jueves, 25 de agosto de 2016

“Fando y Lis”, Jodorowsky se embadurna en un acto de narcisismo fundido en la ampulosidad.


























































La obra cinematográfica de Alejandro Jodorowsky no se conoce a plenitud en Perú, ni en muchos países de Latinoamérica, pero el chileno nacionalizado francés -aunque sus films cumbre los hizo en México- es todo un personaje del arte. Los que conozcan su trayectoria afirmarán como verdadera dicha sentencia, mientras que los que aún no saben de la figura del polémico director pueden remitirse a su carrera profesional para ver las extravagancias artísticas que expone. La dirección de cine es sólo una de las tareas que Jodorowsky ha cultivado, e incluso ha incursionado en el cómic lo que le ha permitido una creatividad inusitada. Pero, también se podría observar la figura de Jodorowsky como un falso profeta o un ingenioso parlanchín por haber escrito un manual de “pseufosilosofía” en donde propone una doctrina a la que llama “psicomagia”, y que supuestamente ayuda al desarrollo espiritual del ser humano. Conocemos de las formas de promocionarse de Jodorowsky, y no nos llama la atención el temperamento de un hombre cuyo aporte al cine es vital y sensible. Al margen de todo este anecdotario, solo diremos que este buen hombre, Alejandro Jodorowsky Prullansky, nació en Tocopilla, Chile en el año 1929. Hijo de emigrantes rusos, cuyos deseos fueron que estudiase la carrera de medicina. Menos mal que no lo hizo porque hubiera matado pacientes sin que nadie lo pare. A los 23 años, siendo: mimo, cineasta, tarotista y novelista, se fue de Chile hacia Francia, sin saberlo ni pensarlo dos veces. No regresó hasta 1991, cuando ya sombreaba los sesenta almanaques. Durante todo ese largo tiempo vio poco, casi nada a su familia, y a sus jovatos amigos, es decir, un genio ingrato a todas luces. Al volver, a petición de un programa de TV chileno, realizó una visita de reconocimiento a la casa donde vivió su dudosa infancia, y donde los suyos desarrollaron una vida limitada como inmigrantes. Reconocido en el mundo como uno de los creadores más personales que ha nacido, filmó cintas como el corto surrealista La cravate, 1957, el corto experimental Teatro sin fin, 1965, ambos en Francia, Fando y Lis, 1968, ya establecido en México, un cuento de candidez envilecida y tiernos artilugios sadomasoquistas, dirigidos hacia un inasequible empíreo; la provocativa y singular El Topo, 1970, y el drama apocalíptico Santa Sangre, 1989, estas dos últimas llamadas cintas clásicas dentro del cine de culto. Luego, filmaría en Gran Bretaña junto a Omar Sharif, Peter O'Toole y Christopher Lee -Jodorowsky tiene dilectos amigos y también muchos de los otros- para pasar en definitiva a hacerlo en su país natal, donde este año ha exhibido Poesía sin fin -excepcional título- un drama de los años cuarenta que solo sirve para observar el vacío y la nada. Tiene también, varias novelas en su haber aunque son intrascendentes. En su trabajo como escritor de historietas sí nos ha entregado obras trascendentes manejadas desde una clara perspectiva europea: La Saga del Incal, y su continuación, La Casta de los Metabarones, hecha junto al escritor argentino Juan Giménez. Hay cantidades infinitas de información acerca de la obra de Alejandro Jodorowsky, así como de su vida, pero solo nos referiremos a una de sus películas que posee particularidades que seguro les interesará. Pues bien, en Fando y Lis, Jodorowsky nos cuenta literalmente la historia de Lis -Diana Mariscal- una mujer imposibilitada, junto a la de su disfuncional pareja, Fando -Sergio Kleiner- ambos sobrevivientes de una catástrofe mundial, cuyo único objetivo es encontrar la ciudad de Tar, lugar supuesto plagado de felicidad y paz. Sin embargo, en la travesía se presentarán una multiplicidad de personajes y situaciones peligrosas que obstaculizarán su llegada. Pero, habría que situar las cosas desde una visión retardada, porque el cineasta lo suele hacer así. Once años después de realizar el cortometraje La