertinente que combate tierna y quijotescamente nuestra decrepitud.

























































































Hace pocas semanas nos enteramos que Google tenía un nuevo robot que  posee un par de piernas, sube y baja escaleras y carga hasta 60 kilos. También surgió la noticia que Samsung, mostró el primer prototipo de un robot asistente equipado con micrófono, altavoz y cámara de alta definición, lo que le permite estar siempre al pendiente de lo que ocurre a su alrededor, y listo para escuchar comandos de voz para activar funciones, responder preguntas y controlar otros dispositivos como electrodomésticos etc. Dicho robot, que aún no tiene nombre, posee un diseño que se basa en dos piernas unidas para mantener el equilibrio, no posee nada en la parte superior y cuenta con un espacio en la parte inferior entre las dos piernas, esto le permite subir y bajar escaleras, llevar una carga de hasta 60 kilogramos y moverse en espacios reducidos. El robot es capaz de caminar en superficies irregulares sin perder el equilibrio, soporta todo tipo de condiciones ambientales, y puede caminar sobre nieve, superficies mojadas, rocas, madera y cualquier otro material. Entre las dos piernas se puede colocar un cepillo u otros aditamentos cuando se necesite realizar otro tipo de tareas. Pero, tratemos de reflexionar al respecto pensando en si realmente estamos valorando nuestra privacidad o por el contrario la exponemos a cualquier persona o sistema. Por ejemplo: ¿¿Será verdad que el desarrollo de la tecnología robótica hará que deseemos tener estos micrófonos y cámaras en nuestro hogar grabando y enviando toda esa información por Internet?? Si hoy en día es preocupante la falta de seguridad de la utilización para el que están pensados estos aparatos, todavía es mayor la creciente falta de seguridad informática en todos los equipos electrónicos conectados a Internet que usamos ¿¿Quién nos garantiza que la información de micrófonos y cámaras de vídeo de estos robots no se usarán fraudulentamente?? La NSA y los expertos hackers deben estar frotándose las manos, ya que la tecnología a favor avanza raudamente, pero la que nos va a perjudicar también. Cuando comentamos el documental Citizenfour de Laura Poitras, tratamos la historia de Edward Snowden, quien se convirtió en uno de los espías informáticos más trascendentes en la sociedad norteamericana, revelando todo tipo de data que llevaba a cabo la NSA. Fraudes en tarjetas de crédito en compras de decenas de miles de dólares, hackers que accionan con eficiencia lo que les viene en gana con diversidad de aplicaciones, smartphones con los cuales cualquiera puede realizar operaciones en contra de un semejante etc., todo por Internet.  Incluso, Google proporcionará sus sistemas de reconocimiento de caras, lugares, colores y objetos para los teléfonos móviles que usamos, y aprovechará su tecnología “deep learning” para implantarla en terminales dotados de un chip y una capa software que permitirá que todo el proceso se realice sin necesidad de pasar por servidores externos. Por lo tanto, la pregunta que involucra al film Robot & Frank de Schreier sería: ¿¿Un robot con tecnología de punta es provechoso o no para una persona sana o alguien con dificultades, sean estas de cualquier tipo?? Pues bien. Si nos referimos a realizadores jóvenes, el judío-norteamericano Jake Schreier, nacido en New York hace 36 años, proviene de los videoclips musicales, anuncios publicitarios para la TV, y cortos universitarios. Schreier se formó en la  Universidad de NY, la Tisch School of the Arts, donde estudió también música. En 2012, dirigió su ópera prima: Robot & Frank, film basado en el guión de su amigo y compañero de la escuela Tisch, el ingenioso Christopher Ford. La película ganó el Premio Alfred P. Sloan en el Festival de Sundance, a la mejor cinta en temas de ciencia o tecnología. La crítica fue complaciente con Schreier hasta que en 2015 llegó Paper Towns, una adaptación de uno de los libros más exitosos del escritor estadounidense de literatura juvenil John Green. Hay una sensación dualista de confort observándola. Por un lado la mano del cineasta funciona, pero el guión tiene un modelo de atracción que no logra cuajar con su objetivo. Algo nos resulta familiar y cálido, y no es otra cosa que Schreier vuelve sobre los adolescentes blandos y positivos de los años ochenta. La trama gira en torno a Margo, una chica que es en sí misma un enigma para su joven vecino Quentin. El chico es llevado por ella a vivir una noche fascinante, de locura, donde se irán vengando de todas