jueves, 16 de junio de 2016

“The Last Starfighter”, Nick Castle marca un antes y un después en los efectos visuales de la ciencia ficción.



















































































El apabullante éxito del film Star Wars, de Lucas, 1977, no solo tuvo un brutal impacto en el cine de ciencia ficción de la década de los ochenta, desde una perspectiva temática y estética, sino que también generó un creciente interés por parte del público yankee, y de la industria hollywoodense por cuestiones de género. Por este motivo, durante los años subsiguientes a su estreno, surgieron numerosos clones de la obra de Lucas, cuyo principal objetivo era sacarle el máximo provecho a esta nueva fiebre por el cine de ciencia ficción. Dentro de este grupo de producciones se encuentra The Last Starfighter, cinta dirigida por Nick Castle y escrita por Jonathan R. Betuel. Sin embargo, el popular clásico de la ciencia ficción no sería la única fuente de inspiración del largometraje de Castle. Para 1984, los EEUU ya llevaba algunos años experimentando el auge de la llamada Cultura del Videojuego, la cual retumbó en 1978, tras la notoriedad del juego “Space Invaders”. La fascinación de infantes, jóvenes y adultos con las novedosas máquinas fue la el motivo por la cual la industria hollywoodense centró su mirada en este nuevo movimiento, y consideró la posibilidad de utilizar tecnología de punta para crear nuevas aventuras cinematográficas. Fue así que junto a Tron, de 1982, The Last Starfighter, 1984, se convirtió en una de las primeras películas en utilizar gráficos generados por computadora (CGI) como parte esencial de sus efectos especiales, los cuales en el caso del film de Castle, buscaban recrear diversas naves espaciales, y algunos de los futuristas escenarios en los que transcurre la historia. En The Last Starfighter, Castle nos relata la trama del adolescente Alex Rogan -interpretado por Lance Guest- quien escapa de su monótona existencia desarrollando el videojuego “Starfighter”. Su habilidad y audacia atraen a un extraterrestre llamado Centauri -Robert Preston-. Sin avisarle, Alex es tomado por sorpresa y transportado hasta un lugar lejano de la Vía Láctea, para participar en un escuadrón intergaláctico cuya misión es detener a un ejército de alienígenas cuyas intenciones radican en conquistar la nebulosa. Alex sueña con hacer mucho más con su vida que solo reparar cosas en el parque de remolques en el cual reside. Para empezar, desea ir a la universidad, pasar más tiempo con su novia Maggie -Catherine Mary Stewart- y escapar del fastidioso día a día de una vida pueblerina. Con el fin de abstraerse de su entorno y de sus problemas, Alex se dedica a perfeccionar el videojuego que tanto le atrae, y su dominio del mismo le ha valido obtener el estatus de una celebridad entre sus vecinos. Una noche, tras recibir una mala noticia, Alex supera el puntaje máximo del videojuego, ganándose no solo la adoración de sus familiares, sino que también del creador del juego, Centauri. Es así como Alex no tarda en enterarse que ni Centauri ni el videojuego son de este planeta. De hecho, el juego fue diseñado como una prueba de habilidad cuya única finalidad es reclutar a los pilotos estelares, para que se unan a los esfuerzos de la Liga Estelar por defender las fronteras del rebelde Xur -Norman Snow- y de la gloriosa Armada Ko-Dan. Aunque en un principio Alex niega convertirse en uno de los guerreros de la Liga Estelar, diversas circunstancias lo obligan a reconsiderar sus opciones, y embarcarse en una lucha desesperada a bordo de una nave de combate en compañía de otro alienígena llamado Grig, e interpretado por Dan O´Herlihy. Las similitudes entre The Last Starfighter y el universo creado por George Lucas son numerosas. Por ejemplo, Alex al igual que Luke Skywalker, pasa de ser un púber asentado en un punto lejano, y olvidado por el resto de la sociedad, a ser la única esperanza de la galaxia en su enfrentamiento contra una enérgica fortaleza alienígena. Al mismo tiempo, ambos se ven influenciados por un personaje que hace las veces de un ente paternal, Centauri, a la hora de tomar una decisión que marcará sus vidas. Más allá de cierta falta de originalidad que no afecta el resultado final, el gran mérito del director Nick Castle es su capacidad para hacer palpable la pasión de la puesta en escena y de sus personajes, lo cual nos permite participar alentando al protagonista en su aventura interplanetaria. En gran medida, son los protagonistas quienes convierten la cinta en una obra heroica, ya que no solo se trata de personajes cándidos y honestos que despiertan nuestra empatía, sino que siendo poseedores de conflictos, esperanzas y sueños, se evita convertirlos en