viernes, 20 de mayo de 2016

“The Hot Rock”, Peter Yates cambia la seriedad por el humor en el género de robos.

























































































Peter Yates fue un notable exponente del cine británico, nacido en Aldershot, Hampshire en 1929. Estudió en la Royal Academy Dramatic Art, y de sus aulas pasó a los escenarios como actor en diversos grupos teatrales. Durante sus primeros años trabajó como ayudante de dirección de realizadores como Tony Richardson, Guy Hamilton o John Lee Thompson, a quien apoyó en films de renombre como Cover Girls Killer, en 1959, y la bélica The Guns of Navarone, en 1961, trabajos donde obtuvo una experiencia invalorable tras la cámara. Como cineasta, Yates alternó la TV con el cine. Inició su carrera con la recordada serie El Santo, en 1962, con Roger Moore, y su primer largometraje se produjo al año siguiente: la comedia musical un tanto irregular de título Summer Holiday. A lo largo de la década de los sesenta probó suerte con una serie de TV al estilo del primer James Bond: Danger Man, 1964, protagonizada por Patrick McGoohan. Su éxito hizo que pasara a un formato más largo, con episodios de una hora en vez de treinta minutos, cambiando su título por el de Koroshi, en 1966. Tras tres años, Peter Yates dejó la TV, y se centró en la cinematografía. Robbery, de 1967, un buen thriller de robos de trenes le dio al británico las pautas necesarias para dirigir al año siguiente su película más reconocida Bullit. Basada en la novela de Robert L. Pike, el film tuvo como protagonista a Steve McQueen, y marcó el género policiaco de la época. La película pasaría a la historia por una encendida persecución de automóviles, aún sin ser superada. Ganó el Oscar al mejor montaje, y obtuvo cuatro Globos de Oro: Mejor dirección, Mejor montaje, Mejor BSO y Mejor actor secundario, por Robert Vaughn. Pasando de la acción a una historia más intimista, Yates dirigió en 1969, el drama romántico John and Mary, una aceptable propuesta que reunió a Dustin Hoffman y Mia Farrow. Era el comienzo de un período en donde Yates regaría su talento por todos los géneros que abordó. Murphy's War, de 1971, un drama bélico de submarinos, se ubicaba en la Segunda Guerra Mundial, en la cruzada personal de un marinero, único superviviente de su tripulación, que planea una venganza contra los nazis. En The Hot Rock, en 1972, un film donde repite la temática de los robos, pero esta vez sumada la comedia y la acción con un desparpajo seductor, convirtió a Redford en un ladrón de guante blanco; y For Pete's Sake, en 1974, colocó a Barbra Streisand y Estelle Parsons en una estupenda comedia acerca del hampa. En 1979, rodó un gran film, Breaking Away, que se adjudicó el Oscar al Mejor guión. La filmografía de Yates en la década de los ochenta cumplió varios cometidos. Por un lado, volvió la mirada hacia las andanzas del cine británico con una lección magistral de interpretación de sus paisanos Albert Finney y Tom Courtenay en la inolvidable The Dresser, en 1983, en donde el propio autor teatral, Ronald Harwood, adaptó su obra para la pantalla. Ambos actores fueron nominados al Oscar, y Courtenay se lo llevó a casa. Por otro lado, recogió una tendencia de cine de aventuras y ciencia ficción, en boga en aquella época, con Krull, en 1983, y exploró las relaciones intercontinentales entre América y Europa a través de una historia escrita de Nicholas Gage, un periodista griego del New York Times en busca de sus raíces, en el buen  drama familiar Eleni, en 1985, film protagonizado por John Malkovich y Kate Nelligan. Tras esta serie de compromisos, Yates se acomodó en el género de suspense, sin descuidar nunca la parte comercial. El período se abre con Suspect, en 1987, un bien llevado drama judicial, continúa al año siguiente con un film donde no logra su cometido: The House on Carroll Street, y termina con An Innocent Man, en 1989, donde Tom Selleck no está a la altura de las circunstancias. Aunque los argumentos son distintos, las tres tienen en común ciertos rasgos del cine de Hitchcock, con personajes incomprendidos o falsamente acusados. Yates se desintoxicó del suspense con una comedia romántica, Year of the Comet, en 1991,  que no brilló, y para quienes somos afectos a las relaciones entre abuelos y nietos nos regaló una maravillosa historia acerca del sentimiento familiar, Roomates, 1995, basada en el vínculo entre un abuelo de 75 años, interpretado por Peter Falk, y su nieto de seis, quien luego se convierte en un adolescente y adulto. Volvió al rigor del cine británico en The Run of the Country, ese mismo año, en donde trabajó de nuevo con Finney, la frontera entre las dos Irlandas como escenario, y la novela de Shane Connaughton como trasfondo. Yates