cravate, el artista incursionaría nuevamente en el cine. Durante ese lapso de tiempo, Alejo Jodorowsky se dedicó a la pantomima, al teatro, y a las actividades del movimiento o grupo “Pánico”, entre las que se destacaba el montaje teatral escrito por Fernando Arrabal Terán, escritor y cineasta español radicado en Francia, fundador en 1963 junto a Jodorowsky y Roland Topor de este movimiento. La obra se titulaba Fando y Lis. En 1964, Jodorowsky produce, realiza y protagoniza esta obra que contiene una suerte de pureza infantil en medio de un mundo sadomasoquista. El film estuvo en cartelera un año, pero al no producir taquilla, se decidieron por abandonar el proyecto. La razón tras los malos resultados pueden comprenderse mejor si conociéramos cuales fueron los principios del denominado grupo “Pánico”. Cuando Arrabal creo la fórmula del teatro pánico, precisó el contenido que debía contener lo que él llamaba “ceremonia”, es decir, el teatro ya no podía conformarse con un texto ni con su animación; debería abarcarlo así como expresarlo todo, a través de los brutales mecanismos del grito y del exhibicionismo, del sadismo o de la poesía, incluso de la necrofilia y del sacrilegio. Es el erotismo, en todas sus deformaciones patológicas, el primer tótem de este culto dionisiaco. Esta noción de teatro la introdujo en México, Jodorowsky, donde la novedad escénica presentada por el artista, le dio prestigio como destructor de hábitos teatrales, en un ambiente dominado por un realismo tradicional. Las viejas estructuras escénicas fueron sacudidas, y la fuerza del escándalo se descubrió en un país donde el surrealismo era solo conocido por una élite. En sus obras, era común ver como Jodorowsky mataba pollitos a pisotones en mitad del escenario, o como actores masoquistas eran capaces de dejarse abofetear o exponerse a la indignidad, además de arriesgar su físico por obediencia al director. Claramente lo que se buscaba era provocar, y dicho objetivo era cumplido con creces. Tras la cancelación de la obra, Jodorowsky sabía que su siguiente paso era trasladar la fórmula del teatro pánico al cine. Sin embargo, lo que jamás imaginó es que la forma en cómo conseguiría el dinero para llevar a cabo el proyecto, sería tan compleja como la trama del mismo. Moishe Rosemberg era un acaudalado joyero mexicano que tenía un hijo con el mal de “Down” de nombre Samuelito, al que Jodorowsky en su pasión por lo diferente, había contratado como asistente en una de sus obras de teatro. Desgraciadamente, Samuelito falleció poco tiempo después de haber colaborado con el chileno, en un incendio provocado por una colilla de cigarro mal apagado. En reconocimiento al afecto entre el occiso y Jodorowsky, Rosemberg le ofreció cien mil dólares para financiar su siguiente obra de teatro. Sin embargo, esto no estaba en los planes del cineasta, quien notó en la oferta una probabilidad seria para filmar su primera película. A Jodorowsky, poco le importaba tener conocimiento de las posibilidades del formato cinematográfico, ya que en cierta forma el proyecto en sí no era más que una aventura mística. Se hizo asesorar por profesionales del medio, entre los que se encontraba el fotógrafo Rafael Corkidi, con quién desarrolló una inusual técnica de rodaje para poder filmar, la que consistía en amarrarlo a Corkidi por la cintura. El fotógrafo por delante, y Jodorowsky por detrás. Corkidi fotografiaba mientras  Jodorowsky lo movía, como quién mueve un artefacto cualquiera. Así fue que realizó todos los movimientos oscilantes de cámara. Por otra parte, también convenció a Carlos Savage, quien había trabajado como editor junto a Luis Buñuel, para que lo ayudara en el proceso de montaje del film. Sería él quien estructuraría la cinta en cuatro episodios, los cuales estarían separados por un intertítulo. Finalmente, para interpretar a la pareja de protagonistas, Jodorowsky seleccionó a Sergio Klainer y a Diana Mariscal, quienes habían trabajado en la obra teatral que el director había decidido adaptar. Más que presentar una estructura