arquetipos, y sean criaturas sencillas de identificarse, provocando que la audiencia realmente se interese en el posible resultado de la aventura en la cual se verán envueltos de manera accidental. Como mencionamos, uno de los motivos por los cuales la cinta de Castle se distinguió en su momento, fue por el uso de innovadores efectos especiales generados por computadora (CGI), reto que ya había realizado con anterioridad Steven Lisberger en Tron. A diferencia de Tron, donde se utilizó el CGI para recrear el mundo electrónico de las computadoras, en The Last Starfighter, Castle usa esta nueva herramienta para recrear el espacio y diversos vehículos entre los que se destaca la nave de combate “Gunstar”, utilizada por el protagonista en su batalla contra la Armada Ko-Dan. Castle estaba convencido que podría distanciarse de lo observado a nivel de efectos especiales en los films de Lucas, otorgándole a su obra la oportunidad de brillar por méritos propios. Para lograr dicho objetivo, fue contratada la empresa Digital Productions, la cual en el último tiempo había estado tratando de crear efectos CGI, lo más realista posibles mediante la utilización de la supercomputadora Cray X-MP, cuyo valor era de US$ 15 millones, y cuyo peso era de 15 TN. Para aquellos involucrados en la producción, la tecnología de aquel entonces funcionaba a una velocidad pausada pese al tamaño de la computadora, por lo que el tiempo establecido para crear los modelos tridimensionales resultó insuficiente. Las presiones del estudio terminaron por obligar a Castle a simplificar los efectos, lo que no impidió que la supercomputadora corriera el riesgo de descomponerse a causa del exceso de trabajo al cual estaba sometida. El elenco escogido por Castle, en general, realiza un buen trabajo. Lance Guest personifica de buena manera a un adolescente que busca establecer su lugar en el mundo, lo cual se vuelve una tarea compleja cuando, entre otras cosas, descubre que la beca a la cual había postulado para ingresar a la Universidad fue rechazada. Igual de destacable resulta ser la interpretación de Beta, un androide capaz de imitar las características físicas de Alex, el cual es dejado en la Tierra para cubrir la ausencia del protagonista. Especialmente entretenido resulta ser su proceso de adaptación al comportamiento terrícola, y sus desacuerdos con Maggie, quien es incapaz de darse cuenta que el joven que ahora la acompaña no es su novio. También destaca Dan O´Herlihy, que interpreta al amigable compañero de combate de Alex, y Robert Preston, cuya interpretación de Centauri se asemeja bastante a su papel del Profesor Harold Hill, en la cinta The Music Man, de Morton Da Costa, en 1962. En cuanto al apartado técnico, la BSO compuesta aparece como uno de los puntos más prolijos del film, ya que resulta ser energizante y edificante a partes iguales. Otro de los elementos bien concebidos es el diseño de producción, de Ron Cobb, quien previamente había creado diversos diseños para las películas Star Wars y Alien, entre otras. Teniendo en cuenta sus trabajos anteriores, no resulta extraño que la nave de combate “Gunstar” -el símbolo más recordado del film- guarde un innegable parecido con el “X-Wing” del film de Lucas. Aun cuando los efectos visuales que presenta la cinta hoy en día podrían ser algo primitivos, mantienen un encanto que encaja con el tono de la historia, y continúan siendo recordables por aquello que representaron. Resulta innegable que The Last Starfighter causó un impacto en la industria cinematográfica de la década de los ochenta, extendiéndose durante parte de los noventa. Desde el estreno del film de Nick Castle, el constante avance tecnológico ha permitido la creación de efectos visuales que ostentan un ideal impensado, los cuales han servido para que diversos directores plasmen en pantalla sus más estrafalarias fantasías de la mano con el realismo. Lo que resulta increíble con respecto a The Last Starfighter, es que no solo se trató de un vehículo de prueba para lo que posteriormente sería la utilización de efectos visuales generados por computadora en el cine, sino que el principal objetivo del director siempre fue relatar una historia dominada por un cierto nivel de ingenuidad y ternura, donde los efectos están al servicio de la misma. Es gracias a eso, que pese al transcurso de los años, la cinta ha sabido superar su falta de originalidad, y lo anticuado de sus efectos, para convertirse en una obra memorable dentro del género de la ciencia ficción, cuya principal virtud es reforzar la idea que nada es imposible en la medida que nosotros seamos capaces de seguir nuestros sueños sin importar lo fabulosos que parezcan. Nick Castle marca un antes y un después en los efectos visuales de la ciencia ficción.