fue un gran exponente del cine, un autor de historias jugosas, y que como todo director, falló y acertó, pero su seriedad y su gran capacidad de trabajo siempre le serán reconocidas. Pues bien, The Hot Rock, es una de las películas más queridas por Yates, y una de las más taquilleras de su filmografía luego de Bullit. Cuenta la premisa de esta historia de un caco de nombre John Archibald Dortmunder -un formidable Robert Redford- quien se entera que un peculiar diamante de incalculable valor y tamaño, está esperando ser robado en un Museo de Manhattan. Para planear el atraco, reúne a un grupo de colegas. Sin embargo, aun cuando Dortmunder y tres compañeros realizan una cuidadosa preparación del robo, se darán cuenta que cumplir con el objetivo se convertirá en una tarea más difícil de la que hubieran imaginado. En el caso de The Hot Rock, la cinta está basada en la novela del escritor Donald E. Westlake, quien durante el transcurso de esos años había publicado una serie de trabajos que presentaban al desafortunado ladrón profesional John Dortmunder, lo que le permitió demostrar su habilidad a la hora de crear personajes queribles ligados al mundo del hampa, los cuales habitualmente se veían sumergidos en tramas extravagantes. Con el fin de adaptar la novela de Westlake, Yates se asoció con el guionista William Goldman, responsable del guion del clásico film Butch Cassidy and the Sundance Kid, de 1969, responsable de catapultar a Redford al estrellato. Cabe mencionar que el actor y el guionista mantendrían una lucrativa relación laboral y creativa hasta el conflictivo rodaje de All the President´s Men, en 1976, donde los problemas los separaron. Curiosamente, Redford en más de una ocasión ha declarado que accedió a participar en The Hot Rock, porque en aquella época se encontraba en una situación económica deficitaria. Además de eso, a Redford le entusiasmaba trabajar con George Segal, quien inicialmente iba a protagonizar el film en compañía de George C. Scott, cuyo alto salario terminó sacándolo de la producción. En The Hot Rock, Dortmunder lleva tan solo dos minutos fuera del recinto penitenciario en el cual había cumplido su más reciente condena, cuando comienza a ser perseguido por un vehículo manejado por su colega y cuñado Kelp -un notable George Segal-  quien desea incluirlo en el nuevo trabajo. El objetivo es una esmeralda que se encuentra en exhibición en un museo, la cual desea ser recuperado por un embajador africano conocido como el Dr. Amusa -Moses Gunn- ya que en su país la gema es venerada como una reliquia religiosa. Para llevar a cabo el robo, Dortmunder y Kelp reclutan a Stan Murch -Ron Leibman- un avezado por los automóviles que en sus ratos libres escucha grabaciones de carreras de coches, y a Allan Greenberg -Paul Sand- quien es un experto fabricante de explosivos domésticos. Es así como Dortmunder idea un proyecto que consiste en desviar la atención de los guardias del museo provocando un accidente automovilístico falso, para que de esta forma él y Kelp puedan sacar la joya que se encuentra en una bóveda de vidrio fortificado. Aunque en un principio el atraco sale según lo planeado, las complicaciones que sufre el grupo de ladrones alerta a los guardias del museo, los cuales acorralan a Greenberg, quien opta por tragarse el diamante antes de ser arrestado. Es entonces cuando comienzan los verdaderos problemas para Dortmunder y compañía, quienes ahora tendrán que encontrar la forma de sacar a Greenberg de prisión si desean que este les diga que ha hecho con la gema. William Goldman realiza un gran trabajo adaptando la novela al formato cinematográfico, ya que al mismo tiempo que plasma de manera fiel gran parte de la trama del libro de Westlake, se las arregla para agregar pasajes originales que mantienen el espíritu de la novela, y recrean el film. Mientras que algunos de los cambios que realiza el guionista son cosméticos, como por ejemplo reemplazar la esmeralda que persigue el Dortmunder literario por un diamante, otros responden al proceso natural de síntesis propio de una adaptación literaria, entre los que se encuentra la reducción de los seis atracos originales a tan solo cuatro, lo que queda plasmado en el titulo con el cual la película fue distribuida en Inglaterra, How To Steal A Diamond in Four Uneasy Lessons, y la omisión del cerrajero experto, un tal Roger Chefwick, quien también formaba parte del grupo de ladrones en la novela. Junto con esto, el Dortmunder de Redford resulta ser más inteligente que su contraparte literaria, y el personaje interpretado por Paul Sand pasa de ser un mujeriego empedernido, a un tipo tímido dominado por su poco confiable padre, el abogado Abe Greenberg -Zero Mostel-. Por otro lado, uno de los toques cómicos más destacables