lógica, Jodorowsky exhibe una caótica indeterminación. Fando como Lis pueden representar al infierno de Dante y la Odisea; pueden ser la historia de un crimen y un análisis del inconsciente; puede ser un film de aventuras; una crítica a los vicios de nuestra sociedad; una visión del mundo después de la guerra atómica; un tratado de alquimia o un largo sueño. Esto es lo que pensaba Jodorowsky con respecto a su película. Este hecho supone la composición de un film inclasificable, atravesado por un clima de obsesión sexual, y un marcado sadismo infantil, que no posee una estructura o un sentido global, porque la coherencia no supone su necesidad vital. Ligado a este concepto, Fando y Lis, es una cinta que exhibe excesos siempre en forma de metáforas, escenas como la de aquel hombre que busca introducir culebras en la entrepierna de una muñeca, o aquella en que unas ancianas burguesas se deleitan comiendo duraznos en almíbar, al mismo tiempo que castran a un resignado sirviente y/o semental, o en la que un hijo con tendencia edípicas persigue a una figura materna llena de plumas hasta una orgía de tintes fellinescos que se lleva a cabo en un sótano: todos buenos ejemplos de la exageración o el libertinaje. Estas metáforas no solo hacen alusión a la homosexualidad latente de Fando, sino que también a la relación sadomasoquista que tiene con Lis, donde los personajes de víctima y victimario son intercambiables, a la búsqueda de la libertad interior, y al descubrimiento del ideal inalcanzable. Gran parte de estas alegorías analizadas desde una perspectiva freudiana, evidencian las inhibiciones y las deformaciones patológicas de cada uno de los personajes de la narrativa. Al mismo tiempo, pueden ser comprendidas como los delirios de un sujeto que se levantaba todos los días a las cuatro de la madrugada, para lograr la inspiración necesaria que le permitiera desarrollar el conjunto de escenas improvisadas que conformaban cada jornada de trabajo, las cuales estuvieron a punto de arrastrar a los involucrados en la producción a un quiebre psicótico colectivo. El film se estrenó en el Festival de Acapulco en 1968, provocando un gran escándalo. Cuenta la leyenda, que Jodorowsky tuvo que huir por las puertas traseras del teatro en donde se realizaba la exhibición, para el linchamiento por parte del público asistente. Sería la fuerte carga erótica de la trama, y la inclusión de imágenes que no solo atacaban los sentidos del espectador, sino que también a los sectores más conservadores de la sociedad mexicana, incluyendo a la Iglesia, lo que provocó la airada reacción. Esta anécdota, que con el paso de los años se ha ido transformando en una especie de mito urbano, es responsable en gran medida de la reputación de la cinta, y no de otro factor. Luego de estar solo una semana en cartelera en la ciudad de México, fue retirada y prohibida después de una campaña mediática en su contra. Decidido a exhibir su obra, Jodorowsky intentaría distribuirla en los EEUU, a través de la compañía Cannon Films, no sin antes hacerle modificaciones. No solo la doblaron al inglés, sino que también editaron 13 minutos de metraje para así convertir el relato en una peculiar historia romántica. Fando y Lis es una película difícil, pero necesaria. Si bien presenta ideas interesantes, imágenes provocativas, y un cuidado aspecto técnico, donde se destaca el trabajo de fotografía, de sonido, la BSO y la edición, posee interpretaciones demasiado teatrales, y un ritmo pausado, lo que provocará un tedio por ratos. Pero, los que amamos la cinefilia lo resistimos todo. Jodorowsky hace un relato melancólico sobre la destrucción recíproca de una pareja, que gasta su vida a la búsqueda de un mundo utópico que solo existe en su imaginación. Al mismo tiempo, Jodorowsky  busca llevar a los extremos una fantasía infantil que esconde una fuerte crítica social. No es la mejor película de Jodorowsky, pero se erige como una experiencia audiovisual que no dejará a nadie indiferente. Jodorowsky se embadurna en un acto de narcisismo fundido en la ampulosidad.