aquellas personas que en algún momento les hicieron daño. Esta especie de “Qué buena noche” adolescente, va a disparar el viaje iniciático, el último recorrido que harán juntos, antes de ser separados por la universidad. La estructura inicial misteriosa no se mantiene en el segundo tramo que será el impulsor del viaje. Lo que hace el cineasta es una metáfora del periodo y forma de vida que asumen ambos. La cinta va a tener contratiempos. Si bien es un producto ameno, en el fondo el escritor busca cimentar una parte importante del temperamento, y ahí es donde el guión declina y se desordena. Schreier dirige bien, sabe cómo explotar su narrativa, pero a veces nos es imposible sacarle agua a una piedra. Cada quien puede empatizar con los protagonistas, ya que la gran mayoría hemos pasado por esa travesía, pero si el guión no demuestra firmeza en toda su hechura, es lógico que el lenguaje cinematográfico se trabe, y se termina debilitando. Es de esa clase de films que confunde, pero que a la vez posee instantes agradables. Si se hubiera estrenado en los 80, estaríamos seguramente ante otra perspectiva. Pues bien, en su debut, Schreier va directamente sobre el implante de la tecnología robótica en la vida de un solitario y veterano ladrón retirado de nombre Frank -Langella está formidable- tiene dos hijos adultos que están preocupados porque creen que él ya no puede vivir solo. Pese a que están tentados a ponerlo en un asilo para ancianos, Hunter -James Marsden- elige una opción distinta: en contra de los deseos de su padre, le compra un robot que camina, habla, que está programado para mejorar su salud física y mental, pero que no tiene nombre. Pese a un primer rechazo, Frank logra descubrir en el humanoide a un amigo con quien no tardará en convencerlo para planear su retorno al mundillo punible. A diferencia de otros retratos distópicos que han intentado relatar el auge de la tecnología en el cine moderno, Schreier  busca que su film explore dicha temática sin necesidad de un dilema moralista. La tecnología no es mala ni buena pero va a cambiar la forma en cómo nos vincularemos, para bien o para mal, con el resto de personas. No hay forma de detener eso, y Schreier lo sabe, expresando la intención que su propuesta presentara una apariencia futurista sin alejarse de la realidad de hoy en día. Por lo tanto, el cineasta acierta al presentar a Frank como este fuera una reliquia. Mientras vive sus días en estricta soledad, y sumido en una rutina insoportable, no puede evitar incomodarse con cómo el mundo está mutando a su alrededor. Lo que es inherente a su edad, su memoria ha comenzado a fallar. Debido a la falta de tareas recreativas o algo que despierte su interés por seguir viviendo, Frank coquetea con Jennifer -Susan Sarandon- la bibliotecaria del lugar donde reside, y robando objetos sin valor de una tienda de artículos para baño. Durante su juventud, Frank solía trabajar como caco de objetos que nadie creía que podían ser hurtados. Los años han pasado, estuvo mucho tiempo en prisión, y los robos diminutos que hace ahora  jamás reemplazarán las emociones cuando planeaba y realizaba grandes robos. Hunter no puede evitar su preocupación por el deterioro de la memoria de Frank, y le regala un robot para que cuide su salud y haga las labores propias del hogar. El veterano y eminente ex-ladrón deberá aceptar el obsequio ante la amenaza que será internado en un geriátrico de no adaptarse al curioso compañero. Ante el temor que la presencia de su nuevo cuidador altere su existencia, Frank sabotea cada uno de los intentos del robot por mantenerlo saludable y sobre todo mentalmente estimulado. Luego de un sinfín de discusiones, Frank se dará cuenta que si bien el robot está programado con diversas instrucciones, ninguna de estas le impedirá quebrantar la ley. Para su sorpresa, el robot que comenzó como un intruso no deseado en su hogar, no tarda en convertirse en el cómplice ideal para emprender un nuevo asalto para practicar su antiguo oficio. Frank y el robot van a la tienda de baño, y el protagonista coge un gatito de porcelana, y lo introduce en su bolsillo posterior. La dueña lo ve y lo amenaza con llamar a la policía. El robot le saca el objeto y lo coloca en una bolsa. Frank vacía sus bolsillos y todo se aclara. Es en ese momento donde Frank necesita una prueba más para chequear la fidelidad del robot. Van a la biblioteca y  se roban el libro más preciado del lugar; una copia de la primera edición del antiquísimo libro de Cervantes: El Quijote. Frank se convence y le enseña parte del oficio al robot quien aprende de inmediato. Ahora, un