viernes, 3 de junio de 2016

“Krigen”, Tobias Lindholm cocina a fuego graduado un drama bélico minimalista que se aleja de la habitualidad.























































































Quería compartir con ustedes la aun pequeña obra del joven y prometedor director danés Tobias Lindholm, nacido en Naestved, Dinamarca, en 1977. Observé sus tres films en una sola noche, y la coherencia de sus puestas en escena, tres dramas cargados de guiones intensos emocionalmente, nos enfrentan con crónicas sugestivas y entretenidas. El primer film es R, un aplicado drama carcelario; el segundo Kapringen, un convincente drama de secuestros; y el tercero Krigen, el más completo de los tres, un drama bélico que estuvo nominado por la Academia a Mejor película de habla no inglesa, en los últimos The Oscars, donde triunfó Saul fia. Tobias sabe utilizar no sólo la cámara sino los tiempos y los espacios, trota a un ritmo seguro, agudo por momentos, pero que no salta ni resbala. Es un sujeto descriptivo a la vez que explicativo, minimalista en su acciona narrativo, la parte técnica no tiene excesos, mantiene la firmeza en cada apartado, y cuenta con elencos bien constituidos donde prima la fusión de los mismos, y no la individualidad. En R, de 2010, el danés nos cuenta la historia de Runa, un joven criminal, un tanto miedoso, que acaba de llegar a la prisión, y tendrá que adaptarse a un ambiente hostil en el que las rejas cubren las ventanas y la sangre el suelo. Descubre un nuevo mundo gobernado por los códigos y las tareas a realizar. Frustrado, ahora representa una identidad rara y pusilánime, no un nuevo nombre o un número, sino una letra, la “R”. Esa “normatividad” y su rigurosidad no limita el film, por el contrario, hace que Tobias pueda innovar y contar una realidad diferente en un lugar que siempre cumple una función: la pérdida de la libertad y luchar por recuperarla. En su búsqueda por supervivir se encuentra con Rachid, un muchacho musulmán -también tiene el karma de la “R”- con quien va a crear un tipo actividad que le permitirá a ambos ser tomados en cuenta por los demás. Su éxito despierta los deseos de otros detenidos, que se lo harán saber. Tobias va hacer que su propuesta gire en torno a los dos “R”, dos seres expulsados del mundo de los vivos hacia el otro, un infierno sin fin cuya única posibilidad de sobrevivir es convertirse en un alma vacía. A R podríamos relacionarla con el film Un prophète de Audiard, en 2009. Ciertamente, el tema es el mismo, el de un joven delincuente que intenta sobrevivir en el núcleo mafioso de la prisión, sin embargo, la cinta del francés es a veces un sueño lírico del impresionismo romántico, mientras el dúo danés se alinea a un realismo gélido. R, está situado al costado de la narrativa documental de los hermanos Dardenne, y su ficción es un auténtico sentimiento reforzado por los disparos, la cárcel y los actores, la mayoría de los cuales parecen ser ex-reclusos. R es un clásico, todo está allí, drogas, palizas, los conflictos entre grupos y la venganza ritual conocida con el mote del “café caliente”, que consiste en un escaldado con aceite de oliva y azúcar. Una versión tradicional de la eficiencia extrema, la estética con grandes colores en tonos neutros, totalmente desaturados y -si se observa bien- centrado en la psique, a través de una penetrante sensación de aislamiento, miedo y opresión. Si bien es cierto hay una predilección por la “supervivencia” y la estrictez de la normativa interna, también Tobias logra reflejar el intenso sufrimiento del personaje de Runa interpretado por el actor Pilou Asbaek, quien pasa esa mirada de terror, con los ojos en alerta, y el rostro impasible.  R es una apuesta visceral, la brutalidad desnuda, un acercamiento a la vida en prisión y sin adornos, acompañada por una puesta en escena seca, nerviosa, y una brillante actuación de Asbaek. Ambos “R” son carne de cañón para la penitenciaria. Buen film. En cuanto a Kapringen, de 2012, Tobias Lindholm lo que construye es un producto estético y ético, luego político. Un grupo de piratas somalíes secuestra al carguero mercante danés MV Rozen, y el CEO a cargo de la compañía dueña del barco decide llevar adelante la negociación pese a las objeciones de un especialista en secuestros, quien no lo recomienda para evitar que las emociones pongan en peligro la solución que sea la más conveniente, la misma que consiste en recuperar con vida a los rehenes, y sobre todo no pagar mucho más de lo usual en estos casos. El protagonista por el lado de los rehenes es el cocinero de a bordo, Mikkel, único padre de la ficción. No hay héroes ni