de Yates, es el hecho que Dortmunder sufre de gastritis, lo que según el doctor que se la diagnóstica, es provocada debido a que el ladrón es “del tipo silencioso y romanticón”, lo que lo lleva a internalizar su estrés. Esto no solo es objeto de burla por parte de Kelp, quien siempre había admirado los supuestos nervios de acero de su colega, sino que además se presenta como una debilidad que convierte al protagonista en un personaje vulnerable lo que puede provocar que uno de sus más complicados planes se termine desmoronando junto a su aparente debilidad. Los actos delictuales posteriores al atraco inicial al museo, el que dicho sea de paso es rodado por Yates con un cuidado metódico por los detalles, y utilizando el silencio como herramienta para aumentar la tensión de la maniobra que logra Dortmunder y compañía, son en gran medida los responsables de dotar al film de un encanto especial que lo distancia de otras producciones con temáticas similares. El hecho que cada acción delictiva sea más descabellada que la anterior, combinada con la curiosa mezcla de personalidades que ostentan los cuatro atolondrados criminales, contribuye a que se cree un efecto cómico atractivo que rápidamente va a capturar nuestra atención. Algo que sorprende  con respecto a las picardías cometidas por la banda, es la “inocencia” que rodea la ejecución de sus metas. Por ejemplo, cuando Dortmunder y Kelp buscan sacar de prisión a Greenberg, resulta curiosa la facilidad con la que se infiltran en la penitenciaria, como también la escasa resistencia que ponen los agentes de la ley. Pese a esto, Yates maneja las secuencias con elegancia, y hace un buen uso de las personalidades de los protagonistas, explotando incluso la úlcera de Dortmunder como una herramienta generadora de suspenso, que la “sencillez” con la que los bandidos llevan a cabo sus planes, siendo un dato anecdótico que no afecta la impronta. Gran parte del éxito de la fórmula empleada por Yates y Goldman descansa en la gran actuación del conjunto actoral. Mientras que Redford dota a Dortmunder de un carisma innegable al interpretarlo como un ladrón con una seguridad y una frialdad increíble en todo aspecto, características que va perdiendo posteriormente cada vez que entra en acción, Segal actúa como el tipo positivo del grupo, quien no duda en expresar la admiración que siente por su amigo y cuñado. Ron Leibman por su parte, se destaca como Stan Murch, quien es retratado como un tipo energético, temerario y obsesionado con cualquier cosa que tenga motor, lo que se contrasta con el personaje interpretado por Paul Sand, cuya torpeza natural y su actitud reservada y neurótica, lo convierten en el eslabón más débil del grupo. Por último, mencionar la impecable actuación de Zero Mostel, quien durante su carrera se caracterizó por interpretar personajes cómicos con un profesionalismo envidiable. Por otro lado, en lo que respecta al aspecto técnico, esta cuenta con un correcto trabajo de fotografía, la jazzística efectiva de la BSO de Quincy Jones, y el maravilloso trabajo de edición. Según Donald E. Westlake, el guion original de Goldman incluía el desenlace en el aeropuerto que aparecía en la novela, pero finalmente este tuvo que ser cambiado por las similitudes que tenía con el final de otra de las cintas de Yates, como su aclamado thriller Bullit. A raíz de esto, Goldman se inclinó por un final abierto, cuyos espacios en blanco pudiesen ser llenados por quienes observamos e imaginamos. The Hot Rock posee una serie de momentos memorables, y Yates maneja con habilidad un guion inteligente y divertido, lo que pone sobre la mesa la interrogante de por qué el film no es considerado como uno de los grandes clásicos del cine centrado en espectaculares robos. Quizás esto se deba a que por un lado, nunca se logra establecer una motivación lo suficientemente convincente como para que Dortmunder continúe persiguiendo incansablemente su objetivo, más allá de argumentar que si no logra hacerse con el diamante, una maldición caerá sobre él. Al mismo tiempo, la tendencia de la película de repetirse a sí misma y dedicarle tiempo a escenas quizás algo innecesarias las cuales buscan profundizar en el desarrollo de los personajes, le impide a la producción convertirse en un clásico del género ya que esto afecta en parte su dinámica, ralentizando un relato de naturaleza frenética. Más allá de estos detalles y de la cuestionable afirmación de Redford, la reputación de la película ha mejorado con el paso de los años, y hoy en día es reconocida como una película inteligente y divertida, que le aporta con un toque de originalidad y locura a un género frecuentemente explotado. Muy buena película. Recomendable. Peter Yates cambia la seriedad por el humor en el género de robos.