poco mejor de la memoria, y respaldado por su cómplice electrónico, estará listo para planear y realizar un robo a su medida, cuyo blanco será una pareja de jóvenes empresarios que transformarán la vieja biblioteca en un recinto moderno y digitalizado. Evidentemente, Schreier ya ha logrado que gran parte de la trama se centre en la relación diaria que se estipula entre la extraña pareja. La narrativa es buena, Langella hace una actuación impecable, y la puesta en escena no desentona. Según dicen los médicos geriatras, una de las mejores maneras de ralentizar las averías cognitivas en los adultos mayores, es mantenerlos atareados a través de actividades significativas y constantes. El robot trata de incentivar a Frank a salir de excursión, y a crear una pequeña huerta en el jardín de la casa. Sin embargo, ninguna de estas ocupaciones llama la atención de Frank. Cuando ambos logran encontrar un quehacer común, Frank lo ve como un amigo, y le hace caso. Frank come mejor, demuestra una vitalidad que parecía perdida, y su interés por lo que tiene planeado mejora de manera significativa. Llegado el día, ambos van a la casa del joven matrimonio y tanto Frank como el robot hacen lo previsto y logran adueñarse de muchas joyas. El intercambio de pensamientos y creencias que se produce entre Frank y el robot, es una de las herramientas que Schreier utiliza para lidiar con la pérdida de la memoria, y con el miedo a envejecer mal siendo un hombre inservible. En cierta medida, ese mismo temor es el que lleva a Frank a retomar la acción delictiva, ya que en los robos busca demostrar que su habilidad y experiencia que asimiló durante el transcurso de su vida, son el mecanismo suficiente para vencer cualquier avance tecnológico. Si bien la amistad que Frank mantiene con el robot es evidente, durante toda la  trama existen instantes que nos recuerda que la salud mental del protagonista no está del todo bien. En ocasiones, Frank se muestra desorientado, lo que lo lleva a pensar que su hijo aún se encuentra estudiando en Princeton, o que su restaurante favorito todavía permanece en funcionamiento, cuando ya no lo está. Schreier nos plantea una serie de interrogantes relacionadas con el grado de entendimiento que posee el robot acerca de Frank, o del mundo que lo rodea. “Yo no soy un ser humano”, le recuerda constantemente a Frank, quien no puede evitar ver en él un atisbo de humanidad. Frank & Robot no funcionaria si no fuese por Frank Langella, quien lleva toda la carga de la historia dramática. El vetusto y gran Langella no solo maneja a la perfección los toques de humor negro, sino que retrata con un realismo absorbente a un sujeto testarudo y solitario cuya memoria ha comenzado a marchitar, el cual gradualmente abandona su dura coraza ante la presencia de un androide con características humanas. El elenco secundario apoya eficazmente a Langella, tanto en las buenas como en las otras. Destaca Peter Sarsgaard, quien le da la voz al robot, James Marsden, la bella Liv Tyler -hija de Frank quien se opone al robot- Susan Sarandon, y Rachel Ma, quien le da vida al robot. La fotografía, la BSO, el montaje, la dirección etc., posee simplicidad y estética. Schreier acierta cuando utiliza elementos propios de la ciencia ficción para contar su historia, y no para montar un espectáculo empalagoso plagado de luces y colores. Probablemente, lo único que podría estar sobrando -quizás me equivoque- es la inclusión dentro del desenlace, de una escena romántica entre Frank y Jennifer -quien es la madre de sus hijos- cuya única función pareciera ser la elaboración de un golpe de efecto.  El mérito de Schreier y Ford radica en que construyen con sencillez varias  composiciones a la vez, sin montarse una sobre la otra, lo que dice mucho del dominio del tiempo y los espacios de Schreier. Otro halago para el joven cineasta es que elabora un certero mensaje acerca del envejecimiento mental y el cuidado que se debe tener con aquellas personas que padecen Alzheimer en primer grado. Finalmente, Schreier nos relata una enternecedora historia de amistad entre un hombre cuya vida ha quedado suspendida en el tiempo, y un androide que parece tener alma. En definitiva, es un film con alta carga de sensibilidad, que nos invita a sumergirnos en la aventura de un hombre común que está permanentemente luchando contra los problemas propios de la vejez, y es rescatado por un olvido que él jamás se hubiese imaginado que sería capaz de darle una vida mejor. Jake Schreier nos acerca juiciosamente a una tecnología pertinente que combate tierna y quijotescamente nuestra decrepitud.