villanos, no existen grupos comando ni soluciones mágicas, no pasa por la salvación ni la morbosidad. Ninguno de los personajes es un estereotipo, menos un arquetipo del desalmado CEO multinacional, ni de la víctima frágil, ni del africano atrasado, ni su refutación. No hay otra cosa que el funcionamiento del mundo y de unos sujetos en medio de una situación que no se arroga el carácter de mítica, ni siquiera la de excepcional. Cualquiera de nosotros podría deducir que esos ataques son un “modus operandi” habitual de los somalíes carenciados -otrora pescadores- organizados y proveídos por traficantes de armas, afectados por la pesca indiscriminada que llevan a cabo en sus enormes y ricas costas compañías amparadas por los estados poderosos del mundo desarrollado e incapaces de ser detenidos por uno de los estados más fragmentados y débiles del continente. Lo que llama la atención, y es un acierto de Tobías, es que nada de esto parece estar explicado en la película, y hace que nosotros tengamos que esforzarnos en la comprensión del fenómeno con el interés intelectual que le pongamos. Es curioso porque sentiremos la necesidad de hurgar en el afuera del campo político que le da sustento. Si no, tendremos ante nosotros un potente drama psicológico naturalista, sin coartadas sentimentales, en el que los procesos de identificación se vuelven complejos así como amplios sus objetos. El espacio físico del CEO es el de los funcionales edificios corporativos sin casi señas particulares, los trajes son más austeros que elegantes, el pragmatismo ejecutivo juega, así como la dicción quirúrgica, y el impersonal manejo a la distancia del otro. El cocinero Mikkel tiene mucha más presencia física, incluye los cuerpos desnudos, el aire salino del mar, la orina, la manipulación de los alimentos y su preparación, producto consumido de inmediato con el que se convive. Ambos personajes tienen pareja, pero sólo Mikkel tiene hijos. ¿¿Y el universo de los somalíes?? Es el más ignorado de todos, y esa posible ignorancia nuestra es la ignorancia política de la que mencionábamos al principio, con la que cada uno de nosotros decidirá lidiar como quiera o pueda, porque ello es lo que irrumpe el acontecimiento que, sin embargo, se arraiga a medida que pasan las semanas, y a pesar que sus armas siguen  marcando la distancia, y aun cuando las vivencias compartidas la pongan en suspenso. Pero ni los cautivos ni los espectadores son ganados por el Síndrome de Estocolmo. Esa aparente lejanía general de la película para con todos, es la que nos permite verla como una ficción casi documental sobre tres formas distintas de trabajo o de ganarse la vida, sin sentencia moral sobre ninguna de ellas, pero con un anclaje emotivo en el personaje de Mikkel -aunque no es quien más tiempo sale en escena- ajeno a las disputas de poder, sin que ello implique un juicio de valor superior al que se tenga del resto, como no sea el de la simpatía por el más débil, jamás degradado a rol cómico, que suele ser también quien supone estar al margen de la lucha por el capital. El desenlace acentúa el pathos de su desprotección ontológica. Ese hombre nunca hizo otra cosa que trabajar para otros en un sentido laboral, pero también sexual y psíquico, y lo termina pagando. Dos perspectivas se abren en su devenir: que la crisis le permita tomar conciencia y las riendas de sí mismo, o que el peso simbólico del hecho lo traumatice y derrumbe. Todo termina con uno de los protagonistas marchándose por sus propios medios, y con el otro inmóvil y rodeado ¿¿o sepultado?? por los suyos. Es una película mejor elaborada que R, porque acá si existe un guión que apela a la identificación por parte del que observa, depende de éste, y Tobias lleva las razones de su narrativa por sentires insospechados. En relación a la tercera cinta de Tobias Lindholm, no hace falta una búsqueda exhaustiva para darse cuenta que la guerra es una temática recurrente en el cine. Tampoco debiera de ser una conmoción; también es un tópico periódico en la historia y uno de los escenarios más dramáticos a los que se puede enfrentar el hombre. Las formas de abordar el tema han sido diversos, y sin embargo hay una frase que subyace cualquier narrativa y que Tobias comprende correctamente: una guerra es todas las guerras. El danés logra minimizar la iconicidad del fenómeno a lo más básico: un pequeño grupo de soldados daneses patrulla en una zona apartada y desértica en el medio de Afganistán. No hay en la película grandes escuadrones de helicópteros, tampoco tanques ni aviones ni grandes aposentos administrativos o de inteligencia; solo un pequeño grupo quienes metralleta en mano acampa una tierra inmensa a la que nada los vincula. Y ese, es el primer sinsentido que aparece, y que está bien porque la ficción/realidad se moldea adecuadamente para innovar, puesto que es en esos sinsentidos que Tobias Lindholm repara constantemente. Krigen no es una cinta de guerra sino más bien una acerca de los elementos que rodean y codifican la guerra. Y es a través de la reducción, de ese despojarse de todos los aparatajes narrativos y emocionales a los que el género bélico nos tiene acostumbrados, que el largometraje logra un relato que pese a lo singular y minimalista del evento, es el espejo de cualquier contexto similar. Lindholm no se envicia con las balas, las explosiones, o los desmembramientos. Los hay, sí, pero por ahí no pasa el regodeo ni el usufructo visual de su vitalidad descriptiva, ni de la sangre o la pólvora lo que mueve al danés, sino más bien una pregunta constante por el sentido de todo lo que significa el mecanismo del conflicto. Lo ridículo de la burocracia militar queda en evidencia desde el primer momento, cuando tras ser atacados por talibanes, el escuadrón que dirige el Comandante Claus Pendersen escruta el terreno sin él, y pierde un hombre, y por este hecho, ahora con su presencia, muere otro en medio de la balacera porque no pudieron tramitar la ayuda a tiempo y en la forma. La cámara en mano siempre luce nerviosa, se escabulle y filma desde el núcleo cómo una serie de arbitrariedades de ese tipo, propias de los tiempos que corren, tocan la vida de quienes están involucrados, ya sea en el campo de batalla o fuera de este. El razonar de Tobias entiende cómo un evento tan traumático como el que trata, atraviesa a quienquiera que se encuentre cerca. Tanto para militares y civiles, cuando son encarados por situaciones de tal dureza surge lo inquietante: ¿¿A quién responder?? ¿¿Qué hace un puñado de soldados patrullando un desierto?? ¿¿A quién protegen?? En este caso: ¿¿A los civiles árabes, a una institución, a su propia patria o a sus compañeros soldados?? Tobias toma distancia y posee la aspereza para plantearnos estas y otras interrogantes, ya que es consciente que no es ineludible engrandecer las cosas, ya que las historias infladas de heroísmos se vuelven absurdas y mezquinas cuando se enfrentan aparatosamente a esa serie de sinsentidos que una guerra acarrea en realidad. Claus se descuida con uno de los civiles a través de una orden de regresar a su hogar cuando sus dos nenes y su mujer han sido amenazados de muerte por talibanes, y no le da importancia al hecho, porque el código militar no se lo permite, siendo asesinados los cuatro a la mañana siguiente. Cuando Claus tiene la posibilidad de volver a perder un soldado bajo un aparente cruce con el fuego enemigo, incurre en una falta en el código de batalla -Tobias vuelve siempre por la ruta de la normativa como sostén del film como sucede en Kapringen y R- que deviene en un ataque con bajas de civiles, incluidos niños. Claus es acusado por uno de sus propios soldados y enviado de vuelta a Dinamarca, para enfrentar un juicio militar. La tercera parte de la película transcurre entonces entre el patrullaje en Afganistán, y los otros 2/3 por tribunales sumado el acontecer en el hogar del militar, con sus tres nenes y su esposa, trama donde Tobias acierta porque le agrega un tono más sentimental y del significado de la ausencia paternal en el hogar. Nuevamente, Tobías no necesita una bomba para dar cuenta del horror, porque este va más allá del fuego y los disparos; está adentro, son las decisiones que la guerra, cualquiera que esta sea, obliga a sus participantes a tomar decisiones para defender sus intereses. La secuencia final, cuando Claus llega a su país y sus hijos y esposa lo esperan, es de una importancia sustantiva que nos invita a reflexionar acerca del papel que asume la familia de alguien que viene de la guerra no importando el motivo del regreso. Finalmente viene el juicio, donde la fiscal tiene todas las pruebas para mandarlo a prisión al Comandante, pero la argucia de la defensa va a hacer su parte en esta historia de un buen hombre, un líder respetado, pero que se equivocó al violar un código. Una guerra es todas las guerras, y si hay una sola cosa que una guerra trae por seguro es la muerte. El resto para Tobías son solo formas, reglamentos, delegación de funciones y estrategias ciegas, que enredadas para quienes la vemos aunque no la llevamos a cabo, tratan de tener algún sentido. Gran película, la mejor de este joven cineasta que impresiona por su exigente dominio del minimalismo. Tobias Lindholm cocina a fuego graduado un drama bélico minimalista que se aleja